Septiembre 2011. Año 5. #20

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OtroLunes / Punto de mira / La puerca. Cuento


 

La puerca

(Cuento)

Ángel Santiesteban Prats

Chepe se mantiene acostado en la litera con los ojos cerrados mientras se soba los huevos; a su lado, en el piso, hay un recluso que recién entró en la última cordillera, dice que es su esclavo y lo apodó Victrola. Canta imitando la voz de Julio Iglesias. Lo pasó por las camas de los que considera de su confianza y hasta lo alquiló por unas cajas de cigarros. Apenas lo deja bañarse y tiene el pelo sucio y se rasca los granos, la punta de los dedos se le mancha de sangre y pus. La canción que más gusta es La vida sigue igual, y cuando la interpreta nadie hace chistes, sólo un aparente silencio, con un murmullo de fondo en sordina. No lo dejan descansar y ha perdido la voz. Han tenido que golpearlo dos o tres veces porque no quiere seguir cantando, estoy cansado, dice y vuelve a recibir golpes; Chepe grita que no le maltraten la mercancía y que allí el único que apalea es él, y se mete la mano dentro del pantalón y exhibe su rabo negro y sonríe con cinismo porque todos voltean la cara evitando la escena; pero nadie se atreve a quejarse, saben que el mandante no está de buenas.

Chepe está de mal humor por culpa del gordito tímido que también entró a la galera en la última cordillera. Lo quiere para él. No se perdona haber sido tan lento. Desde que entró a la compañía y le llamó la atención debió acomodarlo en su territorio; pero confiado, por ser el mandante, esperó a que llegara la noche para poseerlo; y el Llanero Solitario, más precavido, se olió sus intenciones y dio el zarpazo primero, lo ubicó en su pasillo prometiéndole protección; y el muy gordito, que se moría de miedo a ser devorado por tantos salvajes en esa jungla, aceptó entregarse a aquel King Kong, critica Chepe, olvidándose de que él es tan negro como el otro. Desde entonces pasa constantemente por delante de sus camas, vigila que el negrón del Llanero no lo mire, para sacarle la lengua al gordito que rehúye la mirada y se ruboriza, y Chepe se excita más, se chupa los labios, se los muerde. No se ha decidido a aplicar sus mañas porque el Llanero no es fácil, es un presidiario viejo. Lo conoce desde que comenzaron en la cárcel de menores, y sabe que no se dejará arrebatar el faisán. No le da mucha gracia tener un enemigo tan peligroso dentro de la galera, eso le puede traer muchas molestias, además de las horas de sueño que le quitaría. Bastante tiene con el Kimbo que lo azoca, se ha pasado el día mirando para el interior de la compañía, seguramente buscando su cama para planificar algún ataque, uno más de los tantos que se han hecho a lo largo de sus condenas en diferentes prisiones: son enemigos irreconciliables, y Chepe se pasa la mano por la cicatriz del rostro y recuerda que en la última pelea  dejó al Kimbo tirado en el suelo pensando que lo había matado porque era imposible que un preso pudiera tener más sangre que la que corría por las losas.

Chepe mira desde su cama al gordito que pone los ojos en blanco cuando ríe, y al Llanero que se queda extasiado cada vez que lo hace; han pasado todo el tiempo conversando, un cuéntame tu vida apresurado, ni que mañana fueran a salir en libertad, dice y se mete el dedo en la nariz, hurga incesantemente, y extrae lo que le molestaba, hasta parece que están de luna de miel, gruñe. Con la yema de los dedos comienza a hacer una bolita que trata de tirar, pero se le queda en la uña, repite el gesto varias veces, se incomoda y la pega en la cama del Albino que se desentiende, y aunque quiera protestar prefiere mirar hacia otro lugar porque sabe que el mandante, cuando está molesto, siempre busca un pretexto para golpear.

