El 23 de abril de 1992, al entregarle el Premio Miguel de Cervantes Saavedra a la cubana Dulce María Loynaz Muñoz en el Paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares, el Rey de España Juan Carlos I se dirigió a ella con un título ennoblecedor: después de obsequiarle la Medalla y Diploma del galardón, la nombró como “La Dama de América”. Desde su silla de ruedas, la frágil viejecilla caribeña sonrió suave y enigmáticamente. A su lado, empujando la silla, enfundado en elegante chaqué y rebosante de vanidad, se encontraba Lisandro Otero, quien unos pocos años antes le había negado a Dulce María el Premio Nacional de Literatura y la llamó “vieja batistiana, gusana y contrarrevolucionaria”.
Las raíces
Es interesante y poco conocido el camino que recorrió Dulce María para llegar a ese momento. Por parte de su padre, Enrique Loynaz del Castillo, provenía de una familia de patricios asentados en Cuba desde el siglo XVII –según la tradición hogareña, Silvestre de Balboa y Troya de Quesada, autor del Espejo de paciencia (1608) era uno de sus antepasados; igualmente, la célebre poetisa Gertrudis Gómez de Avellaneda también tenía vínculos familiares con ella, así como algún mártir jesuita en el Japón, San Martín de la Ascensión- que en 1868 se lanzaron valientemente a la manigua tropical para buscar la emancipación nacional, como los Céspedes, Agramonte y Aguilera (“la independencia de Cuba la hizo mi familia”, solía decir irónicamente Dulce María); por parte de la madre, Mercedes Muñoz Sañudo, era una de las más ricas herederas de la isla y hasta contaban con un título nobiliario[1]. De este matrimonio nacieron cuatro hijos, todos notables cada uno en su dimensión propia: Dulce María, Enrique, Carlos Manuel y Flor: además, todos poetas con diverso oficio y ejercicio.[2] Los padres se divorciaron en una época cuando esto era rarísimo en Cuba, pero el General Loynaz tuvo otros hijos en el siguiente matrimonio y otras aventuras: un detalle, a otro hijo del segundo matrimonio también lo nombró “Enrique”, lo cual generó algunas confusiones posteriormente[3].
El premio
Como invitada oficial del Estado Español para recibir el Premio “Miguel de Cervantes”, de todos los alojamientos posibles ofrecidos, Dulce María eligió la Residencia de Estudiantes de la Universidad Central –Complutense- de Madrid, no sólo por su recuerdo de Federico García Lorca, sino también por sus otras amistades españolas que allí vivieron en algún momento: Juan Ramón Jiménez, Zenobia Camprubí, María Zambrano, Carmen Conde y varios más.
Ese año, la decisión del jurado del premio tomó por sorpresa a muchos. En dicha oportunidad, la candidatura oficial que habían presentado las autoridades del gobierno en Cuba fue el gran poeta Eliseo Diego. El escritor cubano exiliado en Londres, Guillermo Cabrera Infante reaccionó con cierto despecho al enterarse del premio otorgado a Dulce María, extrañándose de que se lo hubieran concedido a “una desconocida”. Y no dejaba de tener cierta razón, pues estaba bastante olvidada en ese momento. Según se filtró, al conceder el premio a la poetisa –ella insistía en ser calificada así, no como “la poeta”, expresión que detestaba- se buscó con esta decisión honrar “a las dos Cubas”, mediante una figura señera del llamado “exilio interior”, prácticamente la única que quedaba en la isla.
Pero algo que ha sido silenciado y ocultado es que la propuesta del Premio a Dulce María no salió de Cuba, sino de México.
Ángeles anónimos
Detrás de ese resurgimiento como “Ave Fénix” americana de Dulce María estuvieron dos personas, bien distintas entre ellas. Por un lado, una funcionaria entonces del Comité Central del Partido Comunista (el único existente) de Cuba, mulata cubana, Lucía Sardiñas, de “la vieja guardia revolucionaria”, y de los poquísimos seguidores que todavía viven como piensan, y un español republicano exiliado muy joven en México, publicista y filántropo, Eulalio Ferrer, dueño del Grupo Ferrer y patrocinador, entre otras actividades de mecenazgo cultural, del Festival Internacional Cervantino y el Museo del Quijote en Guanajuato.
Cuando Dulce María estaba, más que olvidada, totalmente apartada y segregada en su país, fue la humilde y callada Lucía Sardiñas –pocos saben que obtuvo con brillantes calificaciones un Doctorado en Lingüística y fue discípula dilectísima de la latinista Vicentina Antuña Antich, pues siempre la han visto sólo como discreta y reservada “funcionaria”- un día, hablando sobre Dulce María, me preguntó qué era lo más le agradaría, si quería publicar algún libro suyo (por su posición oficial, en ese momento Lucía tenía todo en sus manos para hacerlo realidad) y le respondí, sin dudarlo un segundo: que le editaran las Memorias de su padre, el General Enrique Loynaz del Castillo. Llevé a Lucía a casa de Dulce María, las presenté y de inmediato entre la aristócrata octogenaria y la adusta, discreta y modesta funcionaria se estableció una auténtica corriente de simpatía. A los pocos meses, después de haber sufrido mil penurias durante muchos años de falsas ilusiones y promesas que no viene ahora al caso comentar, Dulce tuvo la satisfacción de tener en sus manos el primer ejemplar del libro que escribió su padre con una escritura endiablada, y ella amorosamente transcribió con fidelidad y veneración: las Memorias de la Guerra, que dedicó con mano temblorosa a Lucía. Y el segundo ejemplar, me lo dedicó con el tratamiento que solía darme, “Benjamín” por ser el más joven miembro de la Academia Cubana de la Lengua entonces.
