Introducción
Entre Las Hurdes: Tierra sin Pan (España, 1933) y Los olvidados (México, 1950) median casi veinte años y miles de millas, pero ni la distancia ni el tiempo impidieron que el escándalo y la censura que acompañan a los filmes de Buñuel dejaran de producirse.
Un botón de muestra.
La Hurdes fue prohibida en España durante tres gobiernos republicanos y apartada de las pantallas durante la era franquista (1940-1975) que siguió a la Guerra Civil (1936-1939).
Los olvidados en México duró cuatro días en taquillas y provocó una reacción de condena que llegó a pedir la expulsión del director del país.
Y ya tendría preparada las maletas cuando, en el Festival de Cannes, obtuvo el Premio al Mejor Director.
Buñuel pudo respirar con alivio: Los olvidados no sería un film “olvidado” ni por los críticos ni por los espectadores.
Y tras un continuo avance mediático de medio siglo, obtendría, en 2003, un preciado galardón: ser seleccionada por la UNESCO una de las tres películas dignas de integrar la Memoria del Mundo (1).
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Las Hurdes: Tierra sin pan
Es un filme documental de veintisiete minutos de duración cuyo rodaje se efectuó en un mes de la primavera de 1932.
La acción tiene como escenario una región de Extremadura conocida por la aridez del paisaje y su extrema pobreza.
Hasta allí se habría trasladado el antropólogo francés Maurice Legendre, que visitó la zona y estudió la vida de los pobladores para escribir una monumental obra: Las Jurdes: etude de géographie humaine (1927).
Buñuel leyó la obra, y en ella encontró la inspiración necesaria para un documental que lo alejaba de la “imaginería” surrealista de Un Chien Andalou (1929) y L’Age d’ Or (1930).
El documental
A ochenta años de su estreno, La Hurdes sigue valiendo como docudrama que junto a la etnografía incorpora a la sociología para ofrecernos una exposición visual de la “barbarie” sin una gota de “civilización” (2).
Su propósito fundamental en el pasado: un filme de denuncia social en el que las imágenes “hablen por sí mismas” (3).
El narrador va ofreciendo datos: casas de piedras sin ventanas ni chimeneas, rala vegetación, montañas erosionadas, cincuentaidós diminutos pueblos con 10, 000 habitantes, los hombres labran la tierra a golpes de picos, no conocen el arado y se transportan por una solitaria vía construida en 1922.
Todo matizado como alegoría o contrapunto maléfico con fragmentos de la Sinfonía No. 4 de Johannes Brahms.
A la vista de la pobreza tercermundista del paisaje el narrador termina por concluir que en las Hurdes “nadie nunca canta”.
Y no es para menos… las mujeres envejecen prematuramente y padecen de bocio, nadie como carne, se alimentan de patatas, entre los niños abunda el paludismo, el enanismo y el cretinismo y en la escuela les repiten que deben respetar a la propiedad privada.
La cámara se detiene a la entrada de la aldea para ofrecernos el testimonio de un festejo “bárbaro” que precede las nupcias colectivas de los novios.
Los jinetes galopan por el medio de la calle real, al final de la calzada, cuelgan de una cuerda, boca abajo, atados por las patas, gallos de lidia cuyas cabezas son arrancadas para llevarlos como “moñas’ a sus amadas.
La filmación
No son los gallos los únicos animales afectados por “la barbarie” en la filmación de Las Hurdes…
En otra secuencia se ve a un grupo de cabras trepadas sobre los riscos al pie de profundos abismos.
El narrador se apresura a comentar: “A veces, una cabra cae de las peñas…” y una se despeña mientras en el plano cinematográfico se ve el humo de un disparo.
Ergo: la cabra cayó al vacío por ¿casualidad o premeditación? (4)
Y todavía más, hay una secuencia que linda con la apoteosis de la imaginación surrealista: un burro lanza coces al aire y se sacude molesto de las picaduras de las abejas.
Una hora después, cuando el equipo de filmación vuelve al lugar, el burro ha sido devorado por las abejas y son ahora un perro y los buitres los que se “pelean” por los despojos del burro. (5)
En contraste a la violencia contra los animales para las situaciones más escabrosas con humanos se reserva la más sublime poética surrealista.
En pantalla el entierro de un niño en un ataúd blanco que desciende por un río, la pequeña barca es transportada de mano en mano por los aldeanos hasta que el cadáver es depositado en la tumba.
