El hombre primitivo, el de las cavernas de Altamira por ejemplo, dibujaba a las bestias antes de salir a buscarlas. Ese acto, acto de magia, religioso, ecuménico constituía el momento más importante de la caza.
Seguramente se sentaban, planeaban el dibujo, imaginaban a la presa agonizando, lanzando las últimas defensas en vida. Luego, el dibujo y posiblemente la danza. Al terminar, abandonaban la cueva en fila india, hacia la presa, a capturarla. Ese momento era crucial para ellos, pues era precisamente cuando ya estaba hecho todo. Era un arroz cocido, darle muerte al animal, pues lo más importante, ya había ocurrido.
Creo que en ese sentido, las imágenes captadas por el ojo-lente de Manuel Morillo Orozco, se asemejan a ese acto mágico, de un prestidigitador, son una metáfora de lo que ocurrió siglos antes.
Este momento de planificar las imágenes, de apretar y disparar ráfagas es como un acto de fe humana. Es como sentarse alrededor de la fogata, dibujar para caaptar la esencia de un hecho histórico, novedoso, sentimental, panorámico, único, que ya de por sí es mágico.
La cámara-escapulario de Manuel Morillo no es reciente. Pudo haber sido elaborada hace algunos años. Quizá fue la misma que fray Bartolomé de las Casas, de quien por ciento, tiene un extraño parecido, utilizó mientras redactaba La brevísima relación de la destrucción de las Indias.
Pudo haber sido la que Rafael Landívar utilizó mientras recordaba su patria desterrada.
La cámara-lanza ancestral de Manuel Morillo captura, atrapa, conserva, congela, el momento propicio para salir a recoger la presa-imagen, que ya ha sido seleccionada siglos atrás.
Quizá escribir sobre las poderosas imágenes que salen de su alma no sea solamente un acto de fe. También de contrición. O quizá es el resultado de haber observado las imágenes-cavernarias de Manuel Murillo, que espero, nos lleve al disfrute lo que su lente-halcón ha guardado para la eternidad.
Morillo llega con la lente
Manuel Morillo conoce a pie juntillas cada uno de los intersticios espaciales donde circula día con día. De la Antigua a la ciudad, de la ciudad hacia el laboratorio, del laboratorio hacia todos lados.
Manuel Morillo no solamente es un fotógrafo-cazador con olfato e instinto natural, también ha sabido acercarse a la academia y bucear por los lares universitarios. Podríamos mencionar haber recibido cursos de Bellas Artes en Middlesex University en Londres; cursado Fine Art Foundation Couse, en el High Barnet College, también en Londres, estudios de fotografía y arquitectura en Sevilla, recibió talleres en de fotografía en Brasil, España, Colombia y Guatemala.
Podríamos señalar, entonces que su formación es la cámara y su espíritu es la lente. La academia, quizá le ha ayudado seleccionar de mejor manera a su presa.
Sin embargo, Manuel Morillo no solamente ha sido un fotógrafo, que lanza fotos fijas. También de las que se mueven, aquellas que dan vida a las continuas, la cinematográfica, pues. Ha hecho documentación de largometrajes, documentales y cortometrajes, entre ellos Gasolina, Distancia, Fe, Ovnis en Zacapa, Escrito en el cuerpo, Circo fúnebre, Papeles amarillos, El Coronel de la primavera, entre otros.
Su currículum es extenso, pero vamos a adentrarnos un poco a lo que su experiencia y formación transforma en praxis. Entremos, pues a este mundo, en el que lo único que existe es el blanco y negro, pero cada uno de los colores están a la disposición del espectador, para que lo seleccione y los vaya ubicando en su palimpsesto de la memoria.
Ventanorámicas
Ver a través de una fotografía-presa en pequeños cuadros que nos van construyendo ¿deconstruyendo? la imagen de un bosque, un árbol, la carretera, ciudades lejanas, naves centrales de iglesias, malecones, paisajes, esquinas, ambientes cotidianos, intersticios urbanos, es como observar la realidad contemporánea fragmentada en su posmodernidad.
Esta serie, vitralizada, convertida en pedazos, que unen al todo, ofrece un discurso que recrea lo que también la posmodernidad nos ofrece. Ocurre que estamos construidos con una identidad, consumidoramente, que nos ubica como entes híbridos, fragmentados en una serie de aspectos culturales que nos hacen percibirnos como pedazos de realidades. Podríamos decir que cada una de las partes de nosotros está unida a nuestro todo, pero nuestra imagen cultural nos hace vernos como un rompecabezas armado con piezas que se ensamblan perfectamente, pero que pertenecen a otros rompecabezas. Es decir, nuestros gustos estéticos no están enfocados solamente hacia un solo discurso, pues varían y en algún momento, podrían ser disímiles.
