

La envidia es un sentimiento que ha sido polisémica y masivamente satanizado. Y, como todo condenado en bloque, sin considerar matices, con la pobre envidia se ha sido injusto. Porque hay envidias (creo), capaces de conmovernos tanto que consiguen el efecto de ponernos en movimiento y hacernos emprender, nosotros también, una labor o una búsqueda de comportamientos similares a los del envidiado, sin que con ello vayamos en su detrimento. Hay otras envidias, menos telúricas aunque también verdes (ese es el color con el que se le identifica: “se puso verde de envidia”, se dice por estos lares) dotadas de la posibilidad de advertirnos que estamos ante algo que jamás conseguiremos pero que mucho nos hubiera gustado intentar al menos, y no por ello se convierte en un sentimiento ni una actitud lasciva hacia el envidiado o lo envidiado: es más bien un reconocimiento a un logro que jamás podríamos haber alcanzado.
Pues bien: fue envidia, pura y dura, y no otro sentimiento el que me asaltó, allá por la primera mitad de los años 90 del siglo pasado cuando, siendo yo redactor jefe de La Gaceta de Cuba, obtuvimos la autorización para publicar un maravilloso texto, firmado por Roberto González Echevarría, donde se recogía un revelador análisis de la relación fundacional entre el acto social y cultural que generó el baile del danzón, la estética modernista entonces en boga y la práctica del beisbol en la joven y vigorosa Cuba de las décadas finales del siglo XIX.
La primera lectura de aquel texto, que ya se anunciaba como parte de un libro en preparación sobre la historia (yo diría que la historia cultural) del beisbol y sus relaciones con la nación y la vida cubanas, me puso tan verde de envidia que todavía hoy, quince años después, cierro los ojos y puedo recuperar la sensación de aquel efluvio avasallante.
Lo que aquellas páginas develaban como penetración erudita y clarividente en un fenómeno tan esencial como la función y la presencia de la pelota en los orígenes de una cultura cubana independiente fueron el primer motor que puso en marcha mis mejores envidias. Pero, al ser un estudio calzado por la firma de Roberto González Echevarria, no me quedó más remedio que postergar mi envidia y disponerme a disfrutar con las revelaciones de aquellas pocas cuartillas que anunciaban otras infinitas revelaciones respecto al único juego que el noventa por ciento de los cubanos jamás podremos asumir como un simple juego: el béisbol es algo más, es un acto muchísimo más trascendente que un simple pasatiempo muscular, y su mitología, su pasado, sus héroes eternos suelen estar —al menos para mí— entre los más conmovedores que conservo en mi conciencia y recuerdos de cubano.
No creo que haya sido casual que justo por aquellos años en que leí el envidiable artículo de marras, yo anduviera en una convivencia casi cotidiana con Roberto González Echevarría a través de un proyecto en apariencia —solo en apariencia— tan alejado del arte de las bolas y los strikes como lo es el estudio y análisis de lo real maravilloso en la novelística de Alejo Carpentier. González Echevarría, que había reflexionado suficientemente sobre el tema y develado algunas regularidades de las más esclarecedoras, se había convertido en una pauta y un reto a los cuales me acerqué en la escritura de mi libro, llegando a rozar la polémica en cuanto a ciertas apreciaciones arduas y profundas sobre el origen, la manifestación y la concreción literaria de la teoría carpenteriana de tanta trascendencia en la literatura narrativa y el pensamiento latinoamericanista de la mitad del siglo XX. Yo había leído y fichado casi frase por frase su estudio “Isla a su vuelo fugitiva”, publicado en la Revista Iberoamericana (no. 86, ene-mar., 1978), sus breves ensayos sobre “Semejante a la noche” y Concierto barroco, entre otros, y, cuando ya andaba en la redacción de mi ensayo, me había enfrascado con la edición española de la obra de González Echevarría más completa sobre el tema, Alejo Carpentier: el peregrino en su patria, recién publicada en México por UNAM en 1993.
