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Lucas hizo esa tarde una entrada ruidosa en nuestra casa, sin poder resistir las ansias de tararear una canción para hacer evidente la índole de la alegría que le inflamaba el pecho mientras se frotaba las manos, el gesto recurrente que empleaba para convencer a los demás de que el veleidoso destino finalmente se había acomodado a sus deseos, para favorecerlo. Con el paso de los años pude enterarme que al menos en aquella ocasión mi tío Lucas tenía motivos suficientes para asumir la estampa de triunfador que nos ofrecía. Había comprado por casi ningún dinero una finca ganadera que en realidad valía una fortuna y acababa de contraer matrimonio con Paulina, bella mujer a la que requirió de amores desde la adolescencia y que al fin, después de tantos ruegos inútiles, había accedido a hacerlo feliz. Pero cuando me vio enfundado en una bata de hembra, experimentó una súbita transformación, montó en cólera vociferando que iban a convertir al muchacho en un marica, qué locura es ésta, José ya tiene cinco años, recalcó, es todo un hombre. Amordazando los muchos carajos que tenía en la punta de la lengua, por respeto a la memoria de doña Milagros, su madre, que desde el cielo seguía vigilante de lo que ocurría en aquella casa, pero sin dar muestras de que su mal humor podía decrecer, dispuso que me pusieran otra ropa, y aunque poco después estuve frente a él con un pantalón azul y una camisa blanca de cuello marinero, continuaba con el entrecejo fruncido mientras yo me sentía al borde de las lágrimas, lleno de terror y culpable de algo que no había provocado. Lucas me tomó de la mano y me llevó casi a rastras, imponiéndole el ritmo inalcanzable de sus pisadas a todo lo largo de la calle Independencia hasta que hicimos nuestro ingreso al parque Vidal, donde me ordenó que subiera de pie a uno de los tantos bancos, y empezara con todos mis pulmones a darle vivas al Partido Liberal y al general Gerardo Machado, un déspota que justo a finales de ese mismo año abandonó precipitadamente el país cuando las multitudes frenéticas marcharon hasta el Palacio Presidencial con el propósito de desalojarlo del poder. Brindarle apoyo a un dictador desde tan temprana edad no sería mi único traspié político, puesto que hasta entonces ningún cubano con suficiente edad para contarlo había conseguido existir sin cometer errores ni respirar al margen de los constantes altibajos a menudo desgarradores que enturbiaron durante décadas la vida nacional: consultas electorales de dudosa transparencia, huelgas, desfalcos escandalosos, asonadas militares y sublevaciones muy pronto sofocadas a punta de bayoneta por las llamadas fuerzas del orden público.
Hasta los días finales de mi adolescencia había vivido a la sombra de dos mujeres, mi madre y mi tía, a las que se les ocurrió aquella tarde memorable la idea desatinada de introducirme en un ropaje equívoco, y desde luego al amparo tutelar de mi abuelo Serafín, quien asumió como pudo las funciones de padre en sustitución de mi padre verdadero, un español oriundo de Galicia que residió en Cuba sólo el tiempo que necesitó para engendrarme. De modo que no alcancé a conocerlo más que en las fotografías que mi madre conservaba en un álbum con orladuras de presumible oro, y más tarde gracias a las cartas que él me enviaba mes tras mes desde San José de Costa Rica, la ciudad donde murió. Así empezaron mis primeros contactos con las vastas zonas del más allá, acompañando a mi madre en sus persistentes visitas a quirománticos, santeros, augures y echadoras de barajas, con la idea obsesiva de averiguar mediante todas las posibles artes de adivinación si aquel nebuloso habitante de la lejanía en algún momento iba a adoptar la decisión de regresar.