Estas memorias las había preparado Dulce desde 1965, al poco tiempo de fallecer su padre en 1963, el último general independentista, y ser enterrado sin los honores militares que le correspondían por su alta graduación, ejecutoria y servicios eminentes a la Patria: era parte de un pasado que se quería borrar y eran otros los “héroes” nuevos… Ese dolor le llegó hasta lo más hondo a Dulce y también a su hermana Flor, pues así me lo confesaron ambas. Todos los otros agravios que les hicieron eran poca cosa junto a eso: los reiterados registros de sus casas, las violentas detenciones, la grosera vigilancia perpetua, nada significaban ante la injusta y cruel afrenta de enterrar a su padre sin permitir que recibiera los honores que se le debían a un compañero de armas de Antonio Maceo, José Martí y en especial de su admirado jefe, Serafín Sánchez, quien murió mientras combatía a su lado en la batalla de “Paso de las Damas” (uno de los pasajes más enternecedores y conmovedores de sus memorias); además, el autor del inmortal himno del Ejército Libertador: “ A las armas valientes cubanos, a Occidente nos llama el deber…” Esta pieza es considerada aún hoy como “el segundo himno nacional cubano”.
Después fueron muchas más las atenciones y finezas de Lucía para Dulce y es justo decirlo y proclamarlo, pues la poetisa ya no está y la otra nunca hablará. Pero nunca olvido que “la palabra es para decir la verdad” y que “honrar, honra”.
El otro benefactor de Dulce, varios años después, fue Eulalio Ferrer, como ya dije, gran publicista, escritor y filántropo hispano-mexicano, con quien establecí amistad desde mi llegada a México en 1987.
En 1991, gracias a la gentil disposición y el generoso apoyo de dos buenos amigos, los escritores Gonzalo Celorio Blasco –entonces Coordinador de Difusión Cultural de la UNAM- y Hernán Lara Zavala –Director de Literatura- se publicó un cuaderno con dos poemas de Dulce María[4] que edité y prologué, en la prestigiosa colección universitaria “Material de Poesía”, con una amplia tirada de ejemplares. Era muy sencillo pero también digno y sobrio. Y además, era la primera vez que se editaba algo de Dulce María en México, y en la isla apenas poco tiempo antes Jorge Yglesias (“Bielinsky”) había publicado sus Poemas náufragos, mientras en España Felipe Lázaro reeditaba La novia de Lázaro. Cuando apareció impreso, además de enviarle a Dulce María un paquete de ejemplares, de los que me correspondían le llevé uno como obsequio a Eulalio en sus oficinas de Insurgentes y Miguel Ángel de Quevedo, donde se encontraba el edificio del Grupo Ferrer. Lo recibió gentilmente como el hidalgo español que era, hablamos sobre la autora, y me despedí, pues era horario de trabajo. Esa misma noche cuando llegué a casa, recibí asombrado la llamada entusiasta de Eulalio, cuya voz se oía emocionada: “Es una poetisa maravillosa esta Dulce. Después de devorar tu libro encargué me consigan todo lo que se pueda de ella y quiero conocerla de inmediato…” Le proporcioné todos los datos para poder localizar a Dulce María (dirección, teléfono) y le avisé a ella, a través de mi madre, que irían a verla desde México. En efecto, a los pocos días partía para Cuba Eulalio con su gran amigo –también mío muy querido- el enorme Pepe Cuarón, y además de arreglarle a distancia el encuentro con ella, les sugerí que si querían tener una atención especial con ella, le fascinaban los chocolates…
Cuando al cabo de la semana regresaron, Eulalio me convocó a su oficina y me dijo: “Es una de las más grandes poetisas hispanoamericanas y tiene que recibir el Premio Cervantes…” Yo asentí alborozado pero sonreí por dentro, pensando que las autoridades de Cuba nunca apoyarían esa propuesta y así fue en efecto. Ese año el gobierno de la isla propuso como su único candidato oficial y con todos los apoyos necesarios al gran poeta Eliseo Diego. Eulalio era suave pero muy firme en sus propósitos –clave de su éxito como persona, escritor y empresario- y se lanzó a España para hablar con Don Inocencio Arias y hacer que conociera la obra de Dulce María y su personalidad. Entonces, Arias era el poderoso Ministro para Iberoamérica y gran amigo personal de Eulalio, y según éste fue quien propuso, persuadió a los jurados y logró que ese año Dulce María, “La Loynaz” como la llamaban despectivamente algunos en la isla, fuera honrada con el premio más importante de la lengua española.[5] La misma noche cuando se dio a conocer el premio, recibí en México una llamada telefónica de mi buen amigo Eliseo Alberto de Diego, quien con su voz profunda y de suave reproche me dijo: “Al fin te saliste con la tuya, Ale… Te felicito y me alegro. Pero por dárselo a Dulce no se lo dieron a mi papá…” Al poco tiempo, el gran Eliseo fue galardonado con el Premio Internacional “Juan Rulfo” de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, premio continental latinoamericano que se hombrea con el Cervantes… Más allá de la generosa exageración del querido Lichi, me complace haber podido ayudar aunque fuera indirectamente con un diminuto pero al parecer oportuno grano de arena en ese renacer de Dulce María.
