Mapa del libro humano
Gilberto Prado Galán
Editorial AlteletrA, 2015
Gilberto Prado Galán (GPG. Torreón, Coahuila, 1960), de profesión psicólogo, oficio escritor y afición palindromista, ahora nos sorprende como cartógrafo: su nuevo libro, Mapa del libro humano, es una gran metáfora que suma y comprende a su vez docenas de metáforas que se amalgaman, integran y ayuntan de forma inesperada, evocadas por un moroso viaje a través del cuerpo. Esto supone una primera duda epistemológica: ¿es este un libro de poesía fisiológica o de fisiología poética? Leerlo puede ayudar no a solucionar sino a complicar más la interrogante, lo cual es algo positivo: la literatura no está para responder sino para hacer preguntas.
Algo queda claro: este libro nació de UN MIEDO. Su autor sufrió un espanto atroz al ser intervenido de una hernia inguinal, enfrentar súbitamente la posibilidad, aunque remota, de esfumarse, y ponderar la inevitable proximidad de la muerte y el aniquilamiento que implica tenderse en la temible plancha del quirófano, abandonado al laboreo no siempre perito –suele ocurrir- de los filosos y ávidos bisturíes (no olvidar que “bisturí”, en inglés, se dice “lancet” y esa expresión me parece más sincera –lanza es en el costado- que la española, la cual siento minimiza un tanto su lacerante condición perversa). Por tanto, este libro es, también, un exorcismo y un espantamuertes.
Esto no es raro y de hecho produce excelentes resultados. El miedo es quizá el más poderoso e inevitable de los sentimientos humanos, pues responde al más sustantivo de nuestros instintos: el de conservación. Podemos incluso fingir no sentirlo, pero allí está él, agazapado en nuestras entrañas temblorosas, haciéndonos sudar frío y sentir calambres incontrolables. El miedo obra milagros y logra grandes obras: Mary Shelley concibió “The Creature” una espantosa noche de tormenta en la Villa Diodati en 1816, “el año que no tuvo verano”. Edgar Rice Borroughs engendró su personaje de Tarzán una noche de pesadilla cuando no podía conciliar el sueño, y como muestra definitiva de los “renglones torcidos de Dios” así como de los sorprendentes y contradictorios mecanismos que desatan la creación literaria, se cuenta que Rubén Darío durante un viaje en barco presenció el terrible espectáculo de un maquinista despedazado por la explosión de una caldera, y entonces salió corriendo, se encerró en el camarote y escribió de un tirón… la “Sonatina”: “La princesa está triste, qué tendrá la princesa…” ¿Qué tiene que ver la carne roja destazada de un burdo marino con la rosácea piel de una princesa? Nadie lo podrá explicar.
Prado galantemente nos induce a realizar un recorrido sorprendente, como aquel periplo extraordinario del filme de ciencia ficción Innerspace[1] (USA, Joe Dante, 1987, conocido en Latinoamérica como Viaje insólito el cual mereciera el Óscar por los efectos visuales del año siguiente[2]), cuando se miniaturiza una nave tripulada para inyectarla en el torrente sanguíneo de un sabio en peligro y salvarle la vida con una intervención quirúrgica microscópica, posibilidad entonces enteramente fantasiosa, pero hoy tentadoramente al alcance de algunos con la nanotecnología, la manipulación genética y las impresoras de tercera dimensión. Pero en este caso, GPG nos convierte en viajeros de nosotros mismos, por dentro y por fuera, y nos lleva de la mano, Sibila de Cumas travestida, Virgilio resucitado, visitando y reconociendo nuestros órganos, es decir, nuestra más profunda intimidad, y haciéndonos verlos como por vez primera. Se trata de la prodigiosa aventura del viaje al interior de uno mismo. También es una variante de aquel poema de Walt Whitman, donde más que cantarse a sí mismo, uno se conoce y reconoce –hasta las últimas consecuencias- en sí propio, como aconsejaba sibilinamente el Oráculo de Delfos, no casualmente dedicado a Apolo, patrón de Esculapio y protector también de los galenos: “Nosce te ipsum”.
Galán nos lleva por los prados de nuestros paisajes internos y externos, nos acomoda en sus vericuetos, nos explica sus grietas y pliegues, sus redondeces y angulosidades, y no deja de sorprendernos con cada movimiento. Si Hitchcock era el “maestro del suspense”, Gilberto resulta “el mago de la sorpresa”, entre otras proezas, con sus 30 mil palíndromos hasta ahora paridos –ahí está Efímero lloré mi fe dispuesto al reto- por el esfuerzo crujiente fácilmente perceptible de su cerebro asombroso, configurado de forma dispar al resto de los semejantes. Esta potencialidad sorprendente de Gilberto la confirma y demuestra semana a semana en su columna “Sobre héroes y hazañas” del diario mexicano Milenio, flor cultural brotada en el jardín deportivo, donde vincula en simbiosis estupenda lo mismo a Ray Sugar Robinson con Luis de Góngora, o Teófilo Stevenson con Baltasar Gracián.