La intensa relación de cercanía y polémica con el pensamiento de González Echevarría, mi desacuerdo con algunas de sus conclusiones y mi deslumbramiento por sus hallazgos teóricos hacían de aquel cubano, profesor universitario en los Estados Unidos, una especie de parangón, o más bien, un listón a vencer en un territorio escabroso en el que ambos nos habíamos adentrado hasta perder la piel. No había en aquella relación, sin embargo, ni un asomo de envidia y creo que mi libro Alejo Carpentier y la narrativa de la real maravilloso (con varias ediciones a partir de 1994) es la mejor muestra del modo racional y combativo con el que me acerqué a ese importante sector de la obra de Roberto González Echevarría.
¿Debo confesar ahora que me hubiera gustado tanto (¿o incluso más?) escribir un libro sobre la historia de la pelota en Cuba que sobre la magnífica obra y el pensamiento de Alejo Carpentier? ¿Debo admitir que sólo con haber leído aquel capítulo sobre la relación de la pelota, el modernismo literario y el danzón debí reconocer que si bien la estética carpenteriana daba cobijo a diferentes interpretaciones y asaltos, la presencia de Roberto González Echevarría en la búsqueda y análisis de los orígenes de la gran pasión cubana casi que cerraban a cal y canto la puerta a futuros interesados en reflexionar e historiar el tema? ¿Qué otra cosa que la envidia me podía quedar como expresión de una admiración frustrante al comprobar que, aun si pudiera y quisiera, me hubiera resultado imposible —o hubiera resultado inútil— hacer siquiera en intento de competir con el más obsesivo, compulsivo y esclarecido ensayista cubano de los últimos 50 años?
Cuando en 1999 por fin cayó en mis manos la edición inglesa del libro anunciado (The Pride of Havana, Oxford University Press) y, dos o tres años más tarde, la versión castellana titulada La gloria de Cuba), todas las sospechas de envidia se agolparon en mí y, por ser tantas y tan variadas se atropellaron unas a otras y creo que solo por eso no me mataron. Sencillamente estaba ante uno de los estudios más medulares, esclarecedores e insuperables sobre uno de los componentes esenciales de la espiritualidad cubana y que, como se refleja en los dos títulos escogidos por el autor, mayores orgullos y glorias han aportado a la historia de nuestro país a lo largo de un también largo y ancho siglo y medio.
Más que el aporte erudito que me entregó el libro, más que el conocimiento detallado de la entrada y consolidación de la pelota en la historia, la vida y hasta en el habla cubana, quiero reconocer que le he tenido que agradecer a Roberto González Echevarría el imprescindible rescate de una memoria dispersa de lo que fue el béisbol en Cuba no ya en el lejano siglo XIX, sino en la oscurecida y postergada etapa republicana. Gracias a su reflexión sobre los equipos y figuras que poblaron las ligas amateur y profesional cubana, la labor de los jugadores criollos en los diversos circuitos norteamericanos y del Caribe, el autor le dio forma y densidad a unos recuerdos que personalmente yo no había vivido, pero que había adquirido por la vía de la pasión beisbolera que siempre ha acompañado a mi padre y de la que soy heredero. Poder sentarme en la terraza de mi casa de Mantilla a hablar con mi padre (almendarista furibundo) de sus ídolos de juventud —Willy Miranda, Pedro Formental, Silvio García y un largo etcétera en el que no podía faltar su amigo y hermano masón Fermín Guerra—, recuperar junto a él una crónica gloriosa que nos ayudó (a él y a mí, y a tantos millones de cubanos) a ser como hemos sido, resultó, sin duda alguna, lo mejor que me entregaron las seiscientas páginas escritas por Roberto González Echevarría sobre la historia de un deporte que es más que un deporte, porque es el orgullo, la gloria, la sangre de Cuba.
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