Medusa y otros poemas

Poesía

Milena Paixão

Milena-Paixao-poesia-OtroLunes-41Milena Paixão (Espirito Santo, Brasil, 1984), profesora de idiomas y escritora. Publicó su primer libro de poemas Catar-se en 2009. Desde entonces escribe regularmente para una revista impresa de cultura de su ciudad natal, la Cachoeiro Cult, además de involucrarse en diversos eventos y proyectos literarios en Brasil y en Chile, donde reside desde 2011. Egresada en 2015 del programa de Magíster en Literatura de la Universidad de Chile, Milena realiza estudios en el campo de género y escritura femenina, habiendo trabajado en este ámbito con la prosa de la escritora brasileña Hilda Hilst  y participado en investigaciones sobre novelas de autoras latinoamericanas del principio del siglo XX. Entre los proyectos literarios en los que está involucrada, están el Sarau Verbo Intransitivo, un recital poético itinerante que llegó a su décima edición en 2016, y cuya propuesta es promover cruces entre poesía y teatro, performance, música, artes visuales y culinaria, fomentando el escenario artístico local; y el congreso El Universo Afro en Discusión: literatura, cultura e identidad, evento realizado en el centro cultural de la embajada de Brasil en Chile, del que es coorganizadora.

 

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Medusa

En estos días, el rojo
es mi color favorito.
Miro con lascivia las semillas de granada
que estallan entre mis dientes
como corazones chiquitos.
Por dentro,
desmorono desde hace tres días.
Corriente lavando el lecho,
Redibujando las orillas.
Siento dolores y espasmos
propios de los movimientos telúricos,
sonrío y aprendo a disfrutar:
Soy un animal cíclico, en fin.
Siendo río, tierra y animal, me agacho,
sostengo la mano en cuenco entre los muslos y espero
por sutiles aludes.
No tarda nada y tengo
en la palma de la mano
algo del más fascinante carmesí.
Soy yo, es mi revés desterrado.
Lo miro con compasión:
El cuerpo es implacable.
En el agua tibia de la tina
el retazo vuelve a la vida
Se expande y navega al sabor de las pequeñas olas
mínima medusa encarnada
intocable caravela portuguesa
aguaviva de un púrpura insano
casi negro
rodeado de miedo y rechazo.
Sólo yo la acojo, acaricio
y enceguezco de misterio
y delicadeza.

 

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Impermeabilidad de los parques

A Julio Cortázar

 

Verídico, me pasó a las tres de la tarde. Cruzaba un parque en el Centro, con la ingenua intención de recorrer el espacio entre dos compromisos. Caminaba, objetiva, por los senderos abiertos entre los árboles. Había pocas personas allí, con sus periódicos y conos de helado, y un par de palomas arrulladas sobre sus migas, indiferentes a mi existencia. Cuando me di cuenta, había estado detenida por quién sabe cuánto tiempo. Miré, asustada, hacia mis zapatos, medio empolvados del corto recorrido sobre la arena fina  – o de las horas, semanas quizás, que había estado parada en ese exacto punto – y reconocí el hecho de que el parque se había entrañado en mi día hábil. Busqué el banco más próximo, con las piernas tambaleantes y las palmas de las manos sudadas por el descubrimiento. Me deshice de la carpeta por un momento y me puse a esperar por algo. Algunas personas me miraron al darse cuenta de mi tensión. Pudiera incluso decir que me recriminaban por haber violado, con mi caminar apurado y mi carpeta pesada de trabajo, el acuerdo tácito de mantener el domingo dentro de los parques. Tomé una revista de entre los papeles para simular un momento de relajamiento y las letras se escurrieron por las páginas hacia mis muslos. Del lado izquierdo, a una distancia inalcanzable, podía divisar los autos que transitaban normalmente en medio del lunes que me querían quitar. No podía escuchar el ruido de los motores, una bocina u otra sonaba de manera casi inaudible. Silencio es producto residual de la fotosíntesis, flotando alrededor de todos los árboles. Alguien que lo sabía de antes inventó los parques, alguien que tenía un terrible secreto.

Un domingo inexorable se imponía sobre todos mis sentidos y mis piernas flojas. Dejé que lo hiciera, y me puse a observar un perro que dormía debajo de un banco al frente. Al escuchar mi mirada fija, el perro despertó y, con un sobresalto de orejas, me pidió que lo dejara dormir. Desvié la mirada y el perro bajó la cabeza nuevamente. Aproveché de sacarme los zapatos y escapar. Tuve que huir despacio, pie ante pie, para pasar invisible ante el peligro. Cuando pisé el concreto de la vereda, noté que llovía. Alguien me pidió la hora, le contesté que no.

 

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Manzanilla

Hubiera sido curioso.
Viernes Santo
El organillero, ocho pisos abajo
Tocaba Gracias a la Vida.
Yo llevaba un vestido verde
Un peinado que me gusta
Y muchos motivos en los ojos líquidos.
Pero el sol
Pero los niños que se detenían con sus madres
a comprar dulces
Pero tengo treinta y uno como cuando Ana Cristina
Y, espera:
Piso ocho.
Qué poco original,
me tomo un tecito mejor.