

Houston es una ciudad que no termino de entender. Cuatro millones de habitantes, el idioma español tan presente como el inglés, una alcaldesa lesbiana en el corazón del conservadurismo texano. Dinero a raudales y también pobreza. Pienso sin sorpresa, no sé si maravillado, que en Houston hay tanta gente como en todo Costa Rica, que es el lugar perfecto para extraviarse en todos los sentidos, que todo queda lejos y disperso... Pero sobre todo Houston es para mí un puñado de personas que viven en Montrose, un área al suroeste de la ciudad, apenas un rinconcito en la inmensidad de su territorio. Hace poco fui por primera vez en cinco años. La visita anterior no fue tal: yo andaba huyendo del huracán Katrina; llegué, como ahora, con una maletita pequeña y ropa apenas suficiente para dos días de viaje. En el 2005, sin embargo, pude regresar a mi casa en Nueva Orleáns tres meses y medio después, luego de vagabundear por lugares para mí impensables: Oklahoma, Kansas, Missouri, hasta que mis huesos fueron a dar a Iowa City, Iowa, famosa por su universidad, sus programas de escritura creativa, sus librerías magníficas y por estar cerca de Cedar Rapids, hogar de la Avena Quaker y de Grant Wood, de quien se sabe que pintó la célebre "American Gothic" y de quien se rumora era gay.
Pues volvía Houston a celebrar el cumpleaños de mi amiga Christina Sisk. Christina fue mi compañera de apartamento cuando éramos estudiantes graduados, y hemos tenido un relación muy cercana desde entonces. Me quedé, sin embargo, en casa de Guillermo de los Reyes, a quien le debo muchas cosas. Él y yo salimos el sábado antes de la fiesta de Christina a pasear por la ciudad, y sin proponérnoslo visitamos dos santuarios. El primero es la Librería Española, el segundo, la Capilla Rothko.
No sabría cómo llegar a la Librería Española, me parece que está entre casas en un barrio cercano a una universidad cristiana. Es un edificio más bien feo, una especie de caja de ladrillo sin encanto alguno. Desde afuera te da la sensación de que está permanentemente cerrada, y desde la calle no se ve ningún libro ni nada que invite a entrar o a leer. Hay un rótulo, claro, pero dice "For Sale".
La librería la administran una pareja de personas mayores, ambos de Ecuador. Muy amables, parecen escondidos tras un mostrador demasiado alto, como de banco. Te invitan a explorar el lugar y, como debe ser, te ofrecen ayuda por si no encuentras lo que andas buscando. ¿Pero cómo encontrar lo obvio en la Librería Española? No hay un solo libro nuevo, pero tampoco es una librería de segunda mano. Me explico: El noventa por ciento de los libros son nuevos, muchos incluso está todavía en su empaque de celofán. Lo curioso es que esos libros nuevos fueron publicados en los sesentas, setentas y ochentas. Son libros aún por leer, en perfecto estado, nuevos pero antiguos. No se encuentra en Librería Española casi nada que suene a literatura del siglo XXI, pero ahí están Alejo Carpentier, Elena Garro, José Agustín y casi todo el boom con cierto sesgo hacia Julio Cortázar. Hay ediciones que sería imposible encontrar en otras partes (¿lo sabrán los dueños) de Puig y Paz. Entrar a ese lugar fue como regresar a un momento del cual no se guarda recuerdo pero se reconoce en el acto, un mundo diferente, una especie de origen marcado por ciertos autores y ciertos títulos. Luego los escritores/lectores crecemos, nos alejamos, ponemos distancia de ese origen, lo criticamos con justicia o sin ella. En algunos casos ha habido rencuentros totales o parciales, y en esos pasillos y esos estantes de la Librería Española inevitablemente se topa uno con quien era hace muchos años, aunque sea por un segundo de ingenuidad y de cierta pureza.
