Brigitta es presentado, en la edición de la que traduzco, como “uno de los relatos más bellos en lengua alemana”. Urban Roedl, el biógrafo más acreditado de su autor, se refiere a él como “el mayor artista en prosa alemana de su tiempo – y no sólo del suyo”. Adalbert Stifter (1805-1868) constituye un fenómeno singular: considerado un clásico en todos los cánones y libros de texto escolares, apenas es leído; si algunos lo veneran y otros lo rechazan, la mayoría lo hace por razones equivocadas. Su estilo es elevado a ejemplo de equilibrio, pero contiene extravagancias y hasta incorrecciones que delatan un trasfondo menos inocente; sus narraciones son calificadas de idilios campestres, pero en muy pocas falta la amenaza de una sombra incontrolable. Si se las reconoce como fábulas morales, es para hallar en ellas un bucólico homenaje a la armonía natural y a la piedad cristiana; un lector tan sagaz como W. G. Sebald sostiene que “muy al contrario, su verdadera esencia es un profundo agnosticismo y un pesimismo extendido hasta lo cósmico”. No debe sorprender que, por debajo de la asténica recepción oficial de Stifter, fluya una comprensión más subterránea de herederos vigorosos; sus admiradores son casi la lista de los grandes nombres de la literatura en alemán: Nietzsche, Hofmannsthal, Kafka, Rilke, Hesse. Ninguno dejaba de elogiar su prosa; muchos atisbaron también las turbulencias que encerraba. Así Walter Benjamín, quien declaraba haber leído mucho a “Stifter, un escritor tras cuya fachada poco llamativa y aparente inocuidad se esconden un gran problema moral y un gran problema estético”; o Thomas Mann, cuya propia apuesta por lo velado le hacía particularmente sensible a las grietas entre líneas y que hallaba en Stifter a “uno de los narradores más singulares, enigmáticos, secretamente audaces y extrañamente cautivadores de la literatura mundial”. Pero la reivindicación más radical y escatológica la aporta, cómo no, el cruzado solitario y azote inclemente de la tontería, el gran Karl Kraus: “Si eso que hoy se atreve a escribir en lengua alemana, sin percibir ya un resto de su aliento, de algún modo, sacudido por un impulso más metafísico que la Guerra Mundial, fuese capaz de producir aún un gramo de dignidad humana y sentido del honor, entonces todo ese ejército de periodistas, jornaleros de la novela, bucaneros de la opinión y la palabra debería acudir ante la tumba de Adalbert Stifter, pedir perdón por su mera existencia a la muda memoria de este santo, y emprender seguidamente un suicidio físico solidario en la pila encendida de sus sucios papeles y plumas”.
¿Qué es lo que hace tan especial a este prosista estrictamente provinciano, que forjó su obra a contracorriente de las tendencias más vivas e innovadoras de su tiempo? La filípica de Kraus apunta, por contraste implícito, a aquella cualidad de Stifter que iba a terminar imponiéndose tras las oleadas de las modas: su rechazo del tiempo presente, de la dimensión social y el escenario urbano, de las tramas folletinescas y el efectismo sentimental, y de cualquier forma de virulencia o torrencialidad verbal. Resumida de ese modo, la estética de Stifter estaría en las antípodas de la de un Dickens, por apelar a un contemporáneo grande, pero también de casi todas las pujantes formas del realismo; su aspiración declarada (y su obsesión creciente) fue desplegar la belleza de lo sencillo, de lo atemporal, la perdurable hondura del paisaje natural y de lo humano. Se ha señalado con frecuencia cómo Stifter carecía de talento inventivo para las tramas: lo cierto es que la acción apenas le interesaba como elemento narrativo, y esto ha contribuido mucho a su leyenda de autor aburrido, en cuya obra apenas pasa nada. Stifter, de hecho, se tuvo durante mucho tiempo por pintor y dibujante antes que por escritor; su disposición era sin duda eminentemente visual, pero no estática. La aparente quietud de sus relatos y novelas encierra casi siempre una tensión descomunal, igual que las naves espaciosas y claras de una catedral gótica se sostienen en una compleja trama de pilares y arbotantes: sólo la pertinaz ceguera de una crítica empeñada en la lectura más conservadora (y la insistencia del autor en su apuesta por la mesura) ha podido hacer soslayar esa tensión. Hay que decir que la obsesión de Stifter por el equilibrio no sólo era sincera, sino poco menos que una necesidad vital: bastante desasosiego había ya en su interior. La paradoja trágica e irónica es que la misma persona del autor ha terminado siendo juzgada no ya en función de su obra, sino de sus intenciones declaradas, y que su obra llena de campos minados y volcanes ha terminado siendo leída, en una muestra de penosa circularidad, desde el carácter presuntamente apacible de su autor. El esfuerzo de éste por domeñar sus ansiedades y pasiones para destilar una prosa serena y hasta edificante no sólo es así ignorado, sino que la energía que alienta sus trabajadas construcciones es desactivada para rebajarlas a estampas nostálgicas de un tiempo edénico y preindustrial. Como suele ocurrir con tantos outsiders de la literatura, en esta banalización de Stifter han acabado confluyendo críticos y admiradores: ambos proyectan sobre su obra esquemas morales y políticos cuyo simplismo es recusado por ésta. Pero a la sutileza siempre le costó hallar suelo fértil, y Adalbert Stifter ha sido exaltado y olvidado como el maestro de una prosa sosegada y cantor de una Arcadia cristiana previa a la Caída. Veremos qué poco hay de exacto en esta imagen.
