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Conversar con el escritor colombiano Héctor Abad Faciolince es una verdadera fiesta para el intelecto. Aunque es de los que prefiere escuchar, cuando habla, la sabiduría nace de sus palabras.
Lo conocía por menciones, siempre con referencias excelentes, en los muchos encuentros con R.H. Moreno Durán, Santiago Gamboa, Jorge Franco Ramos y Mario Mendoza; todos colombianos de pura cepa; todos escritores de primer nivel como Héctor. Pero fue cuando leí El olvido que seremos, una de las obras imprescindibles de la literatura colombiana de los últimos 50 años, cuando me dije que debía conocer a ese grande de las letras de Colombia.
Primero, en mis búsquedas sobre su obra, aparecieron cosas como ésta:
“Es con el libro de cuentos Malos pensamientos (1991) que Abad comienza a hacerse conocer muy tímidamente en el mundo literario colombiano. Hay ya en esos primeros cuentos un toque de distinción, un humor y fina ironía que lleva a la provocación, a la burla paródica, al divertimento, y, fundamental, revela a un escritor que le gusta jugar con el lenguaje”.
Augusto Escobar Mesa, Universidad de Antioquia.
“... en Asuntos de un hidalgo disoluto... se trata de una toma de posición intermedia: no es tan radical en relación con la actitud desacralizadora cuando se refiere a la literatura, los políticos, la maternidad, la heterosexualidad, el sistema educativo, la figura de la madre, etc., pero tampoco hace explícita la predilección ante la "creación" y la "contemplación" de la literatura como actividades dignas de todo el respeto y la reverencia”.
Elsy Rosas Crespo, Revista de Estudios Literarios Espéculo
“Esta singular obra (Tratado de culinaria para mujeres tristes) es un conjunto de textos breves dirigidos a unas interlocutoras anónimas a quienes formula para aliviarlas de las cargas de la existencia. Cerca de setenta recetas componen el tratado que el autor ofrece a ese tú femenino que espera anhelante la fórmula salvadora”.
Roberto Vélez Correa, Revista de Ciencias Humanas
“En Fragmentos de amor furtivo explora lo que define como esa ''verbosidad" femenina. (...) terminó por empaparse de esa capacidad de la mujer antioqueña para hablar e inundar con palabras: Susana cada noche le cuenta a su amante Rodrigo de los amantes que ha tenido, con lo que posterga la decisión de la fatal separación amorosa”.
Renato Ravelo, Periodista de El Tiempo
“Basura es una novela enmarcada: dentro de un marco se narran episodios, inconexos la mayoría de veces, cuyo sentido sólo aparece una vez terminada la lectura. El interés del lector no es capturado mediante los mecanismos tradicionales de la narrativa sino por el atractivo que los episodios sean capaces de suscitar por sí mismos”.
Juan Gabriel Vázquez, Revista Lateral
“...aunque el prólogo del propio autor insiste en disculpar la obra (Palabras sueltas)... si no se hiciesen compilaciones como estas, los lectores, que no siempre podemos acudir a ciertos diarios, ciertas revistas, perderíamos la posibilidad de disfrutar lo que Abad llama “ensayo breve” para definir sus textos que a veces eso son, pero que asimismo pueden parecernos cuentos, divagaciones, píldoras”.
Revista Nuestra Colombia
“Oriente empieza en El Cairo es un libro fascinante animado página tras página, por el alma de una escritura que descifra los palimpsestos que recubren el corazón palpitante de esa urbe caótica, incapaz de conciliar el presente con los antiguos esplendores de épocas pasadas”.
Luis Barros, Revista La Esquina Regional
“Para llegar a Angosta es necesario internarse en un país tropical, repleto de montañas así como de valles, altiplanos y selvas, con una flora y una fauna privilegiadas y un río que es en realidad "una mustia quebrada con pretensiones de río" que los primeros pobladores bautizaron con el nombre de "el Turbio". Es allí, en ese marco de violencia natural, donde se erige esta urbe inquietante, la terrible Angosta que Héctor Abad Faciolince ha creado en su más reciente (y genial) novela”.
Santiago Gamboa, escritor
“Héctor Abad Faciolince puso distancia entre la experiencia más dolorosa de su vida para contarnos, en un libro triste y de conmovedora belleza, cómo era Abad Gómez íntimo, como ser tierno, inmensamente amoroso, benévolo, comprensivo, inconsciente en su generosidad, con una trágica y hermosa contradicción entre su pensamiento igualitario y democrático y sus instintos selectivos”.
Carlos Gaviria Díaz, escritor
“Las Formas de la Pereza no es un escrito egocéntrico que aísla al lector de su mundo, espacio y tiempo. Por el contrario, es una obra generosa que remite a lecturas ya acariciadas (El Pintor de la Vida Moderna de Baudelaire, o los cuentos de los Hermanos Grimm, en mi caso) e invita a repasar, crecer y experimentar con libros y autores, desde León Tolstoi hasta Elías Canetti, pasando por Alejo Carpentier y Lope de Vega”.
Revista Vanguardia Liberal
Después, Berlín y la casualidad propiciaron el encuentro. Más tarde, las preguntas. Y hace poco, vía email, sus respuestas.
