Septiembre 2011. Año 5. #20

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OtroLunes / Otros miran / Violeta Rojo


 

Un científico que sólo se concentra en sí mismo

Violeta Rojo

A finales del siglo XVI, vivió y mató en Hungría Erzsebet Báthory, también llamada la Condesa Sangrienta. Su recuerdo ha llegado hasta nosotros porque tenía la mala costumbre de torturar y asesinar doncellas y bañarse en su sangre. Leyendo el libro que le dedicó Valentine Penrose y sintiéndome un tanto asqueada de tanta maldad tonta e innecesaria, llegue a un momento deslumbrante. La condesa había dedicado meses a diseñar un espejo. Lo hizo en forma de pretzel, con la idea de que pudiera descansar los brazos y las piernas durante las larguísimas horas en que se contemplaba. Todo su tiempo libre (el que le dejaban la tortura y la brujería) lo dedicaba a contemplarse a sí misma. ¿Qué habría hecho aquella mujer si ya hubiera existido la fotografía? ¿Para cuántas miles de fotos hubiera posado? Sin embargo, creo que la hubiera hecho
más feliz el autorretrato, el solitario placer de tomarse ella misma fotografías y verse por sus propios ojos.

El autorretrato fotográfico es fascinante, ya que entraña un narcisismo mediatizado y también una mezcla de egolatría y voyeurismo. Es narcisista por la autocontemplación, pero tiene un sentido de permanencia mayor que el de la simple observación ante el espejo: es imprimir el reflejo para contemplarse a placer. 

Pero es también algo más. Si alguien te retrata sabes como te ven, puedes descubrir tu lado ciego, ese que los demás perciben de ti mismo pero tú no. Pero si te autorretratas no solo te contemplas a ti mismo, sino que les dices a los demás cómo deben verse. El autorretrato fotográfico no es un ejercicio onanista, implica también a otras personas. Es decir: Mira como me veo, mira como debes verme. Yo, que me conozco tanto, te muestro lo que estaba escondido.

En la literatura, el autorretrato por lo general es un ejercicio brutal de autoanálisis, un despiadado estudio de desventajas, una aspera confrontación entre lo que se fue y el nuevo yo, deformado y doblegado por la vejez, un inventario de defectos, a veces suavizado por el humor. El autorretrato fotográfico, sin embargo, oscila entre dos vertientes. Una es el pudoroso narcisismo de mostrarse escondido: me muestro, pero me avergüenza mostrarme, por tanto me utilizo para reírme de mí mismo, o me parodio, o ensayo poses desenvueltas para demostrar que no me tomo en serio. La otra posibilidad es el impúdico y desatado impulso de mostrar el verdadero tras la máscara. El decir esta soy yo y ustedes no se habían dado cuenta. O quizás, este es el que quiero ser, pero no me atrevo a mostrarlo sino pasando por el filtro de la cámara, los lentes, el papel.  

De los fotógrafos venezolanos, Vasco Szinetar es el que se ha dedicado con más énfasis al autorretrato. Aunque Abel Naim, Enrique Hernández D'Jesús, Jorge Raventos, Luis Salmerón, Nelson Garrido y Vladimir Sersa, entre otros, lo han practicado, ha sido Szinetar el que se ha dedicado a él de manera más continua. De un modo particular, además. Sus autorretratos son al mismo tiempo retratos de famosos. Vasco es un fotógrafo de celebridades que siempre aprovecha el retrato para mostrarse a sí mismo. Sus autorretratos pertenecen a la primera vertiente. Sus retratos-autorretratos son lúdicos, divertidos, irreverentes, iconoclastas. Pone a sus retratados en situaciones incómodas, en un baño, mirándose a sí mismos, sin el cómodo recurso de la pose convencional. Además aprovecha a los demás para mostrarse él, burlándose, por añadidura. Sin embargo, sus fotos no son agresivas, más bien el fotografiado termina haciéndose cómplice de la situación.

Esta serie de sus retratos-autorretratos, se ha extendido en el tiempo. Lleva unos veinte años capturando a todos los escritores, artistas, políticos que pasan por estos lares. Su expresión cambia, pocas veces es seria, por lo general payasea un tanto. Asombra lo poco que ha envejecido el fotógrafo en estos años, a diferencia de sus fotografiados. En las fotos a Bryce Echenique, el escritor ha cambiado, el fotógrafo está igual. Estos retratos-autorretratos de Szinetar son de dos tipos: unos frente al espejo, y otros cheek-to cheek.

Frente al espejo, el perfecto símbolo narcisista, Szinetar coloca a su famoso. Fotografía el reflejo de ambos. Pocas veces compone un gesto de circunspección, prefiere el recurso de la mueca. ¿Qué nos dice con tanta morisqueta? "No me impresiona el famoso escritor que tengo al lado, por tanto me río" o, más bien, "me burlo para que no se note cuánto me impresiona". ¿Es ironía o es vergüenza? Estos retratos-autorretratos nos permiten conocer más de los fotografiados. Cómo se miran a sí mismos en el espejo, cómo responder en situaciones poco confortables, la importancia que se dan a sí mismos.

En esta serie hay varios tipos de fotos. En algunas, las más convencionales, el reflejo en el espejo lo es todo, probablemente fueron tomadas apresuradamente, aprovechando alguna visita al baño. En otras hay un juego entre el reflejo en el espejo y el primer plano de la espalda del fotografiado, como mostrando el haz y el envés del personaje. Hay otras más elaboradas, en las que el encuadre es importante y hay un juego de planos con el espejo, en estos casos de pequeño tamaño, y lo que lo rodea, como en las de Edward Albee y Jacobo Borges. En la fotografía de J.A. Cobo Borda hay dos espejos: en el grande se reflejan todos, en el pequeño sólo está la cámara y parte de la cara de Szinetar.

Es curiosa la actitud de los fotografiados. Todos se dejan seducir por la idea, pero una vez frente al espejo la actitud cambia. A veces toman parte de la broma y otras no. Unas veces payasean, otras extreman la seriedad. A veces participan; otras, se ven molestos. Alejandro Otero y Gabriel García Márquez parecen reirse de la situación. Jesús Diaz ayuda sosteniendo una lámpara de mesa que le da luz al fotógrafo. Lindsay Kemp posa. Bryce Echenique joven se ríe, viejo se mantiene serio. Severo Sarduy sorprende a Szinetar sosteniendo la cámara y tomando él la foto.

En las del cachete, Vasco abraza al fotografiado y acerca su cara, cheek-to cheek, separa la cámara y dispara. A diferencia de las del espejo, donde las actitudes cambian, en éstas, donde hay un contacto físico cercano, los fotografiados sonríen. Como si la parejería del gesto los desarmara. Carlos Fuentes posa trágico en la del espejo, pero en cambio sonríe burlón en las del cachete.

Susan Sontag decía que ''algunos fotógrafos se erigen en científicos; otros en moralistas. Los científicos hacen un inventario del mundo; los moralistas se concentran en los casos difíciles". Quizás Szinetar sea una mezcla de ambos, un científico que sólo se concentra en sí mismo. Pero lo importante es que lo hace sin sentimientos trágicos. A diferencia de Narciso, que murió por no poder aprehender a su amada imagen en el agua, Vasco se capta constantemente, lo disfruta y se divierte.

Nota del Editor

Tomado de la Revista Extra Camara No. 9 / 1997 / 1.

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