En realidad, “a la tercera fue la vencida”: Dulce María Loynaz fue propuesta dos veces antes al Premio “Miguel de Cervantes”. La primera fue en 1984, y la propuse yo, en el seno de la Academia Cubana de la Lengua, moción que fue secundada por los otros colegas. Así debe constar –de conservarse- en las Actas de la Academia, que entonces llevaba como Secretario Perpetuo Delio Carreras Cuevas. Al finalizar esa sesión, Dulce María me pidió que me quedara con ella y me comentó a solas: “No sabes cuánto te agradezco que hayas pensado en mí para ese honor, pues ninguno de mis compañeros, aunque me conocen desde hace años, lo hizo…”
La segunda oportunidad fue a mediados de 1987, pero resultó muy peculiar: por encontrarme enfermo, durante dos meses no pude asistir a varias sesiones de la Academia, y al reincorporarme me enteré que como cada año había llegado la convocatoria de Candidaturas para el Premio Cervantes, pero no se había propuesto a nadie. Entonces, a título personal –sólo se lo informé (no consulté) a Dulce María- fui a ver al entonces Embajador de España en Cuba, Don Pedro Serrano de Haro (por cierto, excelente poeta) en sus oficinas de Prado y Capdevilla, y le entregué en propia mano mi propuesta individual para que Dulce María fuera considerada como candidata al Premio. Como fue una gestión privada, no creo que se guarde constancia en la Academia Cubana de la Lengua, pero sí en los archivos del Premio Cervantes en España según se ha mencionado en alguna oportunidad. Este amable y gentil embajador español fue un decidido apoyo de la Academia Cubana en aquellos tiempos tan difíciles, y brindó su ayuda para el sostenimiento de la misma, lo cual fue aviesamente aprovechado por algún inescrupuloso.[6]
Flor: un personaje en busca de autor
Al recordar a Dulce María no puedo evitar que me salte en el recuerdo su hermana Flor, “Beba” como le decíamos. Lejos de ser “una chiflada” como alguien ha dicho, era una persona centrada pero en su mundo muy particular, desde joven. Aún si no hubiera sido hermana de Dulce y de sus otros hermanos, ni hija del general mambí, habría que escribir un libro sobre ella. Era una excelente poetisa pero sus inspiraciones provenían de otra dimensión. Vegetariana desde niña pero al mismo tiempo fumadora empedernida de largos habanos y aficionada al buen ron, vivió gran parte de sus últimos años, antes de cambiarse a casa de Dulce, en su mansión del reparto La Coronela, en la Finca “Santa Bárbara” (Calle 212, esquina con 31, Municipio de La Lisa) dedicada así por la niña protagonista de la novela Jardín. Dulce solía decir: “Mi hermana es Flor, pero con espinas, y yo, de Dulce sólo tengo el nombre…” Tenía mucha razón. Ambas tenían temperamentos fuertes pero curiosamente complementarios: cuando estallaba una la otra la apaciguaba y lo contrario. Eran como el Ying y el Yang del Tao confuciano.
Algún día debería escribir sobre Flor con más espacio. Pero aquí, sólo para representar la relación con su hermana –la más importante de ambas, pues fueron las últimas de la estirpe, la mayor y la menor de los hermanos- debo señalar que era un personaje de leyenda: de joven se involucró con el grupo ABC y el Directorio Estudiantil Universitario, organizaciones de acción violenta, a tal punto, que fue quien manejaba el Fiat desde donde se disparó en el puente de “El Laguito” a Clemente Vázquez Bello, entonces Presidente del Senado durante el gobierno del Presidente Gerardo Machado[7]. Años después, cuando le presenté a una nieta de este señor, le dijo: “¿Tú sabes la historia, muchacha? …Hijita, pero eso fue hace tanto tiempo que tú no me tendrás rencor, ¿verdad?” Como un detalle asombroso relacionado con este suceso, debo comentar que en esa época, a pesar de la movilización policiaca, nunca se encontró el automóvil con el que se perpetró el atentado (además, pertenecía al padre de Dulce y Flor, entonces consejero de Estado). Para ocultarlo, Flor decidió esconderlo donde nunca se le ocurriría a nadie buscarlo: en el techo de su casa. Desconozco cómo lo subieron pero luego construyeron encima del auto una caseta de madera con una puerta apenas, y allí pude verlo en varias oportunidades muchos años después, tal cual estaba cuando lo ocultaron, con gruesas capas de polvo y espesas telarañas, como un testigo impasible del tiempo. Tengo entendido que ese auto se encuentra ahora en el Museo del Automóvil en La Habana Vieja.
Más tarde, durante una visita de Luis Buñuel a La Habana, se acarició la posibilidad de hacer una película con la novela Jardín, con una juvenil María Félix como protagonista y dirigida por el español, en esa misma casa, pero no prosperó el proyecto pues hubo una manifiesta incompatibilidad entre la todavía aun no “Doña” y la cubana.
Hubo que esperar mucho tiempo para que el cine llegara a esa “casa fantasmagórica”.
Cuando se filmó en su casa la película Los sobrevivientes (basada en un cuento de Antonio Benítez Rojo, “Estatuas sepultadas”), aquello fue entre epopeya y zarzuela: uno de sus queridos gatos murió aplastado por un desprendimiento del techo y se veló en su cama; “ofició” como “sacerdote” Germán Pinelli (interpretaba al padre Orozco en la película de Tomás Gutiérrez Alea; alrededor del lecho mortuorio, muy puestos en sus papeles, estaban también Enrique Santiesteban, Carlos Ruiz de la Tejera -recientemente fallecido-, Tomás Gutiérrez Alea y Eusebio Leal, quien dijo unas sentidas palabras de despedida al felino).
