Martín Cálix (Honduras, 1984). Editor en subVersiva. Ha sido publicado en la revista Mera V (3ra. Edición Febrero, 2012), en la 1ra Antología de cuento y poesía de La fonola cartonera, Chile (2013), en el Dossier de poesía centroamericana comprometida de la Revista hispanoamericana de cultura OtroLunes, España (2013), en la Revista Ombligo, México (2014) y en la antología de poesía «Todos los caminos» (Atrapados en azul, 2014). Ganador del XIV Certamen Internacional de Poesía Joven Martín García Ramos, 2015. Es autor de los libros «Partiendo a la locura» (Ñ Editores, 2011, segunda edición para Casasola Editores, 2012), «45°» (Ñ Editores, 2013), «Lecciones para monstruos» (90s Plaquettes, 2014) y «El año del armadillo» (DIFÁCIL, 2016).
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Música de fondo para entender el significado de la palabra «muerte»
Cuando tus restos lleguen tocando a mi puerta y me digan que has marchado, que ya no podré verte más la mágica sonrisa, cuando me dibujen tus dientes en el brazo izquierdo, cuando lloren queriendo soñarte, cuando se queden callados de tanto dolor, entonces yo los abrazaré hasta que se queden dormidos como cuando vos lo hacías conmigo viéndote dormir.
Tengo un ejército de papel en la boca del estómago para poder escribir desde mis entrañas una imagen que me recuerde a vos, que de tus restos te rehaga la boca y tus manos.
Este ejército nunca ha ido a la guerra pero sabe morir todos los días.
Morir como quien muere de amor aunque no sepa qué es el amor. Morir como los que acusan a dios de las muertes en cada callejón y en cada hospital aunque con certeza sepan que dios es un artículo que se vende en las tiendas para turistas con la etiqueta: «hecho en Honduras». Morir como si la poesía existiera en el almanaque de las cosas inservibles de las redes sociales cuando saben bien que ella es un disco volador. Morir como si los domingos fueran un jardín de cráneos. Morir como si la expresión, «¡Academia de la lengua!», se escribiera con H igual que un gol a México en el Azteca. Morir de todas formas aunque no se tenga certeza del significado de la palabra «muerte».
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Vos y yo
somos pequeños fragmentos de la casa destruida.
Sus muros nos habitan.
Nadie sabe por qué los muros de la casa cayeron, nadie nos dará explicación, nadie pretende explicar este eco que nos atraviesa como si vos y yo fuéramos una colección de tristezas que se acumula en los huecos de unas manos anónimas.
Esas manos son terriblemente anónimas. Ellas no saben del mar y su sal, de la fuerza de un asteroide cayendo a 5,383 millones de km/h hacia tus labios. Ellas, definitivamente no saben nada de tu ojo de astronauta, de tu cávala para los desiertos en mi piel, de tu sonrisa de tarde en marzo, de tu delicada manera de odiar las cosas más bellas que alguien dejó perdidas en medio del ya vuelvo y jamás un viento atravesó tus dientes ligeros al morder.
Definitivamente ellas tampoco entienden la soledad de una sonrisa después de bañarse, la cantidad exacta de ebulliciones de dióxido de carbono que emana de nuestro beso nocturno, de los maullidos y sus lunas, del color de tu blusa después de hacer el amor, de los árboles de nuestra calle, es decir, de cada uno de tus huesos.
Vos y yo, somos pequeños fragmentos de una casa que fue destruida y de su eco atravesando la ciudad porque alguien le dijo que no podía ser niño, que no podía cabalgar delgado en tus uñas, que la casa seguía tirada de muros tardíos para el dolor del naufragio, que entonces ya no había posibilidad para quedarse ensimismado en la voz de tu respiración cuando dormís arropada en esta cama que nadie sabe que existe.
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El árbol de nance frente a nuestra casa derrumbada
–anoche–
comenzó a dar frutos sin previo aviso
subversivo
con sus ojos de torpe iguana
extiende su amor hasta la calle de enfrente y la baña de su amarillo en vuelo quieto.
Pequeña
él también es un hueso de tu cuerpo.
Él también es hueso de tu cuerpo pero no lo sabe, es por eso que se imagina menguante como los migrantes nocturnos de las plazas abandonadas. Se sabe árbol y aunque su memoria registra el amarillo de su quietud no sabe de vos. No sabe de vos y de tus tardes con cigarro y árbol prestado.
Pequeña
explicale entonces que cuando hace frío cojeas
que cuando hace noche no soñás
que cuando hace canción no cantás
que cuando hace viento no extendés tus manos.
Pequeña
explicale que habitan en vos todas las estaciones del tiempo
y aún así él sigue ausente de tu risa.
Explicale que de todos los árboles de nuestra calle
él es tu favorito
por estar ubicado debajo de tu cuello
–allí,
precisamente donde el mundo estalla–.
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Los ojos inquietos de los insectos en una tarde de domingo
Ya lo verás,
ellos
se extenderán
desde tu maullido
hasta
la sombra
del último
caído en guerra.