Chepe observa los gestos delicados del gordito, la gracia del rostro, sus labios carnosos, su piel lisa, lampiña; desesperado llama al Albino: ve y dile a ese negro que venga acá urgente, no quiero cometer una locura, y el otro mueve la cabeza asintiendo, ha puesto los ojos de susto y se limpia las manos que han comenzado a sudarle, conoce bien al mandante y sabe que pronto no podrá controlarse, ve y díselo, a ver si te entiende y acepta y se aparta de mi camino, que no rompa las costumbres establecidas, esto no lo inventé yo, desde que la cárcel es cárcel las cosas han sido así: el mandante es el que reparte, repíteselo varias veces, anda, demuéstrame que me sirves para algo y que si te he perdonado el culo no ha sido por gusto, ve a ver si tienes suerte y ese negro te entiende y quiere negociar.

El Albino, receloso, va a la cama del Llanero, se le acerca sonriente y sumiso, se mantiene inmóvil, esperando que él termine de mover los ojos desconfiados hacia todas partes como un animal en acecho, después vuelve a mirar al Albino que permanece en el sitio con cara compungida, el Llanero hace un gesto para que se acerque y el otro finalmente respira y entra al pasillo, están un rato conversando. Albino insiste en que recapacite, valore la oportunidad que le dan; pero el Llanero se niega, no acepta tratos, mira a su protegido con una leve sonrisa para que no se asuste, y el Albino no quiere terminar la gestión sin lograr algo, le parece sentir los ojos del mandante pegados a su espalda, conoce al Chepe y teme que su rabia se vuelva contra él como si fuera el culpable, le reprochará que no supo explicarse, que se ha puesto viejo y pendejo, por eso tenía esa piel incolora, igual que los guayabitos recién nacidos. Entonces invita al negrón a que se entienda personalmente con el Chepe, a lo mejor lo haces desistir de su capricho cuando le expliques que no es nada personal. Albino se da cuenta de que el negrón niega no muy convencido y él insiste, quizás un poco desesperado, hasta que el Llanero lo mira fríamente, y Albino piensa que se le ha ido la mano y que el otro puede molestarse con él y darle una paliza, y entonces va a decirle que ha terminado, que no volverá a llevarle la contraria, pero sorpresivamente el Llanero asiente, no desea problemas, le explicará que no es un capricho, es algo especial, no soportaría una celda ahora que intenta ser feliz, le pasa la mano por el pelo a su protegido y le promete volver lo antes posible; recorren la galera sumida en un silencio total hasta la cama del mandante que está subido sobre la litera con las piernas entrecruzadas como un faraón.  Albino se aparta.

El Llanero le explica, pero Chepe insiste, dice que primero el mandante, por pura disciplina, por tradición y respeto; después lo devuelve, así es como ha sido siempre y lo sabes muy bien; Llanero sonríe, está seguro de que miente, sabes que si lo pruebas una noche no querrás devolvérmelo. Chepe sonríe, no puede ocultar que miente y lo sabe, insiste en que cumplirá su palabra; pero el negrón repite que no, esta vez no, Chepe, aquí me juego la vida y te pido que no lo tomes a mal, nunca me he esforzado tanto porque alguien me entienda, verdaderamente nunca me importó. El mandante, impaciente, se pasa la mano por la cara, le propone cambiárselo por Victrola y el negrón tampoco acepta, la música no es mi fuerte; el jefe respira con fuerza, dice que no entiende ni va a entender que se haga de otra forma que no sea como dicen las reglas, después los demás querrán hacer lo mismo y entonces el problema será doble, el mal se corta por lo sano, ¿comprendes, Llanero, que me estás obligando a algo que no deseo hacer? Piensa si vale la pena enfrentarme. En la galera hay más, te doy el que tú quieras, si es tu deseo escoges dos; te prometo que en la próxima cordillera te doy el que me pidas; pero acaba de razonar que no me dejas otra alternativa que destruirte, porque es preferible enfrentarte a ti ahora, que después a la galera completa; cuando quieran imitarte, se pondrán a repetir lo que dicen los reeducadores: que tenemos los mismos derechos, ¿has oído cosa más loca? Aquí los derechos se ganan individualmente, ¿verdad, Llanero? Ahora, ¿qué me dices? Antes de responder, el Llanero mira al techo, lo recorre pacientemente: si no hay otra opción, entonces, mátame, dice y espera con la mayor naturalidad, con una mirada que no es agresiva y por eso asusta más. Chepe se altera, levanta la voz y el resto de la galera hace silencio en espera de que algo ocurra, le grita que no sea bruto, está jugando con candela y segurito que te vas a quemar, eso te lo juro, y besa la cruz que hace con los dedos,  tanto lío por el gordito, total, parece una puerca en celo, y el Llanero, que sabe que se encuentra en territorio ajeno, regresa a su pasillo sin contestar a las humillaciones, porque eso es lo que es, una puerca, ¿oíste?

