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Escuché hablar por primera vez de Antonio Álvarez Gil en 1986, en La Habana, no preciso en qué mes, pero sí recuerdo que estábamos en la casa del narrador Eduardo Heras León (a quien ya yo llamaba, como otros muchos de sus amigos, “Chino Heras”), y recuerdo que las palabras de Heras fueron, más o menos, “es un libro que marca una diferencia, una voz distinta en un momento en que, los narradores de esa promoción, se están copiando unos a otros”.
Por aquellos días yo acababa de ganar el Premio 13 de Marzo, con el que sería mi primer libro de cuentos, y atravesaba esa época en que, más que del aire que respiraba, creía vivir de todas las palabras de mis maestros (y el chino Heras estaba a la cabeza de mis maestros de entonces junto a Soler Puig y Aida Bahr). Una muchacha en el andén, el libro elogiado, llegó a mis manos poco después y lo leí con el mismo encanto con el que, también por esos días, había leído (gracias a que Aida Bahr me lo recomendó de un modo preciso: “creerás estar descubriendo el agua tibia cuando escribas, mientras no lo leas”) esa pequeña joya de la cuentística cubana que es Noche de fósforos, de Rafael Soler.
Pasaron los años y muchas veces, en encuentros literarios, en escritos, y en noticias comentadas de boca a boca, el nombre de Antonio Álvarez Gil estuvo rondándome, hasta que un día del 2002, durante la Semana Negra de Gijón, nos encontramos, hablamos, compartimos entrevistas y mesas redondas (con la irremplazable presencia del novelista Justo Vasco) y, unos meses después, mientras trabajaba como Coordinador General de la Colección Cultura Cubana, de la editorial cubano-puertorriqueña Plaza Mayor, le pregunté si tenía algo inédito que pudiéramos publicar. Emails más tarde recibí el texto de su novela Las largas horas de la noche (que había sido finalista del Premio Casa de las Américas años antes) y me pareció tan asombrosamente buena que no dudé en incluirla en el plan editorial del año siguiente.
¿Qué vino después?: La cercanía, la amistad, y el crecimiento acelerado del respeto por su obra, de indudable calidad. Muchos emails más, pasada ya mi alegría de saber que su novela Retorno a Bayanabo (publicada recientemente con el título Después de Cuba) era una de las finalistas del Premio de Novela Plaza Mayor en su segunda edición, disfrutadas las alegrías de todos los premios literarios que ha conquistado en estos últimos cuatro años, y ahora que conozco en carne propia ese dolor rebelde que percibí en su voz, allá en Gijón, cuando me hablaba de su experiencia como exiliado, me atrevo a poner delante de él este cuestionario, con la irreverencia del cómplice, como quien comparte un exorcismo.
Descubrir el poder de la palabra y saber que uno mismo puede ser dueño de ese poder es algo que, generalmente, le cambia la vida a ese ser humano que, todavía, no es escritor. ¿Cómo se produjo ese descubrimiento en Antonio Álvarez Gil?
Cuando aún no era escritor ni imaginaba que llegaría a serlo, ya yo sentía la fuerza de las palabras agitándose en algún lugar dentro de mí. No tenía idea de qué podía hacer con ellas y tampoco estaba preparado para usarlas en una obra de creación. De hecho, no lo estuve hasta mucho tiempo después. Las palabras estaban ahí, aparecían de vez en cuando y formaban frases que llamaban a la puerta de mi conciencia; pero como yo no les prestaba la debida atención, se deshacían de nuevo y quedaban disueltas en algún rincón de mi cabeza hasta la próxima vez. Esta es una situación que deja un pozo amargo en quien la padece, una sensación un tanto rara y difícil de definir. Pienso que se da en los creadores que aún no han encontrado el camino para expresarse. En fin, eso ocurrió conmigo durante buena parte de mi vida. Hasta un miércoles de 1980, cuando me presenté en la biblioteca de Nuevitas con algunas cuartillas escritas a máquina para someterlas a la opinión de Miguel Mejides y Enrique Cirules, que por entonces dirigían el taller literario de la localidad. Las había escrito durante unos meses que estuve solo en casa, y la verdad es que no sabía qué hacer con ellas, hasta que me animé a mostrárselas a Mejides, que era amigo mío.
