Sobre El amor y la muerte

Sobre la novela homónima

Juan Domingo Argüelles

el-amor-y-la-muerte-otrolunes30El amor y la muerte, piensa el escritor colombo-mexicano Marco Tulio Aguilera Garramuño (Bogotá, 1949), son los dos únicos misterios dignos de embeleso y espanto y, por ello mismo, merecedores de asediarlos en una obra literaria de altas ambiciones.

Por ello, desde las primeras líneas de su novela que lleva por título, precisamente, El amor y la muerte (Bogotá, Alfaguara, 2002), y con la cual fue finalista en el Premio Internacional Alfaguara 2001 (en cerrada competencia con La piel del cielo de Elena Poniatowska), Ricardo, el relator principal de esta obra de muchas voces, balzacianamente afirma con plena convicción:

“Sólo hay dos misterios grandes en la vida de los seres humanos: la muerte y el amor. El guardián de esos dos misterios es el tiempo, ese bromista que todo lo muda y lo transforma y que tras la máscara más bufa oculta la carroña y en los abismos acrisola la luz. Hacia el pasado se van desvaneciendo los recuerdos de las personas que se han ido, hasta transformarse en mito, en mentira piadosa o simple olvido. Los muertos son el polvo que pisamos y la sombra que nos dicta al oído lo que somos”.

Novela, en efecto, de grandes ambiciones, de lograda profundidad y de plenitud en sus conflictos, El amor y la muerte es una de las obras mayores de la narrativa colombiana y uno de los mejores libros de Aguilera Garramuño, quien ya había abordado los aspectos decisivos de la existencia en muchos de sus relatos breves (Cuentos para después de hacer el amor, Los grandes y los pequeños amores) y sobre todo en varias de sus novelas (Breve historia de todas las cosas, Mujeres amadas, El juego de las seducciones y Los placeres perdidos, entre otras).

Con esta obra, que relata la apasionante historia del amor y la muerte de Edith Viscontini, Aguilera Garramuño logra, a los 52 años, el reconocimiento unánime de la crítica y los lectores de su patria, al grado que Gustavo Álvarez Gardeazábal expresa que “debemos reconocerlo como un señor narrador de nuestras letras”.

A través de una multiplicidad de voces familiares que confluyen en la novela que “investiga” y escribe Ricardo acerca de su madre, admiradora irredenta de Edith Piaf, el escritor colombiano no cuenta únicamente una historia sino que reflexiona sobre la trascendencia de nuestros actos. A lo largo de esta obra se despliega, como en las mejores páginas de la moderna narrativa colombiana (que nos remite, por fuerza, a García Márquez y Cepeda Zamudio, por poner dos ejemplos), el relato de una dinastía, de una estirpe que, con su existencia, narra también una época. De alguna forma, la vida de Edith Viscontini es el pretexto para que el novelista aborde los temas fundamentales de los que se ha ocupado la mejor creación literaria en todos los tiempos: el amor y la muerte, sí, pero también, la soledad, el poder, el éxito, el fracaso y, en general, las pasiones de hombres y mujeres.

Cultivador del erotismo y frecuentador de los temas de la sexualidad, Aguilera Garramuño lleva a cabo en El amor y la muerte una especie de homenaje a la libertad de acción de un personaje femenino que rompe con los preceptos de su época para adquirir, gozosamente, un estigma y una mitología. El primer epígrafe de la novela, y su repetición a lo largo de las páginas, en la insistente voz de Edith Piaf, es la definición mejor del balance que hace la protagonista al final de su existencia: “No me arrepiento de nada”.

En la idea de que una buena novela no es la simple concatenación de los hechos autobiográficos, debemos saber que Ricardo, el narrador, no es Marco Tulio, ni Edith Viscontini, es su madre, sino la suma de todas las experiencias que han madurado en personajes singulares y en una obra deleitosa de profunda ficción real.

Tiene razón Álvarez Gardeazábal cuando enfatiza la calidad de esta novela de un autor que, durante muchos años, ha jugado a ser un “antipático lleno de energía” (la frase es del propio Aguilera Garramuño) pero cuya autodefinición nosotros corregiríamos así: Un placentero y vital escritor lleno de energía que, para llamar la atención, juega a ser antipático. Y que, invariablemente, lo consigue.