La compañía ríe y Chepe sube a la litera y grita que le parte el culo al que se ría, pedazos de puta, y un profundo silencio se instala nuevamente en el lugar, los rostros pálidos y sudorosos. De repente lo ven tirarse de la cama y correr hacia el baño con un pote en la mano, y tiemblan, tarda unos segundos y regresa, lanza al aire un líquido que cae como una llovizna sobre los cuerpos y las camas, y el olor les avisa que es orina; entra a buscar más, los reclusos se cubren con toallas y sábanas sin abandonar sus pasillos, saben que si violan ese mandato después el Chepe podría ser más desagradable, porque todavía no es lo peor que puede sucederles, queda la posibilidad de que les tire mierda. El mandante continúa arrojando orina mientras ofende y provoca a los reclusos para que se le enfrenten; se molesta aún más al ver al gorila hablándole al oído a la Puerca, sonrientes, sin importarles que los mojen con desperdicios, y corre desequilibrado hacia el fondo de la galera, busca su cama, rastrea debajo del colchón y regresa, casi frenético, hasta la litera del Llanero: sal para fuera, a ver tu coraje, dice, y tiene los ojos rojos y grandes como si se hubiera fumado una mariguana. El negrón levanta la vista lentamente, permanecen calándose, reconociendo el terreno, por fin se decide a salir con mucha lentitud, sonríe, camina sin miedo, normal, como siempre, se detiene frente al Chepe que juguetea con una cuchilla mohosa en la mano, la hace bailar entre los dedos como un mago, y el Llanero la mira fijamente, todavía seguro de que nada va a ocurrir, aunque Chepe lo esté amenazando, amaga haciendo círculos con los brazos, estudiando para sorprenderlo en el primer movimiento en falso, buscando una oportunidad para embestir, y el negrón permanece inmutable, desconcertante, persiguiendo la cuchilla con los ojos, hasta que levanta los brazos y se cubre con un estilo de boxeo antiguo, los puños hacia arriba, acechando detrás de sus brazos fornidos que hacen de parapeto, una muralla africana que recibe los primeros cortes sobre otras cicatrices, pequeñas incisiones por donde brota la sangre y que el Llanero apenas percibe, como si no fueran sus brazos. Los secuaces de la mandancia, Albino, Jábico y Calabaza, junto a otros, aunque tienen miedo, esperan una señal del jefe para agredir al contrario. El mandante sigue moviendo la cuchilla con gestos de samurai, como si jugara, quizá tratando de marear al Llanero, lo que no logra porque este atiende a los giros y cambios de mano que realiza Chepe con el metal. Pasan un rato marcándose a la defensiva, Chepe no vuelve a intentar cortarlo. Entonces Calabaza dice que dejen eso, van a ir a parar a la celda por una Puerca, que no lo vale, sabemos que al mandante realmente no le interesa; Chepe y el Llanero detienen los movimientos, pero continúan mirándose fijamente. Calabaza aprovecha, avanza lento, se va interponiendo entre los dos que no pierden concentración, se vigilan: ya el negrón tuvo su merecido, dice; seguramente el Llanero o cualquier otro se medirá antes de tomar una decisión que afecte al mandante; y al unísono, sin darse la espalda, se van alejando hacia sus camas. Llanero se sienta sobre la litera sin advertir la sangre que corre por sus brazos, y le sonríe al gordito que lo espera nervioso, y continúan conversando apaciblemente como si nunca los hubiesen interrumpido.

