La literatura norteamericana ha sido pródiga en narradores vigorosos; renovadores de la técnica algunos, otros más forjadores de universos personalísimos e incluso cuenta con varios de los más memorables exponentes de la literatura fantástica y de horror. Es posible afirmar con justicia que Ambrose Bierce pertenece simultáneamente a las tres estirpes. Cuentista excepcional, poseedor de una imaginación ilimitada, apto como pocos para el humor negro. Experto en la destilación de una sustancia estilística tan venenosa como palatable. Si se prefieren las etiquetas o se adoran los catálogos, se le puede considerar un puente entre Poe y Lovecraft. Aunque a diferencia de éstos, Bierce quiso y logró conciliar en su obra el horror y el humor.
Nació en 1842, en el estado de Ohio. Gozó el periodismo y nutrió su consciencia política. Sus convicciones no figuran postuladas en su obra sino más bien dosificadas con la sutileza de los guiños. Desarrolló un talante misantrópico y pesimista que le procuró el apodo de Bitter Bierce. En la Guerra de Secesión tomó partido a favor de las tropas federales, alistándose en ellas voluntariamente. Ganó una herida en batalla.
En sus relatos fluyen los excesos violentos, las visiones espectrales, la insistencia en el más allá. Le debemos libros espléndidos como El monje y la hija del verdugo, Cuentos de soldados y civiles, Los ojos de la pantera, El reino de lo irreal, Fábulas fantásticas y el celebérrimo Diccionario del Diablo, precursor de los diccionarios paródicos. Éste último coloca al autor en el grupo de los intraducibles, los orfebres de su lenguaje, junto con Lewis Carrol, Raymond Queneau y Guillermo Cabrera Infante.
Entre los libros de Bierce hay uno en particular siniestro y amable. El Clan de los Parricidas y otras historias macabras. Fue publicada en español por la editorial Valdemar. La traducción, obra de Javier Sánchez García-Gutiérrez, se deja leer admisiblemente. El volumen contiene una colección de obras que a su vez son breves reuniones de cuentos que están entre lo mejor de la producción del escritor.
La colección que abre y a su vez da título al libro es deslumbrante. Gratifica de humor macabro a quien lo lee sin dictaduras morales. Se asiste a una serie de relatos protagonizados por parricidas y narrados en primera persona por ellos mismos. Desde las primeras frases Bierce deja sentir su poder narrativo y su tono.
Así, se lee a las puertas de una narración: En junio de 1872, una mañana temprano, asesiné a mi padre, acto que me produjo una tremenda impresión. Y en otra: Después de haber asesinado a mi madre en circunstancias singularmente atroces, fui arrestado y tuve que enfrentar un juicio que duraría siete años.
La naturaleza salvaje de las acciones se guisa en contrapunto con la muy divertida configuración moral de los personajes protagonistas. Ahí confluyen las voluntades exentas de escrúpulos, los apetitos punitivos, la ley del más cruel. Hombres y mujeres a un tiempo afables y brutales. Detrás hay un autor despojado de puritanismo y carente de ímpetu predicador.
En los relatos de Bierce no hay sitio para el optimismo como no lo hay para el lamento. El ojo es despiadado y la pluma no puede ser diferente. Lo descarnado aquí no se disimula; no se efectúa una operación de maquillaje para atemperar. De ahí la vigencia de una obra escrita hace más de un siglo.
En 1913 Bierce viajó al México revolucionario. Vámonos con Pancho Villa, se dijo, y se perdió de vista entre la bola. (De este hecho se sirvió Carlos Fuentes para la anécdota de su novela Gringo Viejo.) Desconocemos el destino del hombre, el paradero de sus restos. Su obra, en cambio, es una literatura vigente.
