Septiembre 2011. Año 5. #20

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Los rastros de recuerdos de lo que fuimos

Héctor Abad Faciolince

Héctor Abad Faciolince. Foto: Vasco Szinetar

 

Supongo que ese tipo imberbe y sin canas soy yo, o al menos alguien que se llamaba con mi mismo nombre. Si me miro hoy al espejo soy otro. También el fotógrafo ha cambiado, pero menos. ¿Qué es un retrato sino un espejo con memoria? Supongo que Vasco se pone y nos pone siempre frente al espejo para que recordemos eso, la fugacidad de la imagen en el espejo y la permanencia de la foto, que fija un instante. Yo no recuerdo cuándo y dónde pudo ocurrir el disparo de esta cámara que está captada en el mismo instante en que cumple con su cometido. Por indicios pienso en lo siguiente: como no tengo la papada de ahora, debió de ser la vez que subí hasta la cima del Ávila caminando y eso ocurrió hace más de diez años, en mi primer viaje a Caracas. Tenía yo entonces un único amigo en Venezuela, que se llamaba y se llama Antonio López Ortega. Tuvo que haber sido, entonces, en el baño de su casa. Creo que fue allí. El pasado se desmorona, es una serie de olvidos que se superponen a fragmentos cada vez más frágiles de memoria. Quedan las fotos. Creo que ni una célula de ese tipo es mi cuerpo ahora, pero uno tiene la ilusión de que es la misma persona, por los rastros de recuerdos de lo que fuimos. Tal vez por eso las fotos viejas nos fascinan y nos aterran.

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