Chepe sale por el pasillo todavía con la mirada de loco, le grita a Calabaza que no vuelva a hacerlo, estuvo a punto de cortarlo, por eso le va a retirar la consideración que le tiene. Dice que no quiere a nadie fuera de su pasillo, ni siquiera después del recuento.

Durante el resto de la noche se respiran tensiones, muchos deciden no dormir por temor a ser sorprendidos en medio de otra pelea entre el Chepe y el Llanero; el primero se mantiene en el fondo de la compañía para no tener que pasar por delante de la cama de su enemigo.

Kimbo vuelve a rondar por la reja, finge acompañar al enfermero que reparte las pastillas. Mira en silencio a los reclusos, pide un fósforo y enciende un tabaco. Se esparce la humareda por la galera. Los hombres aliados de la mandancia permanecen atentos a sus movimientos, con quiénes habla, y si entrega o recibe algún papel, para poder interceptarlo.

Se escucha la voz de Victrola, está como siempre a los pies del Chepe, que sólo abre la boca para pedir que repita la canción. Cuando dan el silencio, el mandante hace traer a Matías, la Maga, famosa por hacer desaparecer la carne dentro de su cuerpo. Le dice al jefe que pensaba que no la iba a ir a buscar esta noche, como ahora estás con la majomía de la Puerca, creía no tener espacio dentro de tus deseos. Chepe la empuja, y la Maga dice suave, papito, yo soy igual que el mar, me desplazo lentamente, abrazo y me apodero de la situación, tú verás cómo se te pasa ese malestar, y el mandante vuelve a mirarlo malgenioso. La Maga decide callarse y le besa las piernas flacas y lampiñas, se introduce en la boca sus dedos largos y suaves como los de todo preso viejo, después le besa el sexo, que comienza a ponerse erecto, esa Puerca no sabe lo que se está perdiendo, dice y Chepe la manda a callar, concéntrate que hoy tengo el día malo; la Maga lo recorre con la lengua, y de soslayo mira a Victrola que hace una mueca de asco, la Maga sonríe y lo llama, ven para que pruebes, y el otro se niega y evita mirar; la Maga le pregunta al mandante si no quiere sentir dos lenguas recorriéndolo; Chepe lo piensa y el miembro se le endurece más, la Maga vuelve a llamar al cantante, y como el otro no le responde mira al jefe para que lo haga él; ven, dice Chepe, y Victrola sigue negando, eso no le gusta, te dije que vinieras, no si te gusta; se acerca temeroso, repite que eso no le gusta, el mandante lo amenaza, si se molesta va a ser peor: nada más es pasarme la lengua, no me hace falta otro culo, si eso es lo que te asusta, con el de él me basta, y señala a la Maga que sonríe; Victrola permanece en silencio, la Maga le pregunta si le gusta la galletica de dulce, y él responde tímido con un movimiento de hombros, entonces con gestos amanerados, la Maga busca en el jolongo del jefe, saca tres galleticas, las parte en cuatro y pone un pedacito sobre el glande; ven, dice el Chepe, come, no me gusta que me desprecien lo que brindo de buena fe. Victrola quiere negarse pero el mandante hace un gesto de impaciencia y saca la cuchilla mohosa, se la enseña, Victrola se acerca temeroso, la Maga, sonriente, le empuja la cabeza y él cede y coge la galletica con rapidez y regresa a la posición anterior; la Maga pregunta si le gusta y vuelve a depositar otro pedacito, hasta que en la tercera o cuarta vez le dan un último empujoncito que le hace resbalar los labios y sentir el pedazo de carne latiendo en su boca.

