Septiembre 2011. Año 5. #20

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"La memoria es una herramienta"

de la que ya no podemos prescindir"

Entrevista con Javier Vásconez

por Amir Valle
Javier Vásconez

En las palabras de presentación de su sitio web personal, el escritor ecuatoriano Javier Vásconez escribe: “Como escritor y soñador de ficciones, me gusta creer que soy un aventurero empedernido, alucinado, no tanto por las historias que he debido contar - sin duda cristalizadas en el tiempo -, sino por el hábito contagioso, agónico, de estar cada día en contacto con las palabras. No obstante, no deja de causarme asombro la sensación de impotencia y a la vez de enajenación que las palabras producen en un escritor. Es igual que navegar por un mar desmesurado, tan agitado y avasallador como un sueño, siguiendo las huellas de quienes me han precedido en el complejo arte de escribir. Todo escritor sostiene una relación dudosa y conflictiva con su lengua, pero sobre todo es la mano segadora que aparta la contaminación y la hojarasca del camino”.

Y así, intentando descifrar algunas claves de ese mar desmesurado, agitado y avasallador, y especialmente conmocionado por la exquisita altura literaria de su más reciente novela La piel del miedo, publicada recientemente por Viento Sur Editorial, decidí proponerle esta conversación, breve si tenemos en cuenta que estamos ante un hombre que, como se verá en la entrevista, tiene mucho de qué hablar y de qué escribir.

 

El hombre, el escritor

Hay dos aspectos de tu infancia que, imagino, hayan sido determinantes en el escritor que hoy mismo eres: por un lado, el entorno familiar conformado por un “hombre de letras” como tu padre y una heredera directa de eso que podemos llamar “memoria histórica fundacional de Ecuador”; y por otro lado, ese puente geográfico (y estoy seguro que emocional) vivido por el niño que eras entre Ecuador y España. Comencemos por eso.

Dondequiera que ponga la vista, suponiendo que quiera situarme en algún lado (Quito, Madrid, Francia, Inglaterra, Estados Unidos, Roma), vuelvo a recordar los detalles de la casa de mis padres o la de mis abuelos en Quito. Esas casas colmadas de antigüedades, de salones fantasmales, de baúles donde yo encontraba viejas fotografías de mujeres y de hombres, en cuyos rostros severos y vestimentas extravagantes me inspiraba para inventarles una vida, también encontraba libros de viajes, mapas antiguos de Quito. Por otro lado recuerdo los años de mi infancia en Madrid y en el colegio de Inglaterra. ¿O quizá debo volver la mirada a mis primeras lecturas con los turbulentos asesinos de Shakespeare, a los osos y caballos manchados de Faulkner, a los castillos y juzgados de Kafka? Las ciudades, los países, los paisajes donde se encuentran asentados nuestras obras, nuestras historias, son imaginarias. Nunca existieron. O, mejor dicho, existen como parte de un universo personal. Es decir, Quito, la ciudad sobre la que está afincada mi obra es tan sólo un cráter en la mitad de una línea en la mitad del mundo, entre montañas, junto con otros tantos lugares igualmente inventados. Lo que ocurre es que Quito está más cerca y, por consiguiente, más presente en mi vida, por razones evidentes.

No tengo inclinaciones nacionalistas, al contrario, opino que nos limitan considerablemente. Escribo en español, y eso es lo que realmente importa. Para un escritor— sobre todo para mí— la memoria es una herramienta de la que ya no podemos prescindir. Eso nos enseñó Proust. En mi entorno familiar, como tú lo llamas, participaron dos familias, incompatibles, disfuncionales, muy diferentes entre sí. La familia de mi padre que estaba formada por historiadores, diplomáticos, viajeros, políticos, cosmopolitas, muy dados a hablar de las ciudades y del mundo. En cambio, la familia de mi madre es parte de lo se podría llamar una ilustrada “aristocracia criolla, una familia de próceres.

