Quien pintó ese cartel no tiene que pedalear todo el día como él lo hace. No le quedarían ganas. Porque desde que era niño le han dicho que todo eso por lo que lucharon sus padres sería su herencia: tiempos mejores, decían, pero él no sabe dónde han quedado esos tiempos mejores, si es que alguna vez llegaron a pasearse por esas calles llenas de baches en las que él suelta los riñones para llevar algunos pocos pesos de más a esos mismos padres, sus viejos, que ya no hablan ni siquiera de tiempos actuales ni dan vivas a esa Cuba libre que parece estar así, alegre y pintoresca, sólo en ese cartel frente al cual él pedalea cada mañana.
Un día descubrió que no valía la pena estudiar, como le insistían sus padres: “estudia, mijo, que el futuro es de la gente instruida”, tarareaban, una vez tras otra, en una letanía aburrida que, sin embargo, llegó a creerse hasta que se enteró de que cuatro de sus amigos del barrio, mayores que él, recién graduados de la Universidad dos años antes, se habían lanzado al mar en una balsa, intentando llegar a Estados Unidos y uno de los cuerpos, inflado y casi devorado por los peces, se había enredado en una red de un barco pesquero mexicano. Del resto, nada, sólo la idea de que habían muerto, como otros miles de cubanos, atravesando ese infierno atestado de tiburones que es el Estrecho de la Florida.
— No entiendo por qué se les metió eso en la cabeza – le dijo a Cira, la madre de uno de sus amigos muertos.
Recuerda que ella lo miró. Y que creyó ver en el fondo de aquellos ojos, mezclada con la tristeza, una ira insondable.
— Joaquincito se hizo ingeniero nuclear en Rusia y trabajaba en una carnicería – le respondió Cira, marcando con los dedos cada caso –. San Miguel estudió Biología y trabajaba, como bien sabes, de oficinista en una Base de Transporte. Danilo era periodista y no encontró trabajo desde que lo botaron por escribir algo que no gustó a los jefes de arriba. Y Nora Elia estudió Informática y hacía la contabilidad en una vieja computadora en el Tángana, la gasolinera de 25 y Malecón. Todos vinieron jactándose de que fueron expedientes de oro o tuvieron notas excelentes. ¿No crees que ya eso es suficiente?
— No, Cira – dijo él –. Porque se jugaban la vida.
La contempla hacer silencio unos segundos. Sabe que esta conversación duele, pero Joaquín, Sanmi, Danilo y Nora Elia eran de esos amigos con los que uno cree va a estar toda la vida, a pesar de que ellos eran mucho mayores que él y los otros dos que formaban eso que todos llamaban “nuestra Banda”.
— ¿Sabes qué me dijo Joaquincito la noche que se iban? – le oye decir.
Y no responde. Sabe que Cira seguirá hablando, como hace.
— Que él no quería morir como Joaquín, su padre, que cuando se dio cuenta de que estos cabrones habían convertido sus sueños en una dictadura se dejó comer por la frustración, se ahogó en el ron y lo enterramos podrido con una cirrosis que lo mató con 54 años.
— Yo creo que hay otros caminos… -intenta decir él.
— Pues si los encuentras, me avisas y yo se lo mando a decir con mis oraciones – responde Cira y lo mira, fijo, a los ojos –. Sé que se alegrará de que por lo menos tú lo hayas logrado.
Perteneciente al libro: Habana Profunda. Cien historias para cien imágenes,
de Amir Valle (textos) y Enmanuel Castells Carrión.