Septiembre 2011. Año 5. #20

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Alejandra Costamagna y el teatro de las ilusiones

Por Amir Valle
Alejandra Costamagna

“Es una narradora impresionante”, me dije aquel día de 1999 en que leí el primer cuento que cayó en mis manos, escrito por la chilena Alejandra Costmagna. Era una historia de una sencillez aplastante, algo que podía yo haber vivido, y sin embargo destilaba esa aura rara que sólo descubres cuando tienen frente a ti una obra sincera, nacida del alma de un escritor y no de su cerebro.

Esa ha sido para mí la lección más grande que me han dado los libros de Alejandra: hay en cada una de sus novelas un teatro de las ilusiones, pero de las ilusiones perdidas, de las ilusiones más cotidianas, en apariencia más intrascendentes pues son historias que cada uno de nosotros hemos vivido o hemos visto en personas de nuestro entorno más cercano y que, no obstante, nos hacen llegar a una profunda reflexión sobre el acto de la vida, que es, como diría José Lezama Lima algo así como “el paso del mulo por el abismo”.

Un día llegó a mi casa de La Habana, enviada por Alejandra desde Chile, un ejemplar de una novela interesante: En voz baja, y poco tiempo después pude leer, también llegada desde Chile, Ciudadano en retiro, obras que ya anunciaban que Alejandra iba por un camino que la llevaría a escribir una novela que me sigue pareciendo fundamental en la narrativa chilena y latinoamericana de las últimas décadas: Dile que no estoy, que no por gusto fue finalista del Premio Planeta-Casa de América.

¿Qué hilo interno une a estas novelas o a los cuentos escritor por Alejandra Costamagna?: la búsqueda del drama cotidiana, una pesquisa en los ámbitos más existenciales de la cotidianidad, las huídas más íntimas de esos miedos que la vida nos va creando. Y es que tanto Lautaro Palma, protagonista de Dile que no estoy, cuando repite la frase que da título al libro, una y otra vez, ante cada una de las cientos de llamadas telefónicas de su padre, enfermo y pobre; como Amanda, protagonista de En voz baja, cuando debe enfrentarse a la memoria de una vida familiar e histórica cargada de problemas y falsedades que la convirtieron en el ser humano tan cargado de miedos, complejos y dudas que es; o como Adrián Romero, protagonista de Ciudadano en retiro, cuando huye de todos y de sí mismo para aplacar el dolor de la pérdida de una mujer cuando él tuvo que ir a la cárcel por un asesinato que, quizás, cualquier de nosotros cometería de verse en su situación,… todos esos personajes están marcados por una cruz: la introspección, la zambullida en el ser humano que cada uno de ellos es, intentando encontrar respuesta a preguntas que han convertido sus existencias en un tiempo sufrido, miserable, escapista, aún cuando, tampoco, han dejado de sentir la luz de que existe una esperanza, una salida. El teatro de las ilusiones perdidas es un remake al que Alejandra Costamagna acude, a sabiendas de que es, también, una marca de nuestras existencias como especie: el paso por la vida es un eterno intento y muchos fracasos en muchas cosas, y por esa cercanía a la verdad cotidiana de la existencia es que sus novelas resultan tan “pegajosas” en el momento de la lectura. Porque siente el lector que está asistiendo a algo ya conocido y, sin embargo, como también pasa en la vida, no desiste de la lectura porque quiere saber si existe una luz, una salida, y quiere saber cuál es esa luz, dónde está la salida.

Una clave que también se halla en sus cuentos de Naturalezas muertas, que es, sin dudas, una contribución de excelencia al género cuento en América Latina y que me hizo entender por qué Alejandra Costamagna es una de esos autores que, con pocos libros, se ha ganado un sitio entre lo mejor de la literatura escrita en lengua española en la actualidad.

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