Otro lunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Septiembre 2008. Antilde;o dos. Número cuatro

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Datos de la revista, mayo 2007, año 1, número 01
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Notas sobre (hacia) el boom: I

Emir Rodríguez Monegal

 

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The dull boom of the disturbed sea

John Ruskin

Todos hablan de él: unos para exaltarlo y exaltarse, otros para verter su desprecio, algunos para subrayar el rechazo. Hay quienes se apresuran a certificar, algo prematuramente, su defunción. También los hay que se inventan uno propio, uno pequeño, uno más fácil de administrar entre amigos. La rivalidad y hasta la oposición, no importan. Lo que importa es que todos (de una u otra manera) están pendientes de él, hasta cuando fingen mirar para otro lado, o continúan ocupándose de más relevantes empresas. Como todo movimiento literario que se respete (el modernismo es un buen precedente), éste también está expuesto a la caricatura, a la parodia, a la irrisión, el carnaval. Lo que está bien. Pero no es suficiente.

Para discutir el boom en serio, se necesita una actitud distinta. Ver, primero, cuáles son sus orígenes reales; luego, qué desarrollo, o desarrollos, ha tenido, y qué intereses (nacionales e internacionales) ha puesto en juego. Finalmente, qué base hay, si la hay, para decretar ya, ahora mismo, sin perder un minuto, su defunción. Creo que a menos que estemos dispuestos a examinar el fenómeno con cierta precisión, es inútil cuanta diatriba o elogio (es lo mismo) acumulemos sobre él. Aquí sólo intentaré trazar algunas grandes líneas y situar el fenómeno del boom en el contexto de la literatura latinoamericana contemporánea. Es la única manera de empezar.

Una generación de lectores

Lo primero que hay que subrayar es que el boom empieza realmente en América Latina. Las generosas agencias internacionales que todos conocemos (la CIA es la más famosa pero no la única; cada superpotencia tiene la suya, más o menos discretamente a la vista) nos han hecho desconfiar de toda promoción cultural que se realiza a nivel universal. Cuántos no han querido ver en los recientes premios Nobel a dos escritores hispanoamericanos que (da la casualidad) eran ambos embajadores en París, la prueba de que si los santos se hacen en el Vaticano, como le contestó una vez Baldomero Sanín Cano a Giovanni Papini, el Nobel se hace sobre todo en Francia. Como si Miguel Ángel Asturias o Pablo Neruda no tuvieran, por lo menos, obra tan importante y conocida como la de Sholojov, la de Pontopiddan, la de Echegaray, para recordar algunos de los más ilustres laureados de la Academia Sueca. Pero dejemos esto. Admitir que las agencias internacionales participan también en el juego de los premios, las reputaciones, y los laureles (envueltos, es claro, en sustanciosas sumas de dinero), no significa creer que sólo ellas pueden crear la fama de un escritor. Hay otro camino al reconocimiento, y ese camino es el que pasa por el lector. Porque un premio, una propaganda nacional o internacional, una conspiración de agentes, una diligente mafia, no aseguran que la obra sea leída. Publicada y distribuida, sí: comentada y premiada, es claro. Leída es otra cosa. El ejemplo del cine, en que la promoción industrial es tan fabulosa, permite comprender hasta qué punto el verdadero consumidor tiene la última palabra.

Por eso, olvidándose de las rocambolescas fantasías de quienes sólo ven la mano de la CIA, o del Vaticano, o de Moscú, o de Casa de las Américas, o de la Academia Sueca, o del British Council, detrás de cada premio, de cada nueva edición, de cada traducción, hay que empezar por subrayar lo obvio: a partir de la segunda guerra mundial, una nueva generación de lectores aparece en América Latina y determina (por su número, por su orientación, por su dinamismo) el primer boom de la novela latinoamericana. Es este un boom disperso, sin un centro fijo, nacional más que internacional en su desarrollo, pero que se produce (casi simultáneamente) en México y en Buenos Aires, en Río de Janeiro y en Montevideo, en Santiago de Chile y en La Habana. Es imposible examinar aquí, con el detalle necesario, todos los avatares de ese primer boom, o ur-boom, disperso y extrañamente coherente a la vez. Bastará señalar dos causas centrales del mismo: (a) la guerra en Europa que, primero, trae a América Latina la fabulosa cosecha de españoles refugiados (escritores como Jiménez, Alberti y León Felipe, editores como Gonzalo Losada y López Llausas, profesores como José Gaos y Xavier Zubiri), los que impulsarán una empresa editorial latinoamericana y darán lugar a un verdadero renacimiento cultural, equivalente al creado en la Italia del Cuatrocientos por los humanistas que escaparon del cerco de Constantinopla; (b) el crecimiento demográfico e industrial de muchas de las grandes urbes latinoamericanas, crecimiento también fomentado por la guerra en la que América Latina casi no tuvo otro papel que el de proveedor de bases y materias primas para los aliados. La generación de lectores que se forma a partir de 1939 tendrá a su alcance más universidades y escuelas secundarias, más bibliotecas, más librerías y revistas; tendrá, sobre todo, editoriales latinoamericanas que no sólo traduzcan y adapten la cultura universal sino que también fomenten la cultura nacional y la latinoamericana.

