El Amazonas de Garramuño

Sobre Agua clara en el Alto Amazonas

Stanislaus Bhor

La diferencia entre los viajeros franceses y alemanes del siglo XVIII, con los turistas que visitan el Amazonas hoy, sigue siendo la misma: la mirada. Los franceses y alemanes llevaban un diario, pero en su diario escribían todo: a qué hora llovía, cuántos milímetros por segundo, qué tipo de planta curaba las chagas y el dibujo de la ramificación de sus vasos de savia, las clases de peces, los tipos de palma, la acidez del suelo, transcripciones fonéticas de las lenguas indígenas, los mitos, las infinitas variedades del Yuruparí, la matrilinealidad, cartografiaban, se arruinaban, subsistían. De modo que sus diarios son hoy el laboratorio, la etnografía, la gramática, la botánica, y se leen como se estudian.

Los diarios de turista registran impresiones, generalizaciones, estados de ánimo, anécdotas. Cuando vi el Amazonas por primera vez, también quise escribir un diario. Lo escribí y salió turístico. Mi orquídea escribió su propio diario. No me lo ha querido enseñar. Ella iba en busca de las mujeres Amazonas, las guerreras, las de verdad, las que dieron el nombre al río, y lo había leído todo al respecto. Pero según me dijo cuando le conté aquella decepción por mi estúpido diario, los visitantes en tránsito vemos sólo lo que conocemos, y como no conocíamos la infinita variedad de palmas, la selva era para nosotros sólo una mancha de verdor.

Agua clara en el Alto Amazonas no le sirve al explorador actual de mucho. Resulta ser la última novela publicada por el colombo-mexicano Marco Tulio Aguilera (una rara avis que debe estar leyendo esta línea a los pocos minutos de ser posteada). Publica la Universidad de puebla, México. La portada es horrible, por la foto: una imagen del río Tuxpan al amanecer (que resulta al Amazonas lo que la beldad que ilustra este post a una india Huitoto). Para un devoto del libro como objeto, éste será el primer filtro. Pero abro y empiezo a leer porque el tema y el estilo me inquietan.

Está escrito en clave de diario, sin escindir entradas. Trata del editor de una revista científica que viaja a Colombia a dictar una conferencia, y de un explorador moderno del Amazonas: el encuentro entre este seudo-científico que se vanagloria de saberlo todo del Amazonas por haberlo leído en libros y el explorador que desprecia ese saber enciclopédico porque sabe que nadie conoce el Amazonas hasta zambullirse en el misterio de sus aguas, propicia un viaje súbito a la floresta colombiana, entre las selvas del Caquetá y el río Solimoens (como llaman en Brasil al Alto Amazonas).

Sospecho que el autor nunca ha ido al Amazonas. Mi sospecha se basa en una inconsistencia: los personajes llegan a Leticia, pero al siguiente capítulo están naufragando en la Araracuara, sobre las aguas traidoras del Caquetá. El narrador saldrá del lío diciendo que por afluentes llegarán luego a Puerto Nariño, pero si eso es algo fácil de admitir en la ficción, en la realidad resulta imposible llegar por afluentes de Araracuara a Puerto Nariño. Tal vez siguiendo el curso del Caquetá (si logran sobrevivir a las chorreras) hasta Tefé, como hizo José María Obando cuando huía de Juan José Flórez, pero la travesía durará cerca de 9 días y no tres. En Puerto Nariño se da el clímax: el editor atisba a una india Huitoto con la que vivirá un delirio venéreo. Fin.

Está escrito en clave de diario y novela episódica (de aventuras). Las cinco primeras partes son prosa pulida, transparente, como el título: anacolutos poéticos, frases largas y cadenciosas en la que un narrador hábil deja entrever esa historia paralela que se da al interior de un matrimonio echado a perder, pero la última parte parece escrita en otro momento, por otra mano, como si la hubiese rematado un inexperto.

Sé que en este momento Aguilera debe estar enfilando baterías para protestar por mi miopía y dirá que soy un sietemesino, que no sé leer, que soy un amateur y él todo un estilista, pero a mí no me compran ni con un revólver en la sien, Aguilera Garramuño.

La novela tiene así dos historias paralelas: el viaje al Amazonas y el esbozo de un matrimonio en declive. Tal vez la historia principal sea la sugerida, la del matrimonio, como en el mejor Hemingway (el de la Vida corta y feliz de Francis Marcomber, en Nieves del Kilimanjaro). Esas evocaciones de la crisis matrimonial están escritas con cinismo: el protagonista rompe toda solemnidad y autoridad al ridiculizarse, mostrando un comportamiento contrario a su edad provecta y a su magisterio. El guía del viaje es la contraparte: una figura fuerte, que da contraste, relieve, que tiene una respuesta para todo: el compañero ideal en una crisis espiritual, o en una malquerencia, tosco, misterioso, sagaz, salvaje. En mi rasero, el libro cumple las reglas de una novela de iniciación: la crisis, la alegoría, el viaje y la transformación del héroe. ¿Pero las novelas de iniciación no deben darse al comienzo de la vida, con personajes jóvenes en busca de su propio destino? Ese es uno de los logros de la novela: el protagonista se escinde de su realidad y parte en busca del viejo sueño del Amazonas a los sesenta años, como Gonzalo Jiménez de Quesada a los 80 en busca de El Dorado, como Don Quijote a lomos del rocín flaco, como Arturo Cova en busca de una Vorágine.

Dando por descontado que está escrito por un colombiano que se fue del país hace 30 años, se explican algunas reflexiones someras sobre lo que ha ocurrido en Colombia: los personajes saben que hay una guerra, no saben por qué, pero temen encontrarla de frente; dialogan sobre ella, la imaginan, pero ignoran el resto. Tiene observaciones notables: el protagonista se figura el suplicio de un secuestrado en la manigua magnificando su propia experiencia y logra así un atisbo de empatía al ponerse en la piel de otro, pero no pasa de ser epidermis, al igual que pasa en los libros de secuestrados reales: no hay músculo, ni hueso, ni carne. Por lo demás, no encuentro mucho por relacionar de esta novela con un conflicto que sigue ocurriendo para propios y extraños en un no-lugar.

Nunca supe qué buscaba el protagonista.

¿Pureza, amor, sexo, aislamiento?

¿Qué busca el segundo de abordo?

¿Un tesoro que lo hará millonario?

Es el Amazonas: sólo cabe el misterio.