Habitaba sola la enorme mansión, vestida con una suerte de túnica griega y con el cabello cortado “a la motilona” (como si le hubieran colocado la mitad de un coco en el cráneo y afeitado el resto), fumando sus imponentes habanos y seguida por una multitud de perros y gatos. En unos de los Censos de Población –no recuerdo bien si fue en 1970- a un despistado encuestador le correspondió visitar la casa de Flor y ella misma me contó el diálogo; después de preguntarle sus datos generales como nombre completo y edad, le inquirió: “Profesión”. Respuesta lacónica de Flor: “Propietaria”. “Señora, dijo el muchacho, esa no es una profesión”. Y ella ripostó: “Eso lo dice usted, joven, porque quizá nunca ha tenido una propiedad, pero para ser propietario hay que ser abogado, arquitecto, plomero, electricista, psicólogo…” Imagino la cara de asombro del joven encuestador.
Flor y Federico
De todos los Loynaz, con quien tuvo verdadero afecto Federico García Lorca durante su visita a Cuba (que han exagerado y adornado con muchas falsedades, por cierto) fue sin duda con Flor, con quien el poeta granadino logró mayor cercanía, por su similitud de caracteres irreverentes y desenfadados. Dulce María, en cambio, sintió rechazo por Federico por varias razones: “Se aparecía en la casa y sin pedir permiso se ponía a tocar el piano y a cantar fandangos ¡a las 11 de la mañana, imagínate!” –me decía Dulce, airada porque a esa hora nadie respetable en La Habana estaba despierto o en situación de “recibir”. “Además –agregaba- hablaba en voz muy alta y tenía una risa fuerte y chocante, pero lo peor de todo es que tenía la pésima costumbre cuando ofrecíamos algún ambigú, de guardarse “sin envolver” los quesos, jamones y chorizos en los bolsillos del pantalón, y de ahí los iba sacando en medio de la conversación para comer… y luego te daba la mano para despedirse, chorreando grasa… Yo creo que lo hacía a propósito para molestarme…” Tanto la molestó que un día decidió cobrarse todos sus agravios y organizó una de las tertulias que habitualmente se realizaban en aquella casa de Línea, las llamadas “juevinas” (por el día de la semana). Cuando estuvieron reunidos en un salón, que según algunos recuerdan tenía el techo adornado con constelaciones y signos astrales, Dulce María propuso que el tema del día fuera que cada uno compusiera un poema pero en el estilo de otro poeta. Hubo quien escribió uno a la manera de Góngora, otro en el estilo de Martí, y así cada quien. Pero Dulce María, con muy avieso propósito, compuso uno en el estilo de Federico, con profusión de “verdes”, “lunas”, “gitanos”, “chopos”, “chumbos” y “panderetas”… Cuando lo leyó se hizo un completo silencio y ella sonrió victoriosa con su pequeña venganza… Todos se voltearon para mirar a García Lorca quien, impasible, fumaba un cigarrillo con las piernas elegantemente cruzadas, una fina sonrisa y los ojos chispeantes (todo esto contado por la propia autora de la “hazaña”). Y entonces Federico la miró y dijo: “¿Sabes algo, Dulce? Eso es lo mejor que vas a escribir en toda tu vida…”
Pero a Flor, lejos de eso, le encantó el andaluz y fueron muy amigos, al extremo que él le obsequió el manuscrito definitivo de “Yerma”, que después ella vendió a Martha Arjona para el Patrimonio Nacional (no sé dónde esté ahora el manuscrito); a Carlos Manuel[8], Lorca le obsequió el manuscrito de “El Público” (una de las dos versiones finales) que luego el pobre hombre quemó junto con toda su biblioteca en medio de un rapto de locura, muy frecuentes en él, pues terminó totalmente extraviado. Años después, alguno muy ignorante achacó a Dulce María haber destruido el manuscrito, pero ella lo aclaró. Por fortuna, alguien conservaba en una caja de seguridad en Suiza la otra versión del texto y así ha podido conocerse.
Un día de confidencias, le pregunté a Flor si “todo” lo que se decía de Federico era cierto, y después de dar una chupada a su habano me miró y dijo: “Se ha dicho que fuimos novios o amantes y no es verdad. Nunca le interesé a Federico y él tampoco a mí, pues éramos amigos. Pero tampoco es cierto que se haya ‘desatado’ en La Habana con otros placeres, porque era muy refinado y todo un “señorito andaluz”, con mucha clase y muy elegante a su manera.”
Cuando murió, en el Hospital “Hermanos Ameijeiras”, muy bien atendida, fuimos a enterrarla en uno de los varios panteones de la familia en el Cementerio de Colón. Por cierto, Flor era propietaria de numerosas propiedades en la necrópolis. Ante la capilla del cementerio, los pocos que asistimos tuvimos un momento de indecisión (en 1985 aún era muy fuerte la represión religiosa), y a falta de brazos capaces, cargamos el ataúd –que parecía vacío por su escaso peso- Juan Emilio Frigulls (simbólicamente, pues era muy alto pero de una delgadez extrema, antiguo cronista católico del Diario de la Marina y entonces reportero en Radio Reloj), Delio Carreras Cuevas[9] (cronista de la Universidad de La Habana, temblando, pues era muy temeroso), Eusebio Leal y yo. Oímos el responso, sacamos el sarcófago y fuimos a sepultarla. A falta de que alguien dijera algunas palabras de despedida, improvisé algunas, que ya no recuerdo bien. Eso fue todo.
