Otro lunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Septiembre 2008. Antilde;o dos. Número cuatro

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Datos de la revista, mayo 2007, año 1, número 01
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Subalternidad y fragmentación: consecuencias del protagonismo histórico del negro para el mulato en la literatura cubana post-revolucionaria.

Luis Pérez-Simón

Página 1

Hay un grado de sentido histórico más allá del cual todo ser humano se siente oprimido y finalmente destruido.

Friedrich Nietzsche, Consideraciones in-actuales (97)

El Caribe es una vasta geografía de historias, culturas e idiomas que comparten mucho más que el epónimo océano.  El Caribe es principalmente un agregado histórico de otredades, de disimilaridades y de contrastes. Es también, una aglomeración de distancias hacia y desde las hegemonías continentales.  El Caribe es, en resumen, una subjetividad basada en relaciones de poderes desiguales, de territorialidades externalizadas y de nociones inestables de identidad. La historia socio-cultural del Caribe se ha definido por su “colonialidad” (antigua, neo- o post-) y, por consecuente, por su relación con la esclavitud humana, el racismo y las revoluciones. El Atlántico ibérico –y el archipiélago cubano en particular –no es ninguna excepción.  Su pasado narra las primeras incursiones de la Conquista, el advenimiento de la Ilustración, el amanecer de la era industrial y los levantamientos independentistas y revolucionarios contra imperios de ultramar. El fulcro de esta crónica son la trata, la sujeción y la liberación de los esclavos coloniales. El cautiverio y la explotación humana –primero la indígena, luego la africana y las subsecuentes olas migratorias provenientes de los cuatro puntos cardinales –definieron, en última instancia, los primeros cuatrocientos años de la historia política, económica y social del archipiélago cubano. La nación cubana ha vivido sus repercusiones.

El propósito de esta presentación es explorar, en un primer tiempo, las nociones de subjetividad y conciencia histórica en el contexto cubano para luego considerar el rol que la literatura –y específicamente la novela –ha jugado en la diseminación y la singular apreciación del sujeto negro avasallado, liberto o cimarrón en Cuba colonial.  En una segunda parte discutiremos la subalternidad como elemento constitutivo y metafórico del mulato caribeño para luego indagar en el contexto cubano. Concluiremos entonces con un breve estudio comparativo enfocado específicamente en la literatura del período post-1959. Asimismo examinaremos en esta última parte los mecanismos, motivaciones y repercusiones de la política cultural del estado cubano por crear y privilegiar una visión coherente e inmutable de la africanidad dentro de la sociedad revolucionaria contemporánea, aparentemente prescindiendo del mulato y sus complejos y ricos elementos culturales.

Una historia de Cuba: Raza, literatura y nación.

Sabemos que ni la esclavitud ni la trata comenzaron con el encuentro entre el viejo y el nuevo mundo.  Que la sujeción y el avasallamiento han sido una parte fundamental de la humanidad desde tiempos inmemorables, y el comercio de humanos ha sido un elemento intrínseco de ello1. Está claro también que la estrategia de colonización mediante asentamientos instituyó una relación hombre-tierra que definió la política socio-económica europea hacia sus colonias americanas desde el siglo XVI hasta finales del XIX, especialmente en Cuba.  Desde los primeros momentos del período colonial, los términos “colonizador”, “posesión” y “‘tierra” fueron interrelacionados y proporcionaron el ímpetu político-laboral inicial para toda la región caribeña. Rápidamente, la necesidad de una gran fuerza laboral barata y sumisa se hizo evidente, y la abundancia de esclavos africanos hizo de este tipo de tráfico mercantil tras-Atlántico el más lucrativo de todos.
Ya desde principios del siglo XIX, la demanda de esclavos estaba impulsada casi exclusivamente por las plantaciones de caña y los ingenios de azúcar.  Aunque esto no nos sorprende, pues en cierto sentido el azúcar unificó a Cuba política y económicamente, es importante señalarlo ya que desde el punto de vista cultural una pequeña élite blanca manifestó por primera vez una preocupación por la cuestión de la esclavitud y sus repercusiones socio-culturales a través de la literatura. Hablo, evidentemente, del grupo delmontino, y aunque su preocupación era la reforma del sistema –no su extirpación –una primera literatura anti-esclavista surgió coherente y abiertamente en pleno apogeo político-comercial de la trata.

-José Antonio Saco: 1830/40 estableció las imperativas ideológicas

-Juan Francisco Manzano: Autobiografía o Apuntes biográficos (1840)

-Felix Tanco y Bosmeniel: “Petrona y Rosalia” en Escenas de la vida privada en la isla de Cuba (1838) [pub. 1925, B.A.]

-Anselmo Suárez y Romero: Francisco (1839) [pub. 1880, N.Y]

-Cirilio Villaverde: Cecilia Valdés (1839) –costumbrista [versión final: 1882, N.Y –realista/anti-esclavista]

-Gertrudis Gómez de Avellaneda: Sab (1841) [España]

En gran parte, los personajes negros y mulatos en estos textos no hacen más que conformarse con su lugar en esta sociedad.