Y el cierre del filme, igualmente poético, tras haber visto como las familias se acuestan a dormir en habitaciones horadadas en las rocas que semejan un retorno a la Edad de Piedra, el narrador advierte:
“No hay nada que mantenga mejor despierto que pensar siempre en la muerte”.
Críticas
Hoy en día casi nadie discute el valor excepcional de las Las Hurdes…, se le ve como un filme pionero que anticipa visualmente algunas de las causas (pobreza, analfabetismo, enfermedad) que provocaron la Guerra Civil Española.
El director de cine Carlos Saura, un cuarto de siglo después de su estreno, declaró en 1958, cuando aun la censura franquista se mostraba férrea.
“En el año de 1932, cuando Buñuel realizó Las Hurdes: Tierra sin Pan, pudo nacer una escuela del documental entroncada con las raíces más profundas del temperamento hispánico. Solo se debía seguir el camino que Buñuel nos dejó, pero nadie lo hizo”.
Además de los valores que el tiempo y la crítica han coincidido en acreditar a Las Hurdes… es de interés señalar algunas de las críticas hechas durante su exhibición.
Caro Baroja le reprochaba a Las Hurdes… “la manipulación de la realidad y el daño hecho a los hurdanos, protagonistas de una exhibición truculenta”.
Gregorio Marañón protestó “por lo desagradable de la película” y su opinión fue compartida por el gobierno de la Segunda República, que decidió prohibirla por la mala imagen que ofrecía de España.
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Los olvidados
Aunque precedido por la fama escandalosa de Un Chien Andalou, L’ Age d’ Or y Las Hurdes: Tierra sin Pan, Buñuel no entra en el cine mexicano con “buen pie”.
Sus primeros proyectos tuvieron resultados ambivalentes: Gran Casino (1947) fue un fracaso mientras que El Gran Calavera (1949) tuvo un relativo éxito.
No es hasta 1950 que Buñuel “aterriza” y “toca tierra” en el cine mexicano.
Y también, como ha sido una norma de su carrera artística, el éxito viene acompañado del escándalo y la censura.
La idea de un filme neorrealista con toques surrealistas sobre los barrios marginales y la delincuencia juvenil en el que predominaran la violencia, la muerte y la sexualidad le rondaba desde que llegó a México (6).
Los olvidados (1950) tiene una duración de 88 minutos y contó con un guión múltiple en el que intervinieron, además de Buñuel, Luis Alcoriza, Max Aub, Juan Larrea y Pedro de Urdinales.
Los personajes
En un barrio marginal vive Jaibo (actor Roberto Cobo), que escapó de la cárcel y planea vengarse del delator (Julián, actor Javier Amezcua) y reorganizar su pandilla (7).
Su contrapartida “angelical” es Pedro (actor Alfonso Mejía) testigo del asesinato de Julián.
El resto del elenco: la madre de Pedro (actriz Stella Inda) reniega de él y lo entrega a la policía; Meche (actriz Alma Delia Fuentes) amiga de Pedro; El Ojitos (actor Mario Ramírez) un vagabundo amigo de Pedro y lazarillo del ciego Carmelo (actor Miguel Inclán) el curandero de la barriada.
Todos, sin excepción, en algún momento de sus vidas, han sido “olvidados” por el padre, la madre, el marido, la sociedad o son el resultado simbiótico de varios olvidos.
El resto de la trama las ocupan las malas acciones de Jaibo yuxtapuestas a las buenas intenciones de Pedro.
Jaibo: mata a Julián, casi mata a golpes al ciego para robarle, asesina a Pedro después de robarle e intenta violar a la madre de Pedro y a Meche.
Pedro: quiere recuperar el amor de su madre y trabaja en una herrería, Jaibo le roba un cuchillo, lo acusan y lo envían a una granja de rehabilitación, el director le da cincuenta pesos para que le compre cosas y Jaibo le roba el dinero, Pedro acusa a Jaibo del crimen de Julián y Jaibo lo mata.
Violencia, sexo y muerte
Los olvidados hubiera sido un filme melodramático, un abultado culebrón radial a lo Félix B. Caignet (El derecho de nacer) sino hubiera entrado en juego el sello distintivo que ha hecho notorio a Luis Buñuel.
Antonin Artaud creó el “teatro de la crueldad”, Buñuel ha inventado el “cine de la crueldad”, aseguró el crítico André Bazin.
Las víctimas y los victimarios son vistos con desapego nada romántico.