A España llegué a los once años, debido a un exilio voluntario de mi padre. Si bien era la dura época del franquismo, yo era demasiado chico y no me daba cuenta de nada. Pasaba las vacaciones allí, pero en realidad estaba interno en un colegio de Inglaterra, el Mount Saint Mary College. En verano caminaba por las calles de Madrid, en busca de estampillas y de libros, pues era coleccionista de sellos (de ese modo aprendí el nombre de los países africanos), y también jugaba en el Retiro. Leía a Baroja, a Azorín y a Blasco Ibañez. De todos ellos, sólo he vuelto con placer a algunas páginas de don Pío Baroja, que era amigo personal de mi padre. Hay un libro, Pío Baroja y su tiempo, de Sebastián Juan Arbó, en el que aparecen juntos en una foto.

 

Leyendo tu biografía se descubre que parte de esa universalidad, de esa ruptura del provincianismo que se respira en tu obra, aún incluso en aquellas más “ecuatorianas”, puede deberse a que has vivido una vida muy cercana a esa clasificación que algunos llaman “ciudadano del mundo”. Si tuvieras que hacer una breve recapitulación de lo que, en materia de formación intelectual, te ha brindado la vida en ciudades tan distantes y distintas como Quito, Roma, París, Madrid o alguna otra que se me puede quedar, ¿qué dirías?

En la actualidad todos somos ciudadanos del mundo, pero seguimos empecinados en creer ciertas cosas que de aquí a poco ya no tendrán ninguna relevancia. De todas las ciudades que he conocido, las que más me han impactado son París, Praga, La Habana y Nueva York. A pesar de ciertos descubrimientos, de ciertas lecturas excepcionales, de ciertas vivencias, París no fue una fiesta para mí. En mi vida hay ciudades que amo como Madrid, otras que son ásperas y egocéntricas como Quito, y también están las que no se dejan amar como Bogotá. Llegar a una ciudad es descubrir los enigmas de una comunidad, ver su rostro e interpretarlo. Pero antes hay que leer a sus poetas. ¿Cómo imaginar La Habana sin la presencia de Lezama, o Buenos Aires sin los poemas de Borges?  Llegar a una ciudad significa visitar el fondo de sus antros, caminarla por la noche, sentir su aroma y captar la tonalidad de su luz. Como andar absorto por un sueño. De todos modos, para mí las ciudades existen sólo cuando un escritor escribe sobre ellas, cuando las inventa con palabras y las modela con su propia subjetividad (Dublín, Buenos Aires, Alejandría, Barcelona), antes de eso son una oscura, insignificante mancha en el mapa.

 

En una entrevista reciente dijiste que como escritor has intentando alejarte del “huasipungo” y es obvio en algunas respuestas de esa entrevista que te resistes a hablar de la literatura como un espacio encerrado en geografías nacionales. Creo que vale la pena, ante esas opiniones, hacerte una pregunta que casi es un tópico y por ello no me gusta hacer: ¿qué era la literatura para el Javier Vásconez cuando escribió su primer cuento y qué es hoy la literatura?  

Me aburre tanto la idea de las literaturas nacionales, tanto como si estuviera frente a un manual con un índice de nombres puestos arbitrariamente, de acuerdo a los intereses del momento. Además, perdemos el estímulo del desafío, la posibilidad de descubrir a un escritor por nuestra propia cuenta. Yo no suelo ir a una librería a buscar literatura inglesa, española o rusa. Busco, digamos, Petersburgo de Andréi Biely. Sobre todo me interesa la voz de un escritor, sus peculiaridades y su sintaxis,  adentrarme en el universo de Kafka o en las oscuridades de un Julien Green. O en los cuentos de Cristina Fernández Cubas. Por más que se rasguen las vestiduras, Huasipungo no es una novela estimulante, sino un buen documento social. Eso es todo. Por supuesto, en mejor de los casos,  el tiempo nos hace evolucionar. Cambiamos nuestros puntos de vista, eso es parte del juego. De la inocente lectura de Julio Verne fuimos a dar a la complejidad de Shakespeare (el creador de la individualidad, el primero, creo yo, que como escritor tocó con sus propias manos el barro de la maldad humana, y atisbó con horror los fantasmas del inconsciente). De ese modo fui llegando, desordenadamente, como tiene que ser a los párrafos memoriosos de Proust, a las grandes novelas de Conrad (que a veces, sólo a veces se desarrollan en el mar, otras veces el mar es una parte de la ondulación crispada de su escritura), hasta perseguir a Dios en Moby Dick. ¿Qué más? Ah, sí, también me he sumergido en los cuentos de Borges, de Julio Cortázar y de Carver… hasta llegar a las novelas de Gilberto Nöll o Indridason. ¿Por qué no?, ¿por qué no? si todo es parte del mismo turbulento recorrido.