Dulce María y Eusebio Leal
Como se ha hablado bastante de los vínculos entre este historiador y la poetisa, debo dejar aquí mi testimonio, advirtiendo de entrada que Eusebio y yo somos amigos hace más de 45 años, desde 1970, cuando yo estudiaba en una escuela secundaria (Forjadores del Futuro) casi frente (había sido la Embajada de Estados Unidos hasta su traslado a Malecón en El Vedado) al edificio, que aún no era museo y donde él era una especie de guardián-guía (custodio, sereno), que ofrecía recorridos guiados por el lugar, casi vacío. Independientemente de las variadas y muy opuestas opiniones que puedan tenerse sobre este personaje habanero, nadie puede negar su absoluta devoción al rescate de la olvidada, maltrecha y olvidada Habana Vieja, que si aún se conserva en algo es por su tesón y entrega alucinada. Quizá él entendió desde muy temprano que en una sociedad teocrático-militar como la cubana, sólo habían dos opciones posibles para progresar: ser guerrero o sacerdote, y él escogió la segunda. Algunas personas creen que la bondad de una causa merece el mayor sacrificio, hasta el de la propia honra. Así que si en algún momento –como oí a decirle a él por cierta funcionaria de la cultura ya fallecida, que le dedicó su odio más implacable, “Leal cambió la Biblia por la Agenda”- se entenderá que “su lecho no ha sido de rosas”…
Con los años, Eusebio terminó siendo vecino de Dulce (en uno de sus múltiples divorcios, Leal recibió abrigo de la familia Alvear, descendientes del constructor del acueducto habanero) en la Calle E (o “de Baños”), y su departamento entonces en una azotea, daba hacia la cocina de Dulce, lugar donde ella solía pasar gran parte de su tiempo con su prima Angelina, su hermana Flor y las dos sirvientas, que más bien ya se hacían servir por estar invidentes y casi paralizadas. Cuento esto para que se advierta que a pesar de su corteza dura y áspera, y hasta ríspida en ocasiones, Dulce también tenía un sentido del humor muy socarrón e irónico: un día al llegar a visitarla me llevó a la cocina y me dijo cuchicheando: “No sabes las peleas que tienen estos muchachos (Eusebio y su esposa de entonces, creo que ya la tercera, Yamileh Manzor). Se dicen cada cosas… Y ella, tan bonita, pero tiene una boquita…” Ambos nos soltamos a reír. Otro día le pregunté por qué no invitaba a Eusebio para integrarse a la Academia de la Lengua y me dijo: “No, Eusebio es un hombre de acción y de obras, pero no de reflexión y pensamiento”. Y no dijo más. Pero en algunos momentos difíciles y hasta peligrosos para ella, Eusebio no dudó en acudir en su ayuda. En los terribles tiempos del Éxodo del Mariel durante la primavera del nefasto año 1980, cuando tantos sueños y esperanzas se quebraron, y se desató toda la diabólica y dantesca represión posterior, con la chusma exacerbada y estimulada por el discurso oficial, un grupo de “vecinos” y hasta unas becarias estudiantes de enfermería que vivían en una residencia estudiantil frente a la casa de Dulce, como se decía entonces, “le hicieron un acto de repudio”. Dulce, Flor y las demás mujeres de la casa estaban aterrorizadas, pensando que las iban a linchar, pues arrojaban huevos, y hasta piedras contra la casa a los gritos de “¡Gusanas! ¡Apátridas! ¡Que se vaya la escoria!” y otros insultos… Eusebio pasó a buscarme –yo estaba sólo a dos cuadras- y juntos nos fuimos a enfrentar la plebe que afrentaba así un tranquilo hogar de mujeres ancianas e indefensas, y nos encaramos con la vociferante muchedumbre, diciéndole que ellas eran unas personas dignas e hijas de un general mambí. Poco a poco los fuimos calmando y aquello se disipó.
Dulce me contó después: “No sabes cómo les agradeceré que nos hayan salvado. Esto fue peor que cuando los agentes de la Seguridad irrumpieron en mi casa buscando una caja fuerte ‘con joyas y dólares’ en 1963 y la destrozaron a mandarriazos porque no encontraron nada… Pero aun así fueron unos caballeros en comparación con estas Furias…”
La Finca Santa Bárbara
Dulce María recibió la “Finca Santa Bárbara” como herencia. Me entregó las llaves para que cumpliera un encargo muy especial: rescatar los poemas que con mochitos de lápiz escribía Flor por las paredes a los minúsculos moradores de la mansión: no sólo era vegetariana sino que aborrecía cualquier exterminio de seres, incluidas las alimañas e insectos. Con sumo cuidado los fui desprendiendo de las paredes –escaseaba ya el papel- con una navaja y colocando los retazos (por fortuna la pintura estaba tan reseca que se desprendían con bastante facilidad), entre hojas de papel de estraza, y así se los llevé a Dulce, quien los transcribió. Tengo un cuadernillo de estos poemas de puño y letra de Dulce (quien creo recordar no sabía escribir en máquina), así como otros de sus hermanos.
Aunque se han difundido algunas inexactitudes e imprecisiones[10], fui yo quien presentó con Dulce a la alemana residente en Cuba Helga Neuffer, más tarde Duval, quien trabajaba en la representación de la firma Bayer en Cuba, y ella se interesó en comprar la casa a Dulce. Fuimos a verla varias veces, junto con una joven y bella amiga que me presentó Helga, la encantadora Liselotte (“Lilo”) Ransperger, secretaria privada del entonces Encargado de Negocios (aún no había embajador) de la República Federal Alemana en Cuba, Peter Hold, pues Dulce me lo encargó, pero entonces surgió la propuesta de que el Gobierno cubano la adquiriera (no que la expropiara ni traspasara) para establecer en ella la sede de la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano. El Doctor José Miguel Miyar Barruecos no “asedió” a Dulce, sino que gestionó con profesionalismo y respeto la adquisición, la cual resultó a entera satisfacción de Dulce, como ella me dijo. Se restauró la casa y cuando Dulce recibió la invitación para la inauguración, me encargó que fuera yo en su representación, lo cual hice acompañado de una amiga, bella profesora española, entonces directora y fundadora de la primera escuela para hijos de diplomáticos en La Habana, la “divina cordobesa, romana y mora”, María Pura Tena Guillaume, el 4 de diciembre de 1986, justamente el día de Santa Bárbara.
