Notas para un cuento policiaco II

Uriel Quesada

uriel-quesada-otrolunes30La ciudad donde pasa esta historia es una de las más corruptas del país. Ya se ha vuelto parte del diario vivir que algún político termine en la cárcel por el mal manejo de recursos, o por las mordidas.  Hasta cuando hay desastres de grandes magnitudes algo ocurre, y la ayuda no llega a quien la necesita sino al bolsillo de algún intermediario o responsable de distribuirla.  Esta ciudad, además, es una de las más segregadas en una nación fundamentalmente dividida por asuntos de raza y por los resentimientos históricos de la era de la esclavitud.  Si se analiza con detenimiento la información demográfica más reciente, se verá que hay una concentración de gente blanca y acaudalada cerca de las márgenes del río Mississippi—el cual rodea la ciudad dándole la forma de un abanico—, las mismas áreas que son más altas y por lo tanto más seguras cuando llueve mucho.  Esos espacios tomados por los nuevos ricos y la rancia burguesía nobiliaria tiene también su historia: en las primeras  épocas de la esclavitud, ahí se concentraron varias plantaciones de algodón.  Dichas plantaciones no eran tan grandes como otras que se encontraban río arriba, pero  tenían la ventaja de hallarse muy cerca del puerto,  lo cual facilitaba el comercio de productos y, por supuesto, de seres humanos.  Sin embargo,  el mismo progreso económico motivó a los amos a reconsiderar dónde  era mejor concentrar la producción algodonera, aprovechando el boom inmobiliario que claramente se estaba dando en la ciudad.  Entonces decidieron construir sus casas de recreo en las partes altas, grandes mansiones donde poder escaparse de los rigores del trabajo y recrearse con la oferta cultural y mundana de la ciudad.

Cuando los esclavos se vieron finalmente libres no tenían ya espacio en las proximidades del río—tampoco del enorme lago que limitaba los territorios hacia el norte—, y no les quedó otra alternativa que fundar sus asentamientos sobre los pantanos que aún no habían sido tomados por nadie. El asunto no fue simplemente económico: con la excepción del barrio creado sobre lo que fue la plantación de  Claude Tremé,  los antiguos esclavos no eran bienvenidos en las áreas donde estaban asentados los amos y quienes compartían su forma de pensar. Así las cosas,  la paradoja fue que muchas comunidades negras terminaron levantándose entre las de los antiguos señores.  Los límites entre los buenos lugares y los malos  se volvieron imprecisos,  y aunque algunos aprendieron a convivir, muchos siguieron viéndose con recelo, pues las heridas históricas nunca se cierran por completo.

Si bien Piazza y McCollom ignoraban los pormenores de la demografía de la ciudad, sí sabían que era mejor estar en la parte blanca que en la negra, de ahí una de las razones para elegir ese diner en lugar de otros.  McCollom creía que los crímenes eran de menor importancia en las zonas blancas, eso sin contar que la gente se asustaba más fácilmente y era más sencillo llegar a un acuerdo beneficioso para todos, o manejar al detenido hasta las puertas mismas del sistema judicial,  donde se perdería en un laberinto de trámites, pero del que tarde o temprano saldría más o menos bien librado. Si el arrestado era una persona de color, la situación podría complicarse hasta amargarle la vida al oficial de policía por semanas o meses incluso.  Piazza, por el contrario, pensaba que ellos mismos, como policías, eran parte del problema.  Había visto a sus colegas tratar distinto a un sospechoso blanco de uno negro,  desde la manera en que le hablaban hasta la misma fuerza física con la que se manejaba una detención.  Por lo general, sin embargo, Piazza  se quedaba callado ante esas  diferenciaba en el trabajo policial según el barrio donde se estuviera. A él le gustaba ser policía,  a pesar de formar parte de una fuerza legendariamente conocida por su corrupción.  Ese gusto por su trabajo no lo convertía ni en héroe ni en una persona honrada, como en las películas. La conciencia de las cosas, sin embargo,  lo había hecho una persona prudente.

Pues volvamos al diner donde McCollom y Piazza se toman un respiro esa noche. Son prácticamente las dos de la mañana, pronto deberán irse,  y aún  quedan cuatro horas antes de que terminen su turno.  Piazza sabe que su compañero se va a poner nervioso de un momento a otro.  Cuando eso ocurra, le va a decir que es hora de salir a cazar al pillo de la noche, ése que les va a permitir ignorar un llamado de urgencia realmente grave.

Sin embargo, esta noche de calor quizás no sea necesario. Justo cuando acaban de avisar que la cocina está a punto de cerrar, entra un chico al diner. McCollom le da un golpecito en el codo a Piazza para llamar su atención. El recién llegado viste unos jeans demasiado holgados y largos, sostenidos como por milagro debajo de  la cadera; lleva una camiseta del equipo local de futbol, gorra sucia y el pelo recogido en una cola.  Carga una caja de veinticuatro cervezas que seguramente le pesa mucho, pues se la pasa de una mano a la otra.

El muchacho discute con la camarera—quien se dedica a contar las propinas de la noche—y con el cocinero,  quien tiene última palabra a la hora de decidir si se toma una orden adicional o no.  Su respuesta, tal como lo suponen los oficiales, es negativa.  El joven sigue insistiendo.  El cocinero no le discute, simplemente continúa recogiendo cosas aquí y allá, seguramente deseoso de irse a casa cuanto antes.

Me gustaría ver esa escena como una fotografía en blanco y negro, una de esas que son ya tradición en la cultura americana.  Pienso en esos retratos de la soledad en las grandes urbes, en los que todo es cemento, acero, vidrios y luz artificial.  Por un instante me imagino a esos seres humanos reunidos por una circunstancia fortuita en un espacio vacío que bajo ciertas circunstancias puede resultar incluso inhóspito.  ¿No ocurre eso con los restaurantes a la hora de cerrar,  cuando ya nadie es bienvenido, ni se escuchan conversaciones, ni el ruido de gente comiendo o el de la actividad en la cocina?  En nuestro relato habría que agregar la presencia un tanto siniestra del auto patrulla, el único en el estacionamiento—los empleados usualmente no pueden tomar los espacios destinados a los clientes, así que sus carros estarán calle abajo—.   Pues  a esa hora, con ese calor, hay cinco personas nada más creando la soledad del diner.  Los dos oficiales, sin cruzar una palabra, han elegido a su presa.  El cocinero y la camarera, conocedores de las reglas del juego, ignoran a la víctima, pero saben bien lo que está a punto de ocurrir.  El muchacho, como casi todo animal joven, ha cometido el error de adentrarse en los dominios de las fieras urbanas.  Sale disgustado y se va cargando con dificultad las cervezas por una calle oscurecida por la falta de alumbrado público y por los muchos árboles de esa parte de la ciudad.  Su vida corre peligro, pero a esa edad todos nos creemos invencibles: ni la enfermedad ni el azar nos puede hacer daño.

Los policías salen del diner y lo miran alejarse.  A regañadientes, Piazza se va al auto patrulla mientras McCollom sigue al muchacho aprovechando las muchas sombras.