Elecciones y palabras

Jorge Chavarro

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El proceso electoral en los Estados Unidos está dando para todo tipo de fenómenos de los que quiero resaltar dos: el referido a la incoherencia de algunos discursos y el que gira en torno al vocabulario más repetido en la campaña. En cuanto a lo primero hay evidentes contradicciones entre los reclamos de una minoría y algunas de sus acciones.  De lo segundo cabe señalar aspectos del lenguaje usado para calificar políticas y candidatos, lo que conduce a meternos un poco en la etimología de las palabras más usadas.

Cuando Donald Trump planteó su propuesta electoral con gentilicio incluido y apelando a  calificativos más que peyorativos ligados a factores como la etnia, la reacción general a sus discursos fue igual de iracunda. Sin embargo los cálculos hechos sobre las acciones de respuesta fueron opuestos a los esperados y redundaron en beneficio del millonario.  Pocos intuyeron la representatividad que el discurso del neoyorkino tiene en un amplio segmento de las clases medias republicana y blanca en general, que se siente cada vez más afectada en su calidad de vida y achacan el problema al desplazamiento económico resultante del fenómeno migratorio general, no solo el proveniente de la América hispana, y al abandono por parte del estado con las decisiones ejecutivas en favor de la inmigración.

El furor de los discursos comenzó a generar violencia, inicialmente por acciones individuales de seguidores de Trump que fueron ampliamente difundidas por los medios. Últimamente esa violencia está virando de manera indeseada.  Los eventos presididos por  Donald Trump en las últimas semanas tienen con frecuencia ruidosas manifestaciones adversas  a las suyas.  Hay que decirlo, son hispanas y se destacan por el despliegue de banderas que no son ni la de los Estados Unidos de América ni la del estado norteamericano donde tienen lugar las reuniones, son banderas foráneas cuya presencia ofende por el entorno en que se usan, más aun si se considera que las acciones que llevan a cabo ocasionan daño a bienes públicos y privados.

Los carteles que llevan dicen “we are inmigrants not criminals”, pero ¿Por qué utilizar enmascarados  en la avanzada de las manifestaciones? ¿Qué hace en una manifestación partidista estadounidense una bandera extranjera portada por esos nacionales que abandonaron su país porque en él no tenían las garantías de supervivencia, educación y derechos civiles y por eso corrieron a buscar protección y nueva vida en los Estados Unidos incluso en los riesgos de la ilegalidad?

No tienen justificación, señores; tampoco los medios que con silencio cómplice los apoyan, ni los discursos que tratan de justificarlos. No debe haber espacio para la matonería, existe la obligación de prevenirla y de excluirla de las manifestaciones políticas.

Podemos gritar todo lo duro que deseemos hasta que alguien nos escuche. Hagamos presencia en todos los espacios necesarios porque entre otras cosas podemos hacerlo gracias a las libertades civiles que disfrutamos en esta nación. La violencia demostró no ser el camino para frenar a Trump. La bravuconería utilizada para frenar su candidatura solo ha logrado entronizarlo como seguro candidato presidencial del Partido Republicano. Su luz de esperanza se orienta a que Bernie Sanders sea su rival en noviembre. La ideología de este socialista europeo “Made in América” causa verdadero pánico en la inmensa mayoría de la población norteamericana,  aunque debe agregarse que sí cuenta con amplio apoyo entre los jóvenes.

Por eso después de la ahora inevitable nominación republicana, desde la misma noche del martes 3 de mayo Trump comenzó a reinventarse con un discurso diseñado para atraer a los hispanos y las mujeres, no parece que quiera hacer lo mismo con los musulmanes.  También por lo mismo Hillary Clinton debe reinventarse abandonando su discurso frio.  En la consecución de votos cuenta la capacidad de arrancar aullidos frenéticos de los electores, eso en lo que Trump es maestro.

La campaña también ha favorecido ciertas particularidades del lenguaje simbólico de los EE.UU. El sur conservador mantiene la bandera confederada como una forma de ratificar su decisión nacionalista y excluyente. Al exhibirlas  como  decorado en automóviles y viviendas se convierte en expresión de sentimientos y de contraste con la de las barras y estrellas. Juntas o en solitario ejercen la misma función.

