Las sagas familiares abundan en la literatura universal. Los Buddenbrook, los Buendía, los Karamazoff y hasta los Páramo, forman parte del referente dinástico obligado al leer El amor y la muerte*, publicada por la editorial Alfaguara, obra que fuera finalista en el Concurso Internacional de dicha editorial celebrado en España. En su novela, Aguilera Garramuño aporta lo suyo para la conformación del genoma literario con la reconstrucción de la historia de los Rivera Constantini. Aunque en su caso el autor, tanto real como ficticio, no acude a Comala para conocer a su padre, sino al recuerdo personal y colectivo para conocer a su madre y, de paso, verificar y estimar los veneros de las dos fuentes fundamentales: los Rivera de Colombia por el lado paterno y los Constantini de Argentina, por el materno. Para conseguirlo, el autor explícito, Ricardo de los mismos apellidos, acude a las voces disímbolas y complementarias, contradictorias y persuasivas, que desde perspectivas internas o periféricas, aportan datos para elaborar la genealogía.
Será Ricardo, el hijo escritor, el más interesado en recabar mediante provocaciones, la información que le permita consolidar un panorama construido a base de mosaicos y fragmentos, cuyo dibujo total consolidará la memoria general y, a partir de ella, emblemática y en apariencia definitiva, de esta especie de auto-biografía colectiva. Serán todos y a la vez ninguno, los verdaderos protagonistas de El amor y la muerte, a pesar de que el pretexto sea saldar las cuentas con el ombligo o útero fundamental: Edith Cosntantini, la madre de más de siete, y que como su tocaya, la Edith Piaff, ni siquiera en el lecho de muerte se arrepentirá de nada: “Non! Rien de rien/ Je ne regrette rien…”, será el estribillo novelístico, pero también mandato o legado materno para las futuras generaciones de Riveras y de Cosntantinis.
A la muerte del padre y lidereados por su viuda, los Rivera Constantini abandonan Colombia, reaparecen en Estados Unidos y terminan en un misérrimo lugar de Costa Rica; mas no sin antes que la suerte, el otro nombre de la existencia, los haya vapuleado con distintos grados de inmisericordia en varias partes del planeta (México, Costa Rica, Nicaragua), o engañado revestida con los disfraces del amor, la soledad o la muerte.
Lo que al principio aparece como la reconstrucción de una mujer peculiar, termina siendo el relato de cómo se reconstruyó la historia de esa mujer. Más importante que la re-edificación y su metodología, es el icono, la imago materna que Ricardo pretende modelar. La novela va escribiéndose bajo los ojos (u oídos) del lector-oidor, en la medida que surge relatada por una polifonía vocal o coral. Y agrego esto porque tan importante como la conformación del personaje femenino, resultan también las voces y las versiones mediante las que Edith, la Piaf argentino-colombiana, está siendo recordada.
Mediante el recurso de una historia edificada con base en fragmentos, donde el recuento corre a cargo de una primera persona que relata a un narratario presente, este último siempre uno de los Riviera Constantini, los hijos hablan de ellos mismo, de la mujer que les dio el ser, del padre que los dejó huérfanos a corta edad y de la mitología sobre la que se asienta la dinastía. En esta medida, la novela se convierte en la historia de una biografía demencial y apasionante que incorpora ancestros y contemporáneos.
Un hijo de la familia, en ocasiones algún pariente lejano o conocido cercano, asume el papel de rememorador y relata a un Rivera, o a un grupo de Riveras, la parte de la historia que le correspondió atestiguar. Apesadumbrados por la agonía o reciente muerte de Edith Constantini, el hijo rememorador en turno, o alguno de los parientes cercanos, relata la escapatoria de Edith de Argentina ante la posibilidad, siempre velada, del incesto; su casamiento con un connotado médico colombiano casi treinta años mayor que ella, su vocación de parir con fruiciones de coneja y cómo, ya viuda, dilapida en compañía de sus hombres amados la fortuna y las energías que le restan, en un periplo que la deposita en brazos de la acogedora revolución sandinista. En Managua, la cual abandona ya señalada por el índice de la muerte, comparte vida, fortuna y honores con un héroe de la lucha clandestina y posterior funcionario de la revolución. Escandalizada por los excesos de los corruptos y mediocres, regresa a Colombia para morir. En su pecho yerto, reposará la medalla que la acredita como Madre de la revolución sandinista y a sus pies, los libros de su hijo Ricardo, el único interesado en recuperar la historia que aparece consignada en la novela que comento.