Allí escuché las palabras que dijo Gabriel García Márquez, donde calificó a Fidel Castro (a su lado) como “el cineasta menos conocido del mundo”. Según la versión oficial, publicada en Granma y otros paródicos, terminó con una frase: “Se aceptan donaciones”. Pero, aunque nada se publicó y nadie lo ha comentado, yo, que estaba allí, escuché que después García Márquez empezó a hablar del narcotráfico, entonces un tema muy candente pues apenas unos días antes el Departamento de Estado americano había “filtrado” que existían indicios sólidos los cuales apuntaban hacia la implicación de altos funcionarios cubanos, como el Vicealmirante Aldo Santamaría Cuadrado. Comentó “Gabo” que “los pueblos latinoamericanos tenían el derecho de producir y exportar drogas a EEUU, para compensar todo lo que le habían robado a nuestros países, y también para minar su juventud y que no pudieran ser soldados para combatirnos”. Fidel Castro, a su lado, lo miró complacido y no dijo una palabra, pero aplaudió discretamente, con una enigmática sonrisa en el rostro. No me lo contaron: yo lo vi. Junto a mí, la bella española me observó con ojos asombrados, pero no dijimos nada.[11]
Durante muchos años, Dulce María vivió recluida en su casona vedadense, alejada del “mundanal rüido” y viendo cómo a su alrededor se desplomaba su mundo y el país, con la dolorosa resignación de una sobreviviente que se negó a abandonar el país cuando la debacle se impuso: “la hija de una general mambí no deja Cuba: que se vayan ‘ellos’ primero”. Y me agregaba: “Tú escapa cuando puedas, porque esta isla es una gran trampa”. Rechazada por los comunistas y en condición de extrañamiento por sus “compañeros de clase”, Dulce María resistió en su fortaleza de muros derruidos, estatuas mutiladas y tiradas, y perros flacos, sarnosos y ladradores. Con una sorda resistencia y un empecinamiento admirable, siempre se refería a Fidel Castro como “el Primer Ministro”, nunca como “El Comandante” y menos como “El Presidente”.
Se refugió en esa casa, su hogar con su segundo esposo, el periodista canario Pablo Álvarez de Cañas –antes estuvo casada muy joven, por breve tiempo, con un primo suyo, “bello e inútil” según decía- y en ella recibió a personalidades como Gabriela Mistral. Como sus residencias fueron escenario -o motivaciones- de algunas de sus obras (poemas y una novela) es necesario aclarar para reparar las equivocaciones de algunas afirmaciones, que a la que alude en “Últimos días de una casa” es a la que ocupó con su madre y hermanas en la esquina de las calles de San Rafael y Amistad, en el Centro de La Habana, en los altos de lo que después fue una elegante joyería con el nombre de “La Maison Française” (me contó ella que enfrente vivía en una casa de huéspedes un joven español recién llegado a la isla, que la miraba desde el balcón: Pablo Álvarez de Cañas); la de la novela Jardín es la de la Calle de Línea en El Vedado[12] (tiene también entrada por la calle trasera, Calzada, con el número actual 1105, en deplorable ruina)[13], que además fue la que visitaron Federico García Lorca (quien la bautizó como “la casa encantada”), Vicente Blasco Ibáñez y de las tertulias comentadas por Alejo Carpentier –en alusiones[14]– y Virgilio Piñera, entre otros. La casona de la Calle E (antigua “Baños”) y 19 en El Vedado, su última morada terrenal, fue en la que se hospedó brevemente Gabriela Mistral –con un violento desenlace[15]– y donde durante muchos años sesionó la Academia Cubana de la Lengua (después de haber sido despojada del local que junto con sus hermanas de la Historia y de Bellas Artes ocupaba desde los años 50 en el Palacio del Segundo Cabo y haber sido trashumante entre las casas de Antonio de Iraizoz, Ernesto Dihigo López-Trigo y finalmente la de Dulce María).[16]
Dulce María, anfitriona
Aunque muy consciente de las limitaciones materiales prevalecientes, Dulce María no dejó de recibir en su mansión, a sus amistades y visitantes distinguidos. Esas ocasiones parecían evocaciones de un tiempo ya muy lejano, como ecos provenientes de otras épocas históricas. En las sesiones de la Academia nunca faltaban unas deliciosas limonadas –los limones provenían de los limoneros de Santa Bárbara, que traía su medio hermano Enrique- , servidas en finos vasos de cristal grabados, y con delicadas servilletas bordadas, sobre bandejas de plata.
Dulce María tenía además una sabia costumbre: disponía recibir sólo dos días a la semana en su casa, los miércoles y los viernes. Pero en cada caso era un grupo diferente. “Los de los miércoles” no podían juntarse con “los de los viernes”. Una vez le pregunté por qué: “Créeme que son muy diferentes –me dijo- sacarían chispas. Los he estudiado muy bien para ubicarlos en uno u otro grupo”.
Además, ella recibía estrictamente de cinco a siete de la tarde. Bajaba de su habitación –cuando todavía funcionaba el ascensor- y salía al portal, exactamente a “la hora de Ignacio Sánchez Mejías”. Y también con toda exactitud, a las siete se ponía en pie y empezaba a despedir sus invitados. A veces algunos se quedaban conversando un rato más en el amplio portal, pero ella ya se había retirado. “Es que ya me queda muy poco tiempo y no puedo desperdiciarlo. Todo lo realmente necesario se puede comentar en un par de horas. ¿Para qué más?”
