La actualidad de Solzhenitsyn

Arturo González Dorado

arturo-gonzalez-dorado-opinion-OtroLunes41

 

Alexander Solzhenitsyn (1918-2008) no fue sólo uno de los más grandes escritores del siglo pasado, fue, en la gran tradición de la literatura rusa, un profeta. Al igual que Dostoievski y Tolstoy, la escritura de Solzhenitsyn desborda lo meramente estético, es la ambición de un profeta, un moralista en el más puro y digno sentido de la palabra: el que persigue la esencia del bien a través de su vida y obra. Sin dudas, no alcanzó la altura de sus maestros en la prosa de ficción, no fue un gran novelista, pero sí la alcanzó en su penetración del mal y sus manifestaciones colectivas, del mal como lo inefable que ocurre de imprevisto, el mal que no se reduce a la historia, a explicaciones racionales, sino es, se puede decir así, en el sentido cristiano, la perpetua posibilidad de elección del ser humano. Su monumental Archipiélago Gulag fue, y es, un monumento insuperable de adónde puede llegar la obcecación del mal, de la degeneración que produce el totalitarismo, y a la vez, de la indestructible posibilidad del corazón humano de resistir el mal. Si, además, se tienen en cuenta las circunstancias de su escritura, y las dificultades que encontró para ser publicada, la obra es en sí misma un monumento a la esperanza. Pocas obras han logrado el efecto de Archipiélago Gulag en destruir una mentira, en cambiar mentalidades. Luego de su publicación el comunismo se encontró con una herida de muerte, fue imposible ya para cualquier persona honesta seguir defendiendo el estalinismo, y más allá, y mucho más importante, la nobleza intrínseca del sistema. La sinceridad de sus páginas, la ironía, la maestría de retratar el horror tienen la fuerza de los profetas bíblicos; no se puede permanecer indiferente a su lectura, es la demoledora fuerza de la Verdad.

Solzhenitsyn sobrevivió la Segunda Guerra Mundial, ser encarcelado en los campos de concentración soviéticos, y el exilio interno, y lo sobrevivió para producir su obra, novelas y ensayos que retrataron y recogieron el alma rusa, la historia soviética y la experiencia del horror.

En 1970 recibió el Nobel de literatura y fue deportado a Occidente en 1974. Retornó a Rusia en 1994, luego de la caída del comunismo, y murió en Moscú.

Aunque ya antes Un día en la Vida de Ivan Denisovich (1962) había sido una sacudida demoledora al horror del Estalinismo, fue el Gulag, más que cualquiera otra publicación antes y después, la obra que demolió los cimientos del comunismo, la que exhibió la intrínseca naturaleza perversa del sistema. No como creían muchos la corrupción de Stalin a un ideal que sin la perversión del dictador hubiera sido distinto, sino su maldad consustancial. Solzhenitsyn mostró cómo una vez que toda oposición ha sido puesta de lado, considerada enemiga per se, como hizo Lenin en 1918, y una vez que la sociedad ha sido subordinada a una sola meta, con todas sus instituciones, y en principio todos sus miembros, dirigidos a una misión colectiva, no es la corrupción de la idea o el propósito (que podría considerarse justo o noble) lo que lleva al triunfo del mal, sino que este es inevitable, que nada ni nadie puede ya prevenirlo porque justo ya no queda nada para impedirlo. Es en efecto una imagen del mal bíblico. No es es algo que se pueda explicar sólo por desviaciones personales de un líder, sino pura y simplemente abrazar y entregarse, se podía aquí parafrasear la inevitabilidad histórica del marxismo, al mal. No es el paraíso proletario lo que adviene cuando toda barrera ha sido rota, cuando un sólo objetivo se tiene como el único bien a alcanzar, sino el puro, simple, asqueroso y terrible mal. El mal gris, sin nombre, donde ya la persona no tiene asideros, no quedan esperanzas en un más allá, o en un salirse de la historia, sino es una dinámica inexorable que sigue su curso por sí misma, arrastrando todo tras de sí, y haciendo que aun sus “logros”, como la victoria contra los Nazis, sean sólo variantes de la misma perversión. Lo perverso se hace lo normal, la mentira se convierte en la única verdad, y la persona ya no es sino una pieza desechable en la maquinaria del sistema. Maquinaria que sigue su propia dinámica malvada independientemente de la voluntad de sus dirigentes. Solzhenitsyn mostró que Stalin no fue una aberración del sistema sino su inevitable consecuencia, que el Gulag no fue una excrecencia secundaria, un error de la historia, sino consustancial al sistema, simplemente el reino del mal.