Adalbert Stifter nació en 1805 en un pueblo del sur de Bohemia, donde su padre, heredero de una saga de tejedores y comerciante en lino, seguía cultivando sus tierras. Se ha escrito mucho sobre la influencia de este entorno de campos y bosques, inmune a las transformaciones del siglo del progreso, en la persona y la obra de Stifter: él mismo dedicó páginas idealizantes a su tierra natal, y resulta fácil reconocerla en buena parte de sus narraciones, pero el hecho es que no regresó allí casi nunca, incluso cuando en las últimas décadas de su vida residió muy cerca, en Linz. La huella que pudo dejarle debió ser en todo caso ambivalente: durante toda su vida, aunque ostentó importantes cargos públicos, tuvo grandes amigos aristócratas, y cultivó el papel de amante de las artes, Stifter no dejó de sentirse nunca un pueblerino, y los años de penurias económicas y sentimiento de inferioridad que hubo de soportar antes de ser reconocido socialmente le marcaron en forma muy notoria. Su desarrollo intelectual fue posible, en todo caso, gracias a su abuelo materno, quien tras la temprana muerte de su padre insistió en que el talentoso Adalbert estudiara, y a la inusual apertura de miras del profesor encargado de las admisiones en el prestigioso internado benedictino de Kremsmünster, quien aceptó al joven aldeano, a pesar de sus nulos conocimientos de latín, tras haberlo examinado sobre los detalles de la vida de su pueblo. Stifter no le defraudó: en los años que pasó en el internado fue siempre el primero de la clase y se imbuyó de su mentalidad de piedad ilustrada, además de hallar una camaradería afectiva e intelectual que más tarde echaría repetidamente en falta.
En 1826, tras graduarse con brillantez en Kremsmünster, el joven Stifter decide estudiar Derecho en Viena (la opción, convencional entonces como ahora, resulta sólo significativa por la alternativa que descarta, que era la carrera eclesiástica). En la capital del imperio, que empieza ya a mostrar los síntomas de estancamiento cultural y atrofia sociopolítica que iban a obsesionar a casi toda la literatura austríaca (pero no al propio Stifter), comparte un modesto piso con dos compañeros de estudios y puede desplegar su creciente interés por las artes. Suele calificarse su conducta en estos años formativos de inmadura: es una forma de entender la incapacidad crónica de Stifter para amoldarse a la vida burguesa, que sólo logró disimular mejor a edad más avanzada. Su curiosidad intelectual revela la dispersión y las lagunas del que ha accedido tarde a la cultura; su informalidad en los estudios es la de un inadaptado no menos social que psicológico. No hay que olvidar que, desde esta primera época hasta que recibe, a los cuarenta y cinco años, su primer cargo público, Stifter vive básicamente de dar clases particulares, con lo que esto conlleva de perpetuación de un rol de inferioridad. El brillante estudiante de Kremsmünster va sacando así algunas asignaturas, pero abandona muchas otras; incluso cuando, más adelante, la presión de sus amigos y allegados le lleve a optar a plazas de enseñante, oportunas enfermedades le impedirán presentarse al examen final. Como a tantos artistas en ciernes, la vida bohemia lo oprimía: pero también la alternativa.
