Sobre cómo me fue en la Feria del Libro de Guadalajara

Marco Tulio Aguilera Garramuño

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Con Fernando del Paso en la Feria Internacional del LIbro, Guadalajara 2013.

Casi toda la Feria me la pasé metido en el restaurante del Hotel Hilton y me di cuenta de que puedo fingir ser millonario con mucha facilidad: no dudo que se la creyeran: supongo que se preguntaban: ¿y es quién es ese misterioso personaje? ¿No será un famoso escritor de Ulán Bator?

Aquello era un desfiladero (una desfilación) de eminentes: Vargas Llosa, la muy cuestionada Premio Cervantes Elena Poniatowska,  Alessandro Baricco, Jorge Herralde, Daniel Divinsky, Fernando Vallejo, Pilar Reyes (editora de Alfaguara global y modelo), Sasha Grey (ex actriz porno y hoy autora de best sellers), la secretaria secreta de Savater y otras cien estrellas literarias de diversos pelajes.

Y yo fingiendo indiferencia: ni los determinaba.

Algunas anécdotas en la feria:

  1. Un lector enamorado de una argentina que dice que yo soy su escritor favorito, compró todos mis libros y estuvo buscándome, hasta que me cazó a la salida de la conferencia de Vallejo. Lanzó un grito al verme.
  2. Cuatro estudiantes de secundaria que no completaban para comprar mi novela Agua clara en el Alto Amazonas  estuvieron rondando el stand de la Universidad de Puebla, donde yo estaba firmando libros, hasta que les pregunté cuánto les faltaba. Cuatro pesos, dijeron. Le di los cuatro pesos y se llevaron mi libro.  Se tomaron fotos conmigo e hicieron una rifa para ver quién lo leía primero.
  3. Una señora con un bebé bellísimo que pedí tener en brazos, compró cinco ejemplares. El bebé es un muñeco perfecto.

 

Lo del hotel Hilton estuvo genial. Pasaban en filita los santones de la cultura (Krauze, Poniatowska, Vargas Llosa, Marisol Schultz -ella me conoce y prefieres esquivar el bulto y se sabe por qué) y me miraban extrañados, tal vez preguntándose si yo podría ser un genio de la república de Mongolia Central. El caso es que yo no estaba hospedado en el Hilton, sino en otro más modesto (pero no tanto: el Guadalajara Expo) pero iba a hacer mis reuniones con editores y agentes allí. Naturalmente me vestí ad hoc y utilicé mis mejores modales de millonario. Me di cuenta que me es fácil metamorfosearme en magnate. Pero no le digan a nadie.

Para mí acabó la FIL. Muy buena experiencia: no vine a figurar sino a marchantear con mis libros a ver si este provinciano jalapeño se internacionaliza un poco más más. Muy interesantes las reuniones con editores y representantes: la más dura de todas fue Nicole Witt, alemana, agente draconiana que no quiso hablar conmigo de ninguna manera. Supongo que le caí mal o que tenía caer rendida bajo mis encantos otoñales.

Y de toda la experiencia de Guadalajara atesoro fundamentalmente tres momentos: media hora de conversación con Jorge Herralde y su esposa; quince minutos con Daniel Divinsky, quien publicara en 1975 con gran estruendo publicitario mi primera novela en Buenos Aires; y un par de horas con mi  querido gran ex jefe, Joaquín Diez Canedo.

A Jorge Herralde tuve que cazarlo desvergonzadamente pues estaba muy ocupado promoviendo la novela recientemente premiada con el Premio Anagrama. Desayuné en el restaurante del Hilton muy cerca de su mesa y cuando lo vi más o menos desocupado, me acerqué. “Dentro de diez minutos en el bar”, dijo.

Llegó puntual con su esposa. Yo sabía perfectamente que disponía a lo más de treinta minutos para acercarme a la editorial que considero más importante para mi vida literaria.