Aquella noche se decidió el rumbo de mi vida. A partir de esa fecha comencé a asistir sistemáticamente a las sesiones del taller literario y a aprender de los demás. Y entonces ocurrió. Fue como si se rompiera un dique y las aguas comenzaran a despeñarse cuesta abajo, sin saber siquiera adónde iban. Y empecé a escribir cuentos, a razón de uno por semana, aunque eran piezas muy imperfectas desde el punto de vista formal. Sin embargo, aquellos cuentos mal urdidos y no mejor escritos eran capaces de trasmitir las emociones que yo sentía al escribirlos. Por eso llamaban la atención. Entonces supe lo que podía hacer con las palabras que se me revolvían dentro: usarlas para contar historias. Me faltaba técnica, estilo y aún no había encontrado mi voz; pero empezaba a sentir las posibilidades del arma que tenía en la mano. Podía construir mundos y diseñarlos a mi manera. Y cuando salían bien, esos mundos resultaban tan convincentes como el que existía fuera de mi cabeza, es decir, en la realidad que me rodeaba. Pienso que ése fue uno de los momentos más importantes en mi vida, un momento mágico que hizo posible todo lo que vino después y que, por supuesto, nunca olvidaré. Aquella noche en la biblioteca municipal de Nuevitas aventuré el primer paso de un camino que sigo andando cada día y del que, lo sé muy bien, nada ni nadie podrá apartarme jamás.
Las lecturas son, indudablemente, influencias. ¿Qué leías entonces y que has leído, hasta hoy, que podamos considerar “lecturas decisivas” en el escritor que eres?
Por el tiempo en que comencé a escribir, leía mucha poesía y casi cualquier libro de prosa que me caía en las manos. Ya durante mis años en Rusia había leído a algunos de los clásicos de esa lengua y creo que, en su conjunto, ellos ejercieron cierta influencia sobre el modo de plantear los conflictos humanos en mis primeras narraciones. Luego, como otros escritores de mi entorno que empezaban a escribir cuentos por entonces, me dejé arrastrar por el influjo de Hemingway. Creo que fue bueno para el arranque; pero cuando leí a Faulkner, me olvidé de todo lo demás. Tras leer su prosa, las frases cortas de Hemingway me parecieron demasiado cortas. Aunque yo había leído antes Cien años de soledad, fue con Faulkner con quien aprendí que podían existir mundos como Yoknapatawpha, y que un cuento podía pasar de cien páginas y seguir siendo un cuento. Luego, ya en La Habana, conocí a los grandes de nuestra lengua y me entregué a su lectura de manera casi exclusiva. Estoy hablando, entre otros, de Cortázar y Vargas Llosa, con cuya prosa me sentí inmediatamente identificado. Hoy en día los sigo leyendo y releyendo con sumo placer. Por otra parte, aunque en su momento aprecié mucho la corriente literaria del realismo mágico, nunca me sentí un epígono de García Márquez. Si bien es cierto que mis lecturas de los maestros hispanoamericanos han dejado huellas en mi manera de escribir, también lo es que desde hace tiempo tengo mi propio estilo. Por lo demás, creo que he aprendido y aprendo cada día algo de todas mis lecturas.
