Escribir sobre feminismo desde el patriarcado instaurado por occidente, no es fácil, sin embargo es necesario2, ya que actualmente se ha creado una dicotomía bastante falsa, la del machismo versus feminismo. No existe tal. Existen sí, opresiones basadas en los diversos significados de las sexualidades, basadas, por lo general y erróneamente en la dualidad hombre-mujer que nos ha establecido históricamente la “civilización”, pero sobre todo el colonialismo, dualidad como muchas otras que perpetúan la desigualdad: blanco-negro, heterosexual-homosexual, rico-pobre, intelectual-ignorante, europeo-latinoamericano, etc.
Es necesario comprender estas dualidades como el problema base de toda desigualdad social que existe en la actualidad, ya que provocan discriminación, sexismo, racismo, xenofobia, clasismo y en el mejor de los casos abulia social. Pero no podríamos poner en el mismo nivel interseccional los conceptos de feminismo-machismo, como una polarización dicotómica que confronte dos ideologías, y precisamente ésa es una falencia conceptual que acaece en muchas feministas radicales. No es el machismo una ideología que pretenda perpetuar el patriarcado3, a diferencia de feminismo que sí es una ideología que pretende la igualdad de género, pero no sólo de la mujer-hombre, sino también de homosexuales, bisexuales, transexuales, transgénero, trasvestis, asexuales, etc. Porque en Latinoamérica no es lo mismo una mujer blanca que una mujer indígena, no es lo mismo una mujer indígena que una mujer “negra”; no es lo mismo una mujer de clase alta que una de clase media, no es lo mismo una mujer de clase media que una de clase baja; y de la misma forma no es lo mismo una mujer argentina o chilena que una mujer boliviana o peruana, incluso no es lo mismo una mujer “negra” dominicana que una haitiana, a pesar de que sean de la misma isla, de que compartan la misma historia, que compartan, incluso, los mismos genes. No son lo mismo, ni en la isla ni como migrantes.
Qué pasa entonces con todos estos “ejes de organización social significativa” (Stasiulis 1999), que quedan pendientes en la agenda de las feministas militantes que, a su vez, perpetúan otro círculo de empoderamiento llamado “academia” o “intelectualidades”, otros procesos de desigualdad e incluso supresión epistémica, porque la mayoría de las feministas que conozco hablan desde la academia, desde el intelecto (y con los instrumentos del intelecto), sus argumentos están basados en una bibliografía muchas veces reduccionista que no abarca la totalidad de problemáticas sociales que se interseccionan junto a la dicotomía hombre-mujer; por otro lado el hecho de argumentar desde el intelecto es ya, de facto, una situación que excluye y discrimina a todas esas mujeres que no están en una discusión teórica que, déjenme decirles, son el 99% de las mujeres. Entonces qué pasa con esos otros ejes sociales: raza (negras), etnicidad (indígenas), clase (pobres), nacionalidad (haitianas), edad (viejas), discapacidad (inválidas), orientación sexual (lesbianas), parece que se olvidan por completo cuando se trata de una lucha frontal contra el machismo. A mi parecer, es igual un hombre machista que una mujer feminista que sólo se centre en el tradicional foco de interés del feminismo: el sexo.
Feminicidio vs femicidio
Las estamos matando, nosotros las estamos matando a ustedes. Esa premisa la entiendo a cabalidad y es la que mayor legitimidad tiene en cuanto a la lucha de las feministas militantes intelectuales de Latinoamérica, sin embargo tiene matices. El feminicidio es un término acuñado en México por Marcela Lagarde que sirve para definir todo homicidio cometido por un hombre hacia una mujer por razones de género (las muertas de Juárez por ejemplo), no así el término femicidio utilizado en Sudamérica que sirve para efectos legales y es entendido como el homicidio que comete un hombre con su pareja, esto lleva el femicidio a un ámbito meramente privado, a hechos aislados y particulares, por el contrario el feminicidio es un hecho público y masivo, que se basa en las estadísticas, y tiene un matiz mucho más complejo.
El femicidio no sólo es un concepto limitado y limitante, sino también excluyente y discriminante, pero ¿por qué? Porque hace que el homicidio a la mujer sea un hecho de género aislado, pero sólo y sólo de género femenino, sin tomar en cuenta el resto de interseccionalidades que lo atraviesan, sin tomar en cuenta esos otros ejes sociales significativos. Porque no es lo mismo que un hombre mate a una mujer blanca de clase media-alta en Santiago de Chile o en Buenos Aires, que un indígena de clase baja mate a su esposa en un pueblo de Bolivia; no es lo mismo que un ejecutivo de Polanco en la Ciudad de México mate a su amante, que un jornalero (campesino) de la Sierra Negra (lugar de mayor pobreza extrema en México) de Puebla mate a su concubina. Ni los medios masivos, ni las leyes, ni la “justicia”, ni la sociedad, ni nadie está interesado en la vida de la escala social más baja, y realmente creo que en Latinoamérica la mujer blanca y mestiza no está en la escala social más baja. Entonces un mismo fenómeno llamado femicidio no tendrá las mismas repercusiones, ahí comienza otro proceso de desigualdad.
En cambio el feminicidio funcionó como un detonante para que muchas mujeres, lejos y fuera de la academia y también lejos de los círculos intelectuales o las ONG´s, salieran a las calles a manifestarse y a luchar por el derecho más básico de la humanidad: la vida. Para que en lo público pudieran pedir el respeto y derecho a su vida. Esto intenta generar una igualdad social, ya que al ser parte de un mismo fenómeno al menos se deja de lado, o se intenta dejar de lado, el clasismo, racismo y xenofobia, con que opera el término femicidio. Así las mujeres entienden la defensa de su vida como una base primordial por la que tienen que luchar, sin importar la clase, raza, etnicidad o nacionalidad. Obviamente eso nos convierte en una región sumamente atrasada, y con grandes falencias sociales, lejos, muy lejos de la igualdad de género. Sin embargo promover el odio al hombre, la androfobia, no es la solución para que el hombre deje de matar mujeres, al contrario sólo la exacerba. El feminicidio es un genocidio de género, y debe ser tratado así, no con la particularidad de caso con que es tratado por el femicidio.