Había oído decir que Jorge Herralde era un rudo. En ningún momento demostró serlo. Escuchó con atención concentrada (interesada): le dije básicamente (al tiempo que le entregaba un ejemplar de  Historia de todas las cosas) que sobre ese libro la crítica internacional había dicho tantos elogios en muchos países, que yo mismo había inventado una reseña para defenestrar mi propia obra; le ofrecí mi novela inédita  El sentido de la melancolía (novela-tratado científico sobre la depresión) y le comenté (nada más para que conociera el tamaño de las ambiciones del loco escritor que tenía al frente) que tenía escrita y terminada una serie de ocho novelas seriadas, obra del tamaño de  En busca del tiempo perdido.

Puedo decir que por la actitud de Jorge Herralde (su mirada reconcentrada, su silencio) entendí que él estaba en ese momento creyendo en mí, tal vez porque le estaba trasmitiendo mi (digámoslo de manera convencional) energía positiva; al tiempo que su esposa, con sus constantes preguntas, planteaba sus dudas.

Fueron (o podrían ser) los treinta minutos cruciales de mi carrera. El hecho de que Herralde aceptara llevarse los 800 gramos de mi novela en su maleta ya era buena señal de que había auténtico interés.

Ayer Fernando Vallejo se paró ante un micrófono, al frente de 1000 muchachos, vestido como un mendigo de Nueva York -un saco con enormes bolsas, un pantalón flojo y medio caído, zapatos demasiado trajinados- y con las manos en los bolsillos, inexpresivo, desgranó un discurso de 45 minutos que comenzó así: “Dios no existe, muchachos, es una patraña”.

Parecía un curita aburridor de Medellín. Ya su discurso se ha vuelto monotemático y retórico, sin matices. Es un gran erudito pero se ha vuelto intolerante y cansón como la mayoría de los viejitos.

Retó a una discusión el papa Bergoglio y dijo: “Ese cura marica no acepta la polémica ni la va a aceptar. Si la aceptara yo lo haría papilla en cinco minutos”. Algunos muchachos comenzaron a salirse de la sala. Otros prevalecieron en ella y terminaron ovacionándolo.

Al día siguiente desayuné con Vallejo en el restaurante del Hilton. Me dio unos consejos casi sacerdotales sobre la actitud que el escritor debe tener ante la vida y la literatura: “Eso de los libros es efímero, no hay que ocuparse de ello ni darle importancia”.

En la mesa aledaña estaban Vargas Llosa y la plana mayor de Alfaguara. Más allá, Poniatowska. Evidentemente los ignoramos.

Son totalmente efímeros. Nosotros también, claro.

Me invitó a cenar el gran editor mexicano Joaquín Diez Canedo hijo en el Hilton; nos quedamos bebiendo (moderadamente) hasta tarde: hicimos un inventario de gustos y disgustos en lo referente a literatura colombiana y mexicana. Fue como la escena del Quijote, donde mandamos a la hoguera a muchos libros y salvamos a pocos (me hubiera gustado grabarla). Le conté con pelos y señales mi encuentro con Jorge Herralde (muy cordial y receptivo, Herralde me escuchó con interés y paciencia durante media hora: le mostré mis plumas sin exagerar: se llevó mi Historia de todas las cosas y pidió que le mandara por e mail El sentido de la melancolía, novela inédita).
Joaquín, a quien llamo Gran Ex Jefe y quien me llama Mistercolombias,  me aconsejó prudencia, mucha prudencia, para no arruinar las posibilidades de publicación en  Anagrama.

Compré varios libros de Alessandro Baricco, le regalé mi novela Agua clara en el Alto Amazonas, nos sacamos fotos, me dedicó un libro suyo con esta leyenda:”Suerte con Jorge, amigo colega colombiano”.

