Septiembre 2011. Año 5. #20

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OtroLunes / Otros miran / Rafael Arraiz Lucca


 

Las maletas del fotógrafo

Rafael Arraiz Lucca

El día en que Vasco Szinetar tomó entre sus manos una cámara y le pidió a su abuelo que posara, ese día signó el resto de su vida. El General Gabaldón con una gorra vasca fue el primer rostro de su obsesión. Desde entonces nada lo ha detenido en su apuro por saber qué se esconde tras el rostro de los creadores. Especialmente los escritores han impulsado su curiosidad. El resultado viene siendo contundente: la más completa galería de retratos de la intelectualidad venezolana. Estuve a punto de escribir: la más completa galería de monstruos, y estaría bien dicho. No por consideraciones de orden estético sino por lo que significan en nuestro mundo cultural y por algo (aún más importante) que Szinetar descubrió. Ese algo –ese <<punctum>>, diría Barthes- es lo que hace de Vasco un artista, un fotógrafo.

Según la historiadora de la fotografía venezolana, María Teresa Boulton, el trabajo de Szinetar comprende tres líneas: la periodística, las modificaciones químicas de los rostros y los autorretratos satíricos. De las tres en esta muestra solo se recoge la primera. La razón es obvia: estamos frente a la galería de los retratos. Muchos de ellos acompañaron una entrevista o una reseña crítica en el "Papel Literario" de El Nacional de Caracas donde Szinetar fungió, por varios años, como uno de sus fotógrafos principales. No es necesario aclarar que en sus fotos siempre se rebasa el plano reporteril; estamos frente a un discurso menos evidente, más cercano a las calles ciegas, la desolación, algo parecido a la angustia, las úlceras y la felicidad.

Ahora los retratos inician su periplo por el mundo. El primer punto es Bogotá, con motivo de la Feria Internacional del Libro, pero luego irían a Europa y a otros lugares. No sé por qué me viene a la memoria aquella idea bellísima del pintor ruso Nicolás Ferdinandov. Me refiero al sueño del museo flotante que el pintor tejió en sus insomnios y que, finalmente, pudo parcialmente ver hecho realidad. Las maletas de Szinetar distan mucho de ser el buque de Ferdinandov pero igualmente llevan ciudades y habitaciones adentro. Las calles y las paredes que cada quien lleva en el rostro, como un tatuaje imposible de disimular . Es como si por un segundo el lente fuese un espejo con fondo. Seguramente recuerdan la escena en que una pareja da rienda suelta a su intimidad y unvoyeur los observa tras un vidrio. Por la otra cara el vidrio es un espejo, la pareja sólo se ve reflejada sin saber que detrás alguien le dá luego la noticia al mundo: esta es la mirada de Arturo Uslar Pietri o Salvador Garmendia en un segundo de perplejidad, de finitud, de vértigo.

Nota del Editor

Texto tomado del cuaderno El dedo en el obturador,  que pertenece a la colección de cuadernos del Museo Jacobo Borges.

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