No quiero dejar de mencionar a Carpentier y Lezama, a quienes leí con mucho respeto pero sin el menor deseo de parecerme a ellos. Cabrera Infante, por su parte, es un autor a quien de vez en cuando regreso y cuyo estilo creo irrepetible. Tampoco él ha influido mucho en mi manera de mirar y recrear el mundo cubano. Si tuviera que confesar el libro que más me impactó por el tiempo en que andaba buscando mi voz, diría sin vacilar que fue Conversación en la Catedral, de Vargas Llosa. Actualmente leo sólo lo que pienso que puede enriquecerme como escritor y suelo abandonar los libros que me resultan aburridos, sean de quien sea. Hago excepciones con los libros de los amigos, a quienes siempre suelo darles mi opinión, si me la piden, claro. Si tuviera que escoger cuentos, escogería a Cortázar por las formas y a Borges, por el dramatismo de sus contenidos.
En los últimos tiempos leo mucha narrativa española actual, aunque no creo que me acuerde demasiado de ella a la hora de escribir. En general, pienso que los vientos de las influencias ya pasaron por mi literatura. No obstante, mis lecturas actuales tienen mucho de observación y estudio, y de cada buen libro siempre aprendo algo, como he dicho antes. Lo último que leí de España fue El vuelo del hipogrifo, de Elia Barceló, una novela que me pareció algo desmesurada; y Sal, de Manolo García Rubio, que este año estuvo nominada al premio José Manuel Lara, en ese país. Todavía me estoy preguntando por qué razón no lo ganó. En fin, por ahí van mis lecturas.
Has dicho alguna que otra vez que no estás muy contento del papel que han desempeñado tus colegas escritores en relación con ese suceso histórico nacional que suele llamarse “Revolución Cubana”. ¿A qué se debe ese descontento?
Como la mayor parte del pueblo, en algún momento de su vida los escritores cubanos han apoyado a Fidel Castro y su revolución. Y al igual que el resto de la población, se han beneficiado de lo bueno que han podido recibir y han callado ante lo malo que ha podido suceder en nuestra patria. Cierto que algunos han sido muy valientes y han alzado la voz para exigir cambios en el país. Esos colegas pagaron un alto precio por ello, y todos los cubanos deberán reconocérselo algún día. Pero ejemplos como el de los doce firmantes de la Carta de 1992 no abundan demasiado en estos tiempos. Por desgracia, las cosas en Cuba se han desarrollado de otro modo. Como ha ocurrido con una parte del pueblo, los que nos hemos desengañado de la revolución hemos abandonado el país y continuado la vida en otra parte. La tragedia de los escritores cubanos no es diferente a la del resto de sus compatriotas. Somos un pueblo dividido por motivos espurios. Utilizados, silenciados o expatriados por el régimen. En alguna de esas tres categorías nos encontramos todos los cubanos, escritores o no. Cuando alguien se sale de la primera de ellas, pasa a la segunda y termina generalmente en la tercera categoría, la de los exiliados. Y esto vale para todos. Así las cosas, para terminar mi respuesta me remito al meollo de tu pregunta y pregunto a mi vez: ¿Hay acaso motivos para estar contentos con la actitud de los escritores y del pueblo cubano en general? ¿Algo para enorgullecerse? Podría hablar mucho más sobre el tema, pero razones de espacio me lo impiden.
De todos modos, si es posible, quiero que me hagas un resumen de tu vida como escritor mientras vivías en Cuba, basándote, según creo que es mejor, en los recuerdos gratos, en los intelectuales que te tendieron su mano, en los libros que allí publicaste.
Viví durante mis últimos años en Cuba en Santa Cruz del Norte, un pueblo situado al este de La Habana. Allí trabajaba como asesor literario en la casa de cultura de la localidad. Tenía amigos y compartía la pasión por la literatura con algunos de ellos. Pero también viajaba casi a diario a La Habana para participar en actividades literarias o artísticas, o sencillamente para no perder el vínculo con el mundo cultural de la ciudad. Por lo general, después de esas actividades me quedaba siempre un rato con mis amigos y colegas, compartiendo algún roncito y charlando con ellos. Y eso era, por supuesto, muy agradable. Uno le pedía tan poco a la vida por entonces, que momentos como aquellos servían para que luego te sintieras feliz durante mucho rato.
