Doctor Amoribus,
Consultor erótico y sentimental
(X)

Novela por entregas

Marco Tulio Aguilera Garramuño

marco-tulio-aguilera-otrolunes32Luego de la experiencia vivida gracias a la publicación en estas páginas de la novela por entregas La sangre del Tequila, del escritor cubano Félix Luis Viera, sección que se convirtió en una de las más leídas de OtroLunes, tuvimos el honor de que el prestigioso escritor colombiano Marco Tulio Aguilera Garramuño decidiera retomar el batón de relevo y nos propusiera, también por entregas, su novela Doctor Amoribus, Consultor erótico y sentimental.

Empezamos así una aventura que nos hace sentir orgullosos por partida doble: Marco Tulio Aguilera Garramuño, además de trasmitirnos parte de su prestigio a través de las colaboraciones que nos cede en cada número como columnista, ahora redobla su aporte a la calidad de nuestra revista ofreciéndonos esta obra que, como comprobarán nuestros lectores desde el primer fragmento, será sin dudas uno de los platos exquisitos de cada número a partir de hoy.

Continuemos entonces esta aventura iniciada por este narrador colombiano en nuestro OtroLunes 32: una nueva novela a conquistar (o para que nos conquiste), como nos gusta decir, con este nuevo capítulo «recién acabadito de sacar del horno».

Redacción de OtroLunes

 

APASSIONATA CUM LAUDE

 

Amado miró con moroso deleite el callo violinístico  –esa mancha horrorosa que todo violinista que se respete debe portar como marca de Caín, herida de guerra y condecoración, signo de pertenecer a una raza aparte, en el sitio donde apoya el instrumento, bajo el lado izquierdo del maxilar y que él mismo amoroso como aprendiz no había desarrollado más allá de una llaga infame en sus tiempos de mayor furia y soledad– y notó que estaba adornado por una pelusilla rubia, densa y trigal.  La Korolenko tenía un callo violinístico extraordinario, fieramente visible. Otras violinistas de la Sinfónica usaban gaznés, bufandas, cuellos altos, para ocultarlos. La Korolenko lo exhibía como la mujer que anda con las tetas por delante simulando banderas de triunfo y estandartes de disponibilidad.

–Lo que yo necesito –dijo con un aire que el profesional del amor calificó 20% Mata Hari, 30% Ninoshka-Greta Garbo y el resto snob centroeuropeo– son dos brazos que me abarquen, me guarden, me oculten, me hagan desaparecer. Leí el aviso clasificado y me pregunté qué diablos había detrás de semejante presunción. Por eso te llamé.

Antes que nada recitó su currículum. La Koro habla mejor español que Juana la Loca. Ha estado en España, Cuba y Chile, siempre como primer violín y espectáculo incomparable, con sus terciopelos del viejo régimen, sus aires de personaje de Broch y su insufrible sofisticación. De todos los países ha archivado gestos,  manías, tics, expresiones, acentos, modismos, de modo que resultaba un especímen verdaderamente inclasificable.

–Si te bastan dos brazos –respondió Amado– creo que tengo la solución justa a tu medida: un chimpance de Mauritania, que tiene las extremidades superiores más prolongadas de los antropoides. O, si lo que quieres es vigor y no extensión: un gorila del Borneo, que posee bíceps robustos, peludísimos y arrulladores. Lo que yo te ofrezco es un corazón apasionado y un espíritu comprensivo, a muy bajo precio.

La Korolenko, que tenía como todas las mujeres que se dan su importancia, poquísima capacidad para entender ironías, o que prefería esquivarlas en aras de su hipócrita y bien montado espectáculo, despojó a Amado de la camisa. Estuvo recorriendo el torso del amoroso con deleite  y cálculo de compradora.

–Lo que yo necesito es un torso para apoyarme en él.

–En la morgue, alias anfiteatro, del Hospital Civil, hay gran cantidad de torsos, algo fríos, es cierto, pero dignos de admiración, como todas las obras del Señor.

La Koro parecía estar en otra parte. Todas las mujeres, cuando están dispuestas a la entrega, fingen ausencia, acaso para después protestarse inocentes.

Desnudó su hombro derecho y lo acarició al tiempo que se revolcaba en su pasado. Dijo que su madre, a los 16 años, anduvo esquivando las  bombas alemanas y que en un brazo portaba un fusil y en otro, una deliciosa niña rubia de ojos color  sky blue.

Y para dar vida a tales historias, salió al jardín de La Quinta de Pérez, donde rentaba su pent house, disfrazada de revolución francesa, en un hombro portando una escoba y en el brazo opuesto una almohada, se tiró al suelo, avanzó a gatas y reprodujo el estallido de los obuses y los ruidos de las gentes al correr y el silbido de las balas y el estruendo de los tanques triturando los huesitos de leche de los niños varsovianos.

Los anteojos que soslayaban la horrísona nariz –los primeros, aparatosos; la segunda, digna de Cyrano de Bergerac, detalles estos dos discordantes en aquel portento de hembra– y ocultaban sus hermosos pero glaciales ojos, cayeron, y la Korolenko, cegatona como era, tuvo que abandonar a su hija y a su fusil para buscarlos (anteojos, claro) entre las frondas de selva alta perennifolia del jardín.

