Historia de una Navidad

Elidio La Torre Lagares

elidio-latorre-otrolunes30Ahora ya puedo escribirlo.

Sus ojos temblaban con un brillo sordo. Miraban el suero eterno que gotereaba con austeridad. Buscaban traspasar el techo. Gimoteaban un temor incansable, un temor árido, como el que se siente ante la inevitabilidad de la muerte. Mi madre intentaba moverse, pero el dolor clavado en los huesos no la dejaba. Por la ventana del hospital se deslizaba una luz pálida y sin vigor, como la de los días en que noviembre cambia de piel.

La memoria no es el archivista del pasado; es su cuentista.

La escena fue hace un año y me parece tocarla frente a mí como si tuviera texturas palpables, como si fuera un diorama. Un milagro cuántico. Una pena añeja. Una alegría desabrida.

Ya se siente la Navidad, le dije, por aquello de buscarle una conversación que seguramente ella no deseaba. En Puerto Rico, como se sabe, la Navidad comienza cuando se termina la cena de Acción de Gracias.

No, aquí en un cuarto de hospital no se siente, me dijo.

Afuera está todo decorado con guirnaldas y Reyes Magos, observé.

Afuera, sí; aquí, no.

Tenía razón.

La habitación olía a jardín de flores esterilizadas. En una esquina, intocada, la bandeja de comida que mi madre había despreciado horas antes. ¿No vas a comer?, se me ocurrió cambiar el tema. La comida de hospital no me gusta, dijo. Pero lo que tengo es sed. Un fuego increíble por dentro me tiene con esta sed…

Me acerqué a ella y, con el cuidado con el que se atiende a un niño recién nacido, y le di agua fresca. Sus labios agrietados apenas podían contener el líquido en la boca. Tuve que asistirla para evitar que el agua que se escapaba por las comisuras de su boca llegara a su ropa. En el acto, sonrío.

Una vez yo te cuidé a ti, y ahora te toca a ti cuidarme a mí. Ya tienes una historia que escribir, me dijo.

La besé.

¿Ya sabes lo que quieres esta Navidad?

No le contesté. Yo ni siquiera sabía si habría Navidad.

Acaricié su escasa cabellera de mírame-soy-un-árbol-caído.

Con mi madre, llegaron las palabras a mi vida. Ella se encargó, desde mi temprana infancia, de poblar con libros mis primeras gestas de la imaginación. Era maestra al fin. Los libros la seguían y ella hacía que me siguieran a mí. En las tardes, cuando no tenía quien me atendiera, yo venía obligado a sentarme en su salón de clases y a leerme dos y tres libros mientras ella cumplía su trabajo. En aquel entonces, ni me imaginaba que mi vida vendría a quedar tan acompañada de aquellos artefactos amarillentos.

Si la poesía llegó por mi abuela, igual podría atribuirle a mi madre que yo me convirtiera en escritor. Los primeros dos intentos de escribir literatura vinieron inspirados por ella: un poema titulado aptamente “Madre”, escrito cuando yo contaba con siete años de edad; y un cuento terrible redactado nueve años más tarde y que trataba la depresión que vivía mamá cuando se separó de mi padre. El poema ella lo atesoró hasta el año pasado, cuando me lo devolvió para que se lo mostrara a mi hija. El cuento no corrió la misma suerte. Pero sí recuerdo que se titulaba “Y la cuna mecerá” y que el personaje que representaba a mi madre deliraba y consecuentemente moría en los brazos de su hijo, a quien legaba el cuidado de su hermana menor. También recuerdo que mamá, al terminar de leer el relato, me dijo: “Algún día podrías ser escritor”.

Fue todo. Y no supe más del texto.

Una enfermera entró a la habitación con su gorrito de Santa Clause. Llegó cantando un suave aguinaldo, supongo que con la intención de alegrar a mi madre. Ponte bien, Rosa, le dijo, que estas Navidades hay que parrandear. Mi madre le devolvió una sonrisa compungida, obtusa. La enfermera verificó el suero, le tomó la presión y le administró los medicamentos.

Yo miraba a mi madre, su rostro seco, pálido y triste. Era una mujer más estoica que valiente, pero siempre dio frente a sus batallas, incluyendo la que luchó contra el cáncer que no solo le hacía una injusticia, sino que la devoraba.

Cuando la enfermera abandonó la habitación, volvimos a quedarnos en ese silencio tenso donde las palabras parecen arrasadas por un viento frío. Tomé la mano de mi madre, cadavérica y liviana, y le dije que ya pronto nos íbamos a casa. Ella me miró, una vez más, atemorizada. ¿A casa?, preguntó con una tierna candidez. A casa.

Rememoré todos esos poemas que ella me leía; los libros que compartíamos y de los que hablábamos, esos que ella leyó primero y luego me legó, incluyendo los textos que estudié en la universidad; recordé las veces que ella me llamaba para comentar los artículos que yo escribía en el periódico; pensé en las veces que me aconsejaba que nunca dejara de escribir. Me indujo a amar a Nueva York, a degustar la jalea de guayaba, a preferir la repostería de pueblo pequeño, a “hacerme de un nombre”, como ella decía (aunque todavía no tenga ninguno), a pernoctar en los sueños, pues, según mamá, en los sueños habitaban las almas de las cosas. Y le agradecí el tiempo y las palabras con otro beso sobre su frente.

El dolor es muy fuerte, me susurró.

Adónde vas, nada más dolerá, le dije con una angustia que todavía hoy me traiciona.

Ella sonrió. El cuarto se llenó de una luz muy intensa.

La materia cambia. Se transforma. Con su trabajo completado, la tierra muere. Se devuelve a su origen. Y luego resucita, inclusive en otras formas de vida, como, por ejemplo, la de la poesía.

Ya estoy lista. Me voy, me dijo mi madre.

Vas a ser de luz, me despedí.

Y la abracé.

Como en ese cuento perdido que escribí a los 16 años, y que no, no me interesa encontrar.