 

De todos modos, me gustaría hablar de la literatura que se ha escrito en Ecuador, centrándonos en dos momentos: esa literatura “nacional” que te nutrió y esa otra, más reciente, escrita por Leonardo Valencia o Gabriela Alemán, por sólo citar dos nombres que conozco. ¿Qué consideras ha cambiado entre “aquella” y “esta” literatura?

De la misma forma que he leído a tantos escritores que no eran ecuatorianos  también he leído a Pablo Palacio, sin hacer ninguna diferencia. Leí la poesía de Escudero y percibí la ambición literaria de Jorge Carrera Andrade, cuyo proyecto descabellado era sin duda conquistar (o mejor dicho, hechizar) con sus poemas el mundo “civilizado”. Como buen provinciano se retrató vanidosamente junto a la Torre de Londres y la Torre Eiffel. Dos puntos de la civilización, según él. A mi modo de ver la diferencia radica en que Leonardo Valencia (no conozco demasiado la obra de Gabriela Alemán, supongo que anda por el mismo camino), Santiago Páez, Óscar Vela o Juan Pablo Castro escriben sin prejuicios, tienen otro vuelo, no tienen que rendir cuentas a nadie. Imagino que están hartos de las deudas generacionales, de las patrias literarias, aunque a veces, tal vez,  olvidan la tradición. De Leonardo Valencia puedo decir que ha dado un salto mortal, definitivo, sin vuelta atrás, apuntando con su flecha certera hacia La luna nómada.

 

Confieso que como cubano esta es una pregunta que me satisface hacer a cada escritor latinoamericano que entrevisto.  Digamos que tiene que ver con cierto sueño muy hermoso, en el cual creí y del cual me desilusioné. Tú perteneces a la generación que más directamente estuvo influenciada por aquella “luz de esperanza” que se llamó Revolución Cubana. Me gustaría que rememoraras brevemente el impacto de aquellos días, de aquellas esperanzas, en lo personal y, si te animas, en lo generacional.

Amo la generosidad de Cuba, ya he hablado del magnetismo que me produjo La Habana cuando la conocí. Comprendo lo que dices. Para los cubanos hablar de Cuba es una necesidad que se convierte en debilidad. Para mi generación la Revolución Cubana, junto con la aparición de los Beatles, y el boom de la literatura latinoamericana, fue determinante. A mí no me atrae la política, pero el impacto fue enorme y la desilusión sigue siendo hasta ahora desalentadora. Al intentar llevar a cabo este proyecto olvidaron que la libertad es un  don muy preciado por los seres humanos. ¿Qué ha quedado de todo ese valor desplegado sobre algo que finalmente iba a ser diferente, de toda esa audacia y generosidad, de toda esa inteligencia y brillantez, ¿una docena de fotografías nostálgicas? ¡Qué horror¡

 

Y también, en el ámbito específicamente cultural, ¿qué viene a tu mente cuando escuchas “Casa de las Américas”?

En su momento, la Casa de las Américas fue una institución notable, porque fue un referente de apertura y de brillantez. De encuentros, diálogo, creatividad, de decisiones extraordinarias, pero luego llegó la hora de los comisarios. En fin, otro Castillo que se vino abajo.

 

Por lo que deduzco, eres un ferviente adorador del libro, desde la perspectiva de la edición, quiero decir. Has tenido responsabilidad como editor en varias etapas de tu vida, has tenido incluso un sello editorial de tu propiedad y ahora, aunque ya eres lo que podríamos llamar un “autor consagrado” por la crítica y las editoriales, colocas una novela en una editorial que comienza su andadura: Viento Sur Editorial. Me gustaría que hicieras a nuestros lectores un recuento de esa experiencia.

