Profesores de salsa

Antonio Álvarez Gil

antonio-alvarez-gil-otrolunes30Desde hace años doy clases vespertinas de español para suecos en una institución de Estocolmo. Una tarde de este otoño, mientras esperaba por el comienzo de una de ellas, me ocurrió una anécdota que, aparte de provocarme gracia, me movió a una reflexión que quiero compartir con mis lectores. En el pasillo donde me encontraba –que era más bien un recibidor- había varias mesas con sus sillas, además de un aparato automático para el expendio de café, chocolate y otras bebidas de ese tipo. Sentado a una de las mesas yo conversaba con uno de mis alumnos, un señor que estudió durante cierto tiempo en una universidad de España. Desafortunadamente, hace unos años este hombre sufrió una trombosis cerebral que le hizo olvidar gran parte de lo que había aprendido en sus estudios. Pese a ello, habla un español aceptable, más o menos correcto y con los mismos defectos o carencias que el resto de los alumnos de su grupo. Tal vez su pronunciación y su vocabulario no sean los que en su día fueron; pero yo admiro su capacidad y su afán de superación y trato de ayudarlo en todo lo que puedo. Una manera de hacerlo es hablando con él en mi idioma cuando coincidimos en algún sitio, como, por ejemplo, en el pasillo aquella tarde.

Estábamos, pues, allí, tomando café y conversando en castellano. El diálogo era muy sencillo; pero era un diálogo en voz alta, en una lengua extranjera y ante cierta cantidad de público. Esto, por supuesto, no tiene nada de particular. Lo curioso de la anécdota sobrevino cuando una mujer –por ahora no diré su origen- se acercó a nosotros y, dirigiéndose a mi compañero de mesa, le preguntó en español si él era profesor de esta lengua. No sé muy bien qué habrá entendido mi alumno, pero levantó la vista hacia la desconocida y, sonriendo feliz, le respondió en el mismo idioma que sí, en efecto, así era. Y acto seguido pasó a exponerle la historia del trombo que sufrió en su momento y que le impidió seguir con su carrera. Yo, francamente, estaba bastante sorprendido, y no tanto por la reacción de mi alumno como por la incapacidad de quien preguntaba para discernir quién era quién en aquel diálogo que manteníamos en mi lengua natal mi contertulio y yo.

Tras unos instantes de conversación entre ellos, la desconocida dijo –siempre dirigiéndose a mi vecino de mesa- que había sido muy agradable conocerlo y conversar con él. A mí, por cierto, me asaltó la duda de si aquel breve intercambio de palabras podía considerarse una conversación de veras. Pero es igual, porque en ese momento la mujer, sin haberme dedicado siquiera una mirada, se despidió de mi acompañante y nos dio definitivamente la espalda, para perderse enseguida entre el gentío que abarrotaba el vestíbulo de espera.

Pasada mi sorpresa inicial felicité a mi alumno por sus éxitos en español y me pregunté a mí mismo si el problema era que yo no tenía cara de profesor. O más bien, me dije entonces, tal vez se me salga el “cubano” por encima de la ropa y la gente que no me conozca me adjudique el título de profesor de salsa, como presumo se le adjudica a tanta gente de mi tierra, tan sólo por haber nacido en nuestra maravillosa Isla. Y en este punto recordé el momento en que oí la frase por primera vez.

Usada en plural y con el sentido que da título a esta crónica, pertenece a un amigo colombiano que dirigía la sección de enseñanza de idiomas en una firma transnacional con sede en Estocolmo. Gracias a él estuve un tiempo dando clases de español a técnicos y funcionaros del consorcio que se preparaban para ir a trabajar en los países de habla hispana. El hombre de quien hablo era muy culto y educado; pero también muy ocurrente. Entre las reglas que nos hacía cumplir estaba la de ir a las clases vestidos de cuello y corbata. Y aunque a mí no me disgustaba el atuendo, en cierta ocasión le pregunté por el motivo de la obligación. Entonces él, con esa ingeniosa sorna tan natural en mucha gente de su tierra, me explicó que nosotros, los llegados desde aquella parte del mundo, debíamos mantener el “porte y aspecto” siempre en alto. Era, dijo, una forma de neutralizar el cliché sobre los latinos que prevalecía en el consorcio y en Suecia en general. “¿Por qué?”, le pregunté. “Porque para muchos de ellos no somos otra cosa que “profesores de salsa”. “¿Y por qué de salsa, precisamente?”, insistí, sin haber podido comprender del todo el chiste. “Porque en este país todo está clasificado, y la casilla que nos ha tocado es esa, la de profesores de salsa”. Entonces levantó la mano, señaló hacia algún sitio a sus espaldas y agregó: “Para ellos,  lo mejor que sabe hacer la gente de nuestro continente es bailar salsa”. Y terminó con una amplia sonrisa, dejando claro que era un chiste; pero también reafirmándose en su idea de que ir siempre trajeados era un modo de contrarrestar un tanto la imagen que se tenía de nosotros.

No podría terminar el relato de esta anécdota sin agregar un dato que puede resumir mucho de lo que intento transmitir con ella: La persona que aquella tarde irrumpió en la conversación con mi alumno y malinterpretó nuestros papeles en la enseñanza del español no era ajena al mundo de habla hispana. Si no me falla mi apreciación de los acentos y modos de hablar de nuestras gentes, se trataba ni más ni menos que de una compatriota de aquel ocurrente colombiano que me había regalado la frase que traigo desde arriba. ¿No será verdad, después de todo, lo que afirmaban antiguamente los campesinos de mi pueblo, es decir, que “no hay peor cuña que la del mismo palo”?