Septiembre 2011. Año 5. #20

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Vasco Szinetar

Laura García
Vasco Szinetar. Foto: Ander Szinetar

Veo dos fotos de Vasco Szinetar posando frente al espejo junto al escritor y periodista mexicano Juan Villoro. Luego leo, debajo de esas fotos, un comentario que le hace el mismo Villoro y que comienza así: «Vasco Szinetar se ha impuesto la solidaria tarea de envejecer con sus amigos». Y es verdad. Si paseamos por la numerosa colección de fotografías que tiene Vasco Szinetar junto a escritores y artistas va a encontrar la complicidad y la alegría de este fotógrafo, pero sobre todo seremos testigos de cómo ha cambiado durante todos estos años de «cacería» paciente. Vasco ha hecho un trabajo impecable: ha convencido durante más de 20 años a los escritores más relevantes de la literatura – no solo en lengua española – para que compartan con él un instante inmortal en ese recinto íntimo que es el baño y en ese acto todavía más privado que es verse reflejado en el espejo.

Vasco Szinetar nació en Venezuela y vive entre su país y Colombia. En 1980, en Nueva York, se retrató frente al espejo con una amiga que era algo más que su amiga y ese instante quedó guardado no solamente en un negativo de fotografía, sino en su memoria. Así partió la historia de su hoy famosa serie de retratos “Frente al espejo”. Vasco, paciente y aplicado, persigue a sus objetivos – casi todos escritores y artistas – durante festivales, ferias y otras reuniones y los retrata frente al espejo de un baño. Desde aquel retrato junto a Borges, hasta el más reciente con García Márquez, por el lente de Vasco han pasado – y en más de una ocasión repetido la experiencia – Vargas Llosa, Mark Strand, Salman Rushdie, Emile Cioran, Marcel Marceu, Allen Ginsberg, Jon Lee Anderson, Juan Villoro, Leila Guerriero, Umberto Eco, Tomás Eloy Martínez, Roberto Bolaño… y una lista larguísima de personalidades de la cultura, artistas, escritores, actores, músicos y cantantes. Con todos ellos Vasco, como bien dice Juan Villoro, ha tenido la solidaridad de envejecer; una solidaridad motivada por la sensibilidad artística.

La obra de este fotógrafo venezolano es vasta e hipnótica. Uno puede pasar horas recorriendo sus galerías de retratos, imaginando con gozo cómo se dio todo ese proceso para llevar a ese escritor, a ese artista hasta el último “clic” de la cámara; recorriendo egos, poses, sonrisas naturales o forzadas, miradas que brillan mucho y otras no tanto. Uno puede hacer su propia selección de favoritos, porque la muestra inagotable da para eso y más. Tal vez resulte exagerada en la mayoría de los casos esa manida frase que dice que “una imagen vale más que mil palabras”, pero lo cierto es que cada vez que miro – y no me canso de mirarla – esa foto inmejorable de Dizzy Gillespie riendo, entiendo que hay imágenes que se pueden leer una y otra vez; son literatura pura.

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