En cuanto a las palabras que aparecen en los debates, artículos de prensa y las redes sociales, y en las charlas entre amigos, se nota el empleo de adjetivos que generalmente pretenden descalificar a los contrincantes: fascista, nazi y comunista, “todo mezclado”, al lado de términos como nación, imperio, dictador, déspota y sátrapa e intelectuales.

El empleo original del vocablo intelectual se remonta a la Francia de finales del siglo XIX relacionada con el “caso Dreyfus”. Al comienzo tenía una connotación peyorativa y se refería al grupo de personajes de la cultura y la ciencia, encabezados por Emile Zola y Anatole France. Ambos apoyaban la causa del oficial franco-judío Alfred Dreyfus. Sin embargo en poco tiempo adquirió un significado positivo pues designa a quienes a partir del estudio y de la reflexión crítica de la sociedad crean propuestas a favor del progreso.

Fascista, nazi y comunista, proyecto de dictador y acusaciones similares salen a la palestra regularmente.  La propuesta de Bernie Sanders es calificada por tirios y troyanos y con inquietante unanimidad de comunista. Ignoran el programa que desarrolló y aplican la Europa más avanzada, la socialdemocracia.

Lo de fascistas y pro-nazis sería quizá más aplicable si se revisa el ideario del niño consentido del GOP. Sin embargo nadie espera que en Estados Unidos se imponga un estado totalitario, una de las condiciones básicas del ideario fascista. Éste es ante todo nacionalista.  En 1932, Benito Mussolini lo describió como un estado incluyente a rajatabla,  fuera del cual no reconoce ningún valor humano ni espiritual. Un año después, José Antonio Primo de Rivera  lo definió como la  “unidad histórica llamada Patria” “unidad entrañable de todos al servicio de una misión histórica” que no puede obedecer “lo que diga el sufragio estúpido”.

Espero y de seguro esperamos todos, que radicalismos extremos como el de Ted Cruz  proponente de la expulsión sin posibilidades de retorno de todos los inmigrantes que viven en la ilegalidad, no prosperen.

El mal uso de estas palabras se aúna al desconocimiento del origen de otras cuya historia es curiosa. Los más repetidos para calificar a los gobernantes totalitarios son dos: dictador y déspota, pero hay otro que sin ser frecuente vale la pena mencionar por su historia: Sátrapa.

La dictadura fue una institución romana de gobierno para épocas de crisis nacida hacia el año 500 a.C. La ley les permitía a los cónsules conferirle a un patricio el título de dictador siguiendo una orden del senado que determinaba cuándo dicha figura era necesaria. Esa autoridad se ejercía por no más de seis meses, uniendo los títulos de dictador y de senador del pueblo con poderes absolutos. En el 356 a.C. la posibilidad de ostentar ese título se extendió a los plebeyos. Esa estructura jurídica de la institución reglamentada y constitucional la aleja del concepto moderno de dictaduras y dictadores.

Déspota fue título nobiliario de gobernantes en los imperios latinos, búlgaro, serbio y de Trebisonda. Se reservaba para los miembros de las familias reales y su uso se encuentra hasta bien adelantado el siglo XV.  En el imperio bizantino los déspotas se asocian a un territorio llamado despotado, pero el título no era hereditario ni permanente sino en general asociado a los hijos menores o a los yernos de los emperadores. El sentido peyorativo de déspota aparece en la Europa moderna.

Las satrapías eran las provincias que desde el siglo VII a.C. conformaron inicialmente el Imperio Medo y su heredero el Imperio Persa. A los gobernadores de dichas provincias se les investía con la dignidad de sátrapas elegidos por el rey y respondían solamente a él. Por tanto su equivalencia en los sistemas posteriores sería la de virreyes aunque siempre se ejerció sobre ellos una vigilancia estricta a través de secretarios reales, especialmente en el tema de los impuestos. Ese cargo se usó hasta los imperios helenísticos de los sucesores de Alejandro Magno.  También es de la modernidad su uso como calificativo para gobernantes dictatoriales.

La democracia seguirá construyéndose en el debate y en las luchas por alcanzar y preservar los derechos civiles. Los procesos electorales pluralistas y democráticos son el escenario más visible para conquistarlos.

 

 

Del Autor

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Jorge Chavarro
Medico colombiano residente en Houston, Texas. En diciembre de 2014 se graduó en la maestría de español y literatura hispanoamerica en la Universidad de Sam Houston de Huntsville, Texas. Espera comenzar su doctorado en las mismas áreas el próximo otoño.