La poesía es pensamiento que respira, y palabras que queman.
Thomas Gray
todos los escritores son responsables…
J. Lechner
Muchas veces me pregunto si en un país como éste, donde el flagelo de la pobreza y de la inequidad social junto al coadyuvante fermento de la corrupción política lo degrada todo hasta el extremo de que la misma vida humana no vale nada (mata la policía y los delincuentes, atropellan los conductores y los feminicidios menudean…), es posible escribir poesía.
Quizá sea sí posible hacerlo y aun sea incluso necesario, no lo discuto; pero en mi fuero interno no deja de trabajarme la idea de que toda acción de esta naturaleza –abandonarse al estro poético, a la creación lírica– en un país como éste, es cuando menos sospechosa.
Sí, que escribir poesía en la República dominicana de hoy es arriesgarse a adornar las cosas, arriesgarse a cubrirlas con un sugerente velo embellecedor de modo y manera que sigamos sin poder ver la cruda realidad auténtica y, consecuentemente, que todo siga igual de desastrosamente mal, nada cambie y que incluso vaya todavía cada día a peor.
¿No será precisamente por esto que el Poder (que de ningún modo ama ni valora la creación, la cultura y sus productos y mucho menos aún la poesía) propicia de forma decidida la actividad literaria en todas sus vertientes (poemas, cuentos, novelas) a través de ferias, premios, viajes, charlas , concursos y publicaciones?
¿No será toda esta actividad creativa que nadie evalúa una gran coartada, un magnífico y atractivo disfraz, un eficiente narcótico? ¿No le permite al poder esta eclosión escritural sin la menor confrontación crítica crear la sensación de normalidad, mejor aún, mantener y sustentar eficientemente el espejismo de un positivo y real avance, de un notable y significativo desarrollo cultural, social y humano del país?
La única manera de burlar el cerco y no hacerse cómplices del Poder, la única forma de no fortalecerlo con nuestro quehacer (pienso) es emplearse a fondo, profundizar tenaz, rabiosa y lúcidamente el compromiso con la palabra y con la poesía, con la misma sociedad y, más aún, con la propia especie, y escribir textos indigeribles, ácidos, corrosivos, auténticos artefactos verbales vivos que de ningún modo puedan ser asimilados, vale decir, premiados ni publicados o difundidos y ni siquiera leídos por la burocracia cultural estatal.
¡Poemas que les ardan en las manos como brazas!
La poesía es en sí misma reto, desacomodo, subversión, un llamado a la perfección del ser y a su extremo desarrollo y crecimiento, nada tiene que ver con adocenados esclavos, con doblegados súbditos acríticos que todo lo celebran y aprueban, todo lo dan por bueno y válido aun cuando les afecte a ellos mismos y a los suyos de forma directa y los dañe y menoscabe en su esencial humanidad.
Como escribieron García Montero y Muñoz Molina en ¿Por qué no es útil la literatura? (1994):
[n]ada hay más útil que la literatura, porque ella nos enseña a interpretar la ideología y nos convierte en seres libres al demostrarnos que todo puede ser creado y destruido …, que vivimos, en fin, en un simulacro decisivo, en una realidad edificada … y que podemos transformarla a nuestro gusto … sin humillarnos a verdades aceptadas con anterioridad.
Pero hasta ahora nuestros heterodoxos, nuestros iconoclastas, nuestros rebeldes sin causa, nuestros feroces jóvenes críticos del establishment, del statu quo (que dicho sea de paso nunca son aquí más de cuatro o incluso apenas dos…) han sido asimilados en cosa de días como leve azúcar que se deshace en la bebida refrescante del tórrido verano tropical sin dejar apenas rastro ni sedimento.
Y si esto son ellos, qué será de los otros! Definitivamente, ¿qué será de todos los demás?
Tenemos una poesía sin pulso y sin vida, sin alma, puro sonido huero, vacío que acuna al ogro filantrópico y lo alimenta y nutre en sus perversas ensoñaciones. Y así nos va…