Otra vez desayuné con Fernando Vallejo. Estaba muy cordial, filosofamos sobre la vida y la muerte, sobre la vanidad de los premios literarios y la fama

Ayer en la celebración de los 50 años de Alfaguara todos los que hablaron coincidieron en que esa editorial era una especie de aldea donde se refugia la auténtica literatura, una especie de refugio atómico contra la banalidad. ¿Será cierto, Mario?

En otro evento Bellatín presentó un libro con gallinas y dijo sus habituales insensateces que el público celebró. Alvaro Enrigue presentó su novela premiada con el Herralde.
Ave Barrera presentó su novela Premio Sergio Galindo. Los presentadores usaron cucos sombreros que he visto con mucha frecuencia en los jóvenes escritores o presentadores, lo que me hace pensar que sienten que con esos sombreros se ven más intelectuales. Víctor Hugo Vázquez, ex alumno mío, sufrió del síndrome el presentador frecuente: hablo más de su propia erudición que del libro en cuestión.  Me parece que aventurar elogios desmesurados a una novelista novata lo que hace es joderle la carrera.

Mañana reunión con editoras coreanas que no voy a poder cumplir. La verdad es que quería acercarme a ellas más que todo para conocerlas, no para hacer negocios

Visité los stand de la U Veracruzana y de Editoriales Mexicanas Independientes, donde están mis libros. Pasado mañana espero estar un rato en el stand de la Veracruzana hablando con lectores y firmando libros. Asistiré mañana el Taller de Derechos de Autor, con 120 editores, más bien de curioso, a ver qué aprendo. Hablé con una agente literaria (Nicole Witt):bastante severa. Mañana tendré  una reunión formal con Lynette Owen, poderosa gestora editorial de Gran Bretaña (muy interesada, se asustó por el tamaño de Historia de todas las cosas).

La celebración de los 50 años de Alfaguara: cantos celebratorios hasta el delirio por parte de sus autores. El Xavier Velasco, el diablo guardián, se llevó la noche con su gracia de falso niño fresa.

Me invitaron a oír a Shimon Pérez y Felipe González. Entré al salón y me salí inmediatamente. Demasiada gente.

No pude estar en el stand de la Veracruzana ni un minuto y mañana tampoco podré hacerlo, pero pasado mañana sí.

Vargas Llosa se llevó dos libros míos. Se acordó de nuestro pasado encuentro, ¡hace 40 años! Fue muy amable a pesar de que alrededor de él había bastante gente que quería alejarlo lo más pronto posible.

Día pesado, pero ya en el hotel business class Guadalajara Plaza Expo puedo descansar bien (anoche me quedé en el Arboleda, que no tenía ni llave y en el que había un recepcionista cegatón y ni un solo botones).

Solo les cuento lo de Vargas Llosa. Me acerqué a él después de la celebración de los 50 años de Alfagura. Le di la mano y le dije “¿A ver si tienes buena memoria?: hace 40 años en un encuentro internacional de escritores organizado en Cali por Gardeazábal, un muchacho de 20 años habló contigo y te dijo que quería ser escritor”.

Me miró cómo diciendo a dónde va esta historia.

“Ese muchacho soy yo”, le dije.

Me respondió:

“Me acuerdo del encuentro de escritores de Cali”.

Le dije mi nombre.

Ah, dijo como si me reconociera no como persona sino como escritor.

Me abrazó. Pilar Reyes, editora de Alfaguara España nos tomó la foto.

Luego la editora se lo llevó casi a rastras al Hilton.

No me les adjunté.

Horas antes el escritor mexicano Lara Zavala me había saludado diciéndome que soy un cabrón, pero no me explicó por qué. Pienso que en verdad soy bastante buena gente, casi un buen salvaje.  Elmer Mendoza, otro escritor mexicano, después me dijo que le gustaba que yo fuera cabrón y pidió que nunca cambiara. Este país necesita cabrones como tú. (En México se entiende por cabrón a la persona que defiende sus opiniones de manera demasiado agresiva y yo, sin duda que lo hago, a veces hasta llegar a la ofensa).

Hmm. Asunto para meditar.