La confrontación de los sexos
Dicho todo lo anterior yo no estoy de acuerdo con que se utilicen términos como “neomachista”. El neomachista no existe. No existe ni siquiera el machismo (como concepto teórico o teorizante). Existe la dominación masculina. Existe el patriarcado perpetuo. Existen conceptos que se oponen históricamente a la igualdad de género, y entre ellos, también está el de feminismo (visto como ese mundo ginocéntrico).
No me gustan esos términos de “machismo” o “neomachismo” por agresivos, ya que esas polarizaciones sólo la buscan las feministas radicales con una bibliografía acomodada a sus intereses, que aún piensan que el feminismo es una política de «representación», cuando hace rato Butler (por un lado y Scott por otro) establecieron la crítica pertinente a Beauvoir, Irigaray y Wittig respecto a tomar a la mujer como «sujeto» del feminismo.
Hay varios puntos de las feministas radicales que me gustaría revisar, puntos que a mi parecer son muy endebles: 1) “El feminismo es un movimiento que reivindica la igualdad de derechos entre hombres y mujeres», eso era el feminismo hace 50 años, hoy día decir eso es excluyente y determinista, al decir eso se está excluyendo la igualdad de homosexuales, bisexuales, lesbianas, trasvestis, transexuales, etc.; 2) “La violencia de género se da entre sexos opuestos” y yo digo que también entre el “no sexo”, de nuevo queda muy corto pensar la dicotomía sexual biológica para definir la violencia de género, la cual también estaría excluyendo en esta premisa a todos los trasvestis, bisexuales, transexuales, gays, etc., de nuevo género no significa «mujer», dentro de la perspectiva de género abarcamos masculinidades, feminismo, teoría queer, etc.; 3) Prestar atención a comentarios como «feminazi» es igual de agresivo, confrontacional e improductivo que decir «neomachista» no estamos confrontados hombres y mujeres, luchamos codo a codo para que en un marco postwestfaliano existan justicia4; 5) Según Joan W. Scott en el texto «El género: una categoría útil para el análisis histórico», el lenguaje no es en sí misógino estructuralmente, sino que su utilización cultural es la que lo vuelve misógino, por otro lado, en su acepción más reciente, «género» parece haber aparecido primeramente entre las feministas americanas que deseaban insistir en la cualidad fundamental social de las distinciones basadas en el sexo. Scott reflexiona y ahonda en la fijación exclusiva sobre cuestiones del «sujeto» y por la tendencia a ratificar el antagonismo que se origina subjetivamente entre varones y mujeres como hecho central del género. Además aunque hay apertura en la noción de cómo se construye «el sujeto», la teoría tiende a universalizar las categorías y la relación entre varón y mujer. Finalmente, esta nueva historia dejará abiertas posibilidades para pensar en las estrategias políticas feministas actuales y el (utópico) futuro, porque sugiere que el género debe redefinirse y reestructurarse en conjunción con una visión de igualdad política y social que comprende no sólo el sexo, sino también la clase y la raza. (Scott, 1996); 6) La crítica que hacen cuando un hombre dice «Me da igual que sea un hombre o una mujer, lo que importa es la persona», es de hecho errónea, ya que es más acertado que cualquier concepto excluyente del feminismo arcaico donde los gays, bisexuales, transgénero no caben en una representación, entonces, si un hombre dice que lo que le importa son las personas más que las mujeres está más cercano, más abierto a la inclusión, las personas (sin importar el sexo biológico o impuesto culturalmente) importan y deben tener los mismos marcos de justicia que las mujeres.
El feminismo actual ya no busca la igualdad de biológica, ya que actualmente está inserta en dicha igualdad, eso se demuestra con la economía del cuidado, cuando los trabajos domésticos que antes eran considerados «no remunerados» comienzan a ser remunerados, cambia el paradigma social económico ya que si para el marxismo clásico los cuidados no entraban en el sistema económico, hoy día la economía del cuidado está inserta en la economía global como un engrane más de la producción de capital.
Como conclusión me parece que es muy fácil hablar desde el relativismo, desde lo acomodaticio, confrontar con terquedad, pero es difícil mediar, sacar a flote la carga cultural que el hombre y la mujer han tenido históricamente, las feministas radicales o feministas del patriarcado deberían replantearse su lucha: o es que ¿Acaso creen que nosotros pedimos nacer en el seno de una cultura histórico-patriarcal? ¿Acaso creen que es fácil cambiar generaciones de paradigmas socioculturales? Hay que buscar soluciones sin confrontar. Para el oprimido tener consciencia de su condición es más sencillo, en cambio el opresor, en muchos casos desconoce su condición, y si la conoce difícilmente intentará cambiarla porque ¿Acaso los chilenos y argentinos se irían a vivir a Haití? ¿Acaso los Europeos migrarían en masa a Siria? ¿Acaso los estadounidenses cruzarían nadando el Río Bravo hacia México para tener mejores condiciones de vida? No. El hombre aún se resiste a dejar de lado sus privilegios históricos, sin embargo, es evidente que dichos privilegios están llegando al ocaso, y cuando eso pase, esperemos que se logre igualdad en todos los aspectos sociales, y no sustitución.