Al principio me hice de varios títulos que no sabía si deseaba leer, algo de José Donoso- de quien Roberto Bolaño alguna vez habló mal, lo que no se lo perdono- algo de Cortázar, pero al final lo dejé todo por el libro realmente deseado, un libro que en los ochentas muchas veces pedí prestado de la biblioteca central de la Universidad de Costa Rica, el libro que planee robar sin nunca atreverme, el imposible de encontrar en ninguna parte, el único "Historia de un deicidio", de Mario Vargas Llosa, la edición original de 1971, el de la leyenda del fin de la amistad entre los dos escritores, un rompimiento que no se dio por ni por envidias ni por diferencias políticas, sino por un oscuro lío que culminó con el derechazo con el que Vargas Llosa tumbó a García Márquez a la salida de un teatro. Después del incidente, que debió ocurrir hacia 1975, el autor peruano prohibió la reedición de "Historia", por lo que cuando por fin tuve acceso a la copia de la biblioteca universitaria ya era un pieza de coleccionista. Pues ahí estaba, en La Española, como quien no quiere la cosa y a un precio risible.
Guillermo y yo salimos con mi tesoro bajo el brazo rumbo al segundo santuario, uno menos material si se quiere, a pesar de ser un edificio. Hay en Montrose varias galerías en mitad del barrio residencial. Esta vez llegamos a un parque que parece dividido en dos: a un lado hay árboles de sombra modesta donde van parejas a hacer picnic y a besarse. En medio de esa área, una hamaca espera a quien quiera mecerse un rato. Al otro lado de nos arbustos se encuentran una fuente rectangular con un obelisco invertido en un extremo. Luego, mirando hacia la calle, está la capilla Rothko. Yo volví a saber de este artista por la televisión. Estaba viendo un capítulo de "Mand Men", en el cual los ejecutivos jóvenes de la agencia publicitaria se cuelan a la oficina de uno de los presidentes a ver su más reciente adquisición, un Rothko de brillantes tonos naranja. El viejo cínico le comentará luego a uno de los ejecutivos que no le interesa la pintura por su valor artístico sino por su valor material: Sabe que el pintor está en alza y que en pocos meses podrá vender el cuadro por un monto nada despreciable. Según un documental, el arte de Rothko- páneles de color que forman especie de columnas, tonos que varían dentro de cada panel- alcanzó su mayor fama hacia finales de los cincuentas. El artista, cuestionando la idea de celebridad y el estatus de su obra como objeto de consumo, da un giro radical a partir de los sesentas, abandonando los colores vivos por otro más sobrios, púrpura y azul profundo, por ejemplo, renunciando a la popularidad hasta ahora lograda para volver a ser artista de culto.
En Houston, la capilla podría describirse como un punto de encuentro de espiritualidades, no necesariamente religiones, donde uno puede abandonarse a la reflexión o simplemente disfrutar el misterio que le espera dentro. La estructura debe tener unas seis paredes interiores, cada una con un panel de un par de metros de altura pintado en tonos oscuros. El cielo raso tiene unas aberturas laterales por donde entra luz natural. Para los visitantes hay bancas muy sencillas, en las que uno se sienta y puede notar cómo la luz que viene de arriba va cambiando las pinturas. Luz, color y silencio crean una atmósfera donde todo puede estar detenido por horas, donde uno puede relajarse y por el contrario, ver el mundo entero a la vez, en especial nuestro mundo interior. En un rincón, entre sombras, hay una silla donde se sienta la persona que vigila a los visitantes. Por pura casualidad, ese sábado era una señora negra que llevaba puesto un enorme sombrero como el de la figura en "South Carolina Morning", una pintura de Edward Hopper. Ahí, de entre las sombras, surgía misteriosa esa presencia como abrumada por el poderoso arte abstracto de Rothko.
Quizás estaba aburrida, pues su misión es resguardar la seguridad de la obra de arte, algo que en este caso equivaldría a vigilar una atmósfera, una penumbra y a las personas que entran con sus búsquedas personales, con sus cultos privados.
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