De ninguna maneta me considero un autor consagrado. Quien diga eso debe vivir en otro mundo, o tener la cabeza llena de pájaros. El hecho de haber publicado en ciertas editoriales importantes no me convierte en un autor consagrado. Una editorial, si de verdad es lo que promete, no puede vivir del cuento, debe cumplir lo que promete. O al menos debe intentarlo. En España, la editorial Viento Sur me ofreció un espacio de dignidad, de generosidad, al publicar mi novela La piel del miedo, y ha hecho lo que yo esperaba que hiciera, preocuparse de promocionar y distribuir el libro. Lo mismo tengo que decir de la editorial Planeta en Colombia.

 

 

La literatura, los libros

Desandamos unos tiempos en los cuales se debate mucho sobre el alcance del libro y su supervivencia o su muerte a las tecnologías. Pero más que eso me interesa reconocer que además de romper la camisa de fuerza de cierto indecente mundo editorial y permitir la aparición de escritores de amplísimo talento que jamás ciertas editoriales publicarían, también me preocupa descubrir que cada vez es más fácil que cualquiera se autotitule escritor y, sin tener en cuenta la responsabilidad que eso ha representado en materia de generación de pensamiento, coloque en formatos muy accesibles verdaderas “perpetraciones escriturales” bajo el rótulo de “literatura”.

Me fascina el libro como objeto, esa caja de papel donde se conserva un pedazo de la realidad. Me gusta el olor de un libro, su diseño, su tipografía, su contenido, me gusta seguir a los personajes de una novela ocultos entre sus páginas hasta que gracias a la lectura parece que se ponen en movimiento, empieza entonces el baile de los sentimientos, de las emociones, vemos dibujarse la intriga en complicidad con la escritura. O vemos discurrir las ideas en un ensayo, o los versos de un poema. Todo esto se acabará, supongo. Por suerte— y eso es lo principal—, siempre habrá talento en el arte, en la literatura. Si bien el mundo está lleno de autores mediocres, o “injustamente” exitosos, ¿qué se puede hacer ante un fenómeno de esta naturaleza? ¿No pasaba lo mismo antes? Ahora hay más gente escribiendo, además tenemos el Internet que nos informa todo. No acabo de entender la ligereza con que se edita en la actualidad, sin ningún criterio, o guiados por razones más bien incomprensibles. Pero tampoco me interesa tocar el tema de la tecnología o el futuro del libro, porque no soy un especialista en la materia. Lo que en realidad me importa es que en este momento ni siquiera tengo un editor para mi próximo libro…

 

Siempre me gusta pedir a los escritores que entrevisto que hagan memoria de alguna anécdota, algún recuerdo especial o algún suceso raro o significativo sobre algunos de sus títulos. Te propongo que pienses en ello:

Ciudad Lejana, 1982:

Mientras lo escribía, lentamente, buscando la precisión en cada palabra, casi dolorosamente, podía ver con envidia y felicidad desde mi estudio a un amigo poeta viviendo en el parque una hermosa historia de amor. ¡Ay, qué libertad la de los poetas!, pensaba. En definitiva, fue como seguir los pasos perdidos de una ciudad, con unos cuantos personajes decadentes, que ya empezaba a declinar. Ahí está el cuento “Eva, la Luna y la ciudad” y “Angelote, amor mío”.

 

El Hombre de la Mirada Oblicua, 1989:

Un álbum de fotos en blanco y negro. Un homenaje a la novela negra que no fue bien recibido, ya que el gusto masivo por la novela negra vino mucho después.

 

Café Concert, 1994:

Una fábula de amor y un encuentro en un café literario.

 

El secreto, 1996:

Leí la noticia en el periódico y de inmediato fui a la cárcel a ver al asesino.
Fue vertiginoso, la redacté en dos meses y tardé tres en componer la frase final.

 

El viajero de Praga, 1996:

Recuerdo con alegría y mucha intensidad los días transcurridos en Bahía, una ciudad junto al mar donde cada mañana escuchaba la voz familiar del doctor Kronz, guiándome por las calles de Praga y Barcelona mientras me confiaba sus incertidumbres de su relación con Violeta.

 

La Sombra del Apostador, 1999:

El libro que más me ha costado escribir. Fue un  verdadero desafío. Después de terminarlo, supe que ya era un escritor, además tuve la impresión de haber ganado por fin una carrera en el hipódromo.

 

Invitados de Honor, 2004:

Un feliz encuentro con mis amigos de toda la vida. Porque los escritores que uno admira son como moscas que zumban en la oreja.

