La (interminable) historia de la infamia

Jorge Martínez Jorge

Algún día se sabrá quién es

jorge-martinez-jorge_hubert-matos-otrolunes30Elián González no sabe quién es Huber Matos. Fidel sí sabe quién es Huber Matos. Elián cree que Fidel es Dios. Elián tampoco sabe quién es Fidel, ni Dios. He aquí parte -grande- del drama de una infamia que dura más de medio siglo y de la que cada vez quedan menos agonistas vivos, entre éstos pocos, precisamente, los coautores de ella: los hermanos Castro Ruz, vergonzantemente impunes.

El pasado mes de Noviembre cumplió 95 años, casi un siglo que en la historia es nada pero en vida es mucha vida, el maestro cubano Huber Matos. Porque hasta que el sátrapa de Fulgencio Batista, valiéndose de los cómplices oportunos y necesarios, no solamente del imperio como les gustaría hacer creer a los infames, dio por tierra con el incipiente proceso democrático cubano, eso era precisamente lo que hacía, por vocación y convicción, Huber Matos. La misma convicción -que no vocación- que le llevó, consumada la dictadura batistiana, a sumarse a la insurgencia armada instalada en la Sierra Maestra y liderada, ya sabríamos luego cómo, por el Abogado Fidel Castro Ruz, indultado del mismo Batista años antes.

El Maestro Matos nunca había empuñado arma alguna. Las suyas eran las letras y los números y su ejército los libros para enfrentarse al más temible de los enemigos: la ignorancia. A esa vocación docente le precedía la de su familia en torno a la producción arrocera, la directa relación del hombre con la tierra, que lo parió y le espera al cabo de los años. Lo que era un proyecto de vida se truncó bajo la bota del autoritarismo militar,  con la ignominiosa aquiescencia del vecino del Norte, grande, entrometido y para peor, torpe hasta el hartazgo. Vale, para aquella Cuba, parafrasear lo que Porfirio Díaz dijera de su México natal: “pobre Cuba, tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos”. Porque sin los yanquis no habría habido Batista, como tampoco habría habido la infamia de medio siglo que le siguió, y le sigue.

Sin embargo allí estuvo el Maestro Matos, como tantos miles de cubanos de a pié, con la sola arma de saberse abrazados a una causa justa que, al decir de Artigas, como “la causa de los pueblos, no admite la menor demora”, tampoco admite de sus hijos la menor duda a las mayores renuncias en aras del bien más preciado que solamente echamos en falta cuando nos es quitada: la libertad.

Luego de haber desempeñado un papel protagónico desde el exilio en el pueblo hermano de Costa Rica, recabando un apoyo material y logístico que en los inicios resultó decisivo, se integró a la lucha armada desde la misma línea de fuego, demostrando un valor, entrega e inteligencia excepcional, lo que le llevó a asumir cada vez mayores responsabilidades, tanto como que protagonizó alguna de las batallas más importantes y, a pesar de la libertad de opinión y criterio que siempre mantuvo frente a la autoritaria y errática conducción del oráculo de Delfos, llegó a ser uno de los Comandantes que, junto a Camilo Cienfuegos y Ernesto Guevara, entraran triunfales en La Habana en 1959.

Transcurridos 54 años de ello, mucha agua (y sangre) ha corrido bajo los puentes de ésta otra -peor, infinitamente más larga, despiadada y absurda- dictadura. Las purgas al estilo de quienes serían faro y guía de los Castro, el estalinismo puro y duro, no se hicieron esperar. Para algunos, el sumario paredón. En la Sierra misma, juicio sumarísimo y pelotón entre los mismos árboles y gente que había visto caer enemigos y camaradas, ahora convertidos en fiscales, jueces y verdugos. De un momento a otro quien había sido un héroe de la revolución, se descubría como agente del imperialismo, vil gusano vendido al capitalismo, indigno de vivir un solo día más en la tierra reservada para el hombre nuevo que nacía. Más y más sangre cubana derramada. Para los que no, la cadena. Juzgamiento y condena exprés para reos sin derechos ni certezas, salvo la de las más salvajes torturas. Para otros, los que menos podían comprometer al nuevo Zar, el exilio forzoso, a deambular como parias por un mundo enamorado de los barbados revolucionarios, siempre y cuando no se les ocurriera llevar su guerrilla a Les Champs Elisées.

Al Comandante Camilo Cienfuegos le corrió la peor suerte -o tal vez no, porque se ahorró el oprobio de ver su tierra doblemente manchada- cayendo bajo las balas fidelistas. En cambio al Comandante Matos el régimen le obsequió con una buena dosis de mazmorras que se llevaron veinte de sus años, vía crucis del que sólo emergen los sobrehumanamente fuertes. Y como tras cuernos palos, luego el exilio, para, en lo posible, morir lejos de esa tierra por la que te jugaste la vida, la familia y lo que quizás sea el bien más preciado de un hombre: sus sueños.

Sin embargo la Parca, caprichosa como ella es, se ha empeñado en mantener vivos más allá de biologías y estadísticas a, por lo menos, tres de los principales protagonistas de aquella hora, los hermanos Castro Ruz, poderosos como nunca y sanguinarios como siempre, y al Comandante Matos, piedra en el zapato del discurso oficial, que por serlo alguna vez dejará de ser tal para dar paso a lo que, como el agua contenida en una represa, más temprano que tarde, termina rompiendo los diques de la mentira. Quizás ella, la Parca, espera a que llegue la justicia de los hombres, antes que la otra, a poner las cosas en su sitio, los verdaderos mártires en el lugar que les corresponde y los asesinos arrojados a la leprosería de la historia.

Hasta tanto, el Maestro Matos, el hombre indicado para enseñarle a Elián González huérfano de madre no por las fauces de los tiburones sino por las del Dictador, quién es, verdaderamente, Fidel, al que él confunde con Dios, deberá seguir esperando a que en su amada tierra santiaguera salga el sol para todos.