En cierta oportunidad, quise hacerle un obsequio especial como muestra de mi agradecimiento por tantas atenciones y privilegios que me concedía, para asombro sobre todo de Flor (“No puedes imaginar el afecto que Dulce siente por ti, Benjamín”). ¿Qué podía regalar a una persona que prácticamente tenía todo? Entonces pensé que como una vez se había quejado por no tener papel para escribir, encargué con un amigo imprentero me hiciera un estuche con papelería grabada con su nombre, así como sobres de distintos tamaños para cada ocasión. Además, unas tarjetas de presentación en elegante caligrafía. Cuando se lo llevé todo (un día de su cumpleaños), me dijo, con una suave sonrisa: “Te lo agradezco mucho y sabes qué bien me viene esto. Sin embargo, las tarjetas creo que nunca las usaré… ¿Has visto que una reina deje tarjetas de visita cuando pasa por alguna parte?”
Ojalá que haya quedado a buen recaudo el patrimonio de Dulce María: además de las muchas piezas artísticas e históricas que formaban parte de su legado familiar, cuando huían del país muchas amistades le llevaban sus piezas más entrañables a ella para que las custodiara “hasta el regreso”, de tal suerte que era un museo formado por otros tantas colecciones diversas. Eran asombrosas sus colecciones de marfiles antiguos, abanicos, tacitas de café y té, porcelanas, opalinas (“no hay nada más inútil que una opalina -me decía- no pueden ni tocarse… pero son tan bellas”) y recuerdo en especial una pieza que sacó un día cuando hablábamos de su padre el general y me mostró: era un plato de porcelana muy sobrio, con borde dorado y en el centro pequeño y discreto, el Escudo Imperial de México: “Fue un regalo de Don Porfirio Díaz a mi padre, cuando fue Embajador Especial de Cuba en los Festejos por el Centenario de la Independencia de México en 1910, unos meses antes que estallara la revolución”. En el dorso del plato, se podía ver adherida una tarjeta de Don Porfirio y escrito de su mano: “Obsequio este plato donde realizó su última comida antes de ser fusilado en Querétaro, Maximiliano Archiduque de Austria, llamado Emperador de México, a mi querido amigo el General Enrique Loynaz del Castillo, Embajador de la hermana República de Cuba, como muestra de mi aprecio y admiración”. Y aparecía firmado con la elegante traza autógrafa de Don Porfirio. No he sabido nada de esta pieza nunca más.
Tenía también reliquias de santos, en enjoyados relicarios y custodias, entre ellas, las de su antepasado San Martín de la Ascensión (¿1566?-1597), conocido en el siglo como Martín de Loinaz y Amunabarro, uno de los 26 mártires jesuitas del Japón en el siglo XVI. Por otra parte, poseía derechos sobre el Marquesado de Santa Olalla, por línea materna, como demuestra Javier Gómez de Olea en un estudio ya citado. Irónicamente, Dulce María solía burlarse de aquellos que la catalogaban como “burguesa”: “En realidad, si a esas vamos, no soy burguesa, sino aristócrata”.
Dudo mucho que el piano que hoy se conserva en la casa de Calle E y 19 haya sido el mismo que tocaba García Lorca, en la Casa de Línea. Ella nunca me afirmó esto, pues solía referirse al piano de su juventud como uno de estudio, vertical, y no gran cola o media cola, como el de la última mención, siempre coquetamente cubierto por un precioso Mantón de Manila, que había sido de su madre, Doña Mercedes.
“Por una generosa distracción” –así la califiqué en mi discurso de ingreso- y por propuesta del lingüista Adolfo Tortoló, el poeta Arturo Doreste y la propia Dulce María Loynaz, y siendo Director el jurista Ernesto Dihigo López-Trigo, me incorporé como Miembro de Número de la Academia Cubana de la Lengua el 23 de abril de 1983, con un discurso dedicado a Don Raimundo Lazo Baryolo, que Dulce María respondió. Contaba yo en ese momento con 29 años de edad, edad absurda y merecimientos nulos para recibir semejante honor, que hoy –más maduro y menos insensato- hubiera agradecido sinceramente pero cortésmente declinado. En virtud de ello participé en la actividad de la Academia del mejor modo que entendí, al menos con intensa entrega, procurando dar muestras de esta manera de mi gratitud y compromiso.
Con Dulce María Loynaz ocurre hoy en día algo irónicamente muy similar a los casos de José Lezama Lima y Virgilio Piñera: algunos dicen no sólo que la conocieron, sino que la trataron íntima y cercanamente, oyeron sus confesiones, compartieron sus cuitas y hasta la protegieron. Debe ser porque se ha convertido en una figura de la mitología insular… Lo cierto es que a la casi totalidad de los que afirman lo anterior nunca los vi cerca de ella ni en su casa –de donde casi nunca salía- y se mantenían a saludable distancia.
Como se ha hablado –y escrito- mucho sobre Dulce María en los últimos tiempos y se han manejado teorías en ocasiones disparatadas, debo señalar al menos dos anécdotas que la retratan: un día, hablando de las mujeres jóvenes que escribían poesía en Cuba, me dijo: “Ahora les ha dado por llamarse poetas, como si la palabra poetisa fuera denigrante. Una mujer escribe como mujer, con intensidad propia y exclusiva de una mujer, y hasta hay una edad para escribir poesía amorosa: las jóvenes pueden escribir sobre el amor y lo erótico; las maduras y viejas, no. Es grotesco y ridículo. Por eso dejé de escribir poesía. Y yo exijo que me llamen poetisa, nada de poeta”.
