

Carlos Victoria y yo trabajamos en el mismo edificio más de quince años, buena parte de ellos en el mismo piso, algunos incluso en el mismo equipo de redacción, en El Nuevo Herald. Como teníamos horarios casi idénticos, a menudo salíamos juntos, echando una parrafada de despedida. Con ninguno de mis amigos más cercanos, los de compartir “la última cena”, tenía yo un contacto personal más frecuente. A raíz de su muerte, empecé a hacer una lista de temas que de seguro no se nos hubieran quedado en el tintero. Y como era el único de mis amigos de Miami que todavía iba regularmente al cine, éste ocupaba un lugar destacado en la conversación, y en esa lista póstuma.
Por ejemplo, Shine a Light, el documental de Scorsese sobre un concierto de los Rolling Stones en Nueva York en 2006. Carlos y yo habíamos ido a ver a los Stones en el estadio Orange Bowl de Miami en los años 90, un jolgorio vespertino que duró más de seis horas porque incluyó otros tres grupos teloneros. Shine a Light la vi literalmente solo -era el único espectador en la sala una tarde de miércoles-, lo que me permitió corear a toda voz, por encima de la banda sonora, las letras y los pedazos de letras que me sabía.
Imagino que hubiera disfrutado como yo de The Stranger Tour, documental que transmitió el año pasado la televisión sobre la gira recapituladora de Billy Joel. Debo añadir, aún en terreno pop, que también fuimos juntos a la escala miamense de Simon y Garfunkel, reunidos fugazmente.
¿Qué hubiera pensado Carlos de My Blueberry Nights, la película americana de Wong Kar-wai, que a mí me pareció tan mala, pese a que lo amábamos tanto, y de quien habíamos visto juntos, y encantados, su cinta anterior, 2046? (Como teníamos un día libre en común, el sábado, de vez en cuando nos poníamos de acuerdo para ver algún estreno.)
Pero no era sábado sino día de trabajo, y tampoco un estreno, cuando fuimos con otros dos amigos (Jorge Posada y Chago Rodríguez) a una tanda de mediodía para una rarísima reposición de The Searchers. Y como el clásico oeste de John Ford aparecía a menudo en las programaciones del cable, lo conversamos hasta la saciedad cada vez que venía al caso.
O podía ser Ozu, otra pasión de Carlos, que fue coleccionando poco a poco la obra del director japonés y cuyo Late Spring heredé en casete -aquí lo tengo a la vista, oyendo la conversación- una vez que la tuvo en DVD y ya no quiso volver atrás en la tecnología.
No todos nuestros temas eran así de elevados. Recuerdo cada año, en realidad dos veces al año, sus diatribas contra el cambio de hora (adelantar una en primavera, atrasarla en otoño) por los trastornos que le causaba a su reloj biológico, a sus horas de sueño, a su estado de ánimo: un jet lag de peregrino inmóvil.
No muchos saben que Carlos, aunque no cocinaba, leía con fruición libros de cocina. Era asiduo a mi mesa -todo lo asiduo que le permitía su creciente horror al tráfico azaroso del trayecto, para él interminable, de su casa a la mía- y le gustaba especialmente el arroz con pollo de mi mujer. No sé si será por eso que, cuando Amir Valle me pidió para Otrolunes unas líneas sobre Carlos en el segundo aniversario de su muerte, lo primero que me vino a la mente fue que los dos preferíamos los espárragos blancos. Bueno, ya advertí que no todo lo nuestro era de altura.
(Cuba, 1942). Escritor, crítico, traductor y periodista. Licenciado en Literaturas Hispánicas por la Universidad de Oriente, donde luego sería profesor. Durante su estancia en Cuba fue miembro del Consejo de Redacción de la revista El Caimán Barbudo y Secretario de Redacción de la revista Casa de las Américas. Desde su llegada a Estados Unidos, en Miami, trabajó 21 años como editor de mesa, y escritor ocasional, en los diarios El Nuevo Herald y The Miami Herald.