No obstante, y aquí sin dudas está la fuerza del alma rusa, la resonancia con Tolstoy, sobre todo el De Guerra y Paz, y la profunda dimensión religiosa de Dostoevsky, este mal no es algo impersonal, no lo es solamente. Solzhenitsyn jamás comulgó con la tesis de Hannah Arendt sobre la “banalidad del mal”. Ni tampoco vio el totalitarismo como la última raíz del mal que el mismo sistema promueve. El asunto no se aparta en su visión del horizonte cristiano: el mal es una elección, una posibilidad constante es verdad, que de algún modo, podría decirse, arrastra a las sociedades y a los hombres bajo su seducción, pero sin dejar de ser un gran error, hecho por cualquier noble propósito o meta (nunca el mal social aparece desnudo, como en la novela de Orwell 1984, siempre tiene el disfraz de bien, es por eso la idolatría bíblica: el falso dios), el error de poner la meta final frente al presente, subordinar el presente al futuro. Esto sin dudas no tiene otra palabra para nombrarse que idolatría. Semejante proyección, reducción, ya implícita en Marx en la teoría, pero afirmada e instaurada por en Lenin en la práctica, de toda acción presente, toda circunstancia presente a un futuro necesario, inexorable en la creencia marxista, es lo que pone en el mismo lugar al sicópata con el santo, el monstruo con el virtuoso. Pervierte los roles, confunde los valores, porque todo “mal” presente se hace necesario en vista de la meta futura. Así el matar a millones aparece como máxima virtud si se está colaborando con las “fuerzas de la historia” y la compasión momentánea es “maldad”, traición a la causa proletaria. Así la necesidad futura resiste todo intento de análisis, subordina todo a sí, permea la sociedad y se hace el único “bien” absoluto, ante el cual toda categoría ética o moral se desvanece, queda, en el mejor de los casos, convertida en instrumento de la causa. Sólo lo que contribuye a la causa es bueno, todo lo que se oponga a ella debe ser exterminado sin remedio. De aquí que las mayores aberraciones se hagan necesidad, y no sólo se justifiquen, sino sean necesarias, se hagan virtud ética. Solzhenitsyn vio, describió magistralmente, como semejante dialéctica estaba ya en los mismos comienzos, era parte de la misma idea, no una desviación. Como Lenin, y el resto de los bolcheviques, lejos de ser la parte pura luego pervertida por Stalin, fueron quienes, aun, y sobre todo por eso, creyendo en la justicia y nobleza de sus propósitos, abrieron las puertas al mal, lo hicieron realidad.

Pero Solzhenitsyn, decíamos, no aparta el mal de la naturaleza humana, por más inexorable que sea el mecanismo una vez puesto en macha, el mal pertenece en última instancia a los seres humanos, y no al sistema. Este es al final el mensaje esencial de Solzhenitsyn, su gran visión profética, su irreductible esperanza: desde el mismo infierno de la maquinaria de muerte la posibilidad del bien sigue siendo la más decisiva opción y afirmación del ser humano, y más aún, el mismo horror puede llegar a ser la revelación del bien, puede ser el don moral otorgado al hombre que lo sufre.

Así dice en el Gulag “[…] fue solo cuando yacía en la paja podrida de la prisión que sentí dentro de mí el primer movimiento del bien. Gradualmente me fue revelado que la línea separando el bien y el mal no pasa a través de estados, ni de clases, ni de partidos políticos, sino directo a través de cada corazón humano. Esta línea cambia de posición dentro de nosotros, oscila con los años. Y aun cuando el corazón es abrumado por el mal, una pequeña cabeza de puente de bien es retenida. Y aún en lo mejor de cualquier corazón hay una pequeña raíz del mal. Desde entonces entendí la verdad de todas las religiones del mundo: su lucha con el mal dentro del ser humano, de cada ser humano. Es imposible expulsar el mal del mundo por completo, pero es posible limitarlo en cada persona.

Solzhenitsyn vio al totalitarismo como el resultado natural de las revoluciones, en si mismas expresión de esta idolatría de querer subordinar el presente a un paraíso futuro, y vio más, vio que el único remedio real contra el mal está en negarse a tomar las armas del mal, vio que sin la dimensión espiritual todo intento revolucionario no es más que una maniobra del mal, al final se instaura un mal mayor que el que se pretende combatir, vio que cuando una sociedad abandona lo espiritual y busca sustituirlo por sucedáneos de cualquier índole el totalitarismo es una posibilidad real, su llamado no es sólo válido contra el comunismo, es profundamente actual.

Cuando expulsado de la Unión Soviética fue a residir en los USA se encontró de nuevo con el mal, pero esta vez bajo un disfraz seductor: el consumo, el hedonismo. Ciertamente, como casi todos los disidentes del campo socialista, no negaba la libertad política, pero vio el peligro que la desespiritualización de occidente llevaba de un modo inexorable. El olvido de la dimensión espiritual del ser humano es tan peligroso como la tentación revolucionaria. Vio la modernidad como la “huida de lo espiritual”. Y a causa de ello fue rechazado por las élites norteamericanas, fue, de algún modo, también disidente en occidente.

Ahora más que nunca es actual su mensaje: si hay sistemas malvados es porque hay mal en las personas. Se puede, y se debe intentar corregir los males del gobierno. Pero no debemos engañarnos a nosotros mismos pensando que la solución del mal es sólo política. Es en el corazón de cada ser humano donde está la solución, y el olvido de lo espiritual no es más que otra manera de atraer el mal, de elegirlo. El peligro del totalitarismo sigue ahí, cambian sus expresiones, cambian sus manifestaciones, pero es el mismo mal. Ahora el mensaje de Solzhenitsyn no puede ser más actual, occidente ha, en verdad, renunciado a su dimensión espiritual, es difícil que una civilización sin espíritu pueda sobrevivir, es difícil que una vez elegida la negación del espíritu no advenga el reino del mal. El mal pasa por una decisión del ser humano, de cada ser humano, es yendo al corazón de los hombres donde se neutraliza o alimenta su poder. La historia del siglo XX lo muestra claramente.

 

Del Autor

arturo-gonzalez-dorado

Arturo González Dorado
(Cienfuegos, 1971). Narrador y ensayista. En 1991 fundó en su ciudad natal, junto con un grupo de amigos, un movimiento artístico llamado “Movimiento Extropista”. A causa de ello fue expulsado de las universidades cubanas definitivamente.

Ha obtenido numerosos premios en concursos literarios dentro de Cuba. Colabora frecuentemente con revistas literarias y culturales de España y Estados Unidos. Actualmente reside en Londres.Tiene publicada la novela Taedium Vitae I (Editorial El barco ebrio, España, 2012).