Una vez que volvió a la compostura, asumió un papel rigurosamente apasionado, de mujer que ha vivido a fondo y tocado todos los límites de las emociones y perversiones y deleites humanos. «Soy tan vehemente en todos los actos de mi vida, que más de un hombre ha escapado de mí  para no verse arrastrado a la locura o a otro destino menos elegante. Mi vida ha estado llena de delirios, no conozco la paz, cuando me entrego me convierto en esclava, en protohembra, en prostituta, en asesina. Si eres prudente debes huir inmediatamente».

Se puso el dorso de la mano derecha en la frente, con la otra mano trazó nubes de gasa en el aire, alzó la cabeza al cielo, dejando ver su callo violinístico, que se antojaba una bestia peluda avanzando hacia la tersura del rostro.

La Korolenko con un ojo miraba el empíreo sublime, con el otro espiaba las reacciones de Amado. Al verlo tan indiferente a su pasión en hervidumbre, le dijo que era un coqueto, un superficial, un témpano, una persona que no había tenido jamás acceso a la puerta de marfil de la creación o a la puerta de diamante de los sueños.

–Pos si yo soy coqueto y superficial, niña, vos eres una snob, una cursi y una gilipolla  mastuerza.

–¡Mein Gott, qué asquerosas y poco discretas palabrotas! –gritó la Korolenko–: por eso, precisamente, por eso, detesto a los españoles. No saben dominar sus pasiones para convertirlas en arte: todo se les va en ajos y pasodobles.

Hacía un calor de aire inmóvil en pleno desierto de Arizona. En el curso de seis horas la Korolenko se duchó diez veces, y en todas las ocasiones hizo ostentación de su cuerpo lácteo y de su capacidad histriónica. Cada toalla era una túnica que la hacía variar de nacionalidad: fue hindú, árabe, zapoteca, mormona. Al final, con un turbante tunecino y un velo transparente pakistano, se dedicó a fingirse Tartini, y en el instante de emitir unas inimitables y casi imposibles  de interpretar florituras, se le cayeron turbante, velos y así, desnuda y enfebrecida, vestida apenas con su callo violinístico y la pelambre de su resumidero natal, terminó la actuación, sudorosa, feliz, orlada por la certeza de que se había puesto en contacto con el espíritu mismo de la música.

Amado entendió: la Korolenko había demostrado con hechos, deeds, hazañas espirituales, su afirmación: era en efecto, apasionada en grado sumo, apasionada cum laude.

Tras el undécimo duchazo, perfumada y serena, la Koro regresó. Toda la función tenía que llevar a alguna parte y ahora la jugada debía correr por parte del amoroso. La tomó pues de los hombros y la tendió en la cama –una losa de concreto sobre la que se había instalado un colchón, cobijas inmaculadas, un ederedón mullido y una piel de oso blanco– en posición decúbito ventral. Acarició su espalda con deleite y le recitó un poema.

A la très chère, a la tres belle

al tiempo que la Koro lanzaba exclamaciones más de afectación que de placer

                                               Qui remplit mon coueur de clarté

como si ese cuerpo de juiciosa blancura fuera el pollo rostizado del amor, la hizo girar hasta la posición decúbito dorsal, para proceder a acariciarle los senos

                                               A l’ange, a l’idole immortelle

los circunsenos y territorios del septentrión. De nuevo, una vez cumplida la labor milimétrica de besar, lamer, mordisquear, ramonear y acariciar el haz y el envez, pronunció

                                               Salut en l’immortalité!

Del Autor

Marco Tulio Aguilera Garramuño
(Bogotá, 1949) Publicó su primera novela en Buenos Aires cuando tenía 24 años. La obra Breve historia de todas las cosas fue presentada con gran estruendo publicitario por Ediciones La Flor, diciendo que era mejor que Cien años de soledad y que Marco Tulio era un escritor mejor que García Márquez pero sin bigote. La crítica se ensañó con el novato. Mediando el año 2002 Marco Tulio ha publicado más de veinte libros, ha recibido decenas de premios literarios, entre nacionales e internacionales; ha sido aclamado por críticos y lectores de muchos países. Entre sus títulos memorables están Cuentos para después de hacer el amor, Mujeres amadas y Los placeres perdidos. A principios del 2002 aparecieron en México las novelas La hermosa vida y La pequeña maestra de violín, pertenecientes a la tetralogía "El libro de la vida", cuyo primer volumen, ya publicado, se llama Buenabestia / Las noches de Ventura. Es investigador de la Dirección Editorial de la Universidad Veracruzana, en México; durante cinco años ha mantenido el máximo nivel de productividad académica de dicha universidad; ha sido galardonado con los títulos de Creador Artístico y Creador con Trayectoria del Estado de Veracruz; ha sido becario residente del Centro Banff para las Artes de Canadá, y ha dictado conferencias en universidades de varios países.