En general, mi vida de escritor en Cuba estaba llena de claroscuros, como casi todo lo relacionado con mi país. Viví tiempos difíciles, que no eran pródigos en acontecimientos felices. Quizás lo mejor que me ocurrió –aparte de los libros publicados y los premios y distinciones que gané- fue el comprobar una y otra vez cómo mi obra llegaba hasta la gente de la calle. Pese a que mis publicaciones en Cuba fueron sólo tres, recibía con frecuencia testimonios de su acogida entre diferentes sectores del pueblo. Esto, sin duda, está entre las mejores experiencias de mi vida de escritor en mi patria.
Por lo demás, tuve suerte con los amigos y colegas de mi entorno y, sobre todo, con el apoyo que me brindaron los que tenían por entonces más oficio que yo. Ya en el taller literario de Nuevitas trabé buena amistad con Mejides, a quien sus amigos conocíamos como Miguelón. Ya he hablado del modo en que él y Cirules me ayudaron en mis inicios; pero no podría dejar de mencionar al Chino Heras, que fue un verdadero maestro para mí, al igual que lo ha sido para un gran número de escritores en el comienzo de su carrera. Además de ellos, conservo un buen recuerdo del grupo de narradores de mi generación literaria. Hubo un tiempo en que nos reuníamos regularmente en el Centro Alejo Carpentier, en la calle Empedrado, donde fundamos lo que se dio en llamar, si mal no recuerdo, el “Taller Experimental de Narrativa Alejo Carpentier”. Además de nosotros, en él participaban algunos representantes de la generación anterior, como el mismo Heras o Jesús Díaz, que hacían de padrinos nuestros. Fue una experiencia muy bonita, mientras duró.
En un país como el nuestro, donde suelen utilizarse numerosas clasificaciones, generaciones, etc., ¿dónde la crítica te ha ubicado?, ¿dónde te ubicarías tú si, como ahora, te vieras precisado a analizar tu obra con mirada de crítico?
En este sentido, conmigo las cosas han ocurrido de una manera un tanto particular. Se dice que pertenezco a la generación de narradores que comenzaron a escribir y publicar sus cuentos a principios de la década de los ochenta. Esto es cierto; pero creo que habría que matizarlo un poco. Yo escribí y publiqué en Cuba tres libros de cuentos. El resto de mi obra ha sido publicado fuera de Cuba y allí apenas se conoce. Mientras viví en Cuba los críticos cubanos (o, mejor dicho, los que ejercían de tales) no se ocuparon demasiado de mí. Podría hablar de los motivos, pero no vale la pena. Luego, cuando me fui del país, me perdieron definitivamente de vista. Si alguno de ellos me recuerda, pensará seguramente que dejé de escribir. Y ocurre todo lo contrario, porque mi obra más interesante ha sido escrita y publicada en el exilio, cuando ya no cuento para la crítica de la Isla. En definitiva, cuando algún crítico extranjero va a Cuba en busca de información sobre la narrativa cubana, sus colegas locales no le hablan para nada de mí. ¿Motivos? Sería bueno preguntar allá.
Por lo demás, algunos estudiosos cubanos del exilio también me ubican en el grupo de los años ochenta. Sin embargo, cuando la crítica de otros países se ha referido a mí, me ha colocado junto a otros narradores cubanos del exilio, sin tener en cuenta la generación. A mí, personalmente, me parece que esta clasificación responde mucho más que la otra a mi realidad como escritor. ¿Por qué? Pues porque mi vida y mi obra como escritor cubano son muy diferentes a las de mis antiguos compañeros de la Isla. Además, mis mejores libros son los que he escrito en el exilio y, por tanto, pertenecen al patrimonio de este grupo humano, si es que el exilio cubano puede concebirse como tal. En mi opinión, para que un autor pertenezca al corpus de escritores de un país tiene, en primer término, que ser conocido allí. Y, como he dicho antes, a mí ya no se me conoce en Cuba.