Conspiración de La Escalera / El año del cuero: 1844

Antonio Zembrano: El negro Francisco (1875) [Chile]

Abolición de la esclavitud (1880)

Ramón Meza: Carmela (1887)

Martín Morúa Delgado: Sofía (1891)

José Martí: “Mi raza” (1893) & “El plato de lentejas” (1894): imperativos temáticos y morales.

El siglo XIX fue un tiempo de revoluciones y sublevaciones en Cuba.  Hubo la Conspiración de Aponte (1812), la Conspiración de La Escalera (1844), la Guerra de Diez Años (1868-1878), la Guerra Chiquita (1879-1880), la Guerra de Independencia (1885-1889). Y luego de la entrada de Estados Unidos en la guerra hispano-cubana, de la imposición de la Enmienda Platt (1901) y de la proclamación de la República de Cuba (1902) tuvo gran impacto histórico (no tanto mediático) la Guerrita de 1912.

Durante los primeros años de la nación, el interés en la cuestión racial se redujo a estudios sociológicos enfocados en la criminalidad y la religión del elemento negro de la sociedad. Fue sólo con el advenimiento del ‘Harlem Renaissance’ en los EEUU y el movimiento de ‘Negritude’ en el caribe francófono que el ‘Negrismo’ cubano dio un nuevo ímpetu al tema.

-Lino Novás Calvo: Pedro Blanco, el negrero (1933)

-Alejo Carpentier: Ecué-Yamba-O (1933)

-José Antonio Ramos: Caniquí (1936)

-Lydia Cabrera: Cuentos negros (1936)

-Fernando Ortiz: Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar (1940)

-Alejo Carpentier: El reino de este mundo (1949)

-Lydia Cabrera: El monte (1954)

-Alejo Carpentier: Guerra del tiempo (1958)

Deshacer el Imperio / Hacer la Nación: Subjetividad, Subalternidad y Ciudadanía.

Si observamos los Cuadros de castas del siglo XVIII, es evidente que el cuerpo del mulato se había convertido en el principal sitio de tensiones y contradicciones coloniales.  Al mismo tiempo, contenía las divergencias y los solapos de la relación entre dueño y esclavo, entre cristiano y no-cristiano, y así daba coherencia y desestabilizaba los fundamentos del poder colonial.  Y aunque en el Caribe anglófono, francófono y holandés el desarrollo de la economía azucarera reforzaba el principio de la separación de las razas, en las colonias españolas el resultado fue un relajamiento de los límites y las divisiones raciales.   Sin embargo, el cuerpo del sujeto del colonialismo y de la “colonialidad” caribeños es mulato.  El cuerpo del mulato –en el sentido espacial más completo –es el cuerpo político y el sitio donde convergen y se resisten el colonialismo y la modernidad.  El cuerpo mulato y del mulato constituyen de una cierta manera el movimiento de lo que José Lezama Lima llamó “el sujeto metafórico” 2. El contrapunteo entre la idea personificada en la imagen (el imago) y el cuerpo que la contiene, implican que el mulato es doblemente imaginado como agente y sujeto de la historia.  De cierta manera, entonces –y continuando con la idea del “sujeto metafórico” lezamiano –el mulato es el agente que contiene en su imagen y en su cuerpo “una obligación casi de volver a vivir lo que ya no se puede precisar”3. El sujeto metafórica es, pues, el custodio y la ruina de la memoria histórica nacional.  La transversalidad que Edouard Glissant atribuye al sujeto caribeño4, , y que Antonio Benítez Rojo conceptualiza como el significante errante5 permite al mulato un movimiento de colonización inversa hacia el ideal –no del blanco como en los Cuadros de castas coloniales-, sino de lo que siempre está más y perpetuamente en cambio en el Caribe. Si el mulato representa la potencialidad del sujeto no-“racializado” martiano, yo propongo una lectura más vectorial: la de un agente socio-histórico que contiene un contrapunto estético e ideológico de la nación estable e imaginada.

La estética política de la historia: (re) escribir la nación.

Hans-Georg Gadamer escribió que “la manifestación de una conciencia histórica es probablemente la revolución más importante que la humanidad ha experimentado en nuestra modernidad [y que es, al mismo tiempo,] un privilegio y una carga del hombre contemporáneo ser consciente de la historicidad del presente y de la relatividad de toda creencia [histórica]”6y la naciente república socialista se ocupó de consolidar una matriz histórica de poder muy selectiva y particular en la que se establecía una continuidad con todas las formas anteriores de lucha colectiva, desde la colonia hasta la época revolucionaria. El gobierno revolucionario usó desde un principio la ley como una manera de conferir a sus órdenes una fuerza de obligación colectiva bajo forma de edictos u ordenanzas que tuvieron, más que una función ordenadora, un impacto en la manera con la cual el pueblo cuestionó su historia y su porvenir frente a un nuevo relato fundador; se trataba entonces del paso de la utopía a la ética revolucionaria. El proyecto socio-cultural implícito de la Revolución Cubana, entonces, se puede resumir en crear las condiciones sociales necesarias para localizar el paraíso socialista no en un lugar –la nación- sino como la articulación del destino nacional –la historia.  Y si se considera, como lo hace Antonio Benítez Rojo, que el arquetipo del revolucionario histórico era el cimarrón y el prototipo de una comunidad revolucionaria, el palenque, es natural que la Revolución se asociara con una resignificación moderna y ventajosa de la esclavitud: la mancha histórica de la sujeción forzada del negro se convirtió en impulso necesario para el cambio violento en las instituciones políticas, económicas y sociales de la nación cubana. La Revolución re-significó  y re-sujetificó una parte de la población que hasta entonces había carecido de relevancia y –de cierta manera –resistido su deber ciudadano al estado-nación.