Nunca he ocultado el orgullo que desde siempre me infundía haber nacido en Santa Clara, una ciudad favorecida por acontecimientos que trastocaban el rumbo de la historia, situada en el mismo centro de la Isla, que entonces no debía albergar a más de cien mil almas, con sus casas de tejas rojas, sus tres iglesias, la del Carmen, la del Buen Viaje y la de la Pastora, una estación del ferrocarril, el billar de Fallanca, una oficina de correos y telégrafos, un parque central rodeado de pérgolas donde piaban sin descanso los pájaros del atardecer, y la inevitable zona de tolerancia, agazapada en los arrabales, a la que acudían los más jóvenes, ocultándole a la familia el rumbo de sus pasos, con el fuego del amor en la bragueta y dos pesos en el bolsillo, en billetes, cuando no en monedas sueltas, era lo que valía una rubia o una trigueña en aquel lugar tan cercano al paraíso donde muchas puticas con suerte muy pronto eran conducidas a una nueva vida por algún próspero comerciante.
Mientras se escuchaban ladridos de perros y rumores del viento en los aleros, desde mi más temprana edad permanecía innumerables veces hasta altas horas de la noche consultando historiografías y legajos amarillentos que el abuelo Serafín había puesto en mis manos a fin de que pudiera confirmar mediante la opinión de gente ilustrada y sapiente, decía, y no por su única voz, que la ciudad de Santa Clara había sido fundada por dieciocho familias de San Juan de los Remedios que venían huyéndole a una flamígera legión de demonios, encabezada por el mismo Lucifer. Gracias a mis copiosas lecturas, arribé muy pronto a la conclusión de que aquella versión aceptada por muchos como leyenda, tenía un sólido fundamento histórico. El poblado de Remedios, enclavado en un lugar próximo a la costa norte de la Isla, era víctima de las constantes incursiones de piratas y corsarios que no sólo se apropiaban de las riquezas del vecindario sino que aprovechaban la oportunidad para pasar a cuchillo a cuantos lugareños encontraban a su paso. Ese fue el motivo por el cual se habló por primera vez de trasladar la villa más al interior. Pero agobiada por la posibilidad de tener que aventurarse durante días y noches por caminos inciertos, de enfrentar a su paso riscos, hondonadas, marabuzales y farallones infranqueables estriados por pezuñas de chivos, de verse obligados a deshacerse de lo adquirido a costa de incontables sacrificios, la mayoría optó por oponerse al cumplimiento de lo que consideraban un descabellado propósito. Fue entonces cuando, por razones no muy bien dilucidadas, el párroco del pueblo, el padre González de la Cruz, sacó a relucir la fantástica versión de que en una cueva de Remedios se encontraba la boca del infierno. Según sus palabras, Lucifer en persona sería el encargado de destruir el pueblo. Todo hace suponer que sus demoníacas advertencias no cayeron en el vacío, puesto que al fin, en julio de l689, se dispuso por real cédula el traslado de la villa a un lugar situado “unas siete leguas hacia el mediodía”, es decir al hato Ciego de Santa Clara o Antón Díaz.
Siempre he creído que aquella intempestiva mudanza instigada por miedo al diablo no era tan extravagante como cabía suponer. Desde los tiempos más lejanos los Padres de la Iglesia escribieron extensos tratados para confirmar la existencia del diablo, de Satanam, del ángel caído ante el que habían sucumbido de rodillas a lo largo de siglos cardenales y arzobispos, los mejores exorcistas de la Santa Sede, y de quien dijo Giovanni Papini, una verdadera autoridad en demonología, que era imposible escapar a las artes de seducción que el Maligno tendía. Fue en el siglo XVII – justo en el que ocurrió la fundación de Santa Clara- cuando alcanzó su mayor consagración aquel ángel que por desobediencia resultó alejado del trono de Dios. A la sombra del siglo durante el cual la imagen del diablo estaba tan bien cimentada, un prominente sacerdote dominico, Fray Bartolomé de las Casas, no dudó consignar en su Apologética que las personas podían “ser llevadas de un lugar a otro por los demonios”. También el padre González de la Cruz, sin duda para llevar a feliz término su propósito de trasladar la villa, se apresuró a mencionar el caso de un obispo de Jaén, que “en cuestión de horas” había sido trasladado de Andalucía a Roma montado en un caballo del diablo.
