Septiembre 2011. Año 5. #20

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Amores que se van como el verano

Por Jesús Villaverde Sánchez

Verano y amor

William Trevor

Editorial Salamandra, 2011

 

Verano y amor

Hay historias que nunca dejan de contarse. Argumentos que invariablemente de las veces que se repitan, si están bien narrados nos siguen atrapando de principio a fin. Todo lo que pienses seguro que ya está inventado, pero si lo cuentas bien tendrá buena acogida. Podría ser una de las máximas de la Literatura contemporánea. Una de esas historias que pese a la repetición no se agota es la del romance veraniego.

Verano y amor consiste, por encima de todo, en eso. Un amor pasajero y efímero en un apartado pueblo irlandés en los años cincuenta. Ellie y Dillahan viven juntos en un cortijo apartado del pueblo después de casarse años atrás. Ella llegó como sirvienta a la granja de Dillahan y los acontecimientos y comodidades de su nueva vida la llevaron a casarse con el más tarde. Él se dedica en cuerpo y alma al campo y no es muy asiduo de las calles del pueblo. Tiempo atrás, un extraño accidente le hizo perder a su mujer y su hijo y el sentimiento de culpa y el qué dirán le impiden bajar a Rathmoye sin sentirse incómodo y observado en cada incursión. De esta manera, es Ellie la que se encarga de todas las gestiones y compras que hay que llevar a cabo en la localidad.

La vida transcurre sin mucho ajetreo, ellos en la granja, el pueblo en su rutina. Todo cambiará el día del multitudinario entierro de la señora Eileen Connulty, una de las vecinas más queridas de Rathmoye. Allí aparecerá un joven muchacho, que vuelve al pueblo para cerrar la venta de la casa de sus padres. Se trata de Florian Kilderry, un melancólico veinteañero que porta una bicicleta y una cámara de fotos, que se detiene a fotografiar el entierro después de preguntar por el antiguo cine incendiado. Eso levantará las sospechas de los vecinos que se percatan de su presencia, pero sobre todo de la señorita Connulty, que tratará de averiguar quién es.

El principio de la novela es lento. Da la sensación de que Trevor se regocija en la magnífica y elaborada escritura, que nos embauca por completo, pese a que la historia discurre sin ningún sobresalto reseñable. Mientras los Dillahan continúan su trabajo en la granja y Ellie baja a la ciudad en cuentagotas, Florian deambula por las calles de Rathmoye, envuelto en los recuerdos de su infancia y su amor de adolescencia, su prima italiana Isabella. Las primeras cien páginas parecen adentrarnos lentamente en la historia, haciéndonos formar parte de las conversaciones entre la señorita Connulty y sus hermanos, Ellie y Dillahan, o en la búsqueda de Florian de sus viejos recuerdos, como el cine.

Ellie, intrigada por la figura del fotógrafo, buscará la mínima oportunidad para salir a la ciudad y forzar un encuentro casual que le haga conocer a Florian y saber sus intenciones en Rathmoye. Es entonces, con el encuentro, cuando el ritmo de la novela crece, incluso los capítulos son más cortos e intensos. Se empiezan a ver más a menudo y el uno comienza a conocer al otro. Lo demás, todos los sabemos. Enamoramiento fortuito y el final del verano, que nos recuerda que todo es efímero, como la vida misma.

La escritura de Trevor es brillante y con Verano y amor ha cerrado una obra delicadísima y compleja en la sencillez y en la sensibilidad. Una verdadera obra maestra de la literatura irlandesa que nos habla de la rutina, los recuerdos y lo efímero del tiempo mediante un amor pasajero, de los que difícilmente se olvidan.

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