-Alejo Carpentier: El siglo de las luces (1962)

-Miguel Barnet: Cimarrón (1966)

-Dora Alonso: Ponolani (1966)

-Manuel Cofiño: Cuando la sangre se parece al fuego (1970)

-Alejo Carpentier: Concierto barroco (1974)

-César Leante: Los guerrilleros negros (1975)

-Luis Felipe Rodríguez: El negro que se bebió la luna (1978)

-Alejo Carpentier: La consagración de la primavera (1978)

Y aunque, en general, la sociedad cubana adoptó la versión oficial de su colonialidad, el Período Especial –y específicamente algunas de las estrategias utilizadas para hacer frente a este –no solamente identificaron viejas nociones de desigualdad entre diferentes sectores de la sociedad, sino que puso en duda la alianza de la gran mayoría mulata con los valores estético-históricos promulgados por la Revolución. Spinoza señaló que nuestros derechos y privilegios son iguales al poder que tenemos, y la subalternidad del mulato dentro de la sociedad cubana hizo esto no sólo relevante, sino patente. En contraste con los antes mencionados autores del primer momento, una nueva generación de autores descontentos exploró temas y estrategias narrativas que señalaban su desagrado. El Período Especial abrió una caja de Pandora de conflictos y tensiones raciales, y abrió espacios marginales previamente fuera de lo habitual y permitido en la literatura dentro del periodo revolucionario. Sin embargo, lo que es inesperado y sorprendente dado el rencor y el aspecto denunciatorio de estas novelas es la ausencia de verdaderos conflictos interraciales.  Lo que sobre sale en esta narrativa es el desencanto con un ideal, y la crueldad y egoísmo latentes del ser humano frente a la miseria ajena.

-Pedro Juan Gutiérrez: [Ciclo Centro Habana] Trilogía sucia de La Habana (1998), El rey de La Habana (1999), Animal Tropical (2000), El insaciable Hombre Araña (2002), Carne de perro (2003), + El nido de la serpiente (2006), Corazón mestizo (2007)

-Amir Valle: [Descenso a los infiernos] Las puertas de la noche (2001), Si Cristo te desnuda (2002), Entre el miedo y las sombras (2003), Santuario de sombras (2006), Largas noches con Flavia (2008).

-Lorenzo Lunar: Que en vez de infierno encuentres gloria (2003), La vida es un tango (2005), Usted es la culpable (2006), Polvo en el viento (2005)

-Ángel Tomás González Ramos: Los ángeles tocan maracas (2008).

La respuesta de los mecanismos culturales del estado fue una re-focalización de la producción literaria para reforzar la compleja matriz histórica de la nación. Se optó por promover y privilegiar el récord histórico de las luchas socio-raciales en Cuba, de las cuales la Revolución de 1959 figuraba como el punto culminante. Las obras que respondían este imperativo político-cultural enfatizaron nuevamente al cimarrón y al mambí mestizo, especialmente en la literatura infantil. Esta última categoría sirvió el doble propósito de cementar y fomentar la cartografía socio-histórica de una nación sufriente del estrés de un recalcitrante (neo)colonialismo, y de desplazar la codificación de un momento histórico socialmente traumático hacia un registro diferente: el mito.  La deuda a Cimarrón de Miguel Barnet es evidente en esta literatura ya que el deseo de inculcar una verdad histórica a través de un testimonio directo estructura claramente la narración.

- Luis Cabrera Delgado: Antonio, el pequeño mambí

- Julio Travieso: El polvo y el oro (1993)

- Marta Roja: El columpio del rey Spencer (1993), Santa Lujuria (1998), El harén de Oviedo (2003).

- Dora Alonso: Tres lechuzas en un cuento (1994)

- Eliseo Altunaga: A medianoche llegan los muertos (1997)

- Daysi Rubiera Castillo: Reyita, simplemente (1997)

-Teresa Cárdenas: Cartas al cielo (1999), Perro Viejo (2003), Tatanene Cimarrón (2006)

- Luis Rafael Hernández: Mulato (2006).

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Este Lunes

El mulato en la literatura cubana post-revolucionaria.

Luis PéREZ-Simón

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