Otro día charlamos largo rato sobre dos adjetivos que ella creía se empleaban muy mal, sobre todo por los políticos: “Honesto” y “Honrado”. “La honestidad -me decía Dulce- es virtud femenina y la honradez es patrimonio masculino. Una mujer puede ser honesta, pero el hombre no, pues es sinónimo de recato; el hombre es honrado, y gran parte de su honra se la debe a la honestidad de su mujer”.
Otro día, cumpliendo el encargo que me había hecho Gilda Betancourt Roa, entonces directora de la revista Revolución y Cultura para solicitarle un poema y publicarlo en un número dedicado a la poesía femenina en Cuba, Dulce me respondió afirmativamente, pero también preguntó quienes más iban a publicar ahí, y cuando le mencioné entre los nombres a Carilda Oliver Labra, pegó un salto y me dijo: “Te pido un favor: que no publiquen mis poemas junto a los de ella; no porque tenga nada contra ella ni su poesía, pero nuestras visiones de la poesía y del amor son muy diferentes… No hay por qué marcar el contraste”… Así se hizo. En ese número de la revista de 1985 aparecieron por primera vez los poemas de “Bestiarium”, de los cuales conservo una copia autógrafa de Dulce María, entre muchos manuscritos más.
Recuerdo que la primera vez que asistió a la oficialista Unión de Escritores y Artistas de Cuba fue sólo después de pedírselo insistentemente, y sólo logré conmoverla cuando le argumenté: “Pero Dulce, no puede dejar de ir: se cumplen los 50 años de la muerte de Federico y además, hablará Eliseo Diego y me pidió que usted no dejara de ir”. Ella enmudeció por un momento, se caló los espejuelos y me dijo: “Muy bien: iré. Pero con una condición: no te puedes separar de mí porque en cuando yo te haga un gesto me sacas rápido de esa cueva de bandidos…Serás mi chevalier servant”. La foto que se tomó esa tarde muestra a un grupo de escritores y detrás de ella, aparezco atento a “su gesto”, el cual no tardó en producirse después que tomaron la imagen.

En la foto, en primera fila: Eliseo Diego, Pablo Armando Fernández, Dulce María Loynaz, Aldo Martínez Malo, Miguel Barnet. Detrás: el autor de este artículo y en una esquina, de lado, Lisandro Otero.
Como los años van pasando y los recuerdos, igual que aquellas “penas que me maltratan”, se atropellan y también se van desdibujando, he preferido reunir en este volumen el conjunto de textos sobre Dulce María y documentos de ella, para que aquellos interesados en su obra y su personalidad puedan consultarlos si lo requieren, pues han estado dispersos en varias publicaciones y ahora forman un cuerpo unitario el cual adolece obviamente de repeticiones, que he preferido mantener para ser fiel al espíritu y al momento en que fueron escritos.
Creo se cumple una suerte de “justicia poética” (nunca mejor dicho) al publicar este puñado de artículos y testimonios documentales sobre Dulce María Loynaz en la matritense Editorial Betania, decana de las editoriales cubanas en Europa y tesoneramente llevada adelante, contra viento y marea (en muchas ocasiones, sin vientos que impulsen ni mareas que conduzcan) por el poeta y mecenas Felipe Lázaro. Fue precisamente aquí, en este casa editora, y así lo dije en su momento hace años, uno de los sitios donde comenzó el rescate de la poetisa cubana cuando la noche que la rodeaba era más oscura y silenciosa.
Además, que se publique este libro precisamente a casi veinte años de su muerte, también cumple un deseo de balance, recuerdo y reflexión, destinado a los que más adelante quieran saber algo de la vida callada y digna, pero no inactiva, de Dulce María en esos años cuando no sólo logró sobrevivir, sino imponerse a su circunstancia política, rodeada por la vigilancia de una dictadura que nunca le perdonó por completo su independencia. También contó, es justo decirlo, con manos amigas que la sostuvieron y socorrieron. Ella logró, con su tesón y su dignidad, “triunfar de la vejez y del olvido” al que fue condenada. Una vez más, la hija del mambí salió triunfante en una batalla sorda, tenaz e implacable.
Pienso también que deben oírse otras voces, pues una de las peores tragedias que ocurren cuando muere alguien como Dulce María, es que cualquiera, aún sus más enconados enemigos, pueden hacerle un homenaje, ahora que está indefensa, y así alterar la historia y falsear la verdad. Ya lo estamos viendo en otros casos, como José Lezama Lima, Reinaldo Arenas, Guillermo Cabrera Infante, Gastón Baquero y Virgilio Piñera, donde la “cultura oficial” (qué gran contradicción ésta) los enaltece ahora después de haberlos perseguido.
Y ya que de justicia escribo, no puedo dejar de mencionar a quienes en amoroso concurso, como pandilla cordial y casi secreta, se confabularon desde antigua fecha para rescatar del olvido a Dulce María: Felipe Lázaro, Jorge Yglesias, Aldo Martínez Malo, Pedro Simón, Alberto Lauro y Juan Antonio Sánchez. De alguna forma, este intento viene a complementar sus generosos afanes por la poetisa.
Una vez me escribió Dulce en una de sus cartas: “Eso hice, eso pude, eso valgo”. Ahora, viendo lo que nos legó, habría que enmendarle: “Hizo mucho, pudo demasiado, vale mucho más”. Dejó un ejemplo y una esperanza en tiempos muy tristes y oscuros para otros que vengan, con más luz y justicia.
Villa de las Mercedes, San Agustín de las Cuevas, Tlalpan, 27 de abril de 2016






