Primeras impresiones sobre Agua clara en el Alto Amazonas

Sobre la novela homónima

Martha Cecilia Cedeño Pérez

Las coincidencias son mágicas intersecciones de espacio tiempo acción. Eventos que se presentan sin buscarlos y que en algún momento se cruzan, se convierten en uno. Y eso es exactamente lo que me pasó con Agua clara en el alto Amazonas (finalista en el premio de novela Ciudad de Barbastro 2009), original que muy amablemente me envío el escritorMarco Tulio Aguilera Garramuño. Acabé de leerlo el sábado pasado después de viajar por sus páginas a un espacio que no me es del todo desconocido. Los ríos, los colores, los sonidos y aromas de la selva los llevo dentro de mí porque durante un tiempo, cuando era muy pequeñina, viví en la manigua (mi abuelo y mi padre colonizaron las selvas caqueteñas en la década de los 60 y 70, respectivamente). Pues bien. Decía que acababa de leerlo y aún estaba varada en algunas de esas descripciones cuando hablé con mi hermana que vive en Bogotá y me dijo que acaba de llegar del Amazonas en donde había pasado unos días maravillosos. Entonces me habló de la belleza exuberante, del río como un pequeño mar, de los peces inmensos cuyas colas se ven en la superficie; me habló de Puerto Nariño, un poblado ajardinado en completa armonía con el medio natural circundante, en el que no hay ningún tipo de vehículo motorizado, sólo una pequeña ambulancia. Pero también me habló de procesos fuertes de aculturación: de aborígenes con móviles y vestidos a la usanza “occidental”, de mujeres nativas con enfermedades transmitidas por los turistas. Me habló de animales y de árboles gigantescos y de hojas de loto en las que cabe una persona acostada y yo no sabía si mi hermana me estaba contando parte del libro de Marco Tulio o si en verdad había estado allí. Y me pareció mágico encontrar las dos visiones, mezclarlas, hibridizarlas en la feliz coincidencia de un descubrimiento literario y humano.

Con la lectura de ese libro han vuelto a mi memoria jirones de selva, de atmósferas verdes y densas cubiertas de lianas y de árboles gigantescos. Paraíso enigmático en el que habitan espíritus mágicos que poblaron mi mundo infantil (la madre monte, La pata sola, el hojarasquín del monte, el duende, la mapiripana, el pollo malo); vigías y protectores de la manigua, encargados de espantar a los cazadores, los extraños, los forasteros que se atreven a violentarla. Mi padre habla también de sonidos extraños y enigmáticos que surgen y se dispersan en los troncos inmensos de los árboles, en sus hojas de todos los tamaños y colores. Allí es fácil perderse porque todo es igual: el tamaño desquiciado de los árboles y lianas, los murmullos de la vegetación, los caños y riachuelos en los que beben las bestias, los senderos cubiertos de hojas y casi en permanente semipenumbra (las copas de los árboles a veces no dejan pasar los rayos del sol) y es entonces cuando terminas caminando en círculo sin darte cuenta, como le pasó a Arturo Cova.

Me gustó la atmósfera del libro, la manera cómo el narrador – o más bien sus narradores- se adentra en los vericuetos de la manigua para mostrar por un lado la belleza exuberante y por otro los peligros, no tanto los que puede provocar, sino las menazas que se ciernen sobre ella y sus habitantes. Aunque me parece que este libro no es lo mejor que ha escrito Aguilera Garramuño. Hecho en falta, quizá, una historia más redonda. Pero claro, yo no soy una crítica literaria sólo una mujer que disfruta leyendo y que a veces se queda encallada en algunos textos que la tocan definitiva e irremediablemente.

Agua clara en el Alto Amazonas es una novela corta que se lee de un tirón y que puede ser una magnífica forma de descubrir aquel territorio lejano y enigmático del Amazonas. Una excelente manera de aproximarnos a la manigua de belleza devoradora, a la que tan bien describió José Eustasio Rivera, en La Vorágine.