Rainer María Rilke descubrió Rusia con Lou Andreas Salomé. Fue ella también quien le enseñó el valor del trabajo. Trabajar para curar la melancolía que a veces se apoderaba del poeta. Trabajar para disciplinar su inteligencia. “¿Cómo hay que vivir?, le preguntaría años más tarde Rilke a Rodin. Trabajando, le respondería éste. Lo comprendo bien diría Rilke, siento que trabajar es vivir sin morir”. El trabajo que Lou A.S. le propuso a Rilke fue aprender ruso. Aquello escondía una intención práctica: que se hiciese traductor y así poder ganarse la vida. Pero la recompensa inmediata de aquel invierno de estudio y disciplina sería un viaje a Rusia esa primavera de 1899. Ahí empieza la relación de Rilke con Rusia, breve pero tan intensa que lo acompañaría toda su vida. Hay alguna descripción de la pareja mientras deambulaban por Arbat, en Moscú, cogidos de la mano despertando la curiosidad y la sonrisa de los transeúntes: ella con su alta y un poco pesada figura en su vestido reformé, él, joven, delgado, vestido con una chaqueta de innumerables bolsillos…blanco de tez como una niña…”. Entraban en los cafés, en las iglesias y las catedrales, iban a exposiciones, pero también acudían a los barrios extremos, a las tabernas de los cargadores para tomar el té, y así poder escuchar su lenguaje y conversar con ellos, a la busca del verdadero rostro de Rusia. Boris Pasternak, los recuerda un día de verano en la estación de Kursk. Le sorprende el alemán de Rilke, a él que conocía esa lengua, “nunca había oído hablarlo de ese modo” y aquel desconocido se fijará en su memoria como “un ser fantástico en una espesura de seres reales”. En cuanto a Lou A.S. le llama su atención por su gran estatura y la confunde con su madre o su hermana mayor, sin sospechar, como otros muchos contemporáneos, su relación de amantes ni que es ese amor el que magnifica en Rilke su descubrimiento. Rusia conmueve a Rilke por su misticismo y religiosidad y aunque ya antes de viajar, gracias a Lou A.S., llevaba una idea muy clara de aquel país, lo vio exactamente como quería, inocente, infantil y primitivo. Rusia, escribirá, es como la niñez de un artista” y también “… Rusia es bella y rica y está llena de Dios”. Aquel primer viaje es como un acicate y a su regreso, Lou A.S. y Rilke se centrarán en el estudio exhaustivo de la cultura rusa como, tal y como dijo una amiga“ si se preparasen para un terrible examen”. Rilke cumplirá sobradamente con su trabajo “…No he sido perezoso escribirá en julio 1899, – he pasado bastantes horas en compañía de una gramática y ya puedo leer a Pushkin y a Lermontov en los textos originales”. Su avance en el dominio de esta lengua despertará el asombro de Leónidas Pasternak ““…no creía a mis ojos, le escribirá, aprender en un solo año un idioma tan difícil…” Rusia y lo ruso se habían apoderado del poeta que llevaba blusa rusa, tenía un rincón ruso y hablaba un alemán matizado de giros y modismos rusos. Las cartas de Rilke, sus diarios y los de sus amigos, dan una idea de la actividad de esos dos viajes: estancias en Moscú, San Petersburgo, Kiev, y otras ciudades, travesía por el Volga, visitas a lugares de peregrinación, vida bucólica en la cabaña del poeta-campesino Spiridón,…y de su vida intelectual: lecturas, traducciones de poemas y de prosa, ensayos sobre el arte ruso, encuentros con profesores, pintores y escritores: Korolenko y Tolstoi, al que visitarán dos veces en Iasnaia Poliana. La pasión de Rilke por Rusia, su profundo enamoramiento está presente en todos sus comentarios y observaciones: “Todo es tan magnífico en Rusia. Incluso las desagradables circunstancias que hacen que muchos rusos se distancien de su patria…”, diría en su inamovible e irreal visión del país, a pesar del esfuerzo de algunos amigos por concienciarle de la realidad social y política. Sin embargo lo que Rilke buscaba allí era otra cosa y la encontró. Allí se sintió de verdad artista y se convenció de su vocación. En Rusia, escribirá, mi arte se ha hecho más rico y poderoso, se ha dilatado como un círculo inmenso. “Vuelvo a casa y traigo tras de mí un largo tren y un reluciente botín…” Sin embargo, Rainer María Rilke no regresó nunca más a Rusia, a pesar de sus intentos, ruegos y peticiones para instalarse allí. Tampoco consiguió ser esposo, padre y artista. Su Destino era otro, de alguna manera anunciado por las palabras de Lou A.S. “Ve a la búsqueda de tu oscuro Dios” que expresaban lo que Rilke llamaba “el conflicto básico del artista, la vieja enemistad entre la vida y la gran obra“. La soledad. En ella se instalará Rilke para escribir su poesía y de ella emergerá Rusia. “Rusia me convirtió en lo que soy ahora, confesaría al final de su vida. De ella surgí interiormente, todas mis raíces más profundas se encuentran allá”. En 1925, cuando ya era un poeta reconocido, el mundo cultural europeo celebra su cincuenta aniversario, y entre todas las felicitaciones le llegará una carta emocionada de Leónidas Pasternak que le creía muerto “Y usted mi querido poeta, ¿todavía recuerda el idioma ruso en el que solía escribirme?.. ¿Recuerda usted la antigua y encantadora Moscú, ahora convertida en fábula, en leyenda…? ” Esta carta “¡Hurra! ¡Gloria, gloria a Dios: nuestro querido poeta…está vivo y sigue siendo el mismo, el único Rilke…” supondrá el reencuentro de Rilke con Rusia a través de la poesía y la amistad con los jóvenes Boris Pasternak y Marina Tsvietáieva, los mayores difusores de su obra, los más influidos por ella, los que consideraban a Rilke el poeta con mayúsculas. Entre los tres se iniciará durante el verano de 1926 una intensa y emocionante correspondencia en la que la poesía resplandecerá por encima de ese presente inhumano, apartado de la naturaleza y de Dios, como lo definía Rilke. Ese verano Rilke, ya muy enfermo, está en Suiza, Pasternak sólo y aislado en su país y M. Tsvietáieva exiliada y malviviendo en Francia, pero como ella escribiría “La vida misma ya es una condición desfavorable (para el artista) y por cruel que sea decirlo, las peores condiciones tal vez sean las mejores”. Por entonces ella ignoraba cuál sería su Destino, es decir su vuelta a la URSS en el 39 y su final desesperado. Como Rilke, M. Tsvietáieva odiaba también el tiempo que le había tocado vivir porque su época despreciaba el mundo interior de la persona y no valoraba su bagaje espiritual y emocional “Un siglo dispuesto a dar diez Pushkin por un coche”. Así fue como lo definió en una de sus cartas.
Rusia
Sonia García Soubriet