Ahora, a tantos años de distancia,, cuesta creer que esas primeras familias fueran conducidas a su nuevo destino a horcajadas en los fogosos caballos de Lucifer. Sin embargo, cualquier alegato incrédulo puede desmoronarse con facilidad porque aún persisten los recuerdos históricos, irrebatibles, de la fatigosa caminata que aquella legión de alucinados emprendieron con bártulos llevados sobre los hombros o sostenidos por correajes a lo largo de la espalda hasta alcanzar la rabadilla, paso a paso durante jornadas de ocho y diez horas sin una sola pausa, en la que muchos adquirieron uñeros y juanetes, o sufrieron fiebres ensopados por lluvias persistentes, y que al fin concluyeron al amparo de un frondoso árbol donde el padre González de la Cruz ofició la primera misa, y alrededor del cual empezaron muy pronto los albañiles y los carpinteros a levantar las casas de los nuevos moradores.
En ese mismo lugar se erigió años más tarde un monumento con dieciocho columnas, cada una de las cuales tiene inscripto el apellido de las familias fundadoras de la ciudad. Los apellidos de mi abuela materna, doña Milagros Velasco y López-Silvero, aparecían en una de esas dieciocho columnas. De modo que mi abuela perteneció no sólo a una de las familias fundadoras sino a una de las más acaudaladas de la ciudad. Aunque nunca consiguí averiguar de qué medios se valieron para acumular tanta riqueza, en cambio supe muy pronto cómo empezaron a perderla. La culpa de los descalabros económicos de la familia siempre fue anotada a la cuenta del abuelo Serafín. Sus hijos varones, que estaban muy resentidos con él por razones obvias y a veces inexplicables, no se ocultaban para comentar que apenas contrajo matrimonio con doña Milagros y entró en posesión de los bienes que ella había heredado, Serafín empezó a realizar las más insensatas transacciones comerciales, que los fueron reduciendo a la pobreza poco a poco, a marcha lenta pero irreversible. Uno de sus más sonados desaciertos se produjo cuando evaluó las riquezas que podía agregar al patrimonio familiar mediante la crianza de ganado vacuno. Como para él la palabra de una persona tenía la misma validez que un documento suscrito ante notario, compró sin necesidad de ir a verla, una finca surcada por un río caudaloso, donde pastaban las reses -sí señor, don Serafín- con la hierba a la altura del pecho, y las vacas cuando eran ordeñadas daban un número de litros de leche -usted se va a asombrar, don Serafín- superior al de todas las fincas aledañas. Cuando al fin el abuelo Serafín decidió tomar posesión de la finca comprobó con estupor que el río ciertamente existía pero era sólo un hilo de agua casi exhausto entre los rastrojos de lo que acaso ayer fue un pasto apetitoso, y las pocas reses que aún lograban sobrevivir, alimentándose de nada en medio de la mayor desolación, tenían los costillajes a flor de piel. A los negocios llevados a cabo con tan poca fortuna, Serafín añadió algunas aventuras de alucinado. Viajó a México a fin de comprar una mina de plata que le permitiría resarcirse de tantas pérdidas, pero regresó cuatro meses más tarde, cabizbajo, con los bolsillos vacíos y la promesa solemne de que la próxima vez la buena suerte lo iba a acompañar.