A la pregunta de dónde me ubicaría yo, ahora mismo, como escritor cubano, debo responder que soy un caso raro en nuestra literatura. Yo podría, si quisiera, catalogarme como un escritor sueco de origen cubano que escribe en español. Podría, pero no quiero hacerlo. Soy y seguiré siendo siempre un escritor cubano, independientemente del pasaporte que lleve en el bolsillo. En cualquier caso, aquel escritor cubano de cuentos que escribía más o menos lo mismo que sus colegas de generación, dejó hace tiempo de existir. El actual se diferencia mucho de sus compañeros de la Isla, tanto por su obra como por el tratamiento que recibe de la crítica cubana de allá, que es ninguno. Por último, si bien es cierto que Cuba está casi siempre en el centro de mi mirada, mis novelas no son las típicas novelas que los escritores cubanos escriben sobre su patria. A mí me parece que, incluso cuando la acción de mis cuentos y novelas se desarrolla en Cuba o con personajes cubanos en su centro, el conjunto da la impresión de estar registrado con una mirada un tanto más universal. No sé hasta qué punto pueda ser cierta esta observación personal, porque es un poco difícil para uno juzgar su propia obra.
El exilio y sus ámbitos, propicios y dañinos, ¿en qué sentido han afectado y han enriquecido a ese escritor que salió de Cuba a comienzos de los 90?
Cuando contesto a esta pregunta, siento que tengo mucho que decir y que deberé hacer un ejercicio de concreción y síntesis. De manera que me esforzaré en lograrlo. Como todo en la vida, el exilio te da unas cosas y te priva de otras. Me gustaría que cuando hable de las que me da, no se tome esto como autocomplacencia o satisfacción extrema. Del mismo modo, cuando enumere las cosas de que me priva, que nadie crea que me quejo. Sólo enumero, trato de ser objetivo y dar mi criterio sobre este asunto, que es de suma importancia para muchos escritores cubanos. Así que debe quedar claro que no me quejo de mi situación en el exilio. Si no fuera por éste, quizás yo seguiría siendo un modesto escritor de provincias y todavía estaría machacando las teclas de mi vieja máquina de escribir en mi apartamento de Santa Cruz del Norte, sin lograr nada interesante con mi esfuerzo. Continuaría, además, siendo víctima de la autocensura y no habría escrito algunos de los libros que me han dado a conocer al público de España y de otros países de Europa e Hispanoamérica. Por eso me gustaría que cuando hablo y comparo, nadie piense que estoy descontento con mi situación actual.
El principal problema de los escritores cubanos que vivimos en el exilio, a mi modo de ver, es el de la publicación y distribución de sus libros. Un escritor que no publica es un escritor que fenece. Ése fue también mi problema en los primeros años. Luego, tuve la suerte de publicar un par de libros en países de Latinoamérica (Uruguay, 1999 y Costa Rica 2000), hasta que a finales de 2001 gané el premio Ciudad de Badajoz, con Naufragios, y pude ver esa novela publicada en España por la editorial Algaida, que la distribuyó en toda la península y en varios países de Hispanoamérica y Europa, además de los Estados Unidos. Entonces me pareció que a partir de ese momento podría dedicarme solamente a escribir y que todos los demás problemas inherentes al oficio se arreglarían por sí solos. No fue así, y la vida me ha obligado a seguir luchando por cada libro. Por suerte, desde mi salida de Cuba he ganado cuatro premios en España, un segundo premio en Puerto Rico y he podido publicar unos diez libros de cuentos o novelas en total. Estoy ahí, en la pelea, como suele decirse.
