Leí hace años un ensayo de Octavio Paz en el que éste afirmaba que el mundo en que vivimos es un mundo de nombres. Si nos quitan los nombres nos quitan nuestro mundo, llegó a decir en uno de sus párrafos el eminente poeta y ensayista mexicano. Y era precisamente eso, digo yo ahora, lo que las antiguas potencias coloniales perseguían cuando nombraban a su manera los lugares conquistados, arrebatarle de este modo a los nativos parte de aquello que los ataba a su cultura, a sus ancestros y sus tradiciones. Y esa es también, sin duda, la causa de que las revoluciones que se instalan en el poder y gobiernan basándose en dictaduras (¿del proletariado?), se preocupen tanto por cambiar los nombres de los lugares y las cosas.
Con ello se trata de borrar tradiciones de siglos para crear las propias, aun cuando estas resulten más pobres e insulsas que las verdaderas y antiguas. Por esa vía San Petersburgo se convirtió en Leningrado, Tsaritsin en Stalingrado, y otros muchos lugares y ciudades de Rusia perdieron sus viejos nombres para adquirir otros diferentes, que en algunos casos perduran hasta el día de hoy. En la Cuba revolucionaria el Capitolio Nacional pasó a albergar la sede de la Academia de Ciencias, mientras que nuestra Isla de Pinos se llamó de un día para otro la Isla de la Juventud, pese a que allí seguramente viven tantos ancianos como en cualquier parte de Cuba. Como consecuencia de la misma hecatombe, la Plaza Cívica es hoy la Plaza de la Revolución, en tanto que el Palacio Presidencial es el museo de ídem y el teatro Blanquita el Karl Marx, por muy difícil que nos resulte pronunciar el nombre en alemán. Y aquí termino con la lista, que de seguir haciendo memoria podría alargarse hasta quién sabe dónde.
Lo contrario a la desintegración de lo antiguo es la integración en lo nuevo. Algo de esto debían de intuir los inmigrantes que llegaban a nuestro país en los tiempos en que Cuba era una tierra de acogida. Lo que primaba en ellos era el deseo de sumarse a las costumbres y tradiciones locales, de ser reconocidos por la sociedad. Por eso los chinos, incluso los de primera generación, se llamaban Miguel, Mario o José, entre otras variantes de nombres españoles. Y así ocurría casi siempre con gentes de otras etnias, de extranjeros cuyos hijos nacidos en Cuba llevaban normalmente nombres adecuados al idioma local y pasaban a formar parte de nuestra nacionalidad. Pero los tiempos cambian, y ahora lo importante es lo nuevo, cualquier cosa que suene nueva y rara. Si hoy el gobierno se inventa términos y conceptos tan novedosos como “cederista” o “federada”, y combinaciones del tipo de “huevo de núcleo”, “pollo piloto” y otras por el estilo, es lógico que los padres cubanos también quieran ser originales a la hora de poner nombre a sus hijos. Y a veces lo son tanto que luego ni ellos mismos pueden pronunciar correctamente el resultado de su fantasía.
Me parece que al principio de los años sesenta abundaban todavía los nombres “americanos”. Eran las reminiscencias de la vieja sociedad. Yo tuve una vecina cuyo hijo se llamaba Harry, por ejemplo. Nunca se me olvidará la estampa de la mujer en su balcón llamando a comer al muchacho con el cariñoso apelativo de ¡jarrito! Y en ese mismo estilo americanizante he conocido varias Mileidys, que no será muy ortodoxo, pero suena inglés. Luego, con el avance de la revolución y el desarrollo de sus vínculos con la Unión Soviética, la gente se sintió atraída por el sonido y la poética de los nombres rusos. Los Nicolás, Alejos y Sergios de toda la vida cedieron su lugar a Nikolai, Alexei y Serguei. Y como casi siempre la incultura y la supuesta sapiencia criolla van de la mano por nuestros pueblos y ciudades, florecieron también algunas perlas que sonaban a ruso y que no quiero citar aquí, puesto que a veces es mejor no mentar santos. Finalmente, cuando el santoral eslavo (o pseudo) dejó de parecer novedoso, el pueblo se entregó al invento de sus propios nombres, a cuál más raro. Ese fue el momento, creo yo, en que los Yonalkis y Yurisleidis comenzaron a aparecer en escena y a diseminarse por todo el territorio nacional. ¿Qué vendrá después? Pues eso está por ver.
Si en algún otro momento de la historia de Cuba alguien hubiera tratado de quitarnos nuestros nombres, como dijo Octavio Paz, quizás entonces habríamos respondido con contundencia a la agresión. Pero las cosas han ocurrido como estaba escrito que ocurrieran, y tenemos, como dijo Guillén, lo que teníamos que tener, o sea, lo que merecemos, para desgracia de todos los cubanos. Así las cosas, ¿qué decir de un pueblo que voluntariamente ha renunciado a sus tradiciones y sus nombres para emprender un camino de autotransformación a la baja, una vía que conduce invariablemente a la pérdida definitiva de una de sus señas ancestrales de identidad? ¿Cómo será nombrado en el futuro un país que se va llenando poco a poco de no-nombres? ¿Quizás en cualquier momento se llegue a algún lugar parecido al País de Nunca Jamás, como en la saga de J. M. Barrie? Cierto que allí habitaba Peter Pan, aunque en nuestro país del futuro habitará seguramente otro mítico ser, el hombre nuevo del célebre chiste cubano, con sus orejas grandes para poder oír todas las orientaciones, su boca chiquita para comer poco, sus siete manos para que pueda trabajar mucho y su única pata, para que no pueda tener una aquí y la otra allá.
Calderón de la Barca habría podido escribir perfectamente “que toda la vida es nombre, y los nombres, nombres son”.