Haber nacido en ese territorio que llamamos Colombia es una circunstancia fortuita que no me enorgullece ni me avergüenza. Lo de “tradición literaria amplia y poderosa”, me parece una gentileza bastante exagerada. Si yo fuera francés o inglés quizá pudiera sentir algo así, pero el aporte colombiano a la cultura universal es poco menos que inexistente. En todo caso no creo en las literaturas nacionales, pues uno es hijo (indigno hijo literario) de los libros que ha leído, no de los libros de su país, y más en un caso como el mío, pues yo no siento el deber de leer los libros que se escriben en Colombia. Los conozco por ósmosis o por contagio de la cercanía más que por sincero interés. Mis aspiraciones no son muy grandes: busco contar la historia que me ha tocado vivir, por muchas más historias que haya, así como cualquier ser humano busca tener un hijo propio, por mucha gente que haya en la tierra.
Me parece que la experimentación con el lenguaje y con las herramientas narrativas tuvo su momento en 50 años del siglo XX, digamos entre los años 20 y los 70. De esas carreras experimentales no quedó sino el cansancio más una buena dosis de aburrimiento. La crisis que lleva a los experimentos es la sensación de que todo ya ha sido dicho o escrito y que para ser originales hay que buscar novedades en la materia misma de la escritura. El lenguaje es una representación del pensamiento. Cuando se lo usa como un color o bien como música, puede haber unos cuantos efectos poéticos interesantes, pero al poco tiempo esto también se agota y hay que volver de nuevo a la vieja y tediosa claridad, al antiguo y difícil arte de transmitir con precisión lo que vivimos y pensamos. Con la literatura no se hacen experimentos, como en química o en física. Nuestro trabajo es más humilde: contar historias.
Lo de “profundas raíces sociales” no me gusta, porque no entiendo bien qué es eso. Estoy más de acuerdo con los que dicen que sólo es una crónica familiar. En esa crónica tuve la desgracia de tener que contar un episodio real, de violencia padecida, que no podía omitir. En cuanto al libro (yo no sé si es novela) puedo decir que es honesto y que escribirlo era para mí necesario. He tenido la suerte de haber recibido muchas críticas positivas, y de que el libro haya tenido también la acogida de decenas de miles de lectores, en América y en España, lo cual es algo que nunca me había ocurrido. Creo que estaba haciendo falta que alguien se pusiera del lado de las víctimas, en un país y en un mundo al que tanto le gusta resaltar a los verdugos. Escribí sobre un hombre bueno cuando lo que está de moda es escribir sobre los facinerosos.
Ajuste de cuentas suena a venganza. Digamos más bien que nuestra realidad nacional es tan violenta, ha sido tan dura, que la literatura no podía darle la espalda. Uno se nutre, para escribir, de las experiencias que tiene en el sitio donde vive. Los escritores de las últimas décadas hemos respirado aquí violencia, desde que nacimos. Ojalá algún día podamos escribir de cosas distintas. Hay muchos más temas duros en Colombia que en Suiza, pero no son admisibles tantas tragedias por el bien de la literatura. Ojalá fuéramos como Luxemburgo, aunque no volviéramos a escribir libros. En cuanto a los autores, últimamente leo sólo libros viejos pues de alguna manera me parece que los escritores del mismo sitio y de la misma época estamos escribiendo entre todos el mismo libro y a mí me aburre leer siempre lo mismo.
Creo que tal como están las cosas en este mundo (con internet y librerías virtuales en cualquier sitio), los únicos impedimentos serían el desinterés y la falta de plata. Si me dan un mes de tiempo y cinco mil dólares, de cualquier país de Hispanoamérica podría encontrar y situar en cualquiera de nuestros países (con la sola excepción de Cuba) la colección de los 50 libros más importantes de la poesía y narrativa reciente de cada sitio. Ya no hay que quejarse; basta interesarse. Ahora, puede que los que no se interesan también tengan razón en no interesarse. Hay en todas partes más o menos el mismo libro repetido.
Le debo mis genes, y ahí están la miopía y las uñas chiquitas; también cierta tendencia a los entusiasmos exaltados y a los largos letargos y desánimos. Le debo la preocupación por los problemas sociales y el interés por mejorar las cosas. Las ganas de entender, la curiosidad por el presente científico. Le debo lo manirroto y lo mal negociante. Sobre todo le debo la confianza en mí mismo: en que con esta materia prima regular que tengo, también era posible crear algo, llevar una vida no indigna, escribir algunas páginas que podrían llegar a alegrarle la tarde a una muchacha. Le debo algunos defectos y también la corrección a tiempo de otras lacras.
A mí no me gusta la izquierda en el poder. Gobernar es un asunto de derecha. De hecho las dictaduras comunistas son puras dictaduras de derecha. Fidel es un tipo de extrema derecha. Cuando la izquierda llega al poder, se vuelve de derecha. Chávez se parece más que todo a tipos como Perón o Mussolini, militarotes de derecha, que halagan a los pobres con mendrugos. La izquierda debe hacer ruido en la oposición, para que una derecha decente, disciplinada y con complejos de culpa dirija algunos cambios convenientes en la repartición de la riqueza del mundo. Mi padre era un optimista y estaría entusiasmado con Lulla y con Bachelet en el poder; creo que un hombre resbaloso como Chávez le produciría desconfianza, pero esto es sólo un ejercicio de espiritismo, muy poco serio.
No he sufrido de eso. A mí me gusta mucho Homero, pero jamás se me ocurriría intentar imitarlo. Lo mismo me pasa con García Márquez. El ejemplo que recibo de él es la de la dedicación al oficio, la del amor por las palabras, la de la alegría de la escritura y el amor a la vida. Pero jamás se me ha ocurrido redactar una página al estilo suyo, porque no me saldría tan bien y porque se notaría mucho. De Borges o de Rulfo se puede decir lo mismo. “Lo único malo de los grandes libros, decía Lichtenberg, es que generan un montón de libros malos que se quieren parecer a ellos.”