Tal vez convenga examinar algunos ejemplos del impacto que produce en las letras latinoamericanas la aparición de esta nueva generación de lectores. En México puede citarse el ejemplo de dos novelistas que hacen su aparición en los años cincuenta y que obtienen, a la vez, un gran éxito de crítica y un considerable suceso de venta. Me refiero, es claro, a Juan Rulfo con Pedro Páramo, y a Carlos Fuentes con La región más transparente. Ambas novelas fueron publicadas (en 1955 y en 1958, respectivamente) en la colección "Letras Mexicanas", de la editorial Fondo de Cultura Económica, precisamente una de las editoriales hispanoamericanas que se favorecieron más del aporte de la emigración española. Entre 1955 y 1964, la citada editorial imprimió cinco ediciones de Pedro Páramo en la colección "Letras Mexicanas". A partir de esa fecha, la novela ha ingresado en la "Colección Popular", de tiraje aún mayor y precio más bajo. Algo similar puede decirse de la novela de Fuentes, que tuvo tres ediciones en la colección “Letras Mexicanas", entre 1958 y 1960, y a partir de 1968 ingresó en la "Colección Popular".

En la Argentina puede invocarse el caso de Jorge Luis Borges, un escritor que fue considerado hasta los años cincuenta como tan exquisito, y extranjerizante, que sólo podía interesar a un núcleo pequeñísimo de snobs. En 1953, la Editorial Emecé (fundada por españoles con capital argentino) empieza a publicar la colección ordenada e incompleta de sus Obras completas. En 1960 habían salido ya nueve volúmenes, siendo el último, El hacedor, un libro nuevo. Esos delgados tomos grises han seguido reimprimiéndose sin cesar y constituyen hoy uno de los auténticos best-sellers de la citada editorial. En Brasil, el éxito de los novelistas del Nordeste, y en particular de Graciliano Ramos, José Lins do Régo y Jorge Amado no ha hecho sino consolidarse. A las primeras ediciones de sus novelas, hechas por José Olympio en los años treinta y cuarenta, han seguido en los cincuenta la colección ordenada de sus Obras completas en ediciones que se reimprimen constantemente.

Desde otro ángulo, el de las revistas y publicaciones con páginas literarias, sería posible seguir el mismo fenómeno. A las revistas de tipo minoritario que eran características de los años treinta y cuarenta, y aún comienzo del cincuenta -pienso en Sur (Buenos Aires) y en Contemporáneos (México), en Orígenes (La Habana) y en El Hijo Pródigo (México), en Babel (Santiago de Chile) y en Realidad (Buenos Aires), en Ciclón (La Habana) y Número (Montevideo), en Anales de Buenos Aires y en Revista Mexicana de Literatura, para citar algunas de las más germinales-, sucederán los semanarios o los suplementos semanales de periódicos de gran circulación: Siempre!, en México, o el suplemento de El Nacional, de Caracas; la sección literaria de La Gaceta, de Tucumán, o el suplemento de O Estado, de Sao Paulo; pero sobre todo las páginas literarias del semanario Marcha, de Montevideo, que fueron creadas en 1939 por Juan Carlos Onetti y que habrían de convertirse en los años cuarenta y cincuenta en uno de los lugares donde una generación de críticos y creadores, llamada del 45 por la fecha de su aparición masiva en el escenario rioplatense, habría de echar las bases de una discusión incisiva de las letras contemporáneas, dentro y fuera de América Latina.

