Preguntas que se hace la narradora de Un día cualquiera (Alfaguara, 2013):
¿Todos los que escriben serán pobres y enfermos? ¿Qué sería eso de triunfar en la vida? ¿Triunfar sería algo así como ganar? ¿Se puede uno cubrir con una cáscara de banana? ¿Quién andará con tanto ruido a la hora de la siesta? ¿Cómo le llegan las cosas a la gente? ¿Cómo sabe la gente tantas cosas que sabe? ¿Y cuál será mi lugar? ¿Qué problema tendría con el perro si era lo más hermoso de toda la tarde? ¿Qué sería mejor, ser ciego de nacimiento o perder la vista después? ¿Por qué tenían tanto para conversar y yo nada? ¿Cómo podía ser que ellos sí y yo no? ¿Cómo hacen todos para conversar con los demás? ¿Cómo pudo ser? ¿Seguiría así toda la vida sin preocuparme por nada? ¿Qué me deparará la vejez? ¿Para qué está hecha la tarde?
Preguntas que se hace Hebe Uhart, más bien, a través de una narradora que va de la infancia a la adultez sin perder una pizca de asombro. El desconcierto permanente frente a lo que para otros está naturalizado, cristalizado en la rutina del pensamiento. Aquí están los tempranos cuestionamientos, los primeros intentos de entender el mundo: “los quién soy y los cómo soy”, como dirá la protagonista del primer relato. ¿Qué somos?, ¿adónde vamos?, ¿de dónde venimos?, las clásicas preguntas de la filosofía, estarán en estas ciento setenta páginas ancladas en las situaciones más domésticas. Todos los días de Hebe Uhart son un día cualquiera, en realidad, porque ella pone el ojo en lo que presenciamos tanto, todo el tiempo, que de pronto dejamos de ver. Lo que hace Uhart es recuperar ese asombro perdido en medio de la inercia y las certezas que nos van encegueciendo.
Estos son cuentos, pero también crónicas, estampas, escenas, paseos por el barrio, elogios a la duda permanente, destellos de unas historias muy vivas, casi palpables. Tienta la idea de revisar el costado autobiográfico de lo que vamos leyendo, pero lo que importa en realidad –más allá del referente, de la verdad documental– es la mirada hebeuhartiana (si cabe el término) y la invitación hacia unos mundos propios de la memoria. Ahí está, por ejemplo, la perplejidad que le produce a la protagonista del cuento “El olor de Buenos Aires” ver que un hombre y una mujer separados –los primeros separados que ve en su vida– no se miran con odio y conversan como si nada. La situación le asombra tanto como las plantas de su tía María, esa tía loca que aparece recurrentemente en estas páginas y en las de otros libros de Uhart como una mujer “con la imaginación muy encendida”, que le habla a un perro de porcelana del comedor, quiere cortar el segundo piso de la casa como si fuera una torta, encierra a los pollos en una pieza y tira baldes de agua en las paredes de la casa. A la narradora le sorprende que las plantas de esa tía loca crezcan normales, como las de todo el mundo, cuando tendrían que haberle nacido plantas “apropiadas a una insana”. Y le parece que con los separados ocurre lo mismo. No le calzan a la narradora; no le calza que la mujer haya dicho hace un rato que el ex marido era un “cabeza hueca” y ahora lo trate con un tono de voz muy amable, “como si él hubiera tenido la cabeza llena de pensamientos útiles”. O ahí está, también, ese llamado interno de la protagonista de otro de los relatos a “desfulanizar” a la gente. Es decir, “volver más reales a las personas, para comprenderlas en su mismidad, no ligadas a esa rutina que mata”. Y más adelante está el perturbador cuento “¿Y cómo pudo ser?”, en el que Uhart abandona la primera persona y relata la historia de Susana, una niña tímida y disconforme, extremadamente silenciosa –el misterio en cuerpo de niña–, que sólo logra sentirse cómoda arriba de su bicicleta y encarna con discreta genialidad la sensación de extrañeza frente al mundo que suelen tener estos personajes.
Los relatos de Hebe Uhart están en estrecha sintonía con los de Felisberto Hernández, Natalia Ginzburg, Clarice Lispector. Muchos han remarcado la oralidad en sus textos. Yo diría que su registro oral y el cruce entre la mirada de la infancia y la reflexión de la sabiduría generan una lengua nueva, tan genuina como impredecible. Una lengua atenta, que recoge los restos y se detiene en las expresiones y en los desvíos del lugar común, la redundancia o la articulación errónea de una frase –según los parámetros puristas del lenguaje–, pero no para remarcar el defecto sino para incorporarlo y desestabilizar la inercia expresiva. “Para mí escribir es comunicar”, dijo hace un tiempo la autora en una entrevista. Y aclaró: “Si sale lindo, mejor”. El milagro, digo yo, es que lo suyo no sólo sale lindo y comunica, sino que también conmueve. Porque lo que captan las antenas de la escritora menos pomposa de la escena argentina, la más exquisitamente coloquial, es ese brote intangible, en ocasiones delirante, que termina por aflorar en los seres comunes y corrientes que trae a colación.
Un día cualquiera, para que se hagan una idea, es despertar a las cinco o a las seis de la mañana y prender la radio para saber la temperatura y la hora; repetir nombres de la A la Z para dormirse; tratar de no menear mucho el cerebro para que no se arranque el sueño; ir de la cocina a la pieza llevando y trayendo cosas; pensar en qué nos deparará la vejez; salir a la calle y caminar sin rumbo por distintos barrios pero a veces “dar una oportunidad al oeste”; piropear los perros de los vecinos; entrar a un café y leer libros sobre historia argentina y sobre la vida de los animales (tener cuidado eso sí, de no ser vista revisando esas fascinantes láminas sobre monos: “tengo miedo de que los mozos vean que miro eso y piensen que me falta un piolín”, dice la narradora). Pero Un día cualquiera es también volver a casa, tender la ropa en perchas “en memoria de Arturo, un gran lavandero de ropa”; cocinar con pocas ollas, en memoria de la madre; dar vuelta el pan, en memoria del padre y regar las plantas, en memoria propia. Hacer, en definitiva, “cualquier cosa, cualquier día”, porque a estas alturas del siglo veintiuno en estos rincones del mundo el tiempo parece simultáneamente más corto y más largo. Así le parece, más bien, a la protagonista del último relato, que da nombre al libro completo. “Ahora”, zanjará ella, “es como si todo fuera importante e irrelevante a la vez”.