El camino, francamente, ha sido difícil. Pero incluso en eso hay una lectura positiva. Si tu vocación es fuerte, las dificultades te hacen crecer como persona y, sobre todo, como escritor. Yo he perdido un país para publicar, pero esto me ha obligado a escribir mejor para competir con cientos de escritores del mundo hispanoamericano. Gracias a esto me he ido labrando un pequeño espacio en una zona lingüística de más de cuatrocientos millones de lectores potenciales. Y en ese enorme espacio puedo luchar por publicar y darme a conocer como escritor. Generalmente, los retos y las metas altas estimulan a cualquier profesional, incluido el escritor. El segundo momento positivo está relacionado con la libertad de expresión que uno conquista al dejar atrás el régimen totalitario de la Isla, con sus imposiciones, sus políticas de atropello a los derechos humanos y su autocensura. Y sobre este concepto, ya he dicho en otra ocasión que es quizás el mayor lastre que lleva sobre sí casi cualquier escritor cubano residente en Cuba. Digo “casi” para dejar abierta una posibilidad en la que no creo demasiado. Nadie que no la haya padecido antes y se haya librado de ella, puede apreciar lo que le pesa; nadie sabe lo que esto significa hasta que no se la ha quitado definitivamente de encima.
Cuba es una referencia central en toda tu obra, algo así como un regreso tozudo a tus orígenes, y mucho más que una palabra de cuatro letras. ¿Te atreverías a definirme qué es Cuba primero, para el ser humano y, segundo, para el escritor, si nos atenemos a ese criterio que asegura que cada persona lleva dentro de sí varias patrias, distintas aunque comunicadas?
Cuba, y perdóneseme por el lugar común, es una herida que no termina nunca de sanar. A uno a veces le parece que podría olvidarse de ella, que has alcanzado determinado nivel de realización profesional, que no vives mal desde el punto de vista material y que todo está resuelto. Pero basta con una noticia de la Isla, con una conversación telefónica con tus familiares o con un enlace de Internet que te manda un amigo, para estar de nuevo sufriendo por ese país nuestro. Envidio a la gente que, como se dice en España, “pasa” de Cuba, que rehacen su vida de cabo a rabo y se dedican a ser felices en el exilio. Yo no puedo. Yo siempre vuelvo a Cuba. Es casi como si no me hubiera marchado de allí. Y el problema es mayor cuando compruebas que la Cuba que dejaste, la que conservas en la memoria, en el corazón, es un país que ya no existe, que desgraciadamente, ya no será nunca más aquel lugar que tanto amaste y que te llevaste para siempre en la memoria.
Por eso, como señalas, en mis novelas yo siempre vuelvo a Cuba. Los héroes de mis fábulas son por lo general cubanos o tienen que ver con Cuba. Incluso cuando los escenarios no son la Isla, de un modo u otro se toca tangencialmente el tema cubano. Es cierto lo que dices, yo tengo varias patrias, y todas ellas están unidas por vasos comunicantes. He viajado y conocido unos cuantos países. En total, he vivido fuera de Cuba durante más de veinticinco años. Como sabes, tengo una familia muy internacional, con representantes de tres culturas diferentes. Por otra parte, hablo varios idiomas, aunque prefiero escribir en español. Debido a mi historia y mis vivencias personales, siento que tengo cuatro países, y que todos ellos son un poco mi patria también. Pero la reina es Cuba; las tres restantes son las damas de honor. Una reina sin trono, porque la Cuba que reina en mi corazón reina sólo allí, ya no existe en el mundo real. Es un sueño, un espejismo, no sé; pero ocupa una parte muy importante de mi cerebro y, sobre todo, de mi alma.
Conociendo que cada libro es una experiencia esencial para el escritor, en las entrevistas que he hecho recientemente he colocado algo así como una coletilla que podríamos llamar: “De lo que han significado los libros para quien los escribe”. Hagámoslo con tus libros.
Una muchacha en el andén:
Mi primer libro publicado. Con él gané el premio David y gané, al mismo tiempo, seguridad y confianza en mis posibilidades. Cuando lo tuve en mis manos me sentí por primera vez un escritor de verdad. Me dije entonces que había encontrado mi camino en la vida. Sin embargo, luego supe que aquél era sólo el punto de partida.