 

Jardín Capelo, 2007:

Un paseo por un jardín y por los enigmas de novela gótica, un regreso al pasado, y a las ruinas de una casa llena de fantasmas.

        

Los títulos son siempre subjetivos y pasa algo muy curioso con ellos. Algunos parecen haber estado siempre allí. El viajero de Praga, por ejemplo. O jardín Capelo. Pero otros surgieron como en sueños, me refiero a Un extraño en el puerto. Me desperté una mañana angustiado y supe que el cuento debía llamarse así. Sin más. En cambio, La sombra del apostador vino después de un largo proceso, mientras conducía una tarde lluviosa a mi casa.

 

La psicología asegura que el individuo cuando madura biológicamente (sutil eufemismo para decir que cada uno está condenado a acumular esa cierta cantidad de años que nos toca vivir) se vuelve un ser conservador. Sin embargo, llama la atención que esa “irreverencia” que hizo tan impactante tus obras iniciáticas se conserva casi intacta incluso, por poner un ejemplo, en tu más reciente novela La piel del miedo. Quiero que me hables sobre ese binomio: irreverencia y literatura.

No creo que sea un asunto de edad ni de madurez, pero no concibo la literatura sin una dosis de irreverencia. Hay muchas maneras de ser irreverente. Una novela, o un cuento, no es nada sin ese aspecto inquietante en el que en algunos casos, por vía de las palabras (Joyce, Cortázar, Cabrera Infante), o gracias al comportamiento de un personaje (Flaubert, Navokob, Manquel) o por decisión del narrador (Proust, Banville, Marías) nos instalan en el terreno de la irreverencia, es como si un  texto tomara de sí mismo a través de ese recurso.

 

Varios de tus cuentos han sido incluidos en sitios y antologías de referencia de las letras latinoamericanas, lo cual es digno de resaltar si tenemos en cuenta que América Latina es considerado el continente de donde han salido los cuentistas más destacados en la historia de la lengua. Hay muchas definiciones del cuento, ¿cuál podría ser la tuya?

Voy a ampliar un poco lo que me pides.

En los cuentos, más que en cualquier novela, el secreto constituye un detonante y funciona muy bien. Una novela es una obra de ingeniería. Es un entramado de personajes, cada cual con su drama a cuestas, con sus sentimientos. La novela tiene sus deudas con otros géneros y, sin lugar a dudas, está muy lejos de la precisión del cuento. En cambio, el cuento aletea como una libélula antes de convertirse en mariposa. Escribir un cuento es como revelar un secreto, pero también es igual que lanzarse en un viaje de rescate a fin de alcanzar algunas recónditas imágenes del sueño. En cierto modo, todos llevamos un cuento con nosotros y, en definitiva, todo cuento es el cuento de nunca acabar.

 

En buena parte de tu literatura, según he leído en tus obras y en estudios que sobre ella se han hecho, hay claves muy marcadas que parecen constituirse como esas “marcas de estilo” que hacen identificable la visión personal de un escritor:

- La teatralización de la intimidad (lo que vendría a ser algo así como un striptease de detalles íntimos esenciales para la caracterización psicológica de los personajes.

Puede ser que la novela esté más cerca del teatro de lo que suponemos, en el sentido de existe una escenificación. Al menos yo lo veo así. En una novela hay un escenario (una ciudad, una casa, un barco, la mente de un hombre, o cualquier lugar, etc.), y también hay unos actores y el narrador que hace el papel de apuntador va indicando los gestos, los detalles tan importantes para definir a un personaje, la expresión de la cara, el tipo de ropa, el movimiento de las manos. Yo he cultivado a través del cine el arte de la mirada, concentrándome en la actuación de un actor a fin de aprender a interpretar ciertos estados de ánimo. Al Pacino en la última escena de “El Padrino”.

 

- La vinculación de puentes comunicantes de retroalimentación entre diversos “mundos” (sean mundos geográficos como en El viajero de Praga o mundos familiares, como el mundo “ajeno y enrarecido” del padre periodista del protagonista de La piel del miedo).

