Ahora que la Stasi cubana (léase Seguridad del Estado G-2), hace todo lo posible e imposible por denigrarme. Ataca con SMS obscenos a mis hijos pequeños en la ciudad de Los Parques, Holguín, en los que les dicen los peores insultos, refiriéndose a su padre, donde además nos amenazan de muerte, a ellos y a mí, para que yo dimita y deje de pensar y escribir.
Esta es la Cuba donde sobrevivo y permanezco, donde hace más de ocho años estoy censurado, y en total ostracismo.
Prefiero hablarles de un poeta, Frank Abel Dopico (Santa Clara 1964-2016), quien nos acaba de decir adiós.
Lo conocí a finales de los ochenta, junto a los poetas Carlos Galindo Lena, Juan Carlos Recio, Julio Mitjan, y el trovador Carlos Trova, cuando me enamoré de una santaclareña y me vine a vivir a esta bella ciudad.
Frank Abel marcó con sus poemas a toda una generación de poetas que después de leer sus libros: El correo de la noche, (1989); Algunas elegías por Huck Finn (1989); y Expediente del asesino (1991), que acaba de reeditar la Editorial Capiro, ya no volvimos a ser los mismos.
Dopico se nos ha ido, y ahora nos preguntamos, qué no hicimos para retenerlo un instante más a nuestro lado. Y ya ninguna respuesta nos va a conforma.
Se fue a España en 1993, y estuvo fuera del panorama poético cubano por demasiado tiempo, y aun así, no lo olvidamos.
Al regreso ya no era el mismo.
Un amigo me dijo días antes de su deceso:
-Dopico tiene que matar a Dopico.
Y es que el poeta con sus tres primeros libros, puso la varilla alta, hasta para él.
Tuve la suerte de estar en esta ciudad en sus últimos años de vida, de compartir su cariño con otros amigos, disfrutar la lectura de sus poemas inéditos, en recitales y tertulias, doliéndome de que día a día, el alcohol ganara terreno en su sangre y en sus horas.
(fragmento de «Habeas corpus»)
No se lo vayas a decir a nadie
pero también creo que el hombre es un Error
aunque vaya de camisa blanca los domingos
a su muerto
y huela a que respira, a que tose, a que es manso…
Ahora solo nos queda hablar de él, leer sus poemas, y beber por él.
No recibió, aunque algunos se empeñen ahora, en decir que sí, el lugar que merecía en esta ciudad que lo vivió nacer y morir.
Es verdad que estuvo fuera demasiado tiempo, y se hizo mucho silencio en su ausencia. El exilio siempre pesa, duele, a esta Isla tan Revolucionaria. El exiliado jamás existe, la cultura cubana los borra. No los cubanos.
Pero ahora el muerto vendrá a hablarnos, nos convidará a otra palabra, otra copa, ¿quién se resistirá?
Hagamos un brindis por él y que descanse en paz.
(fragmento de «Ejercicio operativo»)
El teléfono sonó a las tantas horas de la noche,
horas en las que ella aún tenía la blusa puesta
y él tarareaba un himno oscuro.
El teléfono siguió sonando
como el ensayo solitario de un músico
cuando ella tapaba la lámpara con su blusa
y él la besaba
preparando cierta comida escuchada a los aqueos:…
Los que no compartieron un trago de su vaso, lo han de lamentar mientras la música de su poesía campanee en el repique de los aceros en las torres de las iglesias de esta, su ciudad.
Era marzo, y 2016, estuve en una de sus últimas apariciones en público, la presentación de uno de sus libros, hecha por el amigo poeta, Jorge Luis Mederos “Veleta”, Expediente del asesino.
No tengo dudas que Dopico en esa hora de dicha y felicidad, en que nos leyó algunos de sus textos, presentía su viaje.
No supe que esa tarde el poeta y hermano, se despedía de mí haciéndome un regalo en la dedicatoria del ejemplar de su poemario:
Rafael Vilches, mí adoptado padre. Nos veremos donde las nubes suspiran. Un abrazo, amigo.
