La turbia opacidad del mundo de hoy

Carlos Enrique Cabrera

Carlos-Enrique-Cabrera-opinión-OtroLunes41

 

“Hemos/hecho lo mejor posible para empeorar el mundo”

Eugenio Montale

 

Es sin duda cada vez mayor el número de personas absolutamente convencidas de que en este mundo de hoy, todo es perfectamente posible.

Ello explica que cuanto circula en los medios de comunicación de masas (sea cual sea su naturaleza, su grado de credibilidad y verosimilitud, su grado de maldad y perversión, su nivel de pavorosidad…), siempre encuentre fervorosos creyentes convencidos que, además, lo difunden y propalan a los cuatro vientos por sus propios medios con gran  entusiasmo y dedicación.

“El terremoto de Haití del 12 de enero de 2010 fue provocado artificialmente por los norteamericanos haciendo uso de una novedosa, terrible y potente arma.” El HAARP. Ésta noticia circuló por Internet al poco tiempo de producirse el lamentable y dramático suceso. Y muchas personas ganadas en su credibilidad la difundieron y la comentaron dándola por buena y válida, por real. O al menos, como perfectamente “posible”…

El mundo en el que hoy habitamos es tan opaco que el común de los ciudadanos jamás sabremos a ciencia cierta lo que en él ocurre. ¿Quién mató a Kennedy  o a Olof Palme y por qué? ¿Qué pasó de verdad el 11-S? ¿Quién es Osama Bin Laden y de dónde y cómo surgió? y,  ¿murió realmente en Pakistán a manos de los  Navy Seals? ¿Quiénes controlan la poderosa maquinaria planetaria de producción, venta y distribución de armas, órganos y personas  y la no menos letal y nociva de la droga…?

Un siniestro conglomerado de elementos perversos, que operan y se mueven (pululan) en las sombras con recursos infinitos (entre otras cosas controlan y/o ejercen enorme influencia sobre los medios de comunicación de masas), cambian, maquillan y falsean a su antojo la realidad, cuando no la ocultan por completo (la llamada “historia oficial” siempre la construyen los vencedores), buscando mantener a toda costa el statuo quo, defender a ultranza sus mezquinos y turbios intereses.

Los ciudadanos comunes y corrientes  ya ni creemos ni no creemos las historias que despliegan ante nuestros sentidos la radio, los diarios de circulación masiva, la televisión y el omnipresente y todo poderoso Internet. Suspicacia, sospechas, descreimiento, hartazgo, falta o nula confianza en los agentes sociales y económicos, en los dirigentes políticos, sindicales y religiosos, en las naciones y sus instituciones y aun en los mismos organismos internacionales  es lo que claramente impera hoy en día entre los ciudadanos del mundo.

Ello es sin duda una clara muestra (dolorosa y lamentable) de la degeneración y deterioro de la sociedad misma. Vivimos en un mundo tremendamente opaco y, a la vez, cada vez menos confiable, y, por ello mismo, progresivamente más inseguro y peligroso. Y según todos los indicios, poco es lo que los ciudadanos podemos hacer para cambiar este calamitoso y alarmante estado de cosas.

El perverso, convulso y turbio entramado del mundo se manifiesta sin cesar cotidianamente ante nuestros ojos atónitos. Guerras declaradas o encubiertas, enfrentamientos y revueltas sociales, tremendo  descalabro medioambiental y ecológico, predominio de la economía especulativa sobre la real y productiva, inaceptable especulación alimentaria y tratamiento perverso de los alimentos y de los medicamentos atentando con la mayor indolencia contra la salud pública, formas solapadas y no tanto de esclavitud, crímenes y asesinatos, las escalofriantes acciones de la delincuencia organizada y las pavorosas del  terrorismo yihadista, abusos a mujeres y  niños, tráfico de armas, drogas, órganos y personas, corrupción rampante en los organismos de la administración pública y privada,  evasión descarada y sistemática de impuestos a través de paraísos fiscales, escandalosa e insostenible inequidad social a escala planetaria…

Los actores de verdadera relevancia en el gran drama escalofriante en que vive el mundo actual, los que de verdad imponen su voluntad a la totalidad de los habitantes del planeta, los responsables del horrible estado actual de cosas  son numerosos y de muy variada condición y naturaleza: los multimillonarios de las siempre actualizadas listas de Forbes, las grandes Corporaciones Transnacionales, la industria armamentística y la farmacéutica, la banca Internacional y  los organismos financieros, las agencias  de calificación de riesgo, los grandes fondos de inversión, las Instituciones Internacionales como el Banco Inter Americano de Desarrollo, el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional, la ONU y la OEA…, los Estados más poderosos, con EE UU y la UE a la cabeza, y todos sus cómplices, pequeños y medianos, siempre dispuestos (como buenos lacayos que son)  a actuar  a ciegas bajo el mandato y directrices de aquéllos sin importarles jamás el bien común de sus ciudadanos…

