Q hizo siempre lo correcto desde que llegó a los Estados Unidos. Sabía que el camino sería arduo y lleno de recovecos; pero como todo aquel que hace lo debido, tarde o temprano tendría su recompensa. A su favor tenía la suerte de haber emigrado con una educación universitaria bajo el brazo, un manejo mínimo del inglés, una visa y la posibilidad de regresar a su país de origen en cualquier momento. Carecía de las oportunidades de otros migrantes, pero a su vez pertenecía a un grupo privilegiado: no tendría que vivir en la sombra, y sería expatriado por el tiempo que quisiera.
Muy pocos sabían que el destino añorado por Q era España. Creía que si lograba establecerse en Madrid o Barcelona llegaría finalmente a convertirse en un escritor de verdad, es decir uno que podría pagarse una cena al mes con sus regalías. No había mucha evidencia de que tal sueño fuera razonable, no solo por los pocos ejemplos a mano (Vargas Llosa, García Márquez, Fuentes), sino porque esos ejemplos se movían en otras esferas de influencia, o al menos así se veía Q a sí mismo: un jugador de canchas abiertas que aspiraba a conquistar los equipos europeos.
Su primera comunidad fue de cubanos. Alrededor de personas gravitaba un grupo de desterrados de distintas nacionalidades y experiencias vitales. Los unía un sentimiento de otredad, que en un lugar como el de su encuentro, Las Cruces, New Mexico, lo marcaba el paisaje. El sur del estado es fundamentalmente desértico, así que cualquier sentido de pertenencia tenía que reinventarse, sobre todo si uno provenía de un espacio fundamentalmente verde. Desde entonces, cuando le preguntan por su país de origen Q tiende a explicarlo en términos del contraste de colores y del tipo de vegetación que considera familiar. En su imaginación, todo es grande, húmedo y sensual. Por el contrario, su primera experiencia americana fue minimalista, seca en la superficie, desconocida y terrorífica en su profundidad.
Q nunca cumplió su sueño de vivir en España. Una cosa llevó a otra hasta que él finalmente admitió que no tenía la energía (¿la valentía?) para otra aventura desde cero, y eso que España estaba viviendo los días felices que precedieron al estallido de su crisis financiera. La comunidad cubana se había dispersado y desde entonces Q se dedicaba a entrar y salir de distintos grupos —algunos de ellos de fuerte raigambre nacional—sin realmente pertenecer a ninguno. Su sentido de comunidad se había reducido, y ahora era más sobre las personas que sobre alguna forma de colectivo. Mientras tanto, los lazos con su país de origen se iban debilitando sin él darse cuenta. La ausencia tiene sus mitos. Uno de los más grandes es que siempre habrá alguien esperando al ausente. Ese mito se fundamenta en la creencia de que hay algo inamovible a pesar del tiempo y la distancia. Un jovencísimo Pablo Neruda escribió sobre el desamor: “La misma noche que hace blanquear los mismos/ árboles./Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos”. El ausente quisiera que al menos la noche fuera la misma, pero ni la noche ni los árboles ni las personas siguen esa norma. Si la realidad es el cambio, la relación entre Q y su país se origen se había vuelto una de contraste y distanciamiento. Aferrarse a un pasado supuestamente mejor era un truco para tratar de encontrarse a sí mismo en una realidad que ya no le pertenecía, y a la que no le importaba lo que Q pensara de ella. Eso empezó a ocurrir a todos los niveles. Del mismo modo, en el país de acogida, Q no dejaba su condición de otro: hablaba con acento, a menudo fallaba en su control del idioma local, nunca se sentía realmente parte de las celebraciones locales y de ciertas formas de relación social que para muchos a su alrededor eran perfectamente normales, hasta naturales. Pero Q seguía adelante haciendo lo que debía hacer.
Le tomó trece años poder juramentarse como ciudadano. Algunas amistades le dijeron que jamás tomarían ese paso. Su plan era seguir como residentes, un estatus que garantiza casi todo los derechos, pero excluye a la persona de los beneficios de la seguridad social y del derecho a votar. Para Q el derecho al voto siempre había sido esencial. Desde muy niño había aprendido que participar en elecciones era la manera natural en la que un ciudadano participa en la vida pública. No se requería nada más. Q tomó sus exámenes de ciudadanía en el año 2010. Una de las preguntas del examen era el nombre de la capital del país; otra, cuáles eran las primeras palabras de la constitución política. Le dieron un papel para la prueba de lectura: What do we pay to the government? La respuesta le fue dictada (prueba de escritura): We pay taxes. Le preguntaron también si querían cambiarse el nombre, lo cual lo desconcertó (¿qué tal llamarse K e lugar de Q?), pero al final decidió no hacer cambios aunque la mayoría de las personas tenían serios problemas para pronunciar “Q”. Juró lealtad a la bandera y a la constitución con la mano derecha en alto. Juró defender al país y renunciar a su nacionalidad de origen mientras cruzaba los dedos índice y medio. Al salir de la oficina de gobierno donde fue la ceremonia Q se dio cuenta que ahora tenía dos ciudadanías. ¿Y ahora qué?
En el 2012 Q pudo votar por primera vez para presidente en su país de acogida. La efervescencia de las elecciones del 2008 se había apagado por completo, pero al menos Barack Obama seguía siendo un presidente en el que se podía confiar. Había enderezado una economía por completo dañada al principio de su administración, pero ya para entonces tenía el peor record de deportaciones de inmigrantes indocumentados. Empezaba a mostrarse más abierto a los derechos de las minorías sexuales, pero la desigualdad económica se hacía más y más evidente. En fin, Q fue a votar al municipio. Hizo fila, usó la máquina de votaciones y cuando salió vio que el mundo alrededor parecía completamente indiferente al acto cívico de votar. Dos años después tuvo la oportunidad de participar en las elecciones de su país de origen desde los Estados Unidos. Aunque seguía con interés las noticias y los comentarios en las redes sociales, se dio cuenta que ya estaba demasiado lejos emocional y políticamente de esa realidad. Además, para votar debía ir a otra ciudad a seis horas de la suya, por lo que participar en las elecciones requería un esfuerzo importante. Nunca llegó a imaginar que por propia voluntad se abstendría de votar. Menos aún, que tal vez era la mejor y más justa de las decisiones. Parecía que otro puente se estaba viniendo abajo.
Hoy Q tiene otra vez la posibilidad de elegir presidente en su país de acogida. No hay, sin embargo, emoción ni esperanza. Como alguien le dijo: “muchas veces no queda más que votar por el menor de los males”. Es decir, es probable que Q no vote a favor de alguien, sino en contra de alguien. Hay un malestar social y político que también incluye a Q, y los viejos mecanismos de participación ciudadana parecen estar en crisis, o tal vez se han agotado por completo. Q no entiende muy bien qué hacer. Tan extranjero aquí como allá, empieza a sospechar que tal vez no ha sido protagonista sino más bien peón de algo más grande y oscuro.