Todas estas empresas, y muchas otras que es imposible registrar en Perú y en Bolivia, en Paraguay y en Colombia, en la América Central y en el Caribe, habrían de certificar la existencia de una generación de lectores, jóvenes universitarios o para universitarios, que buscaban en los nuevos libros latinoamericanos, en las revistas y semanarios publicados aquí, la clave de una lectura actual, viva y contemporánea del mundo en que estaban insertos. Lectores apasionados y militantes, muchas veces creadores ellos mismos, o críticos, se fueron formando en los años cincuenta y constituyeron la base de este primer boom o ur-boom sin el cual el otro (el conocido, el publicitado) no hubiera podido llegar a ser. Esa generación estaba más que pronta para entrar en escena, en forma aún más decisiva, cuando ocurrió el triunfo de Fidel Castro.

La verdadera revolución cultural

A veces se olvida (involuntariamente, tal vez) que el triunfo de la Revolución Cubana es uno de los factores determinantes del boom. Lo es por la mera fuerza de las circunstancias políticas que proyectan, de golpe, hacia el centro del ruedo político internacional a la pequeña nación de nueve millones de habitantes y, con ella, a un continente olvidado de doscientos millones. De golpe, Cuba y América Latina son noticia. Pero, además, el propio gobierno de Fidel Castro asume una posición cultural decisiva y que tendrá incalculables beneficios para toda América Latina. Sin descuidar a escala nacional el problema de la educación y sobre todo del analfabetismo, la Revolución Cubana proyecta en sus primeros años una política cultural a escala latinoamericana. Para romper el bloqueo, que no es sólo militar y económico de los Estados Unidos, Cuba crea una institución, Casa de las Américas, que por algunos años se convertirá en el centro revolucionario de la cultura latinoamericana. Esa institución publica una Revista (primer número, junio-julio, 1960, bajo la dirección de Fausto Masó y Antón Arrufat; a partir de marzo-abril, 1961, bajo la dirección única de Arrufat; en el número 30, mayo-junio, 1965, comienza la dirección del poeta y crítico Roberto Fernández Retamar) y organiza reuniones, festivales y concursos de distinta índole. El más famoso es el Premio anual que se otorga a partir de 1960 en varias categorías (ensayo, novela, cuento, teatro, poesía) y en cuyos jurados participan nombres destacados de la cultura latinoamericana y extranjera de hoy. Casa de las Américas también publica libros: reediciones de clásicos de la literatura latinoamericana, algunos olvidados o conocidos sólo en sus respectivos países: reediciones de obras nuevas y aún novísimas que se ponen al alcance del lector hispanoamericano.

El impacto de esta política cultural a escala hispánica no deja de sentirse en todo el continente, y aún fuera de él. Marcha, por ejemplo, recibe un impulso extraordinario del ejemplo cubano y se convierte en uno de los órganos de difusión y ampliación de una política cultural revolucionaria que está reducida en su influjo por el bloqueo. En México y en Argentina (para citar dos ejemplos) tanto Siempre! como el nuevo semanario Primera plana siguen de cerca el ejemplo de Casa y aportan a él nuevas perspectivas. Pequeñas editoriales, como Era en México, Jorge Álvarez y Galerna en Buenos Aires, la Editorial Universitaria de Chile o Arca en Montevideo, reciben un fuerte aporte cubano. Muchas revistas se crean para sostener en cada país la línea de la liberación cultural latinoamericana que Cuba patrocina tan activamente. Hay un permanente intercambio, viajes y congresos, coediciones y números de homenaje, que permiten burlar el bloqueo y desarrollan una verdadera revolución cultural en toda América Latina. Aunque el Brasil queda un poco aislado por su lengua de gran parte de este movimiento, en el teatro y en el cine brasileños se establece un intercambio permanente con esta revolución cultural.

Hay aquí un boom indiscutible, el primero que valga la pena examinar: el boom de la literatura latinoamericana (y no sólo de la novela), promovido por un pequeño país sitiado pero apoyado, ampliado y difundido por la izquierda intelectualmente poderosísima de todo un continente. Sin este boom, el otro, el que todos comentan, tal vez no hubiera llegado a ocurrir, o no habría tenido la misma repercusión.

La política española del libro

Desde otro campo del espectro político, de la España de Franco, llegará el impulso que convertirá este boom latinoamericano, esta revolución cultural cubana, en boom realmente internacional. La base económica preexiste al boom: es la necesidad de la España de Franco de rescatar el mercado hispanoamericano del libro que había dominado por completo hasta 1936 y que, a partir de esa fecha, era controlado por editoriales mexicanas y argentinas, sobre todo. En los cincuenta, España trata de reconquistar al mercado por la centralización de las exportaciones, realizadas con el apoyo masivo del régimen; por una política de traducciones de cuanta obra puede atraer a toda clase de lectores; por la promoción de la novela y la poesía españolas mediante innumerables y por lo general mediocres concursos. Aunque se produce un renacimiento de las letras españolas después del nuevo Desastre que significó la victoria de Franco, ese renacimiento no es suficiente, ni cuantitativa ni cualitativamente para sostener una política cultural tan agresiva como lo es la del régimen. El triunfo de Fidel Castro y de la izquierda intelectual latinoamericana habrá de dar, paradójicamente, a la intelligentzia española la posibilidad de conciliar sus intereses con los del régimen.