Multipremiado –los premios ¿te los dan o te los ganas?- y pluricitado, este hombre que conoció el mar por primera vez bordeando los 30 septiembres de edad (yo estaba presente, absorto, viendo su reacción, nada menos que en un lejano Perú, en la costa del Callao, y en medio de un país caótico y convulsionado, donde nos llevaron nuestras perniciosas inclinaciones garcilacistas hace ya 26 divertidos años), a quien desde entonces califiqué no de “promesa” de las letras mexicanas, sino como verdadera “amenaza” (por lo visto, no exageré), creo que aún no brinda la cabal medida de su estatura, pero ya anuncia su tamaño con esta nueva obra. A él le adjudico sin reservas no desde ahora, sino desde hace mucho tiempo, un adjetivo que por su sonora solemnidad reservo sólo para muy contadas, señaladas y excepcionales ocasiones: genial. Y tanto lo es, que no está consciente de serlo. Y supongo que no voy muy descaminado pues el autorizado anotador de la obra, Héctor Orestes Aguilar, no parpadea cuando declara:
“Concebir un ensayo como libro del cuerpo humano es una empresa formidable. Implica una muy laboriosa tarea de síntesis, un empeñoso trabajo de precisión y un esfuerzo descomunal para descartar aquello que no resulte fundamental para cartografiar el territorio definitivo. Desde esta entraña escribe GPG, no con una estatura molecular sino con la mirada, el instrumental y la pericia del gran ensayista que es, con un acervo de lecturas y vida que están a la altura de su reto, y nos entrega un libro distinto, una obra que dejará huella en su género y que aporta un ejemplo inmejorable del magisterio de su autor. Una aventura que, con toda certeza, pocos escritores mexicanos han emprendido”.
Lo anterior, dicho en el mismo país de Alfonso Reyes y Octavio Paz, son sin duda palabras mayores.
Estoy convencido que cuando escribió este libro de un tirón doloroso y aliviado, quitándose un gran peso de encima y un gran miedo de dentro, ni siquiera pensó en algunas sombras fantasmales que le dictaban desde el hombro sus líneas, y por eso no menciona en su bibliografía –no por ocultamiento, sino por coincidencia- al principal autor que debería citar: Ramón Gómez de la Serna. Este Mapa es una gran y múltiple greguería entrelazada de principio a fin. Tampoco menciona a otro autor que se le advierte en el jugueteo regodeado con las palabras y su amasamiento como plastilina bajo nuevas formas: Guillermo Cabrera Infante. Y, por extensión, tampoco menciona –aunque está y no demasiado oculto- el gran Georg Christoph Liechtenberg, y sus admirables “Aforismos”. Pascal también podría pedir acceso a las fuentes, del brazo de Descartes. Y ambos, seguidos por Rochefoucault. Por aquí y por allá se advierten igualmente las huellas de Enrique Jardiel Poncela y Wenceslao Flores. Pero si hay una grande que puede reclamar vínculo sanguíneo con esta obra es sin duda “ese papelillo que anda por ahí y algunos llaman El Sueño” como dijo pícaramente Sor Juana Inés de la Cruz. Ambos son un paseo corporal. Y el Mapa de Gilberto es tan esencialmente barroco como la silva de la monja mexicana, condición que pueden compartir también Gorostiza y Ortiz de Montellano en sus poemas monumentales. Quizá en el caso de Sor Juana a algunas de sus fuentes, ya mencionadas por otros, se puedan agregar otras que yo sugiero, como el Libro de la anatomía del hombre (Valladolid, 1551) del Doctor Bernardino Montaña de Monserrate, y en especial su inserto “Sueño del Marqués de Mondéjar”, o el del jesuita español Lorenzo Ortiz de Buxerio, Ver, oír, oler, gustar, tocar…, dedicado en su primera edición de Lyon (León de Francia) de 1686, nada menos que al Ilustrísimo Manuel Fernández de Santa Cruz, Obispo de la Puebla de los Ángeles, cariñosamente conocido por sus íntimos como “Sor Filotea de la Cruz”. El más remoto antecedente de este empeño pradogalano sería el justamente famoso Papiro de Evers compuesto por algún oscuro escriba y galeno durante el reinado de Amenhotep I, allá por el 1500 AC, año más, año menos.
