Las ánimas de Felipe Alarcón
saben que el Caribe también se atisba desde Berlín

Gregorio Vigil-Escalera

Felipe Alarcón - La perseverancia de la fe

Felipe Alarcón – La perseverancia de la fe

Cuando conocí al hispano-cubano Felipe Alarcón Echenique, siempre me pareció un viajero de la forma en toda su amplitud, pero de una forma que había de ser la perfección dentro del mundo sobre el que orbitaba. Su dibujo y después su versatilidad técnica habrían de contener todos los estratos y sedimentos que se iban albergando desde su infancia, tenían que fundir formación y experiencia, vida y sentimiento, lucha y dolor.

Moldeó su quehacer artístico de tal manera que no pudiese quedar nada borrado, que cupiese todo y se amalgamase con la pureza de todas aquellas acciones creativas que se iban sucediendo desde la base existencial de un yo que se iniciaba en Cuba y maduraba en España.

No cabe duda también que así su trabajo bebió en esas fuentes que constituyeron los mejores años de la plástica cubana, desde Enríquez a Lam, desde Portocarrero a Mariano Rodríguez y muchos otros. Mas eso no fue suficiente dada su aspiración de universalidad, y siguiendo tales impulsos se concentró en todo el arte europeo, elaborando ya en su mente lo que habría de ser una fusión y más tarde un estilo identificatorio además de reivindicativo de una condición propia de autor.

Fue de este modo como generó un universo iconográfico y pictórico, de gamas punzantes de colores rojizos, azulados y verdosos,  ajustado a los momentos de una época y a las circunstancias de un artista que interrogaba bajo significaciones diversas, aunque con la convicción de que sus personajes, sus escenarios, ambiente y contextos, reales o irreales, culminaban en una obra de expresión plena desde el plano cromático, texturizado, como desde su decantación hacia una formulación que integraba el factor más contemporáneo, el de hacer sentir el qué, el cómo, el dónde y el cuándo.

También es verdad que esos collages  -por llamarlos de tal guisa- al óleo, último ciclo de su producción, confieren un lugar para el pasado pero una soledad para el presente. Están juntos y al mismo tiempo separados. Es una poética de signos de un desvivir que pide verse, contemplarse y hasta horrorizarse. Son muchos ojos que miran y nos miran, unos cuerpos sabiamente entrelazados a pesar de los distintos tamaños –sin que ello implique jerarquía alguna- y unos rostros con muchas sombras. Por consiguiente, estamos ante una conmoción espiritual y una simbología abierta con una pluralidad de significados en las distintas variaciones morfológicas que adopta.

Una obra, por cierto, con muchas afinidades con las corrientes expresionista alemanas si bien su fundamento de configuración sea otro, a kilómetros e idiosincrasias de distancia, mas no por ello la relación comparte alguna huella, algún rastro. Puede considerarse incluso como una dimensión de encuentros tanto formales como de abismos en los que cada artista se sumerge para dar a luz a sus islas y sus linderos.

Por eso Berlín ha de acoger esta muestra tanto como una oportunidad por un lado, como una vía de acercamiento, por otro, a una tierra en la que el arte ha dado singularidades como la de Felipe Alarcón, cuyo empeño conseguido es culminar un producto único, en el que exponer una realización depurada y simultáneamente enfervorizada, así como una cosmovisión donde se hace visible toda una profunda esencia del ser y sus máscaras, su demonios, sus fantasmas, sus fes y agonías, sus desdoblamientos y mentiras, su pasado y su futuro en definitiva.