Otro lunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Diciembre 2007. Antilde;o uno. Número tres

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Datos de la revista, mayo 2007, año 1, número 01
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Roberto González Echevarría desde la élite isleña

Amir Valle

La primera vez que oí hablar de Roberto González Echevarría fue una lejana noche de 1986, en la casa del también ensayista y profesor cubano Rogelio Rodríguez Coronel, en pleno Vedado habanero. Celebrábamos ese día (allí estaban Eduardo Heras León, Antonio Gutiérrez Caballero, Reynaldo González, y otros muchos escritores que hoy no recuerdo), entre otras cosas, el premio Trece de Marzo obtenido por mi libro de cuentos Tiempo en cueros, concedido horas antes. En esos tiempos, el premio Trece de Marzo se hacía respetar (era una meta a lograr como primer paso a “la consagración”), y no tenía nada que ver con ese premiucho de categoría Zeta que es actualmente. Uno de los libros premiados (de un autor que luego se perdiera: Leonardo Eiriz), una verdadera locura innovadora del cuento corto cubano (según ellos) fue la causa que trajo el tema de las presencias de lo barroco y de los lenguajes de la postmodernidad, mixturizados, en buena parte de la más joven narrativa cubana de esos años (mediados del 80). Y fue entonces cuando Rogelio mencionó a Roberto González Echevarría. Heras le contestó. Y se mantuvo durante un tiempo un cruce de opiniones demasiado técnicas para el muy joven cuentista que yo era por entonces y a quien aquellos lenguajes (aunque fueran utilizados por uno de sus maestros literarios: Heras León) parecían pura gramática china.

Eso de que el hábito no hace al monje es la más pura verdad: durante poco más de un año, cuando quería impactar a mis colegas escritores de Santiago de Cuba con palabritas que sonaran a sabiduría adquirida, repetía algunas de aquellas frases que le escuché decir a Rogelio y a Heras León. Un pequeño cotorrón que repetía, de memoria, cosas que no sabía qué carajo significaban. La causa era simple: ninguno de los otros intelectuales a quienes pregunté dónde poder leer cosas de González Echevarría me supo dar la más mínima idea (para no decir que la mayoría no habían oído hablar jamás de ese crítico). Años después, cuando ya vivía en La Habana, gracias a un curso de novela que ofreció Madeline Cámara volví a escuchar el nombre del crítico y entonces me decidí a leer lo que éste había escrito. La querida Magui Mateo, Roberto Zurbano, la profesora (hoy, además, cuentista) Mercedes Melo, me abrieron las puertas a muchos ensayos sueltos y algún que otro libro publicado por González Echevarría por esos mundos. Y solamente a inicios de este siglo XXI (creo que en el año 2004, poco antes del cierre del Centro Cultural España en el Palacio de las Cariátides, allá en Malecón) pude acceder a un libro que ya se consideraba un clásico: La prole de Celestina. A partir de ahí, en mis viajes de cada año a Europa, aprovechaba para buscar y comprar (cuando el bolsillo lo permitía) las obras de Roberto González Echevarría, aunque debo confesar que la mayoría de las cosas que he leído de él las debo a vergonzosos actos de piratería: alguien las copia por ahí y me las envía desde el día en que mis colegas supieron que yo pretendía armar al muñeco de mi generación (cosa que hice medianamente en mis dos libros de ensayo sobre la narrativa cubana del 90, porque no creo tener la formación que se necesita para escribir un ensayo). Sea como sea, una verdad era irrefutable: Roberto González Echevarría es una lectura imprescindible para todo aquel que pretenda escribir, reflexionar (e incluso perpetrar, que hay muchos) sobre literatura cubana.

Hago esta historia para decir algo que, al menos a unos cuantos, nos duele: la literatura cubana, por razones que no conciernen a lo netamente literario, ha sido dividida (y permanece dividida) en la cabeza de los funcionarios de la cultura cubana y, también, en el esquema mental de muchos de los escritores cubanos que habitan su isla allá en el caimán o en otras latitudes. Sólo bajo ese criterio puede entenderse que la obra fundamental de Roberto González Echevarría sea casi desconocida en la Isla. Puedo asegurar que en mis conversaciones de los últimos años con la mayoría de los más jóvenes ensayistas, egresados incluso de las universidades cubanas en los últimos años, he obtenido una triste respuesta: si ya nada se sabe en esos medios de las obras de ensayistas y críticos que se vieron obligados a abandonar el país en los últimos diez años (Madeline Cámara, Antonio José Ponte, Fabio Murrieta o Duanel Díaz, por sólo citar a uno de las cuatro últimas promociones actuantes en la Isla), mucho menos conocimiento real se tiene de lo producido por ensayistas cubanos que han vivido desde hace varias décadas (e incluso nacido) en el exilio (Roberto González Echevarría, Uva de Aragón, Gustavo Pérez Firmat, Ivette Fuentes, entre muchos otros). Dentro de esa gran lista de críticos y ensayistas invisibilizados por las circunstancias, el caso de Roberto González Echevarría es especial: se trata de un ensayista de élite.

Entiéndase que no me refiero a uno de esos escritores “herméticos” que sólo pueden ser leídos por una élite, y mucho menos a esos denigrados seres sobre quienes recae la culpa de no escribir para “el pueblo común”. Se trata de algo más enrevesado: solamente algunos de los hoy más encumbrados escritores cubanos de la Isla (esos que, casi todos, ostentan la condición de Premios Nacionales) y los más serios profesores universitarios, son capaces de hablar con propiedad de las aportaciones de González Echevarría a eso que podríamos llamar “ensayística nacional”. No falta, como es usual, quien dice conocer sus obras sin haber leído jamás una sola línea (y disculpen que no coloque aquí ninguna anécdota para ilustrar), pero aseguran ser conocedores a profundidad de esos aportes e, incluso, haber compartido con el autor de Love and the Law in Cervantes en alguno de sus numerosos viajes por Europa y Estados Unidos. Y lo más triste es que no les importa contribuir a ese “elitismo” que deviene en “invisibilización” a pesar de que sobre las obras de algunos de ellos González Echevarría ha escrito enjundiosos ensayos, contribuyendo como nadie a la difusión de esas obras fuera de la Isla.

Roberto González Echevarría es, entonces, un ensayista de la élite intelectual cubana (¿o debiera decir habanera?, porque en el resto de las provincias es todavía más invisible su presencia).

En esos predios, por ejemplo, recuerdo haberle escuchado al escritor Reynaldo González asegurar que la profundidad del ensayismo de González Echevarría está basada en su profundo conocimiento de las raíces hispanas de nuestra literatura. Y es algo bien cierto: en las propias universidades españolas (al menos aquellas con las que he tenido contacto: Complutense y Autónoma de Madrid, Universidad de Murcia, de Salamanca) se consideran fundamentales, entre otros, los textos escritos por este ensayista cubano sobre la obra de Cervantes, sobre las claves para el entendimiento del legado cervantino a las letras hispanas, y su incursión crítica sobre la novela La Celestina ha adquirido carácter de clásico, a pesar de no alcanzar en el momento de su publicación la resonancia que debiera haber tenido. La posible explicación la daría el mismo ensayista en varias entrevistas: “Es el más difícil de celebrar, al tratarse del clásico más profundo, original y perturbador, el que más cala en lo profundamente humano. Lo es más que Don Juan o Don Quijote que son mitos, no sólo nacionales, sino internacionales. Pero La Celestina es más difícil de incorporar a una mitología nacional. ¿Cómo se va a hacer una estatua a una puta vieja?”. Y añadía que esa novela “es un texto que rebasa y agota la modernidad a la que pertenecen tanto el marxismo como el psicoanálisis”.1

En otra ocasión, en uno de los últimos encuentros nacionales de la crítica, celebrados en el Palacio del Segundo Cabo, varios de los todavía catalogados como “jóvenes” críticos (Roberto Zurbano, Víctor Fowler, Alberto Garrandés, entre ellos) coincidieron en que pocos ensayistas cubanos (y de lengua hispana) habían influido en los criterios académicos de habla inglesa (e incluso en la conformación de un posible nuevo canon cubano) como lo había hecho González Echevarría. Y eso pude comprobarlo yo mismo cuando me encontré con varios colegas y amigos de Universidades de los Estados Unidos, quienes, al referirse a los acercamientos personales que habían tenido a las letras latinoamericanas, mencionaban la lectura de la antología The Latin American Short Stories (que incluía 53 narraciones para recorrer la historia de nuestras letras), The Cambridge History of Latin American Literature, y un sinnúmero de ensayos escritos en inglés donde González Echevarría había puesto su sello personal.

Lo interesante, y por ello es que he preferido escribir desde esta perspectiva anecdótica, es haber podido comprobar la lucha que se establece entre la corrección y la figuración en el mundo intelectual cubano que conoce la obra de este ensayista. La corrección, por un lado, establece utilizar su nombre y sus aportes con la adecuada cautela para no dar a entender que se trata de un autor cubano que ha logrado su validación por vías no establecidas (y en muchos casos desaprobadas totalmente) por eso que se llama “Política Cultural de la Revolución”; corrección que se convierte en un verdadero acto de malabarismo en aquellos autores que han gozado de la posibilidad de que sus obras sean tomadas por González Echevarría como referencia para sus estudios. Y por otro lado, la figuración (esa máscara tan usual en nuestros medios intelectuales isleños), que convierte en un valor de mérito el hecho de haber sido seleccionado por González Echevarría como un autor con alguna obra digna de ser analizada en los grandes escenarios de la academia norteamericana (donde no es extraño que alguien, que se precia de haber conocido al mítico Harold Bloom, amigo personal de González Echevarría, manifieste su estupefacción ante lo que considera un imperdonable desliz del ensayista cubano: “¿cómo es posible que conociendo al gran Bloom, Roberto —pues lo llama así, Roberto— no le haya dedicado algún ensayo a mi obra”).

Y finalmente, meses después de la salida por Colibrí de Cuba: un siglo de literatura (1902-2002), esa colección de 22 ensayos breves sobre la literatura cubana de los últimos 100 años que ha sido tomada ya como referencia para ese “canon cubano” siempre tan vapuleado (más por las desavenencias y divisiones de los críticos y ensayistas que por las obras aspirantes mediante su fuerza y calidad a formar ese canon, que ahí están), escuché ataques personales de algunos de esos “guardianes severos de la condición de autor de élite de Roberto González Echevarría”, que decidieron seguir el cuestionamiento que hiciera cierto funcionario cultural sobre la selección del canon cubano: “¿cómo es posible que se deje fuera a Nicolás Guillén, argumentando que la obra de nuestro poeta mayor en la época revolucionaria fue repetitiva y trivial?”.

Asuntos de la élite, en fin, que sólo entiende esa élite y que, como toda élite, es ajena a la consecuencia de la invisibilidad que sufre Roberto González Echevarría en la cultura nacional: el desconocimiento y la minimización de la importancia de su obra por parte de las nuevas generaciones de escritores, críticos y ensayistas de la Isla. Mientras tanto, otra vez la realidad se impone: las aportaciones de este cubano a las letras cubanas, latinoamericanas e hispanas, están ahí, indiscutibles. Llegará el momento, bien se sabe pues lo hemos visto en otros casos, en que se corporeizará su presencia en nuestra Cultura. Asistir al instante en que ocupe su lugar entre los grandes nombres del ensayismo cubano, sin velos ni sombras extrañas (siempre extraliterarias) que nublen su grandeza, es algo cada vez más posible.


  • 1. La prole de Celestina, un análisis profundo sobre la influencia de un libro imprescindible”. Por Ángel Vivas. El Mundo, España, 14 de junio de 1999

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