Septiembre 2011. Año 5. #20

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Un clásico con justicia

Por Rubén Sánchez

El juego de los niños

Juan José Plans

La Página Ediciones, 2011

 

El juego de los niños

La literatura de terror española no anda sobrada de clásicos. Por eso siempre es una buena noticia la reedición, más de treinta años después, de una de las pocas novelas escritas en castellano que merecen ese calificativo. Juan José Plans escribió El juego de los niños a finales de los años sesenta, pero no fue hasta la década de los setenta cuando el texto se difundió por diferentes vías –incluyendo una versión radiofónica, una publicación por capítulos y, finalmente, su publicación en formato libro-. Quiere decir esto que la novela de Plans es, indefectiblemente, hija de su tiempo. No sólo inspiró una de las películas capitales del género en España –la incuestionable ¿Quién puede matar a un niño?, Narciso Ibáñez Serrador, 1976- sino que su lectura revela, hoy, un aspecto esencial para comprender la evolución del fantástico y del terror en nuestra literatura: este es que, al contrario de lo que ocurría con la mayor parte –no toda- de la producción cinematográfica española consagrada al género, que ignoraba los hallazgos temáticos y estilísticos propuestos por el nuevo cine de terror de los setenta, existieron autores como Plans que sí supieron hacer suyos los planteamientos de cineastas y autores como George A. Romero -a quien El juego de los niños debe tanto como a Hitchcock-, Larry Cohen, Tobe Hooper o Ramsey Campbell. Es decir, artesanos del miedo que sabían tomar el pulso a la sociedad para poner a punto sus pesadillas, con obras que jugaban un peligroso equilibrio entre la crítica social y el terror más minimalista. 

En esta liga supo encuadrarse El juego de los niños, novela de carácter apocalíptico que huye de los postulados góticos, ya entonces desgastados, para sumergirse en aguas más descarnadas, más turbias y, en consecuencia, capaces de mirar al lector de frente. Plans parece consciente de las posibilidades de su premisa, como también lo fue Serrador al llevarla a la pantalla –la ruptura de un tabú moral, el asesinato de un niño, como la única posibilidad de sobrevivir de los personajes-, y por este motivo desgrana la información y retrasa la exposición de lo que realmente está ocurriendo, con un pulso, contenido pero implacable, y un conocimiento de los recursos del género tomados del cine que elevan su relato por encima de otras propuestas menos sofisticadas.

Se le pueden reprochar dos fallas: por un lado, cierta tosquedad de estilo, por otro el excesivo protagonismo de algunos personajes, en la primera parte, de los que el lector no vuelve a saber nunca más. Plans, sin embargo, sabe compensar estas carencias con un ritmo in crescendo y, sobre todo, con la acertada decisión de narrar en off algunos de los momentos más espeluznantes del libro –la visita de los niños a la pareja de pescadores a las afueras del pueblo, el instante en que un padre se entrega a su hija a sabiendas de lo que ella y sus amigos van a hacer con él-, lo que confiere a El juego de los niños ese estatus privilegiado reservado a las obras que, en su sencillez y su universalidad, encuentran su fuerza. En definitiva, lo que hace de una novela un clásico con justicia.

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