Tal vez la editorial española que mejor aprovecha las circunstancias es Seix Barral, de Barcelona. El interés de la editorial por la literatura hispanoamericana tiene a Joan Petit, a José María Castellet y a Carlos Barral como principales promotores. Será precisamente con el nombre del primero (muerto prematuramente) que se bautizará originariamente el importante Premio Biblioteca Breve, de novela, abierto a escritores hispánicos. En forma harto significativa, el Premio es otorgado sucesivamente al peruano Mario Vargas Llosa, en 1962, por La ciudad y los perros; al mexicano Vicente Leñero en 1963, por Los albañiles; al cubano Guillermo Cabrera Infante en 1964, por Vista del amanecer en el trópico (que sería rebautizado Tres tristes tigres, al publicarse en 1967); al mexicano Carlos Fuentes en 1967, por Cambio de piel: al venezolano Adriano González León en 1968 por País portátil. En 1969 el Premio habría sido concedido al chileno José Donoso, por El obsceno pájaro de la noche, si no lo hubiera impedido una escisión dentro de la firma editorial, que llevó a Carlos Barral a retirarse para fundar una editorial propia, y a la suspensión del premio (ya designado) para ese año. La casa Seix Barral ha continuado con el premio que ha recaído, en 1971, en una escritora cubana, Nivaria Tejera. También Barral Editores ha creado su Premio, otorgado en 1971 al argentino Haroldo Conti por su novela, En la costa. La lista de premios hispanoamericanos podría haber sido aún más larga si el jurado de Seix Barral no hubiera creído necesario preferir en algunos casos una novela española de mérito sin duda menor, como Algunas tardes con Teresa, de Juan Marsé, a un libro verdaderamente renovador como La traición de Rita Hayworth, del argentino Manuel Puig. Pero aún así, el número de novelistas premiados por esta casa editorial es muy significativo. A través de estas ediciones, subvencionadas por la política de exportación del Gobierno de Franco, el escritor latinoamericano alcanza un público hispánico más vasto que el que obtienen por lo general las ediciones no subvencionadas de América Latina.

La batalla en las revistas

Para entender el alcance de esta difusión a nivel continental y que tiene como focos Cuba y España, hay que recordar que en cada país de América Latina existen focos más pequeños, a veces minúsculos, pero de orientación similar. Algunos de estos focos alcanzan una proyección continental. Ya se ha mencionado Marcha. Conviene examinar, brevemente, al caso del semanario argentino Primera Plana. Fundado hacia 1962 por Jacobo Timerman (uno de los periodistas más "fundacionales" de la Argentina), Primera Plana responde casi inmediatamente a los intereses del boom. De hecho, es tal vez la publicación que mejor populariza la bendita onomatopeya. Se necesitaría una investigación, como las que tan finamente realiza Ángel Rosenblat, para determinar el origen exacto de la palabra en la jerga periodístico-literaria de América Latina. Sospecho que aparece en la Argentina, tomada como préstamo de Italia (donde tanto se habló en los años cincuenta de "il boom economico"), la que a su vez la toma del inglés. En el Shorter Oxford English Dictionary (tercera edición revisada, 1962, p. 203, primera columna), la palabra aparece fichada en la acepción actual en los Estados Unidos, 1879:

1. -A start of commercial activity; a rapid advance in prices: a rush of activity in business or speculation.

2. -The effective launching of anything upon the market, or upon public attention: an impetus given to any enterprise: a vigorously worked movement in favour of a candidate or cause 1879.

La definición del diccionario, principalmente la segunda acepción, deja bastante claro la promoción a la vez económica y política que la palabra boom implica. Tal vez sea por esto que los puristas del lenguaje (que están dispuestos a aceptar otras onomatopeyas) se escandalizan por los sórdidos orígenes de esta palabra. También los políticos se escandalizan porque la palabra deja demasiado a la vista los mecanismos de poder que ellos tienen tanto cuidado en ocultar. Sea como sea, la palabra está ahí y mi conjetura es que se empezó a usar sistemáticamente a partir de Primera Plana. Por lo menos, ahí es donde la encontré yo.

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