Este paseo desciende a los sótanos del lenguaje y asciende a las azoteas del pensamiento. Debería ser de obligatoria lectura y enseñanza en todas las escuelas preparatorias y universidades públicas y privadas (pero no de la razón), pues a los “científicos” les daría lección de buena literatura, y a los “literatos” adiestraría en la precisión del pensamiento científico, lo cual es para agradecer en ambos casos posibles, habida cuenta lo de que brota –escapa, expulsa, segrega- de las universidades hoy en día.
Quizá si así se hiciera se ahorrarían miles de horas aburridas y espantosas de clases soporíferas y resultaría mucho más grato el estudio de las ciencias naturales y de las bellas letras.
No es posible, creíble, recomendable ni excusable, que termine yo mi comentario sin al menos, después de tantas multicolores rosas arrojadas, me prive de al menos lanzar una espina incrustada entre ellas: se entiende perfectamente que esta cartografía humana esté dividida en dos partes, Extramuros –lo de fuera- e Intramuros –lo de dentro- pero resulta para mí insuficiente que dedique tan poco espacio, sustancia y tiempo precisamente al muro divisor, a esa muralla protectora, amable y permeable a la vez, que además constituye el órgano más grande del cuerpo (no se ilusionen), que es la piel. A través de ese macro órgano dialogante se establece la comunicación entre dentro y fuera, en ese susurro vivificante del sudor o del calosfrío, de la fiebre avisora o el estertor definitivo, entre la suavidad de seda y el rigor de muerte. Las escasas páginas que le dedica merecen –reclaman- se incrementen y se ubiquen como parteaguas entre una y otra parte de su libro, como un capítulo independiente y separador, comme il faut. Una de las novelas más estremecedoras que he leído y la cual marcó mi adolescencia, es precisamente La piel, el desgarrador relato de una derrota externa e interna, manifestado en la epidermis de un país con los valores pisoteados y desordenados, agrupados bajo la prosa seductora de un autor con nombre auténtico, pero como de pseudónimo: Curzio Malaparte.
De alguna forma, el más Galán de los Prado, insiste sin recordarlo en aquella protesta rebelde del poeta insumiso, cansado de la orfebrería poética modernista y romántica: con la misma queja que el médico y poeta argentino Baldomero Fernández Moreno esputó en su gran acanto de amor corporal, el “Soneto a tus vísceras”: Harto ya de alabar tu piel dorada / tus externas y muchas perfecciones /canto al jardín azul de tus pulmones / y a tu tráquea, elegante y anillada…” Lo que ejecuta éste en verso, el psicólogo Prado Galán lo realiza en prosa.
Con estricta justicia y certera precisión advierte Héctor Orestes Aguilar cuando al presentar esta obra dice:
“…No esperen los lectores una obra ceñida a los cánones médicos o las necesidades de la caridad divulgadora del fisionomista. Estamos ante un muy alto ejemplo de arte ensayístico, frente a una pieza de gran literatura afincada en la erudición poliédrica de un autor que explora la sustancia de las lágrimas, la experiencia del hipo, la uvulopalatofaringoplastia (anomalía también conocida como ronquido), el sincopado martirio del tartamudismo, los pliegues de la piel humana, los oficios de las cejas, los dientes y la sonrisa, el estornudo y sus beneficios higiénicos, la naturaleza estética de las pestañas, la autenticidad y falsía de las canas y otros temas que van mucho más allá de lo que habitualmente encontramos en los manuales, tratados e introducciones al uso.”
Demos pues una vez más la bienvenida a la República Literaria Mexicana –siempre preferible al Reino de las Letras de México, que es muy diferente- a esta incesante y laboriosa amenaza caminante que es el nuevo Gómez de la Serna a la norteña: Gilberto Prado Galán, el ínclito Yilbéricus Magno, guerrero tenaz del idioma, lancero de las ideas, Cartógrafo Mayor de Cuerpos propios y ajenos.
[1] Hubiera sido más efectiva la traducción literal de Viajeros del espacio interior, pero quizá la soslayaron por prestarse a asociaciones psicodélicas que preocupaban mucho en la época a alguna “buenas conciencias”.
[2] Tiene un referente anterior: Viaje alucinante (USA, Richard Fleischer, 1966). Era lógico este interés: apenas tres años después, el Hombre ponía sus plantas por primera vez en la Luna; esta dejaba de ser un sitio para convertirse en un lugar.