Transcurren los días, y el Llanero tampoco va al final de la galera, salvo a buscar el desayuno, y trae también el del gordito, que apenas sale de su pasillo, sólo para lavarse la boca y bañarse, siempre protegido por el negrón. La mayor parte del tiempo la pasan conversando, al Llanero le salieron postillas en las heridas que se revientan, su acompañante lo limpia y cura con delicadeza. Por las noches utilizan de parabán frazadas que ponen a los lados de la litera; por momentos la cama vibra, se detiene, y deja escapar un vaho, un calor sofocante que avisa que allí hay sexo. Los que duermen a su alrededor se excitan, y van al baño a masturbarse.

Victrola ha decidido no continuar cantando y siempre anda triste y asustado. Chepe ya no lo golpea por temor a dejarle alguna marca en el rostro y eso le cueste una celda de castigo.

Aunque el Kimbo sea el jefe de patio nunca rondó la galera con tanta insistencia como ahora. Y desde que lo vio buscando un pretexto para entrar a la compañía, Chepe arrancó varios pedazos de angulares que sostienen las patas de la litera y los está afilando con la pared, dice que no lo van a madrugar. Ha dejado de sentarse en la puerta por miedo a que el Kimbo le tire mierda o quiera pincharlo a través de las rejas. Por eso puso en un puesto de observación al Albino para que vigile los movimientos del Llanero y el Kimbo, no vaya a ser que se pongan de acuerdo y me jodan. Abre bien los ojos, Albino, si me sucede algo y vuelvo a pararme, vas a perder el ojo del culo. Y el otro mueve la cabeza negando insistentemente, descuida Chepe, te consta que por el olfato soy un perro, nada más que piensen joderte, vengo y te aviso. Y el tiempo pasa y no hay aviso. Chepe le hace una seña al Albino para que vaya hasta su cama, lo hala por la camisa, le pregunta si está esperando que lo madruguen para avisar. Este mueve la cabeza, no sabe nada. Entre el Kimbo y el Llanero no ha visto ninguna intriga. A lo mejor hasta eres cómplice de ellos, pendejo, lo insulta el Chepe, y el otro continúa negando con movimientos rápidos de cabeza. Entonces ve y averíguame qué traman esos negros. Albino acepta con gestos obedientes.

Hace rato tocaron la campana del silencio y el penal aparenta dormir. Aunque se mantenga la luz encendida día y noche dentro de la galera, no permiten leer ni escribir cartas ni conversar después del silencio. De repente abren la puerta violentamente y varios presos entran corriendo con el rostro cubierto con tela, hay confusión, y Chepe se tira a coger el hierro, pensando que vienen hacia él, Calabaza se mantiene indeciso ante la mirada de súplica del mandante para que lo proteja, el Albino se hace el dormido hasta que el jefe lo empuja con el pie; los reclusos van directamente a la cama del Llanero, lo sorprenden abrazado a la Puerca, lo sujetan y halan a su acompañante, lo tiran de la cama, lo arrastran pataleando por el pasillo, el negrón forcejea inútilmente, entre dos tipos han subido al gordito a los hombros y se lo llevan al patio que se mantiene oscuro; entonces sueltan al Llanero y corren buscando la salida, rápidamente cierran la puerta, y el negrón desesperado llega a la reja, saca el brazo y agarra por el cuello al que pone el candado, lo inmoviliza, otro lo muerde, el Llanero grita, soporta, continúa apretando su mano, quiere que le devuelvan a su amigo, vuelve a gritar de dolor y no puede resistir más, suelta al hombre que cae al piso sin fuerzas y el otro lo recoge y arrastra mientras escupe sangre y carne.