Sí, vivo obsesionado por las asociaciones en la ficción (los sueños, la memoria, las emociones). En más de una ocasión he creado vínculos, de forma simultánea, de dos ciudades o mundos diferentes a través de una imagen o de la memoria. En “La carta inconclusa”, el narrador le escribe a una vieja desde Barcelona a una ciudad andina, y con esto se establece un vínculo emocional de dos personas y dos ciudades. También me interesa las emociones vistas como una especie de fluido ambiguo, como si tuvieran voz propia y cruzaran puentes y viajaran en un tren, porque sólo entonces tengo la impresión de estar llegando a alguna parte en la ficción…

 

-La priorización del valor humanista del hecho narrado por encima del valor localista (geográfico e idiosincrático) que obviamente cada historia tiene (lo cual para mí es la clave de la ruptura de ese provincianismo que ha lastrado a gran parte de nuestras literaturas “nacionales”).

De esto ya hemos hablado antes, creo yo. A mi entender la vida de un hombres sólo merece ser vista y, por tanto, narrada desde dentro, desde donde está la geografía más intrincada, desde la complejidad de lo que creemos que es la mente, esa invención y ese continente que nadie ha conquistado todavía. ¿Qué es una hombre?, creo que ahí empieza una novela, ¿no?

 

Estoy casi seguro de que estos términos no pasan por tu cabeza a la hora de escribir, pero me gustaría que te alejaras un poco del escritor que eres y que respondieras, desde la “paternidad literaria” que tienes sobre tus libros, ¿qué opinas sobre estas “marcas”?

Si por “marcas” te refieres al estilo, mi idea sobre él es muy flexible. Es probable que incluso sea un poco anticuada. Por el momento no encuentro otro término para expresar una serie de elementos que hace tan personal y única la obra de un escritor. Un estilo nunca aparece por generación espontánea. Más bien forma parte de un proceso, de una evolución y de un descubrimiento, en el que intervienen muchas cosas. Pero sobre todo es una actitud ante la lengua, un punto de vista, una elección, una forma de presentar o modelar un personaje o de describir una situación. O para decirlo de otra manera, el estilo es “la marca de fábrica” de un escritor.

 

Quiero terminar hablando sobre La piel del miedo, una de las novelas que más me han impactado en los últimos años.  Y entre todos los aspectos que me gustaría destacar de esta obra selecciono uno: El miedo como entorno vivencial, como omnipresencia, como ancla para la estructuración del suspenso que gravita en cada una de sus páginas. ¿Por qué el miedo?

De vieja tradición en la literatura, el miedo nos estimula y nos paraliza. A mi modo de ver constituye el impulso inicial de la literatura. Sin miedo no habría novelas. Aunque el miedo podría apoderarse de nuestra mente hasta hacerme perder el sentido del lenguaje. En La piel del miedo es un tema central, está relacionado con muchas cosas. Con la enfermedad, el amor, la amistad, la muerte, la soledad y la traición, etc.  Al escribirla me propuse que toda la novela estuviera impregnada de miedo, como si fuera un aleteo constante.

 

En una de sus entrevistas, Faulkner dijo “la literatura es la revelación de uno mismo, una especie de autoprofanación que busca descubrir quién somos”. ¿Te ha permitido la literatura descubrir quién eres? Y si es así: ¿cómo se definiría Javier Vásconez?

La literatura es la llave de la cerradura que a veces te conduce al secreto. Pero yo siempre tendré que soportar y vivir mi propio extrañamiento, por lo que siempre seré un solitario.

Del Autor

Javier Vásconez

Nació en Quito, Ecuador, en 1946. Autor de una importante obra narrativa, es una de las voces más destacadas de la narrativa latinoamericana. Realizó estudios secundarios en el Mount Saint Mary's College de Inglaterra. Luego, en Roma y en Estados Unidos, y se graduó como bachiller en el Colegio Spellman de Quito. Prosiguió sus estudios en la Universidad de Navarra, en España, donde se graduó con una tesis acerca de los personajes en la obra de Juan Rulfo. También asistió a la Universidad de Vincennes, en París. Ha viajado por Europa, Africa, Estados Unidos, México y Sudamérica. Ha sido colaborador, promotor y editor de revistas y suplementos culturales. Por ocho años trabajó como editor y director de Ediciones Librimundi, en Quito. Dirigió además la editorial Acuario, especializada en clásicos ecuatorianos.

Más información en su sitio web: www.javiervasconez.com

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