

Por la Vía Casia que une Siena y Roma cruzando la belleza singular de La Toscana, pasaron millones de peregrinos y cada uno dejó algo; una mirada cansada sobre la vieja tierra removida una y otra vez para oxigenarla y permitir que el aire la preñe de abundancia, un testimonio de guerreros cansados sobre piedras dejadas por otros guerreros victoriosos o derrotados, siempre es lo mismo, una vasija de terracota llena aún de suspiros de vino, una espada por fin sin filo, restos de libros truncados, de poetas humillados por la grandeza de lo indescriptible, hasta que alguien, ¿quién?, ¿cuándo? dejó junto a la vía el sillón para que Daniel Mordzinski lo viera y de inmediato, merced a la visión festiva que permite el lente de su cámara, hiciera que esa curva entre Bagno San Filippo y las viejas minas de mercurio se convirtiera en un balcón para mirar la vida en calma.
Hay una relación entre la vida y Daniel Mordzinski que casi no corresponde al reino de este mundo, porque resulta imposible aplicar una lógica al acto de llamar a una puerta en la lejana Patagonia y ver que abre una anciana, doña Delia Cossío, oír que exclama; "qué bueno que vinieron muchachos, porque estoy sola y hoy cumplo noventa y seis años". Daniel no sabía que esa anciana estaba ahí pero ella lo esperaba como se espera a los amigos que aún no conocemos pero que llegarán, que siempre llegan. Y a las dos horas de estar con ella en un festejo sacudido por el más cruel de los vientos, su rostro surcado por las más bellas marcas del trabajo y de los sueños que, aunque rotos no son por ello menos gloriosos, quedó en el vientre de la Leica, en el territorio de oscura fecundidad que sólo él conoce y gobierna.
En cierta ocasión le vi fotografiar a un gaucho de edad indefinible, de estatura imprecisa, de color camaleónico bajo la luz de la estepa. Siguiendo las reglas del respeto, de la ética que diferencia al fotógrafo, al artista del ladrón de imágenes, Daniel Mordzinski lo fotografió con una cámara Polaroid, y en el más amplio de los silencios esperamos a que la luz hiciera su trabajo, a que aparecieran las primeras manchas, los contornos, hasta que se plasmó entera la imagen de un centauro. Aquel hombre, aquel ciudadano montado, habitante de la intemperie, señor de los vientos, jamás había visto su propia forma de ser y lo primero que reconoció fue al caballo, hasta que otro jinete se acercó a él y le dijo: "sos vos, hermano ¡sos vos!". El gaucho permaneció perplejo, y más aún Daniel. El primero, de emoción, Daniel, de respeto, así que guardó las cámaras y quién sabe si no perdió un Pulitzer, pero se ganó el aprecio de esos hombres que lo llamaron hasta el fogón sobre el que se doraban unos corderos y, luego de comer, beber, reír, hablar de lo humano y la divino, le dijeron que si quería hacer fotos tenía que darles un tiempo para arreglarse porque a los amigos se les entrega lo mejor que tenemos.
En una aldea tirolesa le esperaba Franz Tahler, un héroe nonagenario, sobreviviente de Auschwitz, antifascista de ayer, de hoy y de siempre, y que se gana la vida grabando preciosas miniaturas en metal. Ciertamente aquel hombre llamaba a fotografías épicas a la luz de lo que con entera humildad contaba; había hecho lo justo en el momento justo. La cámara de Daniel se fijó en sus manos de hombre justo porque en ellas estaba lo esencial de su historia, y en la estufa de leña que calentaba la pequeña casa tirolesa, pero que irradiaba un calor necesario y generoso.
Nunca he conocido a un fotógrafo tan respetuoso como Daniel Mordzinski. Tiene el extraño don de hacerse invisible, transparente, casi incorpóreo, hasta que alguien pregunta ¿dónde está Daniel? Y entonces aparece tras una sonrisa, luego dice "tengo una idea", y nos devuelve a los tiempos felices del juego, y con él jugamos a besar un pez, a sentarnos en un sillón en medio de una carretera, a perdernos en un mar de ovejas, a trepar hasta las nubes si lo pide, o a sostener todo lo que fuimos detenido en un gesto.
Daniel Mordzinski es un hombre al que le esperan las historias que quieren ser fotografiadas pues saben que su cámara es otra manera de contar. En las selvas de Cayena fui una vez más testigo de las historias que le estaban esperando, entre las lianas y los caimanes, entre la sombra de la vegetación infinita y la luz de los hoteles sin más mobiliario que un par de garfios para colgar las hamacas. Y entre todo eso, alguien, una mujer extraña y solitaria que le abre la puerta de su casa sin puertas.
