Hace ya bastante tiempo que vengo notando, coincidiendo con la crisis económica que ha tenido efectos devastadores para la economía ciudadana de los países afectados, un desinterés progresivo por la literatura, y, a pesar de ello, se sigue publicando. En España, país con muy escasa tradición lectora (quizá menos horas de sol harían un gran favor a la literatura), el desinterés libresco es algo que va más y preocupa a editoriales y a autores que ven como sus libros se venden literalmente con cuentagotas y las ediciones son cada vez más pequeñas. Se sigue publicando mucho, una vorágine de títulos, sobre unos 70.000 anuales, pero ni se compran ni se leen y las editoriales se afanan en buscar el título anual, el vellocino de oro, que les salve las cuentas y les compense de las pérdidas de todos los otros que publican y acaban vendiendo a peso para fabricar pasta de papel. Se venden pocos libros, y los que se venden, a menudo, poco tienen que ver con la literatura: cocina, decoración, autoayuda, terapias para combatir enfermedades, libros de famosos, etc., cuya presencia en los anaqueles de las librerías hace todavía más invisibles las escasas obras literarias.
En una de las librerías en las que he ido recalando en una gira más bien agridulce por la piel de toro (más agria que dulce, para ser sinceros), mi vista se perdió en un libro de gran tamaño situado en un anaquel del que se habían realizado 1500 ediciones, que ya son, y se habían vendido 1.500.000 ejemplares. El tema del best-seller era muy sugestivo: mil maneras de realizar flexiones, o algo por el estilo. Esos éxitos de ventas (ahí están las memorias de Belén Esteban, reina del famoseo hortera) debería tenerlos en cuenta a la hora de encarar un próximo libro y dejarme de libros policiales, históricos o sociales. También me han aconsejado que escriba porno light, ese subgénero que ha emergido a raíz de las famosas Sombras de Grey, y firme con pseudónimo femenino e inglés. Tampoco lo descarto. O hacerme santón y embaucar a unos cuantos en la búsqueda de la felicidad y el éxito personal.
Un viejo amigo, que es escritor de cierto éxito y se está reinventando como actor, quizá porque está viendo muy poco futuro al arte de escribir libros con rigor literario, lleva años desaconsejándome las presentaciones de libros. No viene nadie, me dice. Y así parece ser. Una vez que se agotan los familiares directos (uno tendría que tener familia numerosa, pero se me ha pasado ya el tiempo) y los amigos, llenar un espacio cultural con motivo de la publicación de un libro se hace harto complicado y frustrante, además de oneroso por el tiempo invertido. Se está extendiendo, además, una muy fea costumbre: un alto porcentaje de los que asisten a las presentaciones marchan de ellas sin comprar el libro, y uno se pregunta a qué ha venido. Otro, que no tiene ya medios para comprarlo, desiste de acudir para no quedar mal. La mayoría, sencillamente, se da de baja en el círculo de amigos para pasar a ser conocidos, y de allí a no saludados hay un breve paso. La sabiduría de Josep Plá era aplastante en esa clasificación de los que nos rodean.
Cuando se anuncia una presentación (dichosos los alemanes que pagan 4 € para asistir a ellas y compran los libros que se presentan para que el autor los dedique, y lo escuchan, y hasta le preguntan) buena parte, cada vez más, de los que en principio te juran y perjuran que van a asistir al evento, se desmarcan de él en el último momento con excusas peregrinas: está fuera ese día (a pesar de que hace una semana que se lo anunciaste); se pone malo en el último momento (las presentaciones literarias tienen perversos efectos para la salud pública); están trabajando fuera del horario laboral; se acaban de quedar embarazadas; le coincide con otra presentación, etc., etc. Eso sí, todos ellos te desean encarecidamente que tengas un éxito enorme, cosa imposible si no asisten. Si todos aquellos que argumentan cien mil excusas para no ir a la presentación que les habías anunciado fueran, como dijeron, ésta sería un éxito.
Todo ese cúmulo de excusas hipócritas (uno preferiría, sinceramente, que le dijeran simple y llanamente que no les diera más la lata y todo quedaría más claro) va erosionando una serie de relaciones que uno tuvo. Así es que si la literatura, en un momento, me hizo tener amigos por muchas partes, ahora, en el momento actual, me hace perderlos a un ritmo exponencial. Esas pérdidas de amistades no son dramáticas, pero sitúan a cada uno en su lugar, a mí con respecto a ellos. Así es que mi amigo escritor, que se está reinventando como actor de teatro, tiene toda la razón del mundo cuando me dice, de forma lapidaria, que las presentaciones de libros no sirven absolutamente para nada y nadie va a ellas a pesar del esfuerzo titánico que supone montarlas.
Quizá sea todo tan virtual que desplazarse físicamente un día determinado a una librería para escuchar a un autor sea un esfuerzo inasumible por parte de los que, en cambio, no lo dudarían si la convocatoria fuera para tomar cervezas, pinchos de tortilla, migas manchegas o rosquillas de la abuela. O que los libros que uno escribe no interesan absolutamente a nadie.
Lástima que uno escriba para sí mismo.