Saga familiar, mitología dinástica, construcción del icono materno, larga reflexión acerca del sentido de la existencia, pago o cobro de cuentas ante el lecho de la madre muerta o agonizante, la estructura fragmentada y llena de información (Garramuño interpola fragmentos de otras novelas de su autoría), cancela la posibilidad, cursi por otra parte, de canonizar a la madre o celebrar la supuesta perfección de la familia entera. Junto a esto, el humor y la ironía, tanto amoral como inmoral, salpica la novela con alusiones que muchos lectores, como fue mi caso, podrán asimilar o aplicar a su propia existencia.
La fragmentación permite abordar la novela en cualquiera de sus capítulos sin afectar la totalidad; la opción de llegar a la historia por sus extremos o partes intermedias, elimina el “antes” y el “después” necesarios en una novela convencionalmente tramada. Con todo, permite también detectar sin mucho esfuerzo las partes más interesantes y divertidas de aquellas redundantes, aburridillas (por repetitivas) y hasta moralistas. No hay trama en el sentido convencional, sólo situaciones, ambientes y personajes, en especial Ricardo, receptor de casi todas las voces y enunciador de muchas de ellas, mediante un lenguaje pulcro, incisivo, donde metáforas y comparaciones eficaces, permiten y hasta exigen el subrayado.
Si bien la novela también busca el origen, es también un canto emocionado al amor fraternal, filial: a los desvaríos de los hermanos iconoclastas y al aburguesamiento de los adaptados. El conjunto ofrece la sensación de un texto catártico, una toma de cuentas con el origen sin dejar por ello de parecer la expiación por el desapego emocional o un alegato a favor del amor como única forma viable para transitar la existencia. Rito funerario o acción de despedida, la novela termina con la inhumación de Edith Constantini rodeada de todos sus hijos y con ello, la revelación fundamental: “Ustedes, los Rivera Cosntantini (…) son el producto de dos herejes que rompieron lo que parecía escrito, y es por eso que sus vidas son tan caóticas, tan dispersas, tan llenas de sutilezas e infidelidades. El doctor y Edith hicieron pedazos ese libro de contabilidad que parecía ser su destino. El castigo por esa impiedad son ustedes, niños”.
El final de la novela remite al fragmento antes citado aparecido a mitad de la novela; pero que bien puede servir de colofón y, con ello, concitar la posible conjetura del lector escéptico: si los Rivera Constantini no fueron lo que hubieran deseado ser, al menos el intento por conseguirlo a toda costa, les medio confeccionó el sanbenito de herejes.
Si Cervantes no tuviera razón esta hubiera sido la novela que habría catapultado a Garramuño a la gran difusión masiva. Cervantes dijo que en los concursos de novela el verdadero primer lugar es el segundo lugar. Y en el actual caso se cumplió: la novela premiada, La piel delcielo, de Elena Poniatowska es un fiasco de principio a fin. Aburridora, pedestre, mal escrita, mal estructurada, larga y sosa. Todo lo que tiene de valioso El amor y la muerte, lo tiene de cargante La piel del cielo. Y las pruebas son contundentes: la novela de Poniatowska recibió una sola reseña en México, en la revista Proceso, y en esa nota destrozaron la obra impíamente. La novela de Garramuño ha recibido reseñas incontables en La Palabra y el Hombre, en Crítica, en El Universal en La Jornada y en veinte, treinta o más medios no solo mexicanos y colombianos sino de varios países. Aunque eso no es novedad: si alguien quiere leer una buena novela, por favor no compre la premiada, sino la finalista. Miguel de Cervantes tenía autoridad y la sigue teniendo. Los premios se dan por compromiso. Los segundos lugares o finalistas se dan por arrepentimiento de jurados habitualmente obedientes a los dictados de las grandes empresas. Y en el fondo le hacen un favor a Garramuño: podrá seguir escribiendo con tranquilidad.