La imagen que conservo del abuelo Serafín es la de un anciano delgado y pálido, que se pasaba las horas del día sentado al borde de la cama con un libro entre las manos. Para mi noción tenía todas las características de un genio o de un santo. O de las dos cosas a la vez. Poseía tan buena memoria que era capaz de repetir sin que le faltara una palabra páginas enteras de la Biblia, y tan fértil era su imaginación que toda la etapa de transición entre la niñez y la adolescencia me las inundó con relatos de aventuras tan extraordinarias y fascinantes que yo las ponía a la par de las referidas por Marco Polo. Una tarde que interrumpió su lectura para pedirme que me sentara a su lado porque tenía otras historias que contarme, confesó que durante los frecuentes recorridos que efectuó desde una punta a la otra de la Isla, pueblo por pueblo, se había topado en dos ocasiones con el diablo. No estábamos en el siglo XVII sino en el XX, pero el tema del diablo estaba instalado sin descanso en la mente de mi abuelo Serafín. Explicó que al diablo le era fácil adoptar distintas formas, humanas o no, pero a él nunca pudo engañarlo con sus tretas de malandrín. En la primera ocasión que lo vio, el diablo era un hombre alto, musculoso, con la cara roja como bañada en sangre, y en la segunda oportunidad adquirió la figura de un perro gigantesco, negro y lanudo, con largas orejas que arrastraba por el piso. Pero las dos veces Serafín lo venció, lo obligó a retirarse.
-¿Cómo, abuelo?
-Lanzándole un objeto a la cara.
Eso fue también lo que hizo Martín Lutero: arrojarle un tintero al diablo. Pero el abuelo Serafín decía que no era indispensable recurrir a un tintero para derrotarlo. Cualquier cosa sirve, una piedra, un lápiz, un paraguas, un almirez, cualquier objeto, porque lo primordial es que el diablo se sienta rechazado. Fue entonces cuando formuló el único consejo que me prodigó a lo largo de su vida: “Cuídate de no caer víctima de una de las tantas zancadillas del diablo”.
Para mi abuelo Serafín, como para la mayoría de la gente, el diablo era el eterno Tentador, el Enemigo, el Antagonista. Empezó siendo el antagonista de Dios y encabezó la primera rebelión de que se tenga noticias, pero aunque fue expulsado del Paraíso, esa condena no lo llevó al arrepentimiento. Todo lo contrario. Es el diablo, decía el abuelo Serafín, quien le crea falsas ilusiones a hombres y mujeres para que pretendan por medio de la violencia, la revolución o la guerra, establecer un hipotético Reino de Felicidad en la Tierra, en oposición al único reino posible, el Reino prometido por Dios. En consecuencia, me aconsejó que cuando fuera mayor no le prestara oídos a los discursos de políticos y reformadores sociales, que no esperara nada de ningún gobernante, porque los hombres codiciaban el poder sólo para complacer al diablo que llevaban dentro. Y mientras se sacaba las gafas de leer para mirarme sin estorbo a los ojos, me transmitió una idea escalofriante que perturbó muchas de los noches insomnes de mi adolescencia y que el paso de los años parecía confirmar con pasmosa precisión: el final de los tiempos no iba a ser provocado por la furia de la naturaleza con sus muchos volcanes en erupción, maremotos y otros desajustes telúricos, sino que sería protagonizado, ya lo vas a ver, por los propios seres humanos cuando, desde el aire, utilizando sus armas poderosas, sean capaces de arrojar el fuego de Satanás sobre poblaciones indefensas, ocasionando la muerte de ancianos, mujeres y niños.