Un antecedente de signo contrario:
Víctor Hugo ennoblece al jorobado Quasimodo con el amor platónico que le profesa a Esmeralda.
Tres ejemplos al calco del nuevo “cine de la crueldad”:
El ciego Carmelo se resarce de sus desgracias violando “a ciegas” a la joven Meche.
La madre de Pedro golpea a un gallo intruso dentro de la casucha con un palo hasta matarlo.
Pedro se desquita al ser delatado por otro niño en la granja de rehabilitación apaleando a las gallinas y “paga su crimen” al ser asesinado por Jaibo en un gallinero.
Al encontrar a Pedro muerto en el gallinero, Meche y su abuelo lo meten en un saco que cargan sobre una mula y lo llevan a un basurero donde lo arrojan entre los desperdicios.
Por el motivo más baladí, cada vez que la cámara se asoma a las calles, a los hogares o sitios de trabajo, como cruel “leit motif”, los de mayor edad les avientan a los más chicos coscorrones y bofetadas.
El horror gratuito y cotidiano:
Un hombre sin brazos ni piernas se mueve en un carrito nombrado “Me mirabas”. Jaibo y su pandilla la emprenden contra el lisiado que se les cruza en el camino. Le roban el carrito, lo lanzan calle abajo y dejan al “tronquito de hombre” gimoteando y retorciéndose sobre la acera.
En resumen, en hora y media de película contamos el asesinato de tres jóvenes, la masacre de una docena de aves de corral, media docena de robos, tres intentos de violación y uno de pederastia.
Las imágenes de violencia y muerte de Los olvidados encajan perfectamente en la definición de “grotesco” que Wolfang Kaiser da en “Lo grotesco en el Arte y la Literatura”: “el poder de evocar en la audiencia un sentido de la alienación radical del mundo, su enajenación del hombre, su absurdo esencial”.
En medio de tanta truculencia el erotismo opera como un bálsamo visual cuando vemos a Meche derramar leche de burra sobre los pies, las piernas y los muslos durante el ritual del aseo.
Los sueños
Y también están las imágenes oníricas del más puro surrealismo que no podían faltar en un filme de Buñuel.
Pedro tiene hambre, su madre le ofrece un trozo de carne sangrante que Jaibo, saliendo de debajo de la cama donde yace el cadáver de Julián, se la arrebata de la mano a Pedro, que duerme arriba.
Al ser abatido a tiros por la policía, Jaibo, en su delirio final, ve a un perro solitario y escucha una voz que dice “buenas noches” y como eco la madre de Pedro repite “buenas noches” al ver a Meche y su abuelo que conducen a una mula con un saco a cuestas en el que va su hijo muerto camino del muladar.
Y por si fuera poco el ciego Carmelo –que ha dicho que “en época de Don Porfirio Díaz no pasaban esas cosas”-, al enterarse de la muerte de Jaibo, dice una frase que suena como epitafio:
“Ojalá los mataran a todos antes de nacer”
Críticas
Aun para aquellos que sabían el riesgo que corrían al participar en la aventura de la filmación de Los olvidados muchas de las secuencias que hemos mencionado a la postre les resultaron provocativas y contraproducentes.
Uno de los coguionistas (Pedro de Urdinales), le pidió a Buñuel que sacara su nombre del elenco, y Óscar Dancigers , uno de los productores que aportó capital para el filme, le pidió que cambiara el final por uno “más suave” a la medida de la “moral burguesa”: Pedro mata a Jaibo en acto de debida y cumplida justicia (8).
Buñuel se mantuvo firme, y si bien en los primeros tiempos de su estancia en México le llovían las críticas y le cerraban las puertas de los estudios por el carácter pesimista de sus filmes, el tiempo se encargó de darle la razón con sonoros y continuos golpes de claqueta.
Buñuel hizo de México su segunda patria y en ella llegó a filmar veinte películas entre 1947 y 1965.
Todos los que lo atacaron al final tuvieron que rendirse a la evidencia del genio y por las pantallas siguió el desfile de gallinas, burros, mujeres barbudas, ciegos, paralíticos, maridos celosos, sacerdotes consumidos por el pecado, pecadores redimidos, herejes, ascetas, criminales profesionales, amateurs del homicidio en serie, mujeres que exhiben su cuerpo como mercancía fetichista y hombres dispuesto a la práctica del “voyerismo” a través del ojo de las cerraduras.
Y Buñuel siguió siendo Buñuel, siempre Buñuel…