Demás está indicar que es mi amigo, mi hermano, mas yo disfruto del orgullo de decirlo.
El tercer elemento, el respeto, es consustancial a la forma de ser de Daniel. He visto a tantos fotógrafos que ignoran a quién van a retratar. A Daniel, en cambio, lo he visto leer, indagar, emocionarse, ofuscarse, hasta que decide el momento de poner frente a la cámara a la mujer o al hombre que conoce y comprende. Todavía existen gentes que creen que al tomarse una foto pierden un trozo de sí mismas. Mediante el respeto, al mostrarnos las fotos, Daniel siempre nos devuelve un pedazo de nosotros mismos y que a veces -en mi caso es así- creíamos irremediablemente perdido.
Al abrir las páginas de este libro, el lector se transformará en espectador y asistirá a la representación de lo que son, cada una y cada uno de las escritoras y escritores retratados.
Daniel, además de un hermano y compañero de senda de muchos escritores, es una referencia ética y estética para una disciplina artística imprescindible como es el mostrar a los seres reales que habitan en un mundo real.
Así es Daniel, a quien una vez hice una foto en la Patagonia: estábamos solos en La inmensidad de la estepa, sin otra compañía que el viento eterno, y la luz siempre cambiante que caracteriza a la región austral. Lo observaba con el ojo pegado al visor de su inseparable "Leica", esperando por algo, una mínima variación de la luz, un imperceptible vaivén de la hierba, o el surgimiento súbito de mil gauchos a galope tendido. Todo podía ocurrir mientras mi amigo esperaba sin quitar el ojo del visor esperando el "clic" al que siempre sigue un instante de silencio, hasta que el "buena" que murmura en voz baja indica la satisfacción del trabajo bien hecho, ese gran orgullo reservado a los seres humanos. No resistí la idea de hacerle una foto con mi cámara de principiante, me alejé a una distancia más que prudente para no interrumpir su concentración, y disparé. Evidentemente que esa foto no hizo de mí un Cartier Bresson, pero la conservo en un lugar de honor de mi casa.
Cada vez que en Roma, París, Lisboa, Gijón, Saint Malo o Buenos Aires nos reunimos los amigos queridos, siempre sabemos que Daniel llegará tarde a la cena, a la hora de los postres, porque retrataba a alguien o porque buscaba lugares para lo mismo. Lo perdonamos, y como lo queremos ordenamos para él todos los postres posibles. De cada una de esas reuniones quedan fotos de recuerdo, y nos duele que en ellas no se vea a Daniel, al "Rusito" como le llámanos los que le queremos.
Daniel llega tarde a las cenas pero, y esto lo digo en nombre de tantos, Daniel Mordzinski siempre llega a tiempo a las citas con la amistad, la coherencia y la decencia.
Narrador chileno, es uno de los escritores en lengua española más leídos y traducidos de Europa. Nacido en Ovalle, participó en el movimiento estudiantil de su país; fue apresado y, más tarde, durante el régimen militar, tuvo que exiliarse. En 1980 fijó su residencia en Hamburgo (Alemania), donde ha trabajado como escritor y periodista. Ha escrito colaboraciones para periódicos y revistas de España y América Latina. Ha cultivado diversos perfiles de la narrativa, como el relato ecologista, el cuento infantil, la novela de intriga, la novela policiaca, la novela negra y la crónica de viajes. Entre sus títulos figuran: Un viejo que leía novelas de amor (1992), obra que transcurre en la selva ecuatoriana, en el mundo de los indios shuar o jíbaros, y que ha recibido el premio Tigre Juan y otras distinciones internacionales, además de haber sido traducida a catorce idiomas; Mundo del fin del mundo (1994), premio de novela corta Juan Chabás; Nombre de torero (1994); Patagonia Express (1995); Historia de una gaviota y del gato que le enseñó a volar (1996); Desencuentros (1997), libro de cuentos; Diario de un killer sentimental (1998); Yacaré (1998); Historias marginales (2000); y Hot Line (2002), una novela negra protagonizada por un detective mapuche. El director chileno Miguel Littín llevó al cine en 1999, con el título Tierra de fuego, la novela Un viejo que leía novelas de amor. En el 2009 ganó el premio Primavera de novela con La sombra de lo que fuimos.