Estas fotografías, armadas con fragmentos, que ofrecen un todo, cada una de ellas está separada de la otra y podrían carecer de unidad, si no las percibimos como un todo. Manuel Morillo forma con ellas un todo, que el el que finalmente tenemos frente a nuestros ojos. Pero cada una toma su rumbo distinto en su propia identidad, atrapa al ojo, como queriendo protagonización estelar y logra que por un momento solamente lo veamos y desechemos el todo.
Por eso, estas fotografías forman un discurso total, pero fragmentario en su individualidad. Observamos como una figura completa, pero al final, adquieren su propia identidad. Las identidades no son estáticas, ni perennes.
Estas imágenes-ventanas que afortunadamente tienen la variedad de reacciones que produce el blanco y el negro son ventanas-grafiti, que fueron captadas antes de o después de, una cacería en la que la presa es el espectador. Es decir, nosotros.
Recuerdan los vitrales de las catedrales renacentistas o las iglesias barrocas, en las que destacan por sus figuras. En las de Manuel Morillo observamos la raíz de la historia, pero, también los pedazos de ese rompecabezas incompleto. Nos maravillan, nos invitan a tocarlas, a sentirlas. Claro, mientras las vemos, estamos poniendo en marcha los cinco sentidos.
Series personajes
Captar a los protagonistas de una historia es tarea titánica. Hay que soñarlos, primero. Luego hay que inventarlos y finalmente comenzarlos a describir. Lo anterior podría ser en la literatura, pero en la fotografías de Manuel Morillo, también se sueñan, se imaginan y luego se concretan.
Hablemos de algunos de ellos, por ejemplo: Un perro nada entre desechos de basura, atrapa con sus fauces una presa, que posiblemente soñó mientras rumeaba al costado de sus dueños-cazadores. Las mujeres, quitan de la ropa el sudor que los convirtió en presas de la cotidianidad, otras prefieren acercarse al agua, establecerse con sus sobretodos multicolores, pero que los vemos en blanco y negro, como oradoras de la perpetuidad de la especie. Hay unas que erigieron un altar, se han hincado para implorar por el perdón a los suyos y a quienes las han fastidiado. El agua mansa siempre es testigo de ello. No emite juicio hacia los protagonistas-presas, pero sí aparece a sus anchas, a veces profunda, a veces transparente y otra, no tanto.
Un giro, como el lanzamiento de un hueso a través de la mano de un homínido, provoca que nos topemos con seres urbanos, pequeños que emulan a los carpinteros, sin herramientas, pero con certezas y corazonadas de expertos.
Una pareja podría estar bailando el manisero, mientras que los presentes los invitan a girar como trompos. La música, como la que emitían aquellos hombres de Altamira, provoca entusiasmo en cada uno de los integrantes de la banda. Hay baile, ritmo y pinturas en las paredes que quiere cobrar vida de inmediato.
Una mujer posa sus arrugas mientras, orgullosa congela una sonrisa que guardó para ese momento. Otra madre ¿o abuela? nutre a su bebé de conocimiento, mostrándole cómo el aire gaseoso puede ser de beneficio cuando está fuera del cuerpo.
La barbería es otro espacio de poder, de transmisión oral, de contacto con los otros, de emociones físicas y de transformaciones en el espejo.
Un inodoro sin habitación, como en una obra de Artaud, recuerda el breve espacio que separa lo privado de lo público. Nos recuerda, qué tanto aguantan los borborigmos, antes de tomar posesión de un trono que nadie acepta de esa manera.
Serie pueblo
Los espacios, también se sienten, se piensan y se dibujan en un recodo de la memoria. Es allí donde anidará la acción, donde lo que resplandece se oculta o lo que no está visible, de repente de materializa. Hablemos un poco de ellos, en esta serie:
Pareciera que estamos ante retornados, que han vuelto, regresado a una patria que los sacó para no sacrificarlos. Son escenas cotidianas, pero únicas, un muchacho intenta cerrar los ojos por el poder del sol o del recuerdo. Otros observan a la madre exprimir la ropa, como se exprimen las penas. Hay caminos que no conducen al cielo, pero tampoco al infierno, niñas que balancean el peso del almuerzo. Mujeres y hombres en plena jornada, afilando o partiendo la naturaleza aliada consecuente, necesaria para perpetuarnos.
En fin, los fragmentos de esas imágenes que Manu Morillo ha recreado, contrariamente lo que parezcan, no están congeladas. Aún se mueven sus personajes. Todavía están frescas como pinturas rupestres recién descubiertas. Ya fueron preparadas para alcanzar la presa. Ya están listas, ya ocurrió lo más difícil, falta pues que las presas caigamos ante su poder, sean pues estás páginas para intentarlo.