La parte más luminosa de la personalidad del abuelo Serafín se hacía evidente en su enorme capacidad para allegarse las simpatías de los demás. Nadie como él poseía entonces la facultad innata de arrancarle una sonrisa al adversario más enconado. Muchos de sus íntimos le aconsejaron que aprovechara ese don de natura, como decían, para iniciar sus pasos de triunfador en las luchas políticas. Al principio Serafín sucumbió a las maniobras de tentación que le suministraban sus amigos, que sin duda estaban urdidas por el diablo, y acarició la idea de aceptar su nominación como candidato a ocupar un escaño en el Senado de la República. Aunque nunca lo confirmó, dicen que jinete en brioso alazán recorrió todos los poblados de la provincia donde él había conocido a un número interminable de personas durante visitas anteriores, gentes de todos los oficios y quehaceres a los cuales, ahora, gracias a su prodigiosa memoria, lograba identificar por sus nombres, sin temor a equivocarse, aunque llevara años sin haberlas vuelto a ver. Pero después de haber recibido las más entusiastas muestras de adhesión por parte del electorado, una tarde imprevista, en lo más hondo de la campaña, Serafín dio por cancelado sus proyectos. No, él no iba a sancionar con sus actos lo contrario de las ideas que siempre había difundido: los políticos eran unos impostores y por tanto el país marcharía mejor el día en que todos decidieran prescindir de ellos.
Sin embargo, hubo un político con el que mi abuelo Serafín mantuvo siempre una amistad casi visceral, espulgada de dudas y retrocesos. Se llamaba Gerardo Machado, un hombre de extracción humilde, hijo de cosecheros de tabaco, nacido en un caserío rural nombrado Manajanabo, a donde Serafín durante los días de su adolescencia fue llevado con frecuencia por sus padres para visitar a varios miembros de la parentela que allí residían. Durante una de esas visitas a Manajanabo, conoció a Gerardo. No necesitaron intercambiar muchas palabras para que aquellas dos almas afines, tal como las acreditaba Serafín, estrecharan indestructibles vínculos de amistad. Eran los años de la última guerra por la independencia de Cuba. Gerardo decidió enrolarse en las filas del ejército libertador mientras que Serafín, a quien por lo visto le ocasionaba desazón y repugnancia el olor de la pólvora, y era opuesto a todo derramamiento de sangre, y que además no tenía madera de soldado ni de héroe ni de conspirador, continuó la vida de siempre, convencido de que su primera y única obligación era cuidar de sus hermanas menores. Cuando la guerra terminó –y todo eran vítores, un tremolar de banderas y un lento pasar, por terraplenes y caminos vecinales, de cureñas arrastradas por algún que otro carro de mulas- la mejor noticia que Serafín pudo recibir fue que Gerardo Machado estaba vivo. Había concluido su compromiso con la historia sin un rasguño en la piel pero con las insignias de general entre las varias condecoraciones que constelaban su uniforme militar, recibidas por el heroísmo demostrado durante los combates.
Con el tiempo pude enterarme que aquel amigo de la infancia del abuelo Serafín llegó a erigirse en el dictador al que le proporcioné vivas estentóreos, a mis cinco años trepado en un banco del Parque Vidal, sin saber lo que estaba haciendo, sólo para complacer al tío Lucas. También alcancé a saber muchas cosas que eran motivo de orgullo para la familia, entre otras que aquel déspota inalterable había sido visita constante de nuestra casa. En muchas ocasiones, apenas rompía la madrugada, entre las últimas sombras de la noche y los primeros destellos del amanecer, el ya presidente de la república Gerardo Machado, en lugar de usar la aldaba como todos los visitantes, daba repetidos golpes de nudillos en la puerta principal, tres rápidos seguidos de dos muy bien espaciados, una especie de clave Morse, fantaseaba el abuelo Serafín, que únicamente él alcanzaba a discernir entre todos los ruidos posibles del nuevo día: voces de pregoneros sonámbulos o caída de una penca de palmera, desgarrada por el viento. Aquel tempranero resonar de nudillos era el recurso empleado por Gerardo para invitarlo a un desayuno de café con leche en un cafetín de mesas de mármol y toldos azules, a dos pasos del parque central. Pero el mayor de los orgullos apacentados en el álbum de la familia consistía en recordar que, cuando ya Machado era una importante pieza de ajedrez en la política nacional, había bailado –y a veces yo lo murmuraba con beneplácito, a escondidas- con Gloria, mi madre, la tarde en que ella celebraba su fiesta de los quince.