Entre todos  nos crean (además) un remedo de libertad,  bonanza y confortabilidad con el que nos mantienen dormidos y literalmente  anestesiados para mejor explotarnos y manipularnos y, en suma, sacarnos hasta la última gota de vitalidad y combatividad… Los extraordinarios  y deslumbrantes avances tecnológicos juegan aquí, sin la menor duda,  un esencialísimo papel…

¿Qué se puede hacer ante una situación tan dramática, lamentable y caótica como la que hoy vivimos? Hoy no hay nadie en quien podamos  confiar. En quien apoyarnos. No podemos hacerlo en el Estado y sus instituciones y mucho menos  en los empresarios y banqueros. Ni en las fundaciones y oenegés de diversa naturaleza. Ni en aquéllos que ejercen el magisterio religioso en nombre de Cristo, Buda Yaveh o  Alá o cualquier otra divinidad; y tampoco en los artistas e intelectuales más prominentes.

En estas enfermas sociedades nuestras ya no hay líderes (ni intelectuales ni espirituales ni afectivos) que puedan trazarnos camino  alguno valedero y creíble ni vendernos sueños y metas por los que merezca la pena luchar.

La turbia y cerrada opacidad que nos envuelve, emponzoñada de acechanzas y peligros, de perversidades sin cuento, nos obliga (al conjunto de los ciudadanos de a pie, a nosotros, el grueso de los mortales), a permanecer cautamente ojo avizor y a la defensiva en un aparente –¿solo aparente?– inmovilismo de cosa inerte. Todo cuanto podamos pensar o imaginar, por terrible y espantoso que pueda parecernos, ocurre, ocurrió, ocurrirá y seguirá sin duda ocurriendo inapelablemente con tozuda persistencia en este perverso orden mundial que hoy nos rige.

¿Brillará alguna vez la luz al final del túnel? Y, sobre todo, ¿estaremos nosotros aquí para verla? Y lo que es más relevante, ¿estaremos entonces en disposición de disfrutar del nuevo orden que necesariamente habrá de surgir del viejo o tendremos ya un alma calcinada incapaz de goce humano alguno..?

Quiero pensar que todo dependerá, sin duda –así quiero creerlo–  del empeño, inteligencia, sensibilidad y sabiduría que pongamos  en la transformación de nuestros respectivos espacios vitales, cargándolos de significación y sentido, de humanidad y, asimismo, y, sobre todo, de en qué medida seamos capaces,  a través de ese valiente y decidido esfuerzo individual y colectivo, de crear un vasto movimiento regenerador que abarque  la entera extensión del planeta sin distinción de nacionalidad raza ni país y hunda bien hondo sus raíces en el suelo común, derramando su  portentoso magma en el corazón de los hombres y mujeres que lo habitan.

Ese movimiento ecuménico será (así lo veo) profundamente democrático, estará pertrechado de una luminosa racionalidad reflexiva y crítica conjuntamente con una honda y sabia espiritualidad laica que hará del compromiso  ético y su devoción por lo sagrado, al margen de las religiones organizadas, el  centro de su entero accionar, y buscará restablecer la esencial comunión entre el ser humano y la naturaleza. O no será.

Del Autor

carlos-enrique-cabrera

Carlos Enrique Cabrera
(La Vega, República Dominicana). Se licenció en Filología Hispánica en la Universidad Autónoma de Madrid (España) y realizó estudios de Bibliotecología y Documentación en instituciones educativas de esa capital europea. Durante años se desempeñó como funcionario de la Red de Bibliotecas Públicas de la Comunidad Autónoma de Madrid y como colaborador externo de importantes editoriales españolas (Editora Nacional, Plaza y Janés, Alfaguara, Playor). En 2001 fundó la revista de letras, artes y pensamiento Caudal, que bajo su dirección dio a la luz, de forma ininterrumpida, 29 números. Ensayos y cuentos suyos han aparecido en diversos medios impresos y digitales y son de su autoría los libros Reflexiones de bolsillo (2002), Tiempos difíciles (2010) –recopilación de ensayos– y el conjunto de microrrelatos: Conjuros y otros microcuentos (INTEC, 2013). Es también coautor de la obra didáctica Español Universitario (Santillana Universitaria, 2006) y el de información turística Ciudad Colonial Santo Domingo (Tando Editora, 2011). Asimismo, mantiene en la Red varios blogs: Conjuros en “La Comunidad” del diario madrileño El País, y en Blogger el personal Carlos Enrique Cabrera (CEC) y el promocional de la revista Caudal, así como el educativo: Español CEC. Desde 1994 es profesor a tiempo completo del Área de Ciencias Sociales y Humanidades del Instituto Tecnológico de Santo Domingo (INTEC).