El Llanero llora, llama a los guardias, que lo ayuden, por favor, ni siquiera se ha mirado el brazo que sangra por la herida. Se deja caer sin fuerzas delante de la puerta, golpea el piso, se golpea, vuelve a clamar por los sargentos, le han robado, grita, desde otra compañía se burlan, piden que se calle y no joda más, seguro que después se lo devuelven, no olvides ponerle fomentos, y ríen. El Llanero los ignora, sigue exigiendo la presencia de los guardias, que vengan rápido, hasta que le responden: ya va, gritón, pareces una vaca parida. Se acercan los soldados de la guarnición, el negrón pregunta por los sargentos, le responden que hoy no hay sargentos, están ellos que son generales, sonríen; Llanero quiere explicarles, no lo dejan terminar, le dicen que se acueste, resolverán ese problemita, pero él no entiende, se les queda mirando fijamente, le repiten que vaya para su cama, y no quiere entenderlos. Sin moverse, pide que se lo traigan ahora, abren la puerta y lo empujan, ve para tu cama, cumple el consejo, es por tu propio bien, lo siguen empujando, retrocede y da un paso adelante, lo agarran por los brazos y las piernas y lo alzan sin que se revire, seguro pensando que lo llevarán con el otro, lo sacan, cierran la puerta y se alejan hasta perderse en la oscuridad del patio. Pasa un rato y se escuchan sus gritos que vienen de la oficina de Orden Interior rompiendo la quietud de la noche en el penal, grita pinga, cojones, se caga en sus madres, se oyen unos ruidos secos, que tampoco lo hacen callar, le insisten en que haga silencio, pero ya no hay quien le cierre la boca, hasta que los soldados, previendo que no cesará de gritar, se miran impotentes, lo amordazan, lo arrastran por el patio, lo llevan para la galera, y lo tiran en su cama; Llanero se saca el trapo de la boca y continúa llamando a los sargentos hasta que la voz comienza a fallarle, y los guardias deciden ignorarlo, y se van.

Al amanecer todavía llora, desde su cama mira constantemente la puerta, que de repente abren, lanzan a la Puerca que se golpea con el piso, y la vuelven a cerrar. El Llanero corre a ayudarlo, pero él lo esquiva, se levanta solo, con los ojos llorosos y el rostro húmedo, mira al fondo de la compañía, el negrón se arrodilla y le besa los pies, le dice que no sucederá más, le jura que no dormirá, se mantendrá atento por si lo intentan nuevamente, el gordito no lo escucha, sigue mirando hacia el final de la galera, su cuerpo tiembla, a veces las piernas le fallan y parece que va a caer, pero vuelve a reponerse, el Llanero le pide perdón, que no lo ignore. Con dificultad la Puerca avanza con pasos cortos, se aleja de él que llora irremediablemente, lo persigue arrodillado, pidiendo que lo perdone; se asusta cuando lo ve rebasar la litera y continúa caminando, piensa que está mareado y le avisa que es aquí y le señala su cama, trata de tomarlo por la mano que con un gesto rechaza. La Puerca va hacia el fondo sin mover el cuerpo, rígido, como una recién parida. Llanero no sobrepasa la litera, lo llama, le pide que regrese, coño; pero no lo escucha.

Llega a la cama del Chepe que con rapidez sacude y estira la sábana. La Puerca se acuesta boca abajo, tiene el pantalón manchado de sangre. Chepe le limpia las lágrimas con la mano, duerme, no tengas miedo, yo vigilo, le dice, mientras le acaricia el pelo y lo mira con ternura.

Nota del Editor

Tomado del libro Los hijos que nadie quiso, ganador del Premio Nacional Alejo Carpentier de Cuento en la convocatoria del año 2001, fue publicado por la Editorial Letras Cubanas, La Habana, Cuba, 2002.

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