En lo afectivo, el joven Stifter no halla mejor suerte. Acomplejado por su origen de huérfano pueblerino y pobre, dotado de un físico poco agraciado, los testimonios de la época tienden a describirlo como a un payaso ingenioso (no demasiado acorde con el sacerdote laico en que más tarde habrán de convertirlo sus panegiristas). En sus visitas vacacionales a Friedberg (cerca de su pueblo) se enamora de la bella y solicitada Fanny Greipl, pero los padres de ésta no muestran entusiasmo alguno por las credenciales del eterno estudiante sin fortuna, y las exaltadas cartas y notoria falta de determinación de Stifter tampoco terminan de convencer a la muchacha. En Viena, entretanto, mantiene una relación algo menos poética con Amalie Mohaupt, una modistilla atractiva y con ideas claras. No es difícil adivinar con cuál iba a casarse, ni de quién partió en realidad la iniciativa: esta caída del sueño romántico iba a marcar definitivamente a Stifter. Fue infeliz con su mujer, que desde luego no tenía la menor inquietud artística ni mostraba aprecio por las “cosas raras” que escribía su marido, pero desplegaba en cambio un gran sentido práctico que permitió a la pareja sobrevivir a duros años de deudas y cambios de domicilio; cuando al Fin disfrutaron de ingresos regulares, Amalie gestionó un estilo de vida acomodado y atendió con encomiable lealtad a las necesidades de su esposo. Stifter le guardó una gratitud rendida por el orden doméstico que impuso en su existencia; cabe también adivinar que siempre se sintió culpable por no amarla. Pero, fiel a sus estrictos ideales éticos, nunca dejó de intentar convencerse de que lo hacía y le escribió cartas entregadas, sobre todo tras la muerte de Fanny (quien, desposada con un candidato más acorde a las pretensiones de sus padres, falleció en su primer parto). Una de las primeras proclama: “Te doy gracias mil veces por tu buen y amable corazón, y tu carta me alegra tan extraordinariamente que no puedo ni decírtelo, ay, qué insipidez es todo eso de estar enamorado frente al verdadero amor conyugal, sólo ahora entiendo la expresión de que hombre y mujer son una sola carne en todo su sentido”. La respuesta de la pragmática Mali es algo más pedestre: “Tus dos cartas man alegrao pero también Entristezido, y es que te lias con un rollo tan confuso que no sabe una como aclararse. Usea si te escrivo que maze falta dinero y me lo enbies ya o Pronto, y tu aora dando tantas bueltas que mientras yo me desespero, en cada carta testas quejando que mechas demenos, pero en ninguna carta enbiada ay dinero queslo que me curaría todas las eridas”.
No debería despacharse esta actitud de Mali como mera mezquindad: la vida de los Stifter estuvo sometida durante años a los acreedores y las estrecheces, hasta llegar a extremos que no se recogen en todas las biografías. Cuando la hermana de Amalie (que fue la única dote que aportara al matrimonio) falleció en un hospital de la caridad v las autoridades reclamaron que acudieran sus parientes, nadie se presentó; el moralismo de Stifter y la sombra en tantos de sus relatos de culpas innombradas debieron alimentarse de más de una anécdota como ésta. Aunque soñó hasta el final de sus días con ganar en la lotería (y malgastó mucho dinero, cuando pudo disponer de algún capital, en ruinosas especulaciones bursátiles), los ingresos regulares de Stifter los aportaron durante más de dos décadas las clases particulares que impartía; se ganó en este terreno una reputación notable (entre sus alumnos tuvo al hijo del mismo Metternich y a jóvenes de las mejores casas), pero también la amargura de no poder concentrarse en lo que le importaba de verdad, que eran las artes. Como pintor llegó a ser seleccionado para una exposición de la Academia; su estilo paisajístico se ha comparado con frecuencia con el de su prosa. Pero fue el éxito mayor de sus narraciones el que le hizo decantarse por la literatura. Su primer relato publicado, El cóndor (1840), recibió una acogida muy favorable y le abrió las puertas a una colaboración vitalicia con el editor Gustav Heckenast de Pest; en los años siguientes seguirían nuevas narraciones, básicamente las recogidas posteriormente en los volúmenes Estudios (entre ellas Brigitta, 1844) y Piedras de colores. Heckenast pagaba bien y atendió siempre a las constantes peticiones de adelantos de su autor, pero cuando Stifter le solicitó una suma aún más considerable a cambio de cederle todos sus derechos sobre los Estudios, se los compró a un precio que equivalía al beneficio de una o dos ediciones. Fue un mal negocio, y además inoportuno: pocos meses después, y tras largas negociaciones, el gobierno real e imperial otorgó a Stifter el cargo de consejero escolar e inspector educativo de la Alta Austria.
Se ha escrito mucho sobre la vocación pedagógica de Stifter y sobre el peso que ésta tuvo en su visión de la literatura. Efectivamente, parece haber visto en su cargo no sólo una solución a sus problemas financieros, sino la oportunidad de poner en práctica su ideal de progreso social mediante la educación. Su programa de reformismo ilustrado e integridad moral puede compararse al que caracterizaba en esos años a los krausistas en otro país católico atrasado, sólo que Stifter carecía del vitalismo emprendedor de un Giner de los Ríos. Pronto iba a comprobar que las tareas burocráticas que le imponía el cargo eran tan enajenantes como estériles, y que sus propuestas más ambiciosas rara vez llegaban a plasmarse; aunque su carrera oficial le dio alguna satisfacción, predominaron con mucho los sinsabores. El traslado de Viena a Linz, tediosa capital de provincia que no parece haber hecho nunca muy felices a sus habitantes (recordemos que sería la cuna de otro pintor frustrado, Adolf Hitler), lo alejó de sus mejores amigos y la vida cultural de la metrópoli; por si fuera poco, la necesidad de llevar un estilo de vida acorde con los nuevos honores, rápidamente asimilada por su esposa, lo abocó a gastos aún mayores y a contraer nuevas deudas (vendería también a Heckenast sus derechos sobre Piedras de colores). Privado de la relación didáctica de las clases particulares y sin descendencia en su matrimonio, el afán educativo de Stifter sufrió el golpe más duro en 1859, cuando su sobrina Juliane Mohaupt, que había adoptado mitad como hija y mitad como sirvienta, se suicidó lanzándose al Danubio, al parecer debido a los malos tratos de Amalie. Todo este trasfondo de frustración profesional y tragedias familiares ha tenerse muy en cuenta a la hora de entender el credo estético-moral de Stifter, para quien sus obras debían ser “revelaciones morales” y el escritor un “profesor, guía, amigo de sus conciudadanos, intérprete y sacerdote de lo más alto”. Puesto que este sacerdocio ejemplar sólo puede ejercerlo un alma armoniosa y que “la intimidad entera del hombre es en último término la que estampa en su obra el sello y el espíritu, (…) la condición última y más profunda del escritor es que forme su carácter con la máxima pureza y perfección posibles”. La escritura de Stifter debe verse por lo tanto como un programa de perfeccionamiento en dos dimensiones: del lector, por su voluntad de ser edificante; pero también del autor, para que pueda serlo. Su moralismo no propugna la obediente sumisión a un código de reglas dadas, sino el esfuerzo por hallar un equilibrio en la propia vida; la armonía a la que aspira no es la negación de las pasiones, sino su discreto encauzamiento. Veremos que el empeño elíptico de Stifter en el estilo tiene un paralelo estricto en su epicureismo utópico. Ya en el prólogo a las Piedras de colores había declarado lo más grande a “una vida entera llena de justicia, sencillez, dominio de sí mismo, racionalidad, influencia en su círculo, admiración de lo bello, ligado a una muerte plácida y serena”. Su gran drama es que, a costa de una rigurosa ascesis estilística, acabó por suscitar esta impresión en su obra más madura sin haberlo conseguido nunca en vida.
Los años últimos de Adalbert Stifter parecen así el reverso de su ideal armónico. Cada vez más oprimido en su trabajo, infeliz en su matrimonio y empeñado sin embargo en convencer a todo el mundo y a sí mismo de que su Mali era la mejor de las mujeres, atormentado por ataques de pánico y todo tipo de enfermedades reales o imaginarias, su búsqueda de una belleza atemporal y calma en la escritura tiene cada vez más de misión y de escapismo. La incomprensión hacia su obra va extendiéndose; sus novelas tardías, El veranillo de San Martín y Witiko, son rechazadas por los escritores realistas jóvenes (Hebbel llegó a calificar a la primera de “registro” e “inventario”), aunque hallarán eco en autores pasionales como Storm o Nietzsche (el filólogo que supo captar la virulencia dionisíaca bajo la serenidad apolínea). Hay que decir que, en esto al menos, Stifter no dejó que flaqueara su autoestima: despreciaba las tendencias estéticas contemporáneas y asumía que su obra sólo habría de ser comprendida en otro siglo. Reservaba sus penas para la vida diaria y las cultivaba casi con celo: llevaba un diario hipocondríaco titulado Mi estado, y abrumaba a sus conocidos con descripciones pormenorizadas e inacabables de sus síntomas; conseguir que hablara de otra cosa (de literatura, por ejemplo) parece haber sido un mérito reservado a muy pocas personas. El gobierno le concedió el retiro en 1865, pero ni esta tranquilidad tardía ni las diversas estancias en sanatorios obraron mejoras duraderas en su estado de salud. Stifter sabía bien que el origen principal de sus males era psicosomático, por lo que no tomaba muy en serio a los médicos; su régimen de vida sedentario y sus tremebundos hábitos alimenticios tampoco ayudaban a aliviar su cirrosis. Sus más seráficos admiradores conceden que comía y bebía en exceso, pero hasta la etiqueta de bulimia palidece ante un registro pantagruélico como el que sigue: “Comí carne de vaca, cabrito asado, pollo frito, grévol, pichón, asado de ternera, jamón, hígado, asado de cerdo, sardinas, pollo con pimientos, corderito y perdiz asados, mucha carne de vaca (dura), sopa de fideos, algo de carne de vaca y carnero, luego arroz, sesos con remolachas agrias, ternera confitada, escalope con salsa de anchoas, merienda de té con grévol, merienda de té con pollo (abundante), merienda de té con jamón, merienda con mucho pollo, sopa juliana pastosa y con huevo, etc.”
Con semejante dieta, no debe extrañar que uno de los autores modernos que más ha elogiado la mesura terminara postrado en la cama y que su trastorno hepático se hiciera irreversible. Sufría grandes dolores y, desde el comienzo del año 1868, ya no podía hablar. La madrugada del 26 de enero, aprovechando una de las raras ausencias de la fiel Amalie, se cortó el cuello. Su esposa lo encontró casi desangrado y pudo alarmar a un médico; Stifter sobrevivió dos días sin recuperar ya la conciencia. Como suele ser habitual, el certificado de defunción atribuyó piadosamente la muerte a la enfermedad; menos disculpable es que, durante décadas, numerosos críticos se obstinaran en negar la evidencia del suicidio apelando a la “pureza de su alma”. No es el único caso: reputados hispanistas han querido desmentir, por similares razones ideológicas, que la mujer y la hija de Cervantes regentaran un burdel, o que a Lorca le gustasen los hombres. Quizá tenga mayor altura cómica la pretensión de que a un hombre enfermo y profundamente deprimido se le ocurriera en Medio de la noche que tenía que afeitarse, se produjera por descuido una herida de varios centímetros en el cuello, y se dejara desangrar sin intentar buscar ayuda: pero a la crítica literaria nunca le ha faltado imaginación, sobre todo a la hora de silenciar aspectos inquietantes de un autor.
Stifter no se equivocó al confiar en el siglo futuro: su obra fue reivindicada sobre todo tras la Primera Guerra Mundial. Pero, al buscar un contrapeso a los espantos de la época, sus nuevos lectores sucumbían justamente a la ilusión que genera el proyecto de Stifter: veían en su obra y en su estilo un remanso bonancible. Esta lectura superficial se niega a reconocer el andamiaje de tensiones que sostiene el precario equilibrio; elude así también la comprensión de los rigores del proceso creativo. “Cuánto tuvo que sufrir este pueblo para llegar a ser tan bello”, diría Nietzsche de los griegos. Quizá el trágico final ríe Stifter deba leerse como el estallido con que fantaseó durante décadas de aspiración a la armonía. En 1832, sufriendo por la imagen frívola que transmitía y la incapacidad de aparecer creíble ante su Fanny, le escribía a un amigo: “Cuándo ha de arder este volcán, veo aquí alrededor suaves colinas frutales, sobre las que se extiende el cielo azul y la luz del sol, y debajo estoy yo, un cráter fulgurante, sobre el que puede que crezcan dulces viñas, pero temblando bajo la amenaza de la destrucción quizá mañana mismo”. Pocas metáforas de este gran paisajista alcanzarán la fuerza y la autenticidad de tan temprana confesión. Es nuestra responsabilidad como lectores atender a esa